¿Qué es el patriotismo constitucional? (Un ideal imposible)

Mar Cerdeira @estudiodelmar

 

En la España de principios de siglo un nuevo concepto irrumpió con gran fuerza: el patriotismo constitucional. Adoptado tempranamente por el PSOE y, poco después, por el PP, sería discutido ampliamente en la prensa y en la academia. Hoy, en cambio, es una idea más bien rara, reclamada sin demasiado éxito y con un contenido más bien vago (Sáinz, 2020; Ballester, 2014). ¿Qué es el patriotismo constitucional? Repasemos sus características principales, digamos algo sobre su adopción en España y concluyamos introduciendo la que juzgamos como su crítica más importante.

 

De acuerdo con Muller (2006 y 2007), podemos encontrar el antecedente más profundo del  patriotismo constitucional en las reflexiones que Karl Jaspers haría al término de la Segunda Guerra Mundial sobre la identidad alemana y los distintos tipos de culpa y responsabilidad que son posibles. Tirando de este hilo, sería su pupilo el politólogo Dolf Sternberg, quien acuñaría el término (Verfassungspatriotismus) décadas más tarde en un texto de 1979 publicado en conmemoración del treinta aniversario de la Ley Fundamental de Bonn. Con él venía a nombrar un concepto que habría estado gestando desde hacía ya varios años y con el que buscaba expresar que, tras el trauma bélico y moral de 1945, los alemanes ya no podían reconocerse colectivamente en rasgos de tipo étnicos o históricos, debiendo echar mano de la cultura política que la Constitución y el Tribunal Constitucional habría reconocido y conseguido garantizar (Velasco, 2002, p.34):

 

«Se ha formado de manera imperceptible un segundo patriotismo, que se funda precisamente en la Constitución. El sentimiento nacional permanece herido y nosotros no vivimos en una Alemania completa. Pero vivimos en la integridad de una Constitución, en un estado constitucional completo, y esto mismo es una especie de patria (Sternberger, 2001 p. 85 citado por Ballester, 2014)».

 

Esta propuesta no era completamente nueva pues en textos anteriores ya había defendido la conveniencia de un «sentimiento patriótico hacia el Estado constitucional», así como de la «amistad hacia el Estado» entendida como una «pasión racional» (Muller, 2007, p. 22). Cómo expondría en una conferencia de 1982, con este concepto buscaba hacer un aporte pedagógico con el que recuperar el tipo de patriotismo presente en Europa antes del surgimiento del Estado nación moderno; un patriotismo originado en el pensamiento republicano clásico de Cicerón o Maquiavelo y basado en el amor a aquellas leyes que permiten la vida en comunidad; de allí sus citas recurrentes a autores como La Bruyère en los que «libertad» y «patria» se empleaban como sinónimos (Rosales, 1999, pp. 141-142). Elaborando sobre esta línea, defendía que aquello que identificaba a los «amigos de la constitución» era su compromiso y militancia en defenderla de los «enemigos de la democracia». El objetivo era asegurar que no se repitiera el fracaso de Weimar, para lo que sería aceptable emplear medios controvertidos, como la persecución de determinados partidos, asociaciones o discursos (Muller, 2007, p. 23).

 

Dicho esto, es importante clarificar que Stenberg no buscaba renegar completamente el concepto tradicional de nación; al contrario, en su propuesta subyace la idea de que, por razones ajenas a la Constitución, los alemanes forman una comunidad —que no forman con los franceses o con los polacos; una unidad cuya memoria está herida y afectada por una traumática división de la que espera rehacerse a través de esta nueva patria jurídico-política. Luego, por mucho que afirmara que los alemanes no podían reconocerse en rasgos étnicos tradicionales, se estaba asumiendo implícitamente que, no solo era posible, sino que sucedía (Ballester, 2014, p. 124). Como intentaremos mostrar posteriormente, este es, en una forma u otra, el punto ciego del patriotismo constitucional en general.

 

Cerca de una década más tarde, Jürgen Habermas retomaría el término y varios de sus componentes, pero buscaría darle un contenido más abstracto y universal, con la intención de que el patriotismo constitucional fuera un tipo de identificación adoptable en otros tantos territorios (sin perjuicio de su especial conveniencia para aquellos países cuyo sentimiento nacional estuviera históricamente viciado) y, el día de mañana, por los ciudadanos de la Unión Europea. Su propuesta surgiría durante la llamada «disputa de los historiadores» (Historikerstreit), un debate académico y público sobre el modo en que los alemanes debían comprender el fenómeno del nazismo y su relación con otras catástrofes como el Gulag soviético. En ese contexto, Habermas (1994, p.111) argumentaría que el esfuerzo intelectual de determinadas corrientes historiográficas por comprender el nazismo —introduciéndose en los zapatos de sus protagonistas, siendo sensibles a su contexto, buscando todos los matices existentes etc.— estaría empezando a relativizarlo de algún modo; Auschwitz, diría Habermas, no puede ser entendido. Como consecuencia, parte de la opinión pública estaría empezando a desestigmatizar el retorno a una identidad nacional alemana de tipo tradicional, lo que a su juicio iría en grave detrimento de la estabilidad política del país, pero también de occidente (Muller, 2007, p. 26).

 

En ese contexto, Habermas (1991, p. 310) escribe con la vocación de superar las identidades colectivas de tipo nacionalista basadas en la posesión común de determinado rasgo prepolítico (la lengua, la raza, la religión, la historia etc.); desde el convencimiento de que la preeminencia del apego a la nación como comunidad étnico-cultural por encima de la comunidad de ciudadanos aboca a la represión y la asimilación coactiva de las minorías estatales. Para ello, defiende la necesidad de generar identidades «posnacionales» y «posconvencionales» basadas en los principios del Estado de derecho y de la democracia. Es decir, aboga por una identidad colectiva que no se hereda, sino que se adquiere a través del ejercicio de los derechos democráticos y en el proceso de deliberación pública que debe acompañarlo. Como sugiere la terminología empleada, Habermas sigue aquí las ideas de Kohlberg sobre el desarrollo moral individual, pues defiende una identidad escogida, a la que uno decide adherirse racional y voluntariamente y no por simple inercia social o emocional (Velasco, 2001). Elaborando sobre esta propuesta, Muller (2007, pp. 55-58) sugiere que el mismo debate público sobre cómo deben interpretarse los principios constitucionales, así como la actividad conjunta de revisar críticamente la tradición heredada generaría en las distintas sociedades una «cultura constitucional» que serviría a la cohesión y al mantenimiento de un sistema democrático justo.

 

Como vemos, se trata de algo abstracto, muy poco emotivo: ¿quién puede identificarse con el imperio de la ley o con la división de poderes? ¿Realmente un grupo humano puede sentirse cohesionado y pensar que forma una comunidad por compartir unos ideales políticos, como el valor de la democracia o la sacralidad de los derechos humanos? No solo eso, si lo anterior fuera posible, entonces parece que la identidad que debería generarse sería de tipo más bien cosmopolita. Esto es, si «los míos», si el «nosotros» del que formo parte, es aquel conjunto humano que comparte determinados ideales, ¿qué sentido tiene distinguir entre españoles, franceses, italianos, ingleses etc.? ¿No creemos todos en la democracia constitucional? ¿Por qué entonces no deberíamos compartir una única fiscalidad, parlamento, constitución y ejército?

 

Ante estas críticas, Habermas (1994) insiste en que en su modelo las tradiciones y culturas particulares no desaparecen, sino que simplemente se «recubren» por determinados principios universales. «[L]os valores constitucionales -argumenta Peces-Barba (2003: 53-54)-  estabilizan, racionalizan y dotan de continuidad pacífica a esas identidades, incluso las hacen posibles frente a los conflictos entre ellos. Solo se excluyen los que a su vez son excluyentes» Se argumenta que el concepto universal de democracia y derechos humanos forma un material quebradizo (brittle material) en que los rayos de la tradición nacional —la lengua, la literatura y la historia particular de la misma— se reflejarían de un modo distinto en cada lugar (Habermas, 1988, p. 10). Por ejemplo, en el caso concreto de Alemania:

 

«El patriotismo de la Constitución significa, entre otras cosas, el orgullo de haber logrado superar duraderamente el fascismo, establecer un Estado de Derecho y anclar éste en una cultura política que, pese a todo, es más o menos liberal […] [En cambio] en el país de la Revolución francesa, tal patriotismo de la Constitución habrá de tener una forma distinta que en un país que nunca fue capaz de crear una democracia por sus propias fuerzas. El mismo contenido universalista habrá de ser en cada caso asumido desde el propio contexto histórico y quedar anclado en las propias formas culturales de vida (Habermas, 1994, pp. 117-120)».

 

El objetivo buscado es conseguir generar una sola cultura política capaz de aglutinar a todos los ciudadanos, con independencia de la tradición nacional o étnica en la que se inscriban. Es decir, que el «nosotros» de cada sociedad se construya en base a criterios políticos y, por ende, que pueda acoger y ser compatible con cualquier identidad prepolítica (i. e. lingüística, racial, religiosa, etc.) Velasco (2002, p. 40) habla así de la creación de un «mínimo común denominador» de tipo político compatible con tradiciones e ideologías diversas para lograr la unidad en la multiplicidad. Si resuena aquí el famoso E pluribus unum no es casual; junto con Suiza, el filósofo toma Estados Unidos como vivo ejemplo de la viabilidad de su propuesta cada vez más necesaria en un mundo aceleradamente más plural y heterogéneo:

 

«Sociedades multiculturales como Suiza y los Estados Unidos muestran que una cultura política en la que puedan echar raíces los principios constitucionales no tienen por qué apoyarse sobre un origen étnico, lingüístico y cultural. Una cultura política liberal constituye solo un denominador común de un patriotismo constitucional que agudiza el sentido de la multiplicidad y de la integridad de las distintas formas de vida coexistentes en una sociedad multicultural (Habermas, 1998, p. 628)».

 

Visto lo anterior, es importante aclarar que el patriotismo constitucional no debe confundirse con la defensa y la identificación con una constitución particular; en ese caso, incurriríamos en lo que algunos han denominado «fundamentalismo constitucional» (Velasco, 2002, p. 38; Payero, 2014, p. 13). Al contrario, el patriotismo constitucional bien puede exigir oponerse enérgicamente a tal o cual constitución concreta por entender que no reflejan adecuadamente los principios universales del constitucionalismo. Precisamente ese fue el vicio que diversos autores achacaron a la adopción del concepto realizado por el PP —especialmente en la ponencia de Piqué y Gil en el XIV congreso nacional del partido— y el PSOE —de la mano de Laborda (1992) o Peces-Barba (2003)— por entender que se instrumentalizaba una idea prestigiosa para defender unas ideas políticas muy concretas. La adopción de la retórica del patriotismo constitucional serviría así para camuflar el nacionalismo español y dotar de una pátina de intelectualidad al modelo territorial que de él fluye, de manera que mientras vascos y catalanes seguían anclados en el etnicismo trasnochado que tantos muertos habría causado, los partidos mayoritarios ya estaban en algo tan avanzado y moderno como las identidades «posnacionales». En esta misma línea, tanto Payero (2012) como Bastida (2001) critican que el patriotismo constitucional tiene un elemento muy importante de revisión crítica del pasado antidemocrático, pero que, sin embargo, el PP no se mostraba excesivamente interesado en investigar, condenar y reparar los crímenes del franquismo, por lo que cabía sospechar doblemente de la sinceridad de sus propuestas.

 

Dicho esto, y sin entrar a valorar lo acertado de esas acusaciones, cabe preguntarse a modo de conclusión si el declive del patriotismo constitucional se debe al modo espurio en que supuestamente fue adoptado o, también, a sus «contradicciones internas» (Ballester, 2014). Si seguimos a Velasco (2001, p. 64) podríamos distinguir tres interrogantes principales que el patriotismo constitucional intentaría abordar: (i) cómo dotar de una identidad colectiva a sociedades con un pasado reciente del que reniegan; (ii) cómo dotar de una identidad colectiva a sociedades muy heterogéneas a nivel cultural (y que, por tanto, no comparten los mismos rasgos prepolíticos); (iii) cómo construir una identidad con la que fundamentar ese proyecto político que sería la Unión Europea. ¿Cuán satisfactoria es la respuesta del patriotismo constitucional?

 

Lo cierto es que aun y el esfuerzo de sus defensores por clarificar el concepto, la relación precisa que deben establecer los principios universales y las particularidades regionales —los elementos políticos y prepolíticos— no es nada clara. Además, puede decirse que la apelación a los elementos culturales concretos para evitar el cosmopolitismo y esquivar la crítica de frialdad tiende a suprimir el carácter «posnacional» de la propuesta, incapacitándola entonces para servir como «mínimo común» en sociedades multinacionales o multiétnicas. Veámoslo: hemos dicho que para los alemanes «el patriotismo de la Constitución significa, entre otras cosas, el orgullo de haber logrado superar duraderamente el fascismo, establecer un Estado de Derecho y anclar éste en una cultura política que, pese a todo, es más o menos liberal». Bien, es cierto que algo así difícilmente puede ser un punto de unión para los franceses, pero ¿no podrían decir algo muy similar los españoles y los italianos? ¿Por qué no deberían establecer todos ellos una identidad común, como aquel pueblo caracterizado por su caída fascista y renacimiento democrático? Sí, por supuesto, existen muchas diferencias en cada uno de esos tres procesos históricos, pero ¿acaso existe un buen criterio para determinar si son o no son suficientemente distintivas a los efectos aquí buscados? No solo eso, si la clave aquí es la apelación a determinada historia colectiva, ¿dónde quedan todos aquellos inmigrantes o hijos de inmigrantes cuya vinculación con esa historia es tan estrecha como la que tienen con cualquier otra sociedad?

 

Dicho esto, dejemos este problema concreto —al final sería discutir en exceso un solo ejemplo— y vayamos al fondo del problema: si ante la crítica de la excesiva frialdad y abstracción del patriotismo constitucional se responde indicando que «A la postre, toda identidad colectiva, incluidas las de carácter postnacional, está impregnada de un ethos comunitario» (Velasco, 2001, p. 69), entonces se elimina de la propuesta esa supuesta neutralidad y compatibilidad con el pluralismo nacional o étnico de las sociedades contemporáneas. En efecto, no puede decirse que el patriotismo constitucional sirve para sociedades sin un ethos común y, a la vez, apelar a ese ethos común para adaptar los principios universales del constitucionalismo a un territorio y a unas gentes concretas. Fijémonos, en un primer momento el patriotismo constitucional se presenta afirmando que:

 

«España —en donde para muchos se adolece de una falta de símbolos, historias y relatos compartidos cordialmente por todos los pueblos que la integran— o de la Unión Europea —una entidad que para muchos estaría aún por construir. En todos estos casos, el patriotismo constitucional sería un modo de solventar la falta de un imaginario colectivo aceptado pacíficamente. Dicho patriotismo ofrecería un nuevo repertorio simbólico y narrativo capaz de anclar la memoria y la imaginación política de una sociedad (Velasco, 2001, p. 76)».

 

Pero entonces, ante la acusación de frialdad y las implicaciones cosmopolitas se responde que esos principios generales siempre vienen encarnados, contextualizados o particularizados de un modo concreto en función de cada tradición histórica y por las distintas «formas culturales de vida». ¿Dónde queda entonces el potencial integrador de esta propuesta si, a fin de cuentas, también tiene que echar mano de elementos cohesionadores de tipo tradicional? O bien existe ese imaginario común y esa histórica compartida, en cuyo caso estaría lloviendo sobre mojado y el patriotismo constitucional sería fútil —una forma más de nacionalismo liberal si se quiere—, o bien no existe ese imaginario compartido, en cuyo caso no hay encarnación posible de esos principios universales y el patriotismo constitucional se revela imposible.

 

Tengamos presente que, después de todo y como ya hacía Sternberger, Habermas también escribe pensando en el público y en el contexto alemán, donde el nosotros no está prácticamente en cuestión y donde, en el fondo, unos y otros ya se reconocen como formando una comunidad concreta (Muller, 2016). Es por ello que Laborda (1992, p. 5) acierta de lleno cuando define el patriotismo constitucional como la «identificación común con una comunidad histórica fundada sobre ciertos valores». Pero tal definición pone en claro que este es un ideal posible y fructífero entre grupos que, al menos parcialmente, ya están definidos o autodefinidos de manera pacífica en atención a criterios tradicionales como la posesión de una historia común. Ahora bien, cuando la pluralidad interna de una sociedad llega hasta el punto de poner en cuestión qué comunidades históricas existen —qué naciones existen en un territorio— el patriotismo constitucional se revela insuficiente.

 

Todo ello no significa que el patriotismo constitucional carezca de interés teórico o práctico, pero lo invalida como una propuesta genuinamente «posnacional» y lo sitúa, más bien —y como en ocasiones parece que admite el propio Habermas—, en la órbita del conocido como «nacionalismo liberal» o «nacionalismo cívico» que, lejos de renegar de las identidades prepolíticas, lo que busca es «domesticarlas» o «purificarlas» (Müller, 2006, p. 292), consiguiendo que el ethos no predomine sobre el demos (Payero, 2012, p. 4). La diferencia con propuestas emparentadas como las de David Miller, Yael Tamir o Will Kymlicka sería, si acaso, de grado, siendo el patriotismo habermasiano la visión que más prioriza el elemento político en la construcción de identidades colectivas. 

 

Recapitulemos a modo de cierre cuál ha sido el camino andado: en respuesta a los horrores acaecidos durante la primera mitad del siglo xx, el patriotismo constitucional surge como alternativa a las identidades colectivas de tipo étnico/nacionalista imperantes hasta entonces por entender que son exclusivas y peligrosas. Así, se propone una nueva identidad «posnacional» y «postradicional» basada en el compromiso con determinados principios universales y que, por tanto, es capaz de incluir como ciudadano de pleno derecho a personas de razas, lenguas, religiones y culturas muy diversas. Ante las críticas que ello genera —(i) la incapacidad de esos elementos para «tocar el alma» de las personas, así como (ii) la deriva cosmopolita de ese tipo de identidad»— se introduce en la ecuación un elemento prepolítico y se afirma que, bien mirado, la identidad propuesta resulta de la mezcla de lo universal, político y posnacional, con lo particular, prepolítico y nacional. Fantástico, hemos esquivado las críticas (i) y (ii), pero para ello hemos tenido que recurrir a aquello que prometíamos superar: identidades basadas, ni que sea parcialmente, en la posesión de rasgos de tipo étnico o nacional, frustrando así esa loable intención de unir en la diversidad, de cohesionar de una vez por todas aquellas sociedades dividas por su pluralidad étnica o nacional. Podemos afirmar pues que el patriotismo constitucional solo expulsa por la puerta lo que admite por la ventana.

 

 

Bibliografía citada

 

  • Ballester, M. (2014). Auge y declive del Patriotismo Constitucional en España: en torno a los estados pluriétnicos, Foro Interno, 14, pp. 121-145.

  • Bastida, X. (2002). Otra vuelta de tuerca: El patriotismo constitucional español y sus miserias. Doxa. Cuadernos De Filosofía Del Derecho, 25(25), pp. 213-246.

  • Habermas, J. (1988). Historical Consciousness and Post- Traditional Identity: Remarks on the Federal Republic’s Orientation to the West. Acta Sociologica, 13(1), pp. 3-13.

  • Habermas, J. (1991). La necesidad de revisión de la izquierda. Madrid: Tecnos. 

  • Habermas, J. (1994). Identidades nacionales y postnacionales. Madrid: Tecnos.

  • Habermas, J. (1998). Facticidad y validez. Madrid: Tecnos.

  • Habermas, J. (1999). La inclusión del otro. Barcelona: Paidós.

  • Laborda, J. J. (1992). Patriotismo constitucional y Estado democrático. Sistema, 108.

  • Müller, J. (2006). On the Origins of Constitutional Patriotism. Contemporary Political Theory, 5, pp. 278- 296.

  • Müller, J. (2007). Constitutional Patriotism. Princeton University. Princeton & Oxford.

  • Payero, L. (2012). Theoretical Misconstructions Used to Support Spanish National Unity: The Introduction of Constitutional Patriotism in Spain. Tackling Political Science Questions using Historical Cases, ECPR Graduate Student Conference, Bremen: Jacobs University.

  • Peces-Barba, Gregorio. (2003). El patriotismo constitucional. Anuario de Filosofía del Derecho, 20,  39-62.

  • Rosales, J. M. (1999). Patriotismo constitucional: sobre el significado de la lealtad política republicana. Isegoría, 20, 139-149.

  • Sáinz, B. (2020). Constitutional Patriotism and the Spanish Constitutional Debate. Ciencia Política, 15(29), 225-248.

  • Velasco, J. C. (2001). Los contextos del patriotismo constitucional. Cuadernos de Alzate, 24.

  • Velasco, J. C. (2002). Patriotismo constitucional y republicanismo. Claves de razón práctica, 125, 33-40.

 

 

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