Una mirada al siglo XIX español


Estamos en 2020 y en España reina un Borbón descendiente de Isabel II; tenemos una Constitución y un sistema parlamentario dividido en dos cámaras legislativas: Senado y Congreso. Si descendemos a lo local, la ciudad de Zaragoza celebra cada año la fiesta del Cinco de Marzo, Málaga tiene el título de Primera en el peligro de la Libertad y Madrid tiene un Arco del Siete de Julio. Todo ello tiene su origen en el siglo xix.


Y no surgió de la nada, ni de una forma tranquila. Fue un proceso histórico de incierta resolución, en el que intervinieron diversos factores y que no fue muy distinto del de otros países del entorno. Fue la Revolución liberal venciendo al absolutismo carlista en los campos de batalla e imponiéndose a la monarquía. Hubo éxitos y fracasos, transacciones y enfrentamientos, armas y votos. Más allá de grandilocuentes discursos pronunciados en las Cortes, de legitimidades monárquicas, de grandes militares, la Historia también la hicieron desde abajo.


El estudiante valenciano Ramón Roca que encabezó el asalto a la casa del corregidor en 1833; el soldado José Piñol que participó en la matanza de frailes en Madrid en 1834; el calderero malagueño Miguel Deomarco que dio vivas constitucionales ante el gobernador; o la madrileña Tía Cotilla que mató a un miliciano en 1835; el terrateniente Pedro Pablo Navas que prometía tierras a los jornaleros de su pueblo; o el vecindario de Ribarroja que apaleó al recaudador de impuestos señoriales en 1837; el contrabandista zaragozano apodado Chorizo que defendió su ciudad frente al asalto carlista en 1838; la joven turolense María Cirujeda que combatió a las tropas de Cabrera en 1839; el miliciano de Nicolás Farjas que golpeó a su vecino Ángel Valero cuando iba a votar en las elecciones municipales de 1841… Todos ellos tuvieron su parte en una historia de guerra, revolución y contrarrevolución, de palabras, elecciones y violencias.


Precisamente, de todas estas cuestiones son las que investigué en mi tesis doctoral, ahora publicada en formato libro: Armas y votos. Politización y conflictividad política en España, 1833-1843, Institución Fernando el Católico, 2020. En esa etapa se enmarca la guerra civil conocida como primera guerra carlista (1833-1840) y su inmediata posguerra con la regencia de Espartero (1840-1843). En ese tiempo se dan toda una serie de dinámicas comunes: construcción de culturas políticas, usos de la violencia, configuración de un régimen constitucional, prácticas políticas, etc.


El libro trata de un viaje a una década crucial en la historia española, pues se produjeron dos puntos de no retorno, los cuales se complementaron y asentaron el Estado nación liberal. El primero fue el año 1836, cuando se dio una importante revolución en la retaguardia isabelina, por lo cual se restituyó la Constitución de Cádiz de 1812. De esa forma, hacían definitivamente constitucional a la monarquía española. En segundo lugar, el año de 1840, cuando los liberales vencieron en la guerra civil. Así, la contrarrevolución quedaba derrotada y separada de los poderes del Estado. No dieron todo por perdido y hubo más levantamientos carlistas a lo largo del siglo xix, pero acabaron del mismo modo.


Armas y votos no es solamente un viaje metafórico. En cierta medida también podemos seguir el discurrir histórico con el viaje que realizó Karol Dembowski por España y Portugal entre 1838 y 1840. Los escritos de este viajero resultan una fuente excepcional para captar el sentir de aquellas gentes y observar los lugares por los que transitó. Quizá fuera el último que vino a España sin pretender encontrar los típicos tópicos románticos de un país orientalizado y exótico, sino que mostró un verdadero interés por comprender lo que estaba ocurriendo.


Dembowski vio los restos de la desgraciada Legión Francesa en las cercanías de Jaca; sintió el miedo de la guerra en Ariza; habló de política con un barbero toledano que decía leer a Voltaire; casi lo fusilan por espía carlista en Segovia cuando estaba dibujando su alcázar; escuchó cantar a soldados isabelinos en La Mancha quienes decían luchaban por la reina y la libertad aun sin cobrar; mantuvo una intensa tertulia en la fonda de doña Mariquita en Málaga, y le contaron los desastres de la guerra en Valencia. Su testimonio es excepcional.


Lo que pudieran parecer anécdotas de un viajero, si se cruzan con otra documentación de la época, se transforman en algo mucho más valioso, lo cual conforma un panorama histórico apasionante. Los partes de policía, las cartas, los periódicos, los pasquines y las obras literarias nos informan y son indicadores del pulso de la sociedad decimonónica. Todo ello permite reconstruir ese convulso periodo.

Porque el siglo xix español no fue ni un mero baile de gobiernos burgueses ni la excepcionalidad atrasada de Europa. De hecho, incluso entre 1836 y 1843 fue una de las monarquías constitucionales más avanzadas, políticamente hablando. Más que la Francia donde reinaba Luis Felipe de Orleans, más que el Reino Unido de la reina Victoria, más que el Portugal de María II. La Constitución de Cádiz primero, la de 1837 después, y, sobre todo, la legislación reestablecida del Trienio Constitucional (1820-1823) dieron un marco jurídico de amplias libertades o de opciones de demandarlas, ya fuera por el sufragio universal masculino en las elecciones municipales, ya fuera por la presión (armas mediante) de la Milicia Nacional.


Precisamente fue clave esta última institución. En 1834 se había formado una tímida Milicia Urbana que en 1835 comenzaría a desbordar el marco del Estatuto Real, y en 1836 sería punta de lanza de la Revolución, por lo que retomaba su nombre de Milicia Nacional, y establecía el sufragio universal y directo para elegir a sus oficiales, y abría sus filas a todo tipo de hombres, incluidos jornaleros. No fue un cuerpo exclusivamente burgués, ya que se convirtió en la práctica en brazo armado de los revolucionarios. Por esa razón sería disuelta en 1844 por el gobierno moderado.


Para conseguir esa reinstauración de la legislación doceañista (de Cádiz y el Trienio) fue clave la politización popular, a ras del suelo. Muchos no podían votar a sus diputados a Cortes, pues el sufragio era censitario, pero sí a sus concejales y oficiales milicianos. Y muy importante: tenían armas. Eso les daba mucho poder en un contexto de guerra y de estado liberal aún en construcción. El horizonte de posibilidades estaba abierto. Las mujeres, aún sin voto y oficialmente sin armas, también estuvieron ahí. Algunos políticos moderados las temían, subvertían el orden político y el de género. Fueron habituales en distintos motines del periodo, como los de Zaragoza de abril y julio de 1835.


La movilización y politización de la sociedad fue intensa. A veces se ha visto, fuera del ámbito académico, esta época como la de un pueblo ignorante, engañado y manipulado. Pero no fue así. ¿Por qué se piensa que un burgués de Madrid o Barcelona que se lucra con la desamortización tiene ideas liberales y, por el contrario, un soldado que se juega la vida, cobrando tarde y mal, en el campo de batalla en nombre de Isabel II y la Libertad, lo hace por 4 reales de soldada? ¿Por qué no se plantea que tienen ideas políticas el jornalero que se amotinaba en La Almunia de Doña Godina invocando la igualdad constitucional o la joven de Olot que se presentaba con una carabina para combatir a los carlistas?


El liberalismo español, entre 1833 y 1843, ni estaba solo en las grandes ciudades, ni solo entre las clases altas. Distintas concepciones y prácticas de liberalismo y ciudadanía existían en pueblos y clases de toda la geografía española. Gracias a eso fue posible la movilización que venció a la contrarrevolución carlista en la guerra civil, se asentó el régimen constitucional de 1837 y se aupó a la regencia al general Espartero.


Este personaje fue un auténtico ídolo de masas. El matrimonio Baldomero Espartero-Jacinta Martínez de Sicilia (no se entiende el uno sin el otro, como ha estudiado Adrian Shubert) fue sostén del Ejército del Norte entre 1836 y 1839, lo cual permitió la victoria en la guerra. Tras ello adquirieron gran popularidad. Espartero se convirtió en El Pacificador y en el paladín de la Libertad. A pesar de la mala prensa que lleva todavía hasta en los libros de texto, su regencia fue un periodo de parlamentarización de España. Hizo falta una nueva guerra civil en 1843 para desalojarlo del poder y mandarlo al exilio.


En conclusión, a través de armas y votos, personas de distintos lugares y clases dieron forma al Estado liberal español entre 1833 y 1843. Ya no volvería el absolutismo de un rey. Habían hecho constitucional a la monarquía, los súbditos se habían convertido en ciudadanos. Aunque este último punto estuvo en permanente debate, pues la igualdad siempre fue más difícil de ganar que la libertad.

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