El motín de los gatos


Cuenta la leyenda que cuando las tropas de Alfonso VI, allá por el año 1085, se disponían a asaltar la fortaleza de Mayrit, nombre árabe de la actual Madrid, un soldado empezó a escalar la muralla con la simple ayuda de una daga que iba clavando en la piedra y que le permitió con agilidad ir subiendo como si de un gato se tratara. Su hazaña sirvió para que las tropas cristianas pudieran acceder al interior. El propio soldado ante la repercusión de su intrépida y ágil hazaña decidió cambiar su apellido por el de Gato. Y este apelativo acabó asociándose a cualquier madrileño de tercera generación. Y esto nos sirve de introducción para abordar el tema del artículo, El motín de los gatos, al hablar de las revueltas populares que se produjeron en el Madrid de 1699 durante el reinado de Carlos II. Porque evidentemente las revueltas no estuvieron protagonizadas por estos simpáticos felinos, sino por los habitantes de Madrid.


Pero como siempre el primer paso es contextualizar el acontecimiento en la Castilla de finales del s. xvii, donde tras el reinado de Felpe IV se vive un situación de crisis económica, política y social, especialmente agudizada en la década de 1677-1687 que en resumidas cuentas trajo consigo epidemias de peste con su consiguiente despoblación, pérdida de industrias, descenso de la producción y por ende escasez de alimentos; todo ello acompañado de una nefasta climatología y una acuciante crisis monetaria por las devaluaciones de la moneda. Alcanzando el cenit con la deflación de la moneda de vellón en 1680 y la posterior caída de la actividad económica.


En 1685 entra en escena uno de nuestros protagonistas, el conde de Oropesa que comenzó a llevar las riendas políticas y económicas del reino. Empezó de manera continuista respecto a las reformas emprendidas por sus antecesores y avanzó con nuevas propuestas: completó la reforma monetaria de 1660; intentó suavizar la burocracia; quiso frenar el aumento del estamento eclesiástico y reducir el poder de la Inquisición; amenazó a la aristocracia con el cobro de impuestos; redujo la presión fiscal a los pueblos y llevó a cabo recortes en los gastos de la Corona, entre otras.


Esta es la situación que se vivía ante el final de los Austrias en su trono hispano, muy alterada en los últimos años a causa de la descendencia del rey, más bien, por la no descendencia. Se decía de Carlos II que estaba hechizado y no podía engendrar hijos y, de hecho, fue ese el apelativo con el que ha pasado a la Historia. Como no podía ser de otra forma, las potencias rivales comenzaron a tejer sus hilos para hacerse con tan preciosa y valiosa pieza. Empezando por la Francia de Luis XIV.


El rey había intentado buscar una solución de continuidad dejando en testamento el nombre del heredero al trono, José Fernando de Baviera, pero la repentina muerte de este en febrero de 1699 provocó que la pugna por la sucesión se avivara hasta límites insospechados.


En la corte había dos facciones con el objetivo de obtener del rey, de nuevo, el nombre de su sucesor por vía testamentaria, evidentemente pujando cada una de ellas con sus ardides en favor de su candidato. Por un lado, los profranceses apostando por un nieto del rey vecino, Felipe de Anjou. Maniobra hábilmente dirigida por el duque de Harcourt, embajador de París, quien había ido captando a personalidades de la corte en su favor, entre ellos el padre Matilla, confesor real y persona de gran influencia sobre el monarca. En el otro lado estaban los partidarios del archiduque Carlos de Austria que enarbolaban la bandera de la continuidad sanguínea en la Corona y aireaban la tradicional enemistad que los Borbones mantenían con la Corona española.


La facción imperial había ido perdiendo peso en la Corte, especialmente por la camarilla de extranjeros que acompañaban a la reina Mariana de Neoburgo desde su llegada. Encabezados por el tesorero privado de la reina, Wiser, y su camarera mayor, la baronesa von Berlips, se habían granjeado el odio de las clases populares.


Si hemos dicho que el embajador francés estaba moviendo sus hilos diplomáticos de una forma sutil, todo lo contrario estaba haciendo el embajador imperial, el conde de Harrach. Dando por hecho que a su señor le correspondían todos los derechos sucesorios, se dedicaba a presionar a la reina alemana para hacer lobby con su esposo y conseguir ese resultado.


1699 despertaba con un claro desequilibrio en favor de la facción borbónica. A los imperiales solo les quedaba la baza del conde de Oropesa, no reclutado por los franceses, presidente del Consejo de Castilla y que actuaba como primer ministro del rey. Figura, por tanto, de influencia directa sobre el monarca. Por ello, se convirtió en objetivo número uno de la candidatura francesa para deshacerse de él políticamente hablando.


Su punto débil fue encontrado en su codiciosa esposa que ejercía notable influencia en el conde, responsable del abastecimiento de la ciudad. Las desastrosas cosechas de 1697 y 1698 agravaron la situación, ya complicada, con el precio del trigo por las nubes, la depreciación de los salarios reales y una tasa de desempleo disparada. El precio del trigo y del aceite se duplicó en abril de 1699. Descubrieron que desde hacía varios meses la condesa estaba acaparando grandes cantidades de grano y aceite con la idea de provocar movimientos especulativos en el mercado que le reportarían suculentos beneficios económicos sin importarle los daños que pudieran provocar a la población. Solo había que airearlo.


Sobre el desabastecimiento de trigo y aceite que sufría Madrid desde primeros de año, que se achacaba a las malas cosechas, poco a poco fue corriendo el rumor de que la verdadera causa era la especulación de algunos que querían hacer negocio con alimentos tan necesarios. Y la condesa estaba en el foco de atención de aquella rumorología, junto a un adalid de la facción imperial, el gran Almirante de Castilla, Tomás Enríquez de Cabrera. Ya tenían los franceses la trama a punto de caramelo solo había que azuzarla en pro de sus intereses.


Empezaron a aparecer pasquines por la ciudad y a cundir el malestar entre el pueblo. La atmósfera se iba calentando día a día y como pasa en estas situaciones solo faltaba la chispa que hiciera dinamitarla. Y eso sucedió el 28 de abril.


Un incidente en la Plaza Mayor entre una verdulera que se quejaba al corregidor, Francisco de Vargas, por el precio del pan y su mala calidad, y una respuesta soez del propio corregidor, acabó con la huida de este refugiándose en una tienda o un monasterio, dependiendo de las versiones, ante la avalancha de piedras y otros objetos contundentes que le arrojaba la multitud al haberse considerado ofendida por su actitud.


El siguiente objetivo de la turba fue la casa del conde de Oropesa y al ver que no conseguían su objetivo, marcharon hacia el Alcázar Real, dando vivas al rey y mueras al conde y al corregidor, y exigiendo pan barato, la destitución de Vargas y el nombramiento de Francisco Ronquillo como nuevo corregidor. Tuvo que salir el rey al balcón para apaciguar a la masa. Les reconoció que no sabía de sus necesidades y les prometió remediarla, lo que calmó el ambiente.


Pero el fuego no había sido apagado totalmente y los rescoldos amenazaban con provocar un nuevo incendio en cualquier momento. De nuevo entraron en juego los pasquines reivindicativos, pero esta vez no era el pan y los precios su objetivo, sino la cabeza política de Oropesa. El trasfondo político era evidente y poco a poco se hacía más nítido que la mano de la diplomacia francesa estaba detrás de todo ello.


Una de las primeras consecuencias fue la destitución de Francisco de Vargas como corregidor sustituyéndole Francisco Ronquillo, bien visto por el pueblo. Los francófilos ya tenían el control. Le siguió el destierro de Oropesa, considerado el culpable de los desordenes y sustituido de la presidencia del Consejo de Castilla, pasando a manos de otra cabeza de los franceses, el cardenal Portocarrero. Con ello, la facción austriaca salía de la órbita de influencia del monarca. Al menos esta vez, el pueblo no fue ni olvidado ni perjudicado. El nuevo corregidor adoptó medidas para que los precios bajasen y el abasto de mercancías fuese abundante.


En conclusión, en este motín se combinó la lucha política, la ambición desmedida de algunos sin atender las consecuencias provocadas, el malestar acumulado del pueblo y los intereses sucesorios. El trasfondo político utilizó en su interés esta revuelta popular para deshacerse de enemigos políticos y allanar el camino hacia su objetivo final. El final de la Casa de Austria fue dramático al iniciarse una guerra civil con motivo de la sucesión. Cuestión que se podría haber evitado si se hubieran respetado los deseos que Carlos II había dejado en su testamento, firmado el 2 de octubre de 1700, un mes antes de su muerte, cuando había optado por Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV y biznieto de Felipe IV.




Referencias


Calvo poyato, J. (1999). El motín de los gatos. La Aventura de la Historia, n.º 11.


Castilla soto, J., y Santaolaya Heredero, L. (2011). Historia Moderna de España (1665-1808).. Univ. Ramón Areces.


Egido lópez, T. (1980). El motín madrileño de 1699. Investigaciones históricas. Época moderna y contemporánea, n.º 2.


Castroviejo salas, A. (2013). Las revueltas populares en Madrid en la segunda mitad del siglo xvii. Revista Historia Autónoma, n.º 3.


Otero carvajal, L. E. (2018, mayo 17). La heroica historia detrás de por qué a los madrileños se les llama gatos. El País.

Recuperado de https://elpais.com/elpais/2018/05/10/icon/1525965134_732453.html



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