Género y Sexo: Charla con Esa Díaz-León


Hoy charlamos con Esa Díaz-León, profesora de filosofía en la Universidad de Barcelona, para comentar algunas de sus ideas sobre el lenguaje y la metafísica del género, uno de sus campos de investigación y especialización.


i. Es habitual oír, en las discusiones sobre sexo y género, que “mujer” es un término que se refiere al sexo, a lo que algunos críticos responden que en realidad es un término que se refiere al género. ¿Cuáles son los principales problemas de estas posiciones?


Como punto de partida, podríamos decir que para muchos hablantes, el concepto ordinario de “mujer” refiere a aquellos individuos con sexo biológico femenino. Pero según muchas filósofas feministas, esta cuestión es más complicada de lo que parece. La tesis de que el término “mujer” siempre refiere a aquellos individuos con sexo biológico está en tensión con algunas intuiciones importantes, como la idea de que las personas intersex que han sido socializadas como mujeres, o las mujeres trans que no han tenido cirugía genital, también cuentan como mujeres, y pertenecen a la extensión del término “mujer”. Por otro lado, en el feminismo clásico ha sido central la idea de que “mujer” refiere a aquellos individuos que comparten una determinada posición o rol social, en vez de una propiedad biológica. Esta idea, aunque presenta muchos avances, tampoco está exenta de problemas. Uno de los principales problemas es el de intentar identificar una posición social específica que compartan todas las mujeres, independientemente de otras identidades sociales como raza, orientación sexual, edad, nacionalidad, etc. Este fenómeno, conocido como inter-seccionalidad, es una de las principales dificultades a la hora de identificar la extensión de “mujer” con una determinada posición social.



ii. Algunas filósofas (Jennifer Saul y ud. misma, por ejemplo defienden una propuesta contextualista, que supone una alternativa a las dos teorías anteriormente mencionadas. ¿En qué consiste esta propuesta?


El contextualismo es una propuesta alternativa a las dos teorías anteriormente mencionadas. Ambas son versiones del invariantismo sobre el término “mujer”, según el cual el significado de un cierto término es el mismo en todo contexto. En contraste, el contextualismo sobre un término afirma que el significado del término varía según el contexto. Por ejemplo, pronombres como “yo”, “tú” o “ella” varían de referente según el contexto (según quien lo profiera, quién sea el interlocutor, etc.). Igualmente, la teoría contextualista defiende que el término “mujer” refiere a distintas propiedades según el contexto: en algunos contextos puede referir a los individuos con sexo biológico femenino, en otros contextos, a aquellos individuos que comparten un cierto rol social, en otros, a aquellos que se identifican como mujer, etc. Jennifer Saul propuso esta teoría en un artículo en 2012, aunque también presentó algunas objeciones a la misma, que le llevaron a rechazarla finalmente.



iii. En su artículo “Woman as a Politically Significant Term” argumenta que las consideraciones morales no son sólo relevantes para saber cómo deberíamos utilizar un término, sino también para identificar cuál es el significado actual de algunas palabras. ¿Qué quiere decir esto?


Una de las objecciones que presentó Saul a la teoría contextualista tenía que ver con casos en que la teoría parece implicar que algunas proferencias de la oración “las mujeres trans son mujeres” serían falsas en algunos contextos. Por ejemplo, imaginemos el caso de una mujer trans, Carla, que se identifica como mujer, y no ha tenido cirugía genital. Según Saul, en un contexto de una comunidad conservadora que opina que para usar los baños de mujeres, es necesario tener una vagina, una proferencia por parte de un miembro de esa comunidad de la oración “Carla no es una mujer” sería verdadera, ya que para los individuos que han proferido la oración, lo que es relevante a la hora de poder usar o no los baños de mujeres tiene que ver con tener una vagina o no. En respuesta a esta objeción, en mi trabajo he defendido que los factores de un contexto que determinan los distintos referentes en cada contexto tienen que ver con consideraciones morales y políticas que son relevantes en ese contexto, no con las creencias que tengan los hablantes en mente. Por tanto, en este ejemplo, aunque los hablantes conservadores opinen que para poder entrar a los baños de mujeres es necesario tener una vagina, eso no quiere decir que cuando ellos profieren “Carla no es una mujer”, sea verdadero. De hecho, según mi versión del contextualismo, los factores morales y políticos relevantes en ese contexto, en el que claramente las mujeres trans deberían tener acceso a los cuartos de baño de mujeres, son los que determinan que el término “mujer” incluya en su extensión a las mujeres trans. Y por tanto la proferencia de “Carla no es una mujer”, incluso cuando lo profieren hablantes que creen que es verdadero, termina resultando falso.



iv. Una objeción a este tipo de discusiones es que acaban derivando en disputas verbales, que dejan de lado los problemas sustantivos (que, según los escépticos, no se resuelven cambiando el significado de las palabras). ¿Cree que esta es una buena objeción? ¿Cómo respondería?


Efectivamente, estas disputas tratan acerca de cuál es el significado de términos como “mujer”. Aunque aquí deberíamos distinguir (siguiendo a la filósofa Sally Haslanger) entre el proyecto descriptivo de averiguar cual es el significado ordinario del término “mujer” (el significado en nuestra comunidad lingüística), y el proyecto ameliorativo acerca de qué significado debería tener el término, o cómo deberíamos usarlo. Este segundo proyecto es una cuestión normativa, que depende de cuestiones éticas y políticas, y es claramente sustantivo. Cómo usamos las palabras, a quién incluyen y a quién excluyen, tiene un efecto sobre las personas, y es importante que reflexionemos sobre el significado de nuestros términos, y cómo podríamos cambiar el significado de términos que usamos, para mejorar la sociedad.



v. Otro desafío proviene de aquellos autores (como, por ejemplo, Herman Cappelen) que creen que tenemos razones de peso para cambiar el significado de algunos términos, pero que sin embargo consideran que nuestra capacidad para hacerlo es, en el mejor de los casos, muy limitada. ¿Considera que este pesimismo está justificado?


Esta es una cuestión importante y difícil, sobre la que no hay consenso en la filosofía del lenguaje contemporánea. Yo creo que el término teórico “significado” puede querer decir distintas cosas, y es importante distinguirlas. Por un lado está la noción de información o descripciones asociadas a un término, y parece que esto no es difícil de cambiar. A nivel individual, no es difícil revisar nuestras creencias. Lo que es más difícil es cambiar el significado público, entendido como una entidad que se comparte entre miembros de una misma comunidad lingüística. Igualmente, creo que se pueden hacer cambios de forma gradual. Por ejemplo, se hacen cambios en el diccionario de la RAE, tanto a la hora de introducir nuevos términos, como de cambiar la definición de algún término, para que refleje mejor la realidad o los valores actuales. También creo que cambios de terminología y de uso de los términos en ámbitos de gran influencia como en la educación, la política, los medios de comunicación, etc., pueden conseguir cambios en los significados comunitarios de los términos. Pensemos por ejemplo en cómo han cambiado algunas costumbres lingüísticas. Algunos términos peyorativos han sido “reapropiados”, pasando a tener un significado neutral, en vez de peyorativo, como los términos “gay” y “queer”, y esto parece ser un cambio de significado. Así que aunque es difícil, no es imposible, y depende de cambios en nuestras prácticas sociales y comunitarias



vi. Ha trabajado también bastante acerca de lo que significa que algo sea una construcción social. Entre otras cosas, has defendido que decir que X es una construcción social no implica que X no sea real. ¿Podría desarrollar esta idea?


Primero, es importante distinguir entre dos ideas: la construcción social de conceptos, y la construcción social de propiedades o entidades. Por ejemplo, una cosa es decir que el concepto, digamos, de electrón, es una construcción social, ya que este concepto solo puede formularse en el contexto de ciertas prácticas sociales, tecnológicas, etc. Y otra cosa muy distinta es decir que los electrones mismos están construidos socialmente, lo que no es nada plausible (a diferencia de la tesis anterior). Por ejemplo, cuando hablamos de la construcción social de la raza, una cosa es decir que el concepto de raza es una construcción social (lo que parece plausible, ya que este concepto emergió en un contexto histórico concreto, con determinados fines políticos y sociales), y otra muy distinta decir que las razas en sí son una construcción social. Esta segunda tesis afirma que el hecho de que una persona sea de una raza u otra está constituido por prácticas sociales (es decir, por el hecho de que esa persona y su comunidad sea tratada de una determinada manera), y no por un hecho biológico. Esta tesis corresponde al construccionismo social, y claramente es una posición realista sobre las razas, porque esta tesis afirma que los seres humanos sí tienen razas tales como ser blanco, negro, asiático, etc., pero estas propiedades no corresponden a ninguna propiedad biológica, sino más bien a propiedades sociales de los individuos.



vii. Relacionado con lo anterior: a menudo se acusa a la “teoría queer” de querer “eliminar el sexo biológico” o de “borrar a las mujeres”. ¿Qué opinión le merecen estas críticas?


Este tipo de crítica a la teoría queer está ganando prominencia, por lo tanto es importante responder a estos argumentos con toda la claridad que sea posible. Por un lado, la teoría queer no es una teoría monolítica con unos postulados que todos sus defensores acepten, sino que más bien se trata de una tradición, o un cúmulo de ideas. Una idea importante dentro de la teoría queer (que proviene de pensadoras como Judith Butler y otros) es que podemos hablar de la construcción social no sólo del género (como defendía Simone de Beauvoir) sino también del sexo biológico. Como he dicho antes, podemos distinguir la tesis de la construcción social de un concepto, de la tesis de la construcción social de la entidad a la que refiere ese concepto. La construcción social del concepto de sexo biológico tiene que ver con la idea de que las clasificaciones actuales entre sexo masculino y sexo femenino dependen de factores sociales y políticos, y son una elección que podría hacerse de otra manera. La realidad biológica subyacente a la distinción binaria entre masculino y femenino consiste en un cúmulo de factores biológicos (cromosomas, órganos sexuales internos y externos, nivel hormonal, características sexuales secundarias, etc.) que suelen co-instanciarse (es decir, la mayoría de personas con cromosomas masculinos tienen órganos sexuales internos y externos considerados como masculinos, nivel hormonal asociado al sexo masculino, características sexuales secundarias masculinas tales como vello facial, etc.), pero hay casos de personas (alrededor del 1.7%) donde estos factores no están correlacionados de la misma manera. Además, a la hora de medir estos factores (por ejemplo, el nivel hormonal asociado al sexo femenino, o la morfología de órganos sexuales externos que cuentan como masculinos, etc.), hay espacio para la elección, es decir, hay distintas maneras de medir y clasificar estos rasgos biológicos, y el hecho de que los midamos de una forma y no de otra depende de factores sociales y políticos que van más allá de lo meramente biológico. Estas ideas acerca de la construcción social de los conceptos binarios de sexo biológico masculino y femenino, no tienen porqué ser incompatibles con el reconocimiento de la realidad biológica a la que he aludido. Los seres humanos tienen rasgos biológicos diferenciados pertenecientes a ese cúmulo de factores que se han clasificado bajo la noción de sexo biológico. Describir esta realidad biológica es compatible con una crítica de las presuposiciones de ese sistema de clasificación binario, y la defensa de sistemas de clasificación alternativos más inclusivos.


Por otro lado, la tesis de la construcción social no del concepto, sino del fenómeno del sexo biológico en sí, también es interesante. La filósofa Asta Sveinsdottir ha defendido la tesis de que cuando las autoridades médicas atribuyen un sexo biológico a un recién nacido, no están describiendo una realidad biológica (que existe), sino más bien prescribiendo una categoría social de naturaleza normativa, ya que viene acompañada de normas y restricciones. Dentro de nuestro sistema legal y político, los hombres y las mujeres ocupan posiciones legales distintas. Según Asta, decir que alguien es un hombre o mujer no es un acto de habla declarativo que intente describir la realidad subyacente, sino más bien un acto de habla “performativo” que intenta colocar al individuo en una posición social u otra. Podemos estar de acuerdo con este análisis de las proferencias de ese tipo o no, pero no creo que esta teoría implique el borrado de las mujeres. Más bien, esta teoría hace explícita las categorías sociales subyacentes a las clasificaciones de sexo biológico masculino y femenino que son muy influyente en el feminismo, y en nuestra sociedad. Además, esta teoría puede explicar qué rasgos de las mujeres son relevantes a la hora de explicar la discriminación de las mujeres, a saber, el hecho de que las mujeres ocupemos una cierta posición social, constituida por una variedad de prácticas sociales, normas, expectativas y restricciones. Reconocer la importancia explicativa de esta realidad social no implica el borrado de los rasgos biológicos, ni siquiera del hecho que estos rasgos biológicos también pueden en parte explicar la discriminación de las mujeres. Pero los rasgos biológicos por sí solos no pueden explicar las prácticas patriarcales en su totalidad, necesitamos también apelar a prácticas sociales por encima de los rasgos biológicos.



viii. En la literatura académica, es habitual leer que una teoría adecuada del género debe ser capaz de acomodar la autoidentificación de las personas trans. ¿En qué consiste este requisito? ¿Pueden las personas trans estar equivocadas al respecto?


La filósofa Talia Bettcher distingue entre dos versiones de la tesis de la autoridad de la primera persona en cuestiones de auto identificación del género: la tesis ética, y la tesis epistémica. La tesis epistémica afirma que un sujeto tiene acceso privilegiado a su propia identidad de género. La tesis ética afirma que es moralmente incorrecto poner en duda las auto-identificaciones de género de otras personas, basado en cuestiones de respeto a su autonomía. Bettcher argumenta que la tesis epistémica es demasiado fuerte ya que no queremos comprometernos con la tesis cartesiana del acceso infalible a nuestros propios estados mentales, y por tanto Bettcher defiende la versión ética, según la cual no deberíamos poner en duda las auto-identificaciones de otras personas. Otros pensadores han intentando defender alguna versión epistémica, además de la ética. Por ejemplo, podríamos decir que aunque nadie tenga acceso infalible a sus propios estados mentales, el propio sujeto está en mejor posición epistémica con respecto a su identidad de género que otras personas desde el punto de vista de la tercera persona, y por tanto a nivel epistémico nadie estaría justificado a corregir la auto-identificación de un sujeto, aunque estrictamente, éste puede equivocarse, pero nadie estará en mejor posición que él o ella para corregirle. Por tanto, podemos entender la auto-determinación del género de una forma plausible, sin comprometernos con la tesis del acceso privilegiado o infalible a nuestros propios estados mentales, que pocos filósofos defenderían.


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