Heteronormatividad y capitalismo: una crítica a Judith Butler

Actualizado: 20 de dic de 2020


En el pensamiento de Judith Butler (2000; 2002; 2005; 2006; 2007) encontramos tres asunciones principales, a saber, (a) la idea de que el género no es el resultado causal del sexo, (b) la idea de que no existen dos géneros exclusivamente, y (c) la idea de que la lógica binarista (mujer-hombre) nos presenta la heterosexualidad como lo natural y la única posibilidad.


La autora feminista considera que el género, que es una construcción social generada por la heteronormatividad, estructura la división del trabajo en las sociedades capitalistas de dos formas. Entre trabajo “productivo” asalariado, asignado tradicionalmente a los hombres, y trabajo “reproductivo” y doméstico no pagado, llevado a cabo tradicionalmente por las mujeres, por un lado. Y entre aquellas ocupaciones mejor pagadas, que gozan de mayor estatus, y ocupadas mayoritariamente por hombres, y las ocupaciones de “cuello rosa” y de servicio doméstico, peor pagadas y ocupadas mayoritariamente por mujeres, por el otro. Ese, argumenta, es uno de los motivos por los que no se puede relegar a los nuevos movimientos sociales al terreno de lo “meramente cultural”. (Butler & Fraser, 2000)[1]. Como respaldo de esta idea utiliza unos extractos de Marx (1846) y Engels (1884) que resumen la idea de la importancia de la producción y reproducción de la vida en el mantenimiento de las desigualdades de clase y, por lo tanto, del sistema capitalista. Esta aportación será posteriormente rescatada y actualizada por otras feministas (Firestone, 1976; Hartmann, 1983; Rubin, 1986; Federici, 2004; Butler, 2007) que extenderán ese vínculo a la producción del género y la sexualidad heteronormativas: “En la medida en que los sexos naturalizados funcionan para asegurar la pareja heterosexual como la estructura sagrada de la sexualidad, contribuyen a perpetuar el parentesco, los títulos legales y económicos, así como las prácticas que delimiten quién será una persona totalmente reconocida como tal.” (Butler & Fraser, 2000: 86)


Por lo tanto, la situación que sufren las personas con identidades disidentes (aquellas personas que no encajan en el binomio mujer-hombre o que no responden a la tendencia sexual normativa) no es un problema “meramente” cultural y tiene relación con el modo de producción típico de las sociedades capitalistas.



¿Qué nos dice la evidencia?


Para dar respuesta a algunas de las cuestiones que presenta Butler, es importante analizar ciertos conceptos. El primero de ellos es la división sexual del trabajo.


Esta no tiene un origen reciente. En todas las sociedades humanas, tanto en las primitivas como en las modernas, ha existido cierta diferenciación de tareas. Las mujeres se han dedicado históricamente a tareas más relacionadas con los cuidados de los niños y del hogar y los hombres a la protección y la provisión. Inicialmente esto era, sobre todo, una cuestión de supervivencia. En las sociedades primitivas y hasta que los descubrimientos tecnológicos no mejoran las condiciones de higiene y salubridad, el elevado índice de mortalidad genera una especialización de las mujeres en aquellas tareas que permiten ser combinadas con la crianza, mientras que los hombres actúan como proveedores y defensores del grupo. (Riddley, 2003) La propia Gerda Lerner (1986) comenta de forma acertada que fue cuando los hombres pudieron generar excedentes de actividades como la ganadería o la agricultura, que se apropiaron de estos convirtiéndolos en su “propiedad privada”. Para asegurar esa propiedad, no solo para ellos sino también para sus herederos, se institucionalizó la familia monógama. Asegurándose que las mujeres no tenían ni sexo premarital, ni tampoco fuera del matrimonio, podían asegurar la “legitimidad” de su descendencia y así evitar invertir en la descendencia de otro hombre. Posteriormente, esta división se extiende también a la producción y distribución de bienes y servicios.


Si atendemos a la evidencia empírica, no solo sabemos que existen diferencias anatómicas (dimorfismo sexual) entre hombres y mujeres, sino que presentan diferencias también en su comportamiento. Estas diferencias son en parte producto de la evolución de ciertas adaptaciones psicológicas generadas como consecuencias de la inversión parental y las estrategias reproductivas diferenciadas (Kingsley, 2002; Campbell, 2002; Petersen & Hyde, 2010; Buss & Schmitt, 2011; Seabright, 2012; Schmitt et al., 2017; Schmitt & Buss, 2018) e influyen sobre la organización de otras actividades económicas o sociales. La división sexual del trabajo es una prueba de ello. Esta puede deberse a diferencias de capacidades e intereses y puede estar regulada mediante normas sociales formales o informales. “Algunas de estas adaptaciones generan diferencias de género culturalmente universales, y muchas están además diseñadas para ser sensibles a los contextos socioecológicos locales en formas que generan facultativamente diferentes tamaños de diferencias de género entre culturas. También es cierto que las diferencias de género evolucionadas en la personalidad pueden acentuarse o atenuarse por factores que tienen poco que ver con las sensibilidades evolucionadas a los contextos socioecológicos (Schmitt, 2015).” (Schmitt et al., 2017: 52)


Pero no solo la división sexual del trabajo es una institución universal, también lo son el patriarcado[2], la dominancia masculina y el logro masculino. Estas son manifestaciones de diferencias neuroendocrinológicas entre hombres y mujeres tal que “la presencia de los estímulos ambientales de jerarquía, estatus y miembros del otro sexo van a hacer surgir en el varón una mayor tendencia a dejar de lado todo lo que haga falta (tiempo, placer, salud, seguridad física, afecto, relajación…) para conseguir la posición jerárquica más alta, el estatus y la dominancia en las relaciones” (Malo, 2018).


Aunque es evidente que, a lo largo de la historia, muchas mujeres no han podido elegir qué roles desarrollar, esto ha ido cambiando con el tiempo y, la persistencia de las diferencias es difícilmente atribuible en su totalidad a la socialización. Cuando se atribuye un factor causal a la socialización se confunde causa con consecuencia. Si bien es verdad que la socialización exagera la importancia del dimorfismo fisiológico al hacer cualitativa, discreta y absoluta la diferenciación sexual que, a nivel fisiológico-conductual, es cuantitativa, continua y estadística. Se tiende a hacer que la observación estadística sea absoluta y se convierte en estereotipos sociales que afirman que "los hombres son agresivos" y "las mujeres son pasivas". Esta exageración da como resultado una mayor diferenciación de comportamiento que la que engendraría la fisiología por sí sola. Y sin lugar a dudas, esto conduce a la discriminación. Pero no es esa observación, ni los estereotipos ni la discriminación los que provocarían las diferencias en el comportamiento entre hombres y mujeres y, por lo tanto, institucionalizarían la división sexual del trabajo y el patriarcado, sino precismaente al revés. (Goldberg 1973; 1993)


Es cierto que gracias a los cambios sociales, culturales, económicos y tecnológicos que se han producido, la división sexual y social del trabajo se ha modificado y hecho más compleja y diversa. Poco a poco hombres y mujeres han ido cambiando las tareas de las que se ocupaban. Algunas de estas han sido apoyadas por máquinas (electrodomésticos) o personas externas a la familia (servicio doméstico encargado de tareas como la limpieza, la cocina o el cuidado de niños y dependientes) o sustituidas por el Estado (guarderías, escuelas, centros de mayores). Sin embargo, todavía siguen persistiendo diferencias. Ni siquiera en aquellos sitios en los que existen menos barreras y menor discriminación para la mujer, e incluso políticas públicas dirigidas a atenuar las desigualdades de género, se han eliminado (Pinker, 2008). Precisamente, diversos estudios apuntan a que las diferencias en las preferencias asociadas al género son mayores en aquellos países con mayor igualdad de género y mayores oportunidades para las mujeres (Su, Rounds & Armstrong, 2009; Schmitt et al., 2016; Falk & Hermle, 2018[3]; Breda, Jouini, Napp & Thebault, 2020). Este fenómeno se conoce como la “paradoja de la igualdad”[4].


Otro ejemplo es el de los Kibbutz en Israel, surgidos a principios del siglo XX. Uno de los paradigmas de estas comunidades fue el rechazo de la familia tradicional y los roles de género y su sustitución por la vida comunal. En ese intento por borrar todo rastro de roles diferenciados por género, los trabajos eran ejercidos por hombres o mujeres indistintamente, los niños eran cuidados por profesionales y las tareas de elaboración de comida o limpieza eran realizadas por la comunidad. Sin embargo, a medida que pasaron las generaciones la división sexual se desarrolló cada vez de forma más marcada: entre un 70% y un 80% de mujeres fueron desplazándose a trabajos orientados a personas, mientras que la mayoría de hombres lo hicieron a trabajos orientados a cosas (construcción, mantenimiento…). Además, la familia se institucionalizó como unidad básica y eje vertebrador de la estructura social. Lo sorprendente es que este proceso se acentuó en las generaciones que se habían criado en los Kibbutz, y estaban menos expuestas a los roles y estereotipos de género, y no en las que las fundaron. (Tiger & Shepher, 1977; Pinker, 2008)


La universalidad de estas instituciones es una prueba de su existencia independiente a la del capitalismo. De hecho, ni siquiera podemos decir que las sociedades más capitalistas (con mayor libertad económica) sean las que mayor discriminación por género presentan o en las que las mujeres o las personas LGBTQ gozan de peor bienestar, sino todo lo contrario. Varios estudios sugieren que la libertad económica está correlacionada con mejor bienestar, educación e independencia financiera para las mujeres (Fike, 2018) y mayor inclusividad de las personas LGBTQ (Badgett, Waaldijk & van der Meulen, 2019)[5]. Esta relación se da independientemente de la dirección del vínculo causal que sea.


Todo lo mencionado hasta el momento se relaciona con una última cuestión: la heteronormatividad. Efectivamente y como bien apunta Adrienne Rich (1980), durante mucho tiempo se ha supuesto que todas las mujeres eran heterosexuales por naturaleza y que el lesbianismo era un fenómeno “menos natural”, una “mera preferencia sexual”, una desviación o incluso una enfermedad. Para la autora, las mujeres no tienen otra opción más que la “heterosexualidad obligatoria”.


La heterosexualidad, según Adrienne (1980), es una “institución política” que permea todas las relaciones sociales y se ve reforzada por las atribuciones de poder de los hombres sobre las mujeres. Que la universalidad de la heterosexualidad pueda sostenerse es consecuencia, en parte, de que “la existencia lesbiana ha sido borrada de la historia o catalogada como enfermedad, y en parte porque ha sido tratada como excepcional y no como intrínseca” (Rich, 1980: 35).


Efectivamente la evidencia apunta que la orientación sexual no es el producto de una elección caprichosa ni de una enfermedad mental, sino que tiene una base biológica importante (LeVay, 1993, 2016; Bailey et. al., 2016; Bailey, 2018). No obstante, también es cierto que el número de homosexuales es prácticamente constante en todas las sociedades (inferior al 5%) y lo único que cambia cuando aumenta su permisibilidad es la expresión (Bailey et. al., 2016). Nos guste o no, la heterosexualidad es la orientación sexual más común y hasta el surgimiento de las técnicas de reproducción asistida, la única que aseguraba la reproducción de nuestra especie. Es hasta cierto punto lógico que se considerase la norma.


Ahora bien, esta mayor extensión no justifica que la homosexualidad no fuese aceptada y se marginalizase. Pero también es verdad que la normativización de la heterosexualidad no ha impedido la aceptación progresiva del resto de orientaciones sexuales. Prueba de ello es que reivindicaciones como el matrimonio igualitario o la adopción por parejas del mismo sexo se han hecho realidad en la mayoría de países desarrollados en los últimos 15 años (29 hasta el momento).



Entonces, ¿todo es biológico o cultural?


Defender que las diferencias entre hombres y mujeres no son principalmente producto de la socialización y de los roles que se les imponen, sino que se basan en gran medida en factores psicobiológicos, suele asociarse a posiciones deterministas que consideran que lo natural es bueno o correcto y que es imposible de modificar. Pero que algo tenga una base biológica ni lo hace correcto ni inalterable. Además, esta dicotomía entre “lo natural” o lo que tiene un origen “en la naturaleza” y lo “socialmente construido" omite una tercera alternativa: que algunas categorías son productos de una mente compleja diseñada para encajar con lo que está en la naturaleza” (Pinker, 1997: 57). Si bien no hay que negar que la socialización tiene algún poder, esta es “una variable dependiente que recibe sus límites y su dirección de una variable independiente, que es la diferencia fisiológica entre hombres y mujeres. Las expectativas sociales y la socialización se ajustan a las diferencias entre hombres y mujeres que la población observa.” (Malo, 2018)


Por todo ello podemos concluir que los roles de género diferenciados no son el producto caprichoso de una sociedad patriarcal que quiere sojuzgar a las mujeres, sino la institucionalización, a veces exagerada, de unas diferencias reales. Que hombres y mujeres no son solo diferentes anatómicamente, sino que por regla general también tienen deseos, aptitudes y capacidades distintas. Y que esto no tiene porqué ser necesariamente malo.


Ahora bien, cuando estos roles se exageran, se estereotipan y se intentan imponer a quienes se alejan de los mismos, devienen problemáticos. Y la situación que sufren las personas con identidades de género y orientaciones sexuales disidentes se enmarcan en esta problemática. Sin embargo, no es una cuestión relacionada con el modo de producción típico de las sociedades capitalistas, sino que tiene que ver con la forma en la que los individuos asumen las diferencias y la pluralidad de modos de vida. Generalmente, los patrones normativos (aquello que es más común) generan una serie de tendencias y unos estereotipos que se exageran y arrojan a todo el que se sale de la norma. Y solo a través de la defensa de valores como el pluralismo y la tolerancia mutua es cómo podemos abordarlo.


Pedirle a la gente que ignore la existencia de diferencias basadas en el sexo con base biológica solo puede generar que las diferencias producidas sean más difíciles de entender y abordar. Las políticas públicas que se plantean el objetivo de revertir situaciones de desigualdad de género tienen que ser conscientes de estos límites y estar basadas en evidencia empírica. Y deben entender que puede que la igualdad formal no termine de traducirse nunca en igualdad real.





Referencias


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[1] Esta cuestión forma parte de la crítica concreta que Butler realiza a Nancy Fraser (Butler & Fraser, 2000). [2] Definiendo el patriarcado como el sistema en el que “los hombres alcanzan los puestos superiores en todas las jerarquías de liderazgo y en todas las demás jerarquías de las que no están excluidos” (Goldberg, s.f.). [3] Sus resultados destacan el papel fundamental de la disponibilidad de recursos materiales y sociales, así como el acceso equitativo a estos recursos con independencia del género, como forma de facilitar la formación y expresión independientes de preferencias específicas de género. [4] Esto puede deberse a una gran variedad de motivos y puede dar pie a diversas lecturas. Por un lado, que las mujeres cuando tienen mayor libertad de elección, cuentan con más recursos y mayores opciones, se decantan por sus preferencias personales, y que, en aquellos países en los que su situación es peor, lo hacen por aquello que les reporta mayores ingresos (Easting & Prakash, 2013). [5] Este estudio nos habla de los países con mayor PIB per cápita que, a su vez, corresponde con los países en los que mayores cotas de libertad económica existen.

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