El precio de ser madre: Charla con Júlia Bacardit

 

Hoy charlamos con Júlia Bacardit, periodista y autor de “El precio de ser madre” (ed. Apostroph, 2020), donde la autora explora la realidad de los tratamientos de reproducción asistida y de la donación de óvulos. Documenta el proceso de donación, el funcionamiento de las clínicas, el trasfondo económico y lucrativo, las presiones, el sufrimiento y las secuelas de las donantes, entre otros aspectos de interés.

 

-Una de las primeras cuestiones que abordas son las bajas tasas de natalidad en Europa y, especialmente, en España, para lo que das una explicación económica y biológica. ¿Podrías indicar los puntos principales de este diagnóstico?

 

La fertilidad ha disminuido en todo el mundo, y no se trata tan sólo de una cuestión socioeconómica: también en países en vías de desarrollo y con tasas de natalidad elevadas se ha reducido. En lo que se refiere a Europa en general y España en particular, a partir del año 1975 la natalidad empezó a descender al ritmo que lo hacía el retraso de la maternidad de las españolas. El caso español es llamativo, porque antes de los setenta del siglo pasado España era uno de los países europeos con tasas de natalidad más altas, equiparables con las de la también católica Italia; los últimos cincuenta años, España ha pasado de tener una de las poblaciones europeas más jóvenes a ser de las más envejecidas en menos de cincuenta años.

 

 

-En el texto estudias cuál es el perfil de la donante en España; ¿cuáles han sido tus conclusiones?

 

Las donantes suelen ser trabajadoras y paradas de formación media o estudiantes universitarias; según el FIVCat, informes que se hacían desde la Generalitat de Catalunya (y que ya no se hacen), a finales de los noventa más de la mitad de las donantes de óvulos en Cataluña eran extranjeras, es decir, mujeres nacidas fuera de España. Con el tiempo, las condiciones en este sentido se endurecieron, y los tests previos a la donación empezaron a excluir a las extranjeras; las mujeres Roma del Este eran buena parte de la aportación de los bancos de óvulos. En el test psicológico como donante te preguntan si tienes familia latinoamericana, si eres adoptada, etcétera: se prioriza la semejanza entre la donante y la receptora, y la semejanza principal es la racial. Pero las mujeres que más óvulos donaban (y muchas de las que donan aún hoy, aunque en menor cantidad) son de origen migrante y pobre.

 

 

-Destacas que los riesgos del proceso de donación de óvulos son poco conocidos y que no se siempre se informa especialmente bien de ellos a las implicadas. ¿Cuáles son estos riesgos?

 

En las clínicas se informa bien a las implicadas, y también consta en el llamado contrato gratuito: riesgo de hemorragias, de heridas en los órganos internos por pinchazos accidentales durante la punción, riesgo de hiperestimulación ovárica y riesgo de torsión ovárica. Estos son los riesgos a corto plazo, y de entre ellos el más frecuente es la hiperestimulación ovárica; si esta ocurre hay que parar en seco el tratamiento (seas donante o seas una futura madre que trata de hacerse una in vitro con sus propios óvulos), y los ovarios se te llenan de agua; en caso de embarazo durante la hiperestimulación el riesgo de muerte es alto. Cuando vas a donar, en la primera visita con la ginecóloga se suele quitar importancia a las consecuencias, porque lo que te cuentan es que ocurren en un porcentaje muy bajo de los casos, menos del 1%. Es cierto que la torsión ovárica o la muerte por hiperestimulación es muy poco frecuente, pero las posibilidades de que ocurran también aumentan cuantas más veces dones óvulos (hecho del que nadie tiene constancia a día de hoy, puesto que puedes acudir a otra clínica y decir que no has donado antes).

 

Otra cuestión son las consecuencias de la ovodonación a largo término. La demanda de óvulos y de tratamientos de fertilidad en general ha crecido más que el conocimiento sobre los efectos secundarios de la reproducción asistida, y desde la bioética se ha llegado a cuestionar que ha habido poco margen de investigación de las posibles contraindicaciones. Entre las mujeres que tomaban clomifeno, una sustancia ya prácticamente en desuso en Occidente que servía para fomentar la ovulación y facilitar así una inseminación, se han detectado tasas de cáncer en el aparato reproductivo más altas de lo habitual. El clomifeno sigue usándose en el Norte de África, por ejemplo, porque los medicamentos menos eficientes siguen en circulación fuera de lo que conocemos por Occidente. Otras posibles consecuencias de la medicación requerida para donar óvulos son la menopausia precoz y las posteriores dificultades para lograr un embarazo de manera natural cuando la donante lo desee. Aunque estos dos efectos no han sido demostrados, el proceso de estimulación ovárica implica engañar a tu cuerpo y a forzar tu aparato reproductivo, y el tratamiento está prohibido a las mujeres con problemas hormonales en la hipófisis, porque las predispondría aún más a sufrir cáncer de mama o de ovarios. Luego está el tema de las enfermedades de los niños y niñas nacidos de la reproducción asistida: a nivel genético tienen menos posibilidades de sufrir ciertas enfermedades que el resto, porque las clínicas (como mínimo, las buenas) estudian la genética de la donante y del padre de la futura niña o niño. Hay otras patologías derivadas de una mala congelación de los embriones, por ejemplo, pero es cierto que en el campo de la congelación de embriones se ha avanzado mucho. A pesar de esto, las secuelas psicológicas de los nacidos de la reproducción asistida están pendientes de estudiarse a fondo, y el 100% de garantías de conseguir un niño sano no existen (¡tampoco en la reproducción natural, claro!).

 

 

-Afirmas que "Los bebés no lo resuelven todo" y sugieres que en ocasiones, el deseo de tener hijos responda a razones equivocadas como podría ser "una herida narcisista, una rivalidad con sus madres o el miedo que las abandone el marido (p.118)". ¿Podrías desarrollar esta idea?

 

El deseo obsesivo de tener hijos a veces responde no únicamente a la mezcla de presión social y biológica sino a cuestiones relacionadas con la psicología. Las mujeres que han tenido una relación distante con su madre pueden tener fantasías de autofecundarse, y las mujeres que son demasiado mayores para ser madre de forma natural pueden experimentar un miedo (más o menos irracional) de ser descartadas por sus parejas, que podrían ser padres de forma fácil con una compañera más joven. Las narcisistas diagnosticadas, por su parte, en algunos casos tienen problemas para comprender su incapacidad para tener hijos de forma natural, y pueden tomarse el asunto de la maternidad como un reto que tiene poco que ver con el hecho de quere cuidar y educar a un recién nacido. Otro caso que relato es el de una mujer casada con VIH y cuarenta años de edad que abortó dos veces en su juventud y que quiere ahora ser madre a toda costa: para ella maternidad es una forma de decirse a sí misma que ha superado la drogadicción, que ahora es una persona normal. ¿Está bien que quiera ser madre por estas razones? Es libre de elegir, pero igual debería tomar conciencia de sus motivos. Esta parte del libro es menos científica y más psicoanalítica, y por lo tanto entiendo que haya quién tenga serias objeciones con ella. Sin embargo, parto de casos de estudio con parejas que se han sometido a la reproducción asistida, e incluso figuras favorables a la reproducción asistida y a las donaciones anónimas (como Pere Barri, el médico que hizo nacer a la primera bebé probeta de España) aseguran que es bueno y hasta importante recibir apoyo psicológico durante los tratamientos reproductivos. Los tests psicológicos quizás no deberían pasarlo solo las donantes, sino también las receptoras y sus parejas. A veces un buen tratamiento psicológico podría servir más que el nacimiento de un hijo.  

 

-Abordemos ahora el aspecto más filosófico del texto; planteamos posibles objeciones que diversas de tus tesis nos han sugerido. En la página 198 encontramos el que parece ser el quid del asunto, pues se critica esta práctica en general, con independencia de la situación de los implicados: “Un cantante de ópera que cobra entrada vende su talento, una cualidad que él tiene como sujeto. Escuchar ópera no es una cuestión de vida o muerte, y la ópera se paga para disfrutarla o para lucir estatus. Quien ofrece ópera es un sujeto. Una mujer capaz de producir muchos óvulos maduros o un donante de sangre, en cambio, no ofrecen su fuerza de trabajo ni su talento: se ofrecen a sí mismos, una parte de lo que son. Esto los sitúa un escalón por debajo del cantante de ópera, porque el cantante es un sujeto y el donante actúa y se percibe como un objeto. En el caso de la donación de óvulos, el objeto de donación o venta no sirve a la función de salvar una vida y, por lo tanto, ofrecerlos no tiene el mismo valor ético que ofrecer un riñón a alguien que lo necesita para sobrevivir”. Si hemos entendido bien, transmitir u ofrecer partes de nuestro cuerpo es degradante por convertirnos en “objetos”, y por tanto es criticable toda transmisión, por dinero o altruista. Y si se acepta en algunos casos, es en atención a un bien mayor, como salvar vidas. ¿Significa eso que sería criticable regalarle a un tercero una parte de nuestro cuerpo -sangre, semen, óvulos, pelo- para que lo empleara en un fin más bien poco importante -como material en una obra de arte?

 

No critico toda transmisión: la sangre es necesaria para curar enfermos; el semen puede contribuir a que mujeres lesbianas o solteras sean madres, y los óvulos también pueden contribuir a esto. Si vamos más allá, los estudios con embriones nos permitirían conocer más y mejor ciertas enfermedades: tenemos muchos embriones congelados que quizás no serán nunca personas, de modo que podríamos empezar por usarles con finalidades curativas. No veo ningún inconveniente en donar una parte de tu cuerpo para una obra de arte, sobre todo porque en este caso no haría falta estimular el óvulo: bastaría con el óvulo que cae durante la menstruación; los mismo con un cabello o con el semen tras una eyaculación. Me parecería una estupidez donar un óvulo fertilizado con hormonas para una obra de arte, porque en este caso ni siquiera existe la ilusión de convertir en madre a otra mujer que quiere ser madre y que contribuirá a desarrollar tus genes. En última instancia, además, no todas las partes del cuerpo son iguales: solo los gametos tienen el potencial de pueden derivar en seres vivos, porque la clonación está lejos de materializarse y sobre todo lejos de extenderse; y creo que a nadie se le ha ocurrido crear embriones propios para hacer una performance que dure un par de días. Sería frívolo y difícil de justificar a nivel artístico, creo. 

 

No parto de la premisa de que el cuerpo es sagrado e intransferible, porque no lo creo: el fin del puritanismo sexual debería servir para dejar de entender el cuerpo como el catalizador de la jerarquía familiar, del honor y de la propiedad. Lo que sí me parece vital para los derechos humanos no es tanto el cuerpo y sus componentes sino el bienestar de dichos cuerpos y de la psique asociada a ellos, es decir la persona. Y dar un óvulo maduro rompe bastante el bienestar de la persona, más que donar sangre o cabellos o semen.

 

 

-En un sentido similar, también al final de la página 198 se insiste en que “La comparación con la prostitución no es rara, porque ambos fenómenos plantean cuestiones sobre la libertad de vender nuestro propio cuerpo. La libertad sería no tener que vender lo que nos es propio y nos constituye como humanos, y de ahí que las donaciones de óvulos sean altruismo y no una venta.” ¿Pero acaso nuestro tiempo, nuestra energía, nuestro talento e ideas, nuestro trabajo etc. no es también algo que nos es propio y nos constituye como humanos, y que sin embargo vendemos o arrendamos diariamente?

 

En España hablamos de ‘donaciones’ de óvulos, y las donaciones en principio no tendrían que ser una venta (como sí lo es la prostitución de forma clara, puesto que nadie habla de donar su cuerpo para saciar a pobres incels, como si se tratara de un voluntariado). Pero yo misma hago la analogía en este párrafo que citas, por tanto te responderé equiparando prostitución y donación. Totalmente: el trabajo es una forma de venta. De hecho lo que hace que un trabajo esté más cualificado que otro o tenga más caché que otro es que lo que vendas sea talento, ideas. Trabajar de basurera y trabajar de periodista implican la venta de tu fuerza de trabajo, pero el segundo es un trabajo más gratificante porque no sólo te da dinero y sociabilidad: te da reconocimiento, te permite crecer, te ofrece una identidad. Ser basurera es vender la fuerza de tus brazos a la hora de barrer, como ocurre en los trabajos físicos.

 

La prostitución ya no vende la fuerza, solo vende el cuerpo. La definición de proletariado es ‘los que ofrecen su prole’, quiénes solo pueden poner el cuerpo. Y la mayoría de la gente no quiere tener que vender su cuerpo: si acaso querrían vender su talento, si tuvieran tiempo y dinero para cultivar alguno.

 

Además de dañar el cuerpo, en la mayoría de casos la prostitución daña también la psique: muchas prostitutas tienen un currículo de abusos familiares o comunitarios a sus espaldas y sufren estrés post traumático. Esto hay que tenerlo en cuenta cuando hablamos de prostitución, porque nos guste o no el cuerpo y la psique van juntos, y nos guste o no quién ejerce la prostitución raramente lo hace por gusto. Hoy en días hay asociaciones de prostitutas que no esconden su condición y que exigen el derecho a prostituirse con garantías laborales: creo que estaría bien poder ofrecérselas. Aunque sea mucho menor, la donación de óvulos también daña cuerpo y psique en beneficio ajeno (y además, a diferencia de la prostitución, ni siquiera se considera venta, por lo que de acuerdo con el ‘contrato gratuito de donación’ puedes terminar pagando por los óvulos que prometiste).

 

Estoy de acuerdo contigo en que no todas las personas son iguales ni responden del mismo modo a la venta del cuerpo. Una de las donantes entrevistadas estuvo a punto de morirse debido a una hiperestimulación y sin embargo se muestra favorable a la reproducción asistida y a la ovodonación; me dijo que ella, en caso de no haber podido ser madre de forma natural, habría pagado por hacerse una FIV on óvulos ajenos; otras donantes que no sufrieron hiperestimulación, en cambio, se sentían usadas, víctimas del patriarcado y del capitalismo. Ante estos temas siempre está bien constatar los grises, señalar que la propia ideología determina también nuestra experiencia. Aun así creo que no hay que engañarse: pocas queremos dar óvulos a desconocidas o parir los bebés de otra gente o copular con viejos desconocidos como forma de vida. Sencillamente a algunas les da menos asco que a otras y sobre todo les viene mejor económicamente que a otras.

 

 

-También en relación al cuerpo se afirma que “Si yo vendo un coche puede que no tenga derecho a echarme atrás una vez haya firmado el contrato, pero todo lo que atañe al cuerpo forma parte estricta de la identidad de la persona y debe seguir unas normas diferentes (p.201)” La última afirmación nos genera muchas dudas: si fuera así, ¿no significaría que con cada menstruación y eyaculación las personas deberíamos ver mermada nuestra identidad de manera significativa? ¿Acaso cabe establecer una relación universal entre el cuerpo y la identidad de cada persona, no será esa una relación que cambie de individuo a individuo, siendo cada cual quien establezca qué es parte estricta de su identidad?

 

No es lo mismo menstruar o eyacular que someterte a un proceso de hormonación y a una intervención quirúrgica con la finalidad de crear seres vivos a partir de tus genes. Por otra parte, donar semen es parecido a donar óvulos, en el sentido filosófico o ético, pero no expone al donante a daños físicos ni mucho menos a riesgo de muerte (como es el caso de las mujeres): esta es la razón por la que las donaciones de semen se remuneran mucho menos (alrededor de 50 euros frente a los 1000 de la donación de óvulos). Además, una menstruación o eyaculación no merman ni alteran tu identidad porque no resultan en nada: el semen contenido en un preservativo de látex se pudrirá, como la compresa que se descompone en la basura del baño. Nadie es padre o madre por el mero hecho de eyacular o de donar. Tampoco pretendo que la donación sea una forma de paternidad o de maternidad, porque las mismas donantes me aseguraron que no sienten ningún vínculo posible con los óvulos que donaron tiempo atrás y que hoy han servido para generar a otro ser humano. Por otra parte… yo estoy en contra de la venta de óvulos y de sangre, pero estoy aún más en contra del hecho de hacerlo de forma encubierta, con contratos de gratuidad que además están exentos de impuestos: si como sociedad decidimos que comprar y vender nuestro cuerpo nos parece bien decidámoslo: en Francia hubo más debate acerca de este tema, por ejemplo; en EEUU se hace, y el precio de los óvulos es diez veces superior. No pretendo ser cínica, pero creo que con este falso humanismo de donantes generosas y de madres soñadoras salimos perdiendo.

 

 

-Una de las ideas más presentes y criticadas en la obra es la existencia de una presión social contra las mujeres para que sean madres. Llegados a la conclusión del texto, y mientras se comenta cómo evitar la tecnificación de la maternidad y hacer que esta sea económica y vitalmente más llevadera se afirma que “La cuestión es política y debe ir acompañada de medidas públicas que fomenten la maternidad entre las jóvenes, no sólo mediante subvenciones sino con buenos servicios de atención a la primera infancia y el fomento del acceso a la vivienda de las mujeres solas que quieran tener hijos y seguir con su carrera profesional (p.205)”. ¿De qué modo estas medidas públicas no podrían criticarse precisamente por reforzar el “imperativo simbólico” (p.119) de la maternidad?

 

No era mi intención insistir en la presión social. Es muy fácil culpar de todo a la sociedad, y al fin y al cabo la sociedad también la conformamos cada uno y una de nosotros, los individuos. A pesar de las presiones somos libres de no tener hijos, de hecho somos tan libres de no ser madres que cuando hemos conseguido un poco de estabilidad para planteárnoslo a menudo ya no somos libres de serlo de manera natural. No es sólo la sociedad: la presión social está y debemos luchar para deshacernos de ella, igual que debemos luchar contra el estigma de ser una mujer soltera sin hijos o de ser una madre soltera por elección. Pero también está el deseo real de ser madres que tenemos muchísimas mujeres. Casi todas las mujeres quieren, y el bajo porcentaje de mujeres que no quiere tampoco ha tenido la decisión de no tener hijos clara a lo largo de toda su vida fértil. El deseo de maternidad no es una mera presión social: estoy a favor de la biología, creo que explica bastante lo que somos. Las mujeres queremos ser madres y no podemos serlo porque ni tenemos dinero ni vivienda para hacerlo cuando toca ni (para bien y para mal) la familia y las relaciones de pareja no son lo que eran, con lo que este deseo de maternidad se ve a veces frustrado.

 

En parte la frustración viene porque tenemos una idea bastante clara de lo que es ser madre: con un trabajo flexible, una casa y un hombre bueno (o una pareja estable) al lado; por cuestiones económicas, sociales y culturales todo esto se ha complicado. La reproducción asistida te vende el viejo discurso de la maternidad (‘el sueño de ser madre’ de los tiempos en que las mujeres no podían hacer mucho más que parir) pero con una retórica neoliberal de ‘cuando quieras, como quieras, sola, en pareja, aunque tengas 50 años’. Es mentira, porque si has llegado hasta ahí seguramente es porque no has podido de otra manera. Y no es así, porque se paga caro tanto en el plan económico como en el plano psicológico (el luto por no ser madre genética de tus hijos, en el caso de la ovodonación) y en el plano simbólico y familiar: algunas mujeres no se atreven a contar a los demás que han sido madres con los óvulos de otra, porque esto ya no encaja con la maternidad estándar, es decir, con la idea simbólica y opresiva de que ‘madre no hay más que una’.

 

Las medidas públicas servirían para evitar esta frustración que nos lleva a medicalizar la maternidad más de la cuenta y servirían también para que consigamos que las españolas tengan una media de 2,3 hijos por cabeza, que es el requisito para sustituir a la población. ¿Por qué? Porque es imprescindible para mantener lo poco que nos queda del estado del bienestar: no habrá quién pague nuestras pensiones, y menos aún si no conseguimos rejuvenecer nuestra sociedad, tanto con la inmigración regular como con un aumento de la natalidad autóctona. En los países avanzados de Europa se hace, también en Francia, que consiguió reveertir el envejecimiento de su población con más ayudas a la infancia. En España se gasta muy poco en ayudas a la maternidad y paternidad, y en cambio mercadeamos con óvulos (sin confesar que mercadeamos), ofrecidos en la mayoría de los casos a mujeres de países europeos más ricos. Somos una sociedad envejecida en la que ser madre a la edad natural sale muy caro a nivel profesional y económico pero en cambio nos felicitamos por ser el estado pionero en la venta de tratamientos reproductivos y en la venta (encubierta) de óvulos propios. No somos un destino reproductivo por la gran calidad de nuestra sanidad, sino porque nuestras leyes son más relajadas que en la mayoría de países europeos. La ley es flexible, empezando por el anonimato de las donaciones de óvulos (y de esperma) y terminando por la ausencia de control de la cantidad de óvulos donados por mujer ni de la cantidad de mujeres que han muerto donando óvulos. Si no se cambia porque no sale a cuenta cambiarla, y de hecho bastaría con cumplirla: en la revisión de 1989 ya se hace constar el registro de donantes de óvulos para control de interés público. Han pasado más de treinta años y este registro todavía no existe, por lo tanto el sector incumple la propia ley que lo rige, y es responsabilidad de la administración revertirlo. A pesar de mi crítica quiero señalar que no todo es malo, en la legalidad reproductiva española vigente: precisamente porque es ‘relajada’ lo es también en un plano moral que me parece progresista, y es que fue de las primeras en Europa en reconocer el derecho de las mujeres lesbianas y solteras a inseminarse por vía artificial.

 

 

-Reflexionando sobre el desinterés general por adoptar se afirma que “La razón por la que hombres y mujeres preferimos la propiedad de los hijos debe de tener una base biológica, pero a nivel social y cultural convendría superarla en vez de maquillarla. La reproducción asistida demuestra que maternidad y biología no tienen que ir necesariamente de la mano, y con toda probabilidad esta es la lección más interesante que nos ofrece. (p.207)” ¿De qué modo casa esta “superación de la biología” con la importancia otorgada al conocer los orígenes biológicos (más allá del interés práctico por conocer su historial médico o cuestiones similares que sería compatible con la donación anonimizada)?

 

La superación de la biología está muy bien por parte de los padres, porque refleja, para mí, empatía y altruismo real: cuidas a un niño y le haces de padre aunque sepas que no vas a retransmitir tu información genética, tu talento y tu belleza (o lo contrario: ¡tus defectos!). Sin embargo, esta nobleza de los padres no biológicos no me parece equiparable a la renuncia de una persona a conocer sus orígenes. Porque tú puedes elegir ser padre no biológico (si las listas de adopción te lo permiten, si los países aceptan tu solicitud, si puedes pagar, etcétera: adoptar es muy costoso también, tanto dentro de España, por las largas colas, como fuera del país), pero no puedes elegir ser el hijo no biológico de tus padres. Un padre elige ser padre, un niño no elige nacer, y ya que no lo ha elegido creo que sí debería tener derecho a saber que sus genes son de otra persona. Es la clase de dilemas que solo tienes que plantearte en primera persona: si fuera tu caso, seguramente querrías poder saber quién tiene ese genio, esos ojos, esa forma de andar peculiar (aunque elijas no hacerlo, aunque quieras mucho a la familia que te trajo al mundo). Por otra parte, no se trata solo de conocer al ‘padre’ o ‘madre’ donante: a menudos los hijos de las donaciones anónimas también quieren saber dónde están sus hermanos genéticos, y ya existen asociaciones de este tipo en otras partes del mundo. Los genes no lo son todo pero sí dicen bastante quiénes somos, de la misma manera que la biología sí nos impulsa a querer ser madres; la cultura sirve para domesticar la biología, para cuestionarla y superarla, pero no para eliminarla.  

 

A la larga, además, cuando muchos niños hayan nacido fruto de la reproducción asistida, no conocer los propios orígenes puede acarrear problemas: si eres adoptada, por ejemplo, no puedes donar óvulos: desconoces demasiado las enfermedades de tu familia genética, porque no todo está escrito en los genes o no todo podemos leerlo. Por lo tanto, una mujer nacida de donación de óvulos anónimos no podrá ser donante… ¿no? Por otra parte, con las donaciones anónimas puedes acabar siendo la esposa de tu hermano sin saberlo, como en las tragedias griegas. El anonimato debería terminar, pero es cierto que las donaciones se reducirían y que esto sería una desventaja para los padres estériles que se someten a tratamiento… y sobre todo para las clínicas.

 

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