• Sergi Lostao

El fin de la historia: una crítica a (los lectores de) Fukuyama



El 25 de diciembre es quizás la fecha más importante del calendario de Occidente desde hace siglos, por razones sobradamente conocidas. Es el día más señalado en la cristiandad a través de su origen religioso, pero su significado trasciende a ámbitos sociales, familiares y desde hace unas décadas, hasta económicos. Sin embargo, esta fecha también señala una efeméride muy relevante para el mundo: la disolución de la Unión Soviética.


Tras unos años convulsos en que las reformas de la perestroika y la glasnost fueron convirtiéndose en pasos sin retorno que desmembraban la alternativa al capitalismo surgida en 1917, se llegó al canto de cisne de la revolución bolchevique. Cautiva y desarmada la nomenklatura soviética, parecía que la democracia liberal había alcanzado sus últimos objetivos. La Guerra Fría había terminado. Mijaíl Gorbachov dimitió como último presidente de la URSS y se arrió la bandera roja del Kremlin. La Federación Rusa tomó el relevo de forma pacífica.


El bloque occidental -en especial Estados Unidos- se coronó como ganador del pulso iniciado en 1945. Si aceptáramos como válido considerar la superioridad de las ideologías marxista y liberal en base a este conflicto, el resultado parecería claro. El capitalismo, el libre mercado, la democracia liberal, la libertad individual, la sociedad de consumo… ganaron la batalla al socialismo, a la economía planificada y al comunitarismo. El modelo económico, político y social por el que la humanidad debería regirse parecía claro e imparable. Así lo expuso en 1992 el politólogo estadounidense Francis Fukuyama en su célebre obra “El fin de la historia y el último hombre”, donde muchos de sus lectores entendieron que se argumentaba que la lucha de ideologías había concluido, y que el desarrollo de la historia (entendido de una forma hegeliana) había dictado sentencia. La humanidad ya había descubierto la mejor manera de organizarse. Y así fueron felices y comieron perdices. (Señalar, no obstante, Fukuyama matizó posteriormente esta comprensión tan extendida de su obra, afirmando que se había hecho una interpretación sesgada de su obra, pues en ella también señalaba que el nacionalismo y el fundamentalismo parecían ser elementos no del todo derrotados, tal y como a continuación expondremos).


¿Fue correcta la lectura de este devenir histórico? ¿Realmente la historia “había acabado”? ¿La humanidad ha descubierto por fin la mejor manera de organizarse y vivir? A nuestro entender, el tiempo ha demostrado que esta interpretación era incorrecta. Veamos por qué.


Al margen de que la hegemonía de la democracia liberal y la globalización no sean la esperada tras la caída del telón de acero (lo veremos más adelante), no se puede olvidar tan rápido que el modelo capitalista-democracia liberal acarreaba ya problemas importantes, no solo en las últimas décadas, sino desde sus inicios. El capitalismo ha generado desigualdades sociales importantes, crisis económicas cíclicas y relaciones de explotación entre países ricos y pobres. Además, recientemente hemos sido conscientes del impacto medioambiental de su modelo de producción y consumo, el cual pone en jaque las mismas condiciones de vida en el planeta. Puede que el importante crecimiento económico posterior a la II Guerra Mundial y la victoria sobre el bloque del este hicieran olvidar todo ello, pero ya nadie hoy puede pasarlo por alto.


Si bien el modelo socialista parecía que había quedado desacreditado como respuesta a estos problemas, esto no quita razón a las críticas teóricas de esencia más socialista al modelo imperante. De hecho, las duras desigualdades sociales y las crisis cíclicas ya fueron señaladas por Marx en el siglo XIX. Además, no se puede obviar que parte del éxito de la economía de mercado y de la democracia liberal se produjeron gracias a la asunción de políticas promovidas por la socialdemocracia. El surgimiento del Estado de Bienestar, con ciertas políticas redistributivas como los programas de pensiones o la educación pública, atenuaron las desigualdades sociales y redujeron la pobreza. A ello hay que sumarle la regulación de distintos aspectos de la economía (véase todo lo relativo a las leyes laborales), las leyes antimonopolio (he ahí otra preocupante tendencia intrínseca del capitalismo) o la provisión de bienes públicos, entre otros.


Así pues, en cierto sentido el éxito del bloque capitalista también se debió a incorporar “correcciones” de índole marxista. Quizás el mejor modelo posible podría ser combinar lo mejor de ambos mundos. ¿Era posible esta virtuosa síntesis? ¿Había algo más que discutir en los 90? Algunos así lo consideraron y lanzaron propuestas en esta dirección. Acaso la más conocida sea la llamada “Tercera Vía”.


Si bien podemos encontrar propuestas anteriores en esta línea, la Tercera Vía fue defendida a partir de los 90 por intelectuales y partidos de corte “socioliberal” o por los tradicionales partidos socialdemócratas, que habían abandonado definitivamente los postulados marxistas y las propuestas como el control estatal de sectores estratégicos de la economía. Su principal valedor fue el primer ministro británico Tony Blair, que en 1997 recuperó el poder para el Partido Laborista tras dos décadas de un dominio tory que había supuesto un fuerte desmantelamiento del estado de bienestar surgido tras las II Guerra Mundial, así como la privatización de las empresas de titularidad pública. El “nuevo laborismo” abandonaba la idea de la fuerte presencia del estado en la economía y una amplia provisión de bienes y servicios públicos, para abrazar la colaboración público-privada. También serían ejemplos de estas políticas Bill Clinton en Estados Unidos o Gerhard Schröder en Alemania.


Teniendo esto en cuenta, se podría reconocer que la hegemonía occidental también se debió a la asunción de elementos propios del socialismo, que si bien estaban de capa caída, todavía tenían un peso significativo. Pero aún así, incluso con estos matices, el éxito de la democracia liberal capitalista sería innegable, y se trataría del modelo a aplicar en todo el mundo. Treinta años después del desmoronamiento del mundo comunista (con algunas contadas excepciones), nadie puede dudar que existen poderosos fuerzas que reniegan de esta hegemonía democrática-liberal y globalizadora. Desde luego no se trata de un resurgimiento de los postulados marxistas, sino de una variedad de corrientes que, si bien engloban posiciones muy distintas, tienen en común el rechazo al orden político, económico e internacional que cantó victoria en los felices años 90.


Para empezar, en contra de lo que las teorías de la modernización podían presagiar, China no se ha convertido en una democracia liberal. Si bien es cierto que ha adoptado una suerte de libre mercado y sociedad de consumo, en lo que a modelo político se refiere China no se parece más a Occidente que hace 30 años. Además, el rol del estado en la economía es demasiado fuerte como para encajar en el molde capitalista convencional, por no hablar de sus severas restricciones a derechos y libertades considerados sagrados en Occidente. Esto no ha impedido el auge de China como potencia. Es la segunda economía del mundo, es puntera en muchos sectores económicos y ha recortado terreno a marchas forzadas con Estados Unidos en muchos campos, desde el militar al científico.


A su vez, en el mundo árabe y musulmán el fundamentalismo religioso ha resurgido con inusitada fuerza. Si bien ya antes de los ataques del 11 de septiembre de 2001 se venían desarrollando atentados yihadistas contra elementos occidentales con una cierta regularidad y relevancia, no cabe duda que esta fecha marcó un antes y un después. Más allá de los postulados más extremistas contra todo aquello que suene a occidental o cristiano-judío, estas corrientes se oponen a las relaciones que muchos regímenes de países musulmanes han emprendido contra occidente o a las reglas y valores con las que la población musulmana debe vivir en ellos. Las protestas conocidas como “primaveras árabes” en 2011 parecían acordes con los valores occidentales (reclamaciones de derechos humanos, pluralismo político, igualdad para las mujeres…) pero el balance final ha resultado más bien descorazonador.


El mismo occidente no escapa del auge de fuerzas que cuestionan el orden democrático-liberal, o al menos parte de este. Si bien ya en la década de los 2000 los populismos de izquierdas obtuvieron éxitos significativos en latinoamérica, ha sido en los recientes años cuando el nacionalpopulismo de derechas ha obtenido avances de gran calado en Europa y Estados Unidos, los cuales posiblemente resultarían difíciles de creer para quienes cantaban victoria en los 90. Sin ir más lejos, en la meca de este órden supuestamente definitivo -EEUU- Donald Trump ganó las elecciones con una propuesta muy crítica con el libre comercio, con el multilateralismo y con los postulados hegemónicos en buena parte de las élites políticas, económicas, mediáticas, académicas, etc. El Brexit puede ser interpretado como otro célebre caso de resurgimiento de nacionalismo populista, en este caso en contra del proceso de integración europea nacido en los años 50 y que en los 90 y 2000 todavía se encontraba en expansión.


A esta lista se podrían añadir otros ejemplos, como los retrocesos en la democratización de Rusia (y la recuperación de su tradicional esfera de influencia internacional), los populismos de derechas en Brasil y Filipinas, la supervivencia de los regímenes cubano y norcoreano… En resumidas cuentas, parece que demasiada gente no ha estado dispuesta a aceptar que hace 30 años la historia había llegado a su fin.


La lección que podemos sacar de todo ello es una cura de humildad. La realidad es compleja. Organizar las relaciones humanas, esto es, la política, la economía, la sociedad… no es una tarea que se pueda dar nunca por concluida. Desde luego podemos estar seguros que existen modelos con ventajas y desventajas respecto a otros, pero nunca deberíamos sobrestimar las virtudes de una propuesta, por mucho que nos convenza. Sobre todo si esta propuesta contiene valores y principios que a nosotros nos pueden parecer obviamente correctos, pero a quienes viven bajo valores y creencias distintos a los nuestros no.


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