¿Es el independentismo catalán un nacional populismo de derecha?

15/11/2020

Chris Slupski @kslupski

 

 

Son muchos los tertulianos que han coincidido en presentar el independentismo catalán como un artefacto cuanto menos tóxico, filonazi, etnicista y peligroso para la democracia y la convivencia. La mayoría de las veces estas diatribas se han proferido en forma de insulto con el objeto de descalificar al adversario. En el campo del análisis político, sin embargo, existe también una corriente de opinión —incluso entre la izquierda— que comparte esta visión del independentismo como la traslación en Cataluña del nacional populismo de derecha que sacude a muchos países de nuestro entorno. Se ha dicho que el independentismo es «otra de las derechas posfascistas europeas», un «populismo de derechas» que comparte ideario con Bolsonaro, el «trumpismo mediterráneo» o «la declinación catalana del populismo global». ¿Qué hay de cierto en eso?

 

 

Aclarando conceptos

 

La ola de nacionalismo populista global que tiene entre sus mayores exponentes a Donald Trump en EE. UU., Marine Le Pen en Francia o Viktor Orbán en Hungría es, ante todo, muy heterogénea. Sin embargo, según los expertos en la materia —lean a Cas Mudde—, todos ellos comparten tres características fundamentales: el nativismo, el autoritarismo y el populismo. Por un lado, el nativismo es la combinación de xenofobia y un nacionalismo de marcada base étnica. Según los nativistas, la nación tiene que estar habitada básicamente por «los nativos» —«America first», «la france aux français», «los españoles primero», etc. Cualquier elemento extranjero —los inmigrantes, los globalistas o las instituciones internacionales como la UE— supone una amenaza para su ideal de Estado nación homogéneo.

 

El autoritarismo, por su parte, es la creencia de que las sociedades deben regirse por los valores de ley y orden. Así pues, se prima la seguridad a la libertad y se ponen en cuestión algunos de los derechos fundamentales que definen a nuestras democracias liberales. También, aunque en algunos casos es más matizado que en otros, esta moral autoritaria entronca con la defensa de los valores tradicionales en cuestiones como el aborto, la familia o la llamada «ideología de género». Por último, el populismo es un recurso retórico que divide a la sociedad entre unas élites corruptas —«la casta»— y un pueblo «puro», arrogándose el populista la representación de este último en régimen de monopolio. La retórica antiestablishment está casi siempre presente en su discurso. Vamos a ver, pues, hasta qué punto el independentismo catalán se ajusta a las características aquí descritas.

 

 

Qué dicen los datos

 

Con la participación de 421 politólogos/as y expertos/as de todo el mundo, el proyecto de Chapel Hill es el más completo y prestigioso análisis de la ideología de los partidos políticos a nivel internacional. Mediante este conocimiento especializado, podemos medir la posición de estas organizaciones sobre distintos temas, incluyendo la escala izquierda-derecha. Compararemos aquí siete partidos de interés, de distintos signos políticos, para observar similitudes y diferencias entre ellos. Como sería de esperar, en una escala donde 0 es extrema izquierda y 10 extrema derecha, el Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen en Francia obtiene un 9’8, Vox en España un 9’7 o el partido independentista flamenco de ultraderecha, el Vlaams Belang (VB), un 9’3. El independentismo catalán, por el contrario, queda lejos de esta familia de partidos: el PDeCat obtiene una media de 6’7 y ERC de 3’2. A modo de comparación, PP y PSOE obtienen un 8’1 y un 3’6 respectivamente.

 

El estudio de Chapel Hill también nos permite evaluar a los partidos políticos por temas más específicos. Vamos, pues, a observar los elementos que nos interesan a nivel conceptual. Por un lado, hemos dicho que el nativismo es la combinación de nacionalismo y xenofobia. Sobre esto último, en una escala donde 0 favorece el multiculturalismo y 10 el asimilacionismo, los «sospechosos habituales» obtienen entre un 8’5 y un 10, mientras que PP y PSOE puntúan un 7’9 y 4’3 respectivamente. El independentismo catalán se movería en unas cifras similares —6’6 el PDeCat y 4 ERC. Más interesante aún es la escala de nacionalismo, donde el PP (8’2) incluso supera al PDeCat (7’4), mientras que la ultraderecha se acerca al 10. En este punto sí hay diferencias sustanciales entre el PSOE (3’1) y ERC (6’2).

 

El elemento autoritario arroja resultados similares. Le Pen (9’3), Vox (9’8) y el VB (9’4) abogan por un modelo de sociedad apegado a los valores de ley y orden, muy lejos del PDeCat (5’4) y de ERC (3’1), así como de PP (8’3) y especialmente el PSOE (2’9). Por último, la encuesta a expertos también pretende captar el grado de populismo al medir hasta qué punto la retórica anti-élites y antiestablishment, del 0 al 10, está presente en los discursos de las organizaciones bajo estudio. Otra vez, la ultraderecha se sitúa en cabeza con Le Pen (9’4), el VB (8’9) y, en menor medida, Vox (6’4). El independentismo catalán, aquí, es más populista que los partidos tradicionales, situándose alrededor de los cinco puntos, pero aun así queda lejos de la derecha radical. Seguramente la retórica basada en «la voluntad del pueblo» y el énfasis puesto en la democracia plebiscitaria explican estos resultados. PP y PSOE obtienen una media cercana al uno, es decir, no son nada populistas de acuerdo con el conocimiento experto. La tabla 1 resume estos datos.

 

Tabla 1. Características ideológicas de distintos partidos políticos.

 Nota. Extraído de Chapel Hill expert survey, 2020.

 

Otro modo de medir la posición de los partidos políticos es preguntar directamente a sus votantes qué opinan sobre distintos temas. Esto, además, nos permite saber qué piensan las bases sociales del independentismo más allá de la retórica oficial de sus partidos. Durante el verano de 2018, el Centre d’Estudis d’Opinió (CEO) publicó un interesante estudio sobre los valores sociales y políticos de los catalanes. Volviendo a nuestros temas de interés, solo un 21’8 % de los independentistas está de acuerdo con la afirmación «con tanta inmigración, uno ya no se siente como en casa». Esta cifra, en cambio, es más alta para los contrarios a la secesión (35’5 %). Lo mismo ocurre con la importancia de enseñar el valor de la autoridad a los niños —medida apoyada por un 36’4 % de los independentistas, en contraste con el 64’6 % de los no independentistas. Incluso en relación con la clásica divisoria económica izquierda-derecha parece que el independentismo es, de media, ligeramente más progresista que el unionismo. Ante la afirmación «es necesario bajar los impuestos, aunque esto implique reducir los servicios y las prestaciones públicas», solo un 14 % del independentismo está de acuerdo, en contraposición con el 20 % del unionismo. La tabla 2 desagrega estos datos por el voto a partidos en Cataluña (en catalán).

 

Tabla 2. Grado de acuerdo con distintas afirmaciones de carácter político y social en Cataluña. Respuestas desagregadas por voto a partidos.

 

 Nota. Extraído de CEO, junio-julio 2018.

 

La verdadera ultraderecha independentista: un apunte comparativo

 

Afortunadamente, para el ejercicio que estamos haciendo aquí, existe en Europa al menos una ultraderecha independentista que nos permite comparar cuál es el discurso del independentismo catalán en relación con la derecha radical al uso. Esta es el Vlaams Belang (VB) o «interés flamenco», uno de los principales partidos de Flandes que aboga por la partición de Bélgica y el acceso de la región flamenca a la plena soberanía. En esta subsección voy a comparar el programa electoral de Junts pel Sí en Cataluña del año 2015  —nos es muy útil al ser una coalición de los dos principales partidos secesionistas— con diferentes manifiestos del VB. Otra vez, me centraré en los ítems clásicos que se asocian a la ultraderecha, y muy especialmente en el tipo de nacionalismo que promueven, el rol de la inmigración, el pluralismo cultural y el autoritarismo.

 

En primer lugar, la «lengua propia» es importante en ambas regiones —el catalán, en un caso, y el flamenco, en el otro. Tanto el flamenco como el catalán coexisten con las demás lenguas cooficiales —el francés en Bélgica y el castellano en España. Sin embargo, aun partiendo de la defensa de «la lengua propia nacional» (2015, p. 77), el tratamiento de la cuestión lingüística es muy diferente. JxS propone la oficialidad del castellano en una Cataluña independiente (p. 74), y aboga por una futura república catalana que «tiene que garantizar que ningún ciudadano pierda los derechos lingüísticos que tiene ahora» (p. 73). En Flandes, sin embargo, el VB considera que los francófonos no son una comunidad lingüística a proteger en caso de independencia, alegando que «los francófonos en Flandes son inmigrantes económicos y no una minoría. No hace falta decir que tendrán que adaptarse […]» (2004, p. 6).

 

Por lo que hace a la inmigración, JxS concibe Cataluña como «un país de acogida y abierto», y cree que «los fenómenos migratorios enriquecen la tradicional pluralidad de estilos de vida del país» (p. 120). A tal efecto, el independentismo catalán propone una ley de extranjería «que se elabore desde la perspectiva de la integración y no de la expulsión» (p. 121). El VB, en cambio, concibe la inmigración como una amenaza «no solamente a nuestra seguridad y a nuestro sistema de protección social, sino también a nuestra identidad» (2019, p. 25). Consecuentemente, los independentistas flamencos apuestan por una política de cierre de fronteras y por el fin de la «invasión masiva de extranjeros no europeos» (ibid.).

 

Por lo que hace a los valores autoritarios, el VB propone una política de «mano dura» contra el crimen (2019, p. 45), mientras que JxS apuesta por un modelo que «garantice que la seguridad pública priorizará medios civiles no violentos como la mediación» (p. 114). En relación a los valores tradicionales de forma más amplia, el VB se declara como un partido que apuesta por la familia y aboga por una educación que enseñe a los niños «la distinción entre lo que está bien y lo que está mal± (p. 78). A menudo se han declarado en contra del aborto como una práctica «inaceptable» (2004, p. 20). El programa de JxS, en cambio, garantiza que «las mujeres que decidan interrumpir un embarazo no deseado recibirán una atención pública y de calidad» (p. 118) o, por ejemplo, quieren situar Cataluña como «un referente en derechos para el colectivo LGTBI» (ibid.).

Es evidente que una cosa es la teoría y otra la práctica —el gobierno independentista en Cataluña no ha destacado precisamente por una agenda de políticas públicas brillante—, pero es evidente también que la retórica de unos y otros es sustancialmente diferente. El Vlaams Belang es una ultraderecha independentista de verdad: autoritaria, xenófoba, iliberal y lesiva con los derechos de las minorías de todo tipo. No es conveniente banalizar la naturaleza de esta ideología ni es honesto tildar de filonazi a todo aquello que no nos gusta —especialmente cuando este adjetivo guarda escasa correspondencia con la realidad.

 

 

La importancia del contexto

 

Terminar el artículo aquí sería no explicar toda la historia. En este sentido, es importante añadir que ha habido desde 2012 una movilización creciente del independentismo que, en muchos casos, no está exenta de crítica. Algunos ejemplos serían una concepción demasiado plebiscitaria de la democracia —democracia no es solo votar—, actitudes iliberales —véase la ley de transitoriedad de octubre de 2017— y ciertos brotes de hispanofobia, empezando por los famosos e inefables artículos de Quim Torra. De hecho, los datos apuntados con anterioridad no desmienten estos puntos —aunque los dimensionan con rigor. Sin embargo, en primer lugar, algunos observadores no dudan en hacer de la anécdota categoría y presentar ciertas actitudes aisladas como representantes del conjunto del movimiento. El independentismo no son los artículos de Torra, del mismo modo que España no es Vox.

 

En segundo lugar, y más importante aun, cabe decir que es imposible analizar la realidad catalana sin tomar una perspectiva más panorámica y ver qué hay del otro lado. Digamos que el movimiento por la unidad de España, como mínimo, tampoco está exento de críticas. Analistas británicos o canadienses siguen estando atónitos al ver que en España hay gobiernos electos —pacíficos— en prisión, recuerdan aún las imágenes de la violencia policial del uno de octubre o son sabedores de las discutidas y discutibles maniobras político-judiciales que se parecen más al rule by law que al rule of law. Incluso en términos de discurso, las últimas dos elecciones generales han pivotado alrededor de una subasta identitaria de carácter explícitamente catalanófobo —a la que el PSOE no dudó en sumarse en varios momentos.

 

La gestión iliberal de la crisis catalana por parte del Estado, sin embargo, no justifica que se adjetive a España de dictadura neofranquista ni a sus principales partidos políticos, incluyendo el PSOE, de nacional populismos de derecha —con la excepción, aunque quizá no en solitario, de Vox. El riesgo, aquí, es presentar ciertos comportamientos contingentes al contexto —una situación de tensión y conflicto político entre dos comunidades nacionales— como si fuesen inherentes a la ideología de los actores en cuestión. Un ejemplo de eso es el tema de la democracia plebiscitaria: ERC y PDeCat no creen como una cuestión de principio que «[solo] votar es democracia», sino que este eslogan debe entenderse en un contexto donde la principal demanda del movimiento es la convocatoria de un referéndum de secesión. Sostener lo contrario sería equivalente a decir que el PSOE es un partido centralista porque apoyó la activación del artículo 155 para Cataluña.

 

Conclusiones

 

Parece que ni los datos ni los estudios ni el conocimiento experto avalan coincidencia alguna entre el independentismo catalán y la ultraderecha europea. Algunas de las críticas en este sentido —como también aquellas que se dirigen al españolismo— deben dimensionarse con rigor y, sobre todo, entenderse como expresión de un conflicto territorial altamente polarizador más que como la ideología inherente de los actores bajo estudio. La comparación del independentismo catalán con el Vlaams Belang flamenco ilustra el carácter de un verdadero movimiento secesionista de carácter «nacional populista de derecha»: desposesión de derechos a las minorías, cierre de fronteras, ley y orden, ofensiva contra la autonomía de las mujeres y distopía etnocrática. Creo que nos haríamos un favor a nosotros mismos si, en el debate público, fuésemos más acurados en el uso de las palabras. La calidad democrática de un país —especialmente si estamos preocupados por el momento populista— también va un poco de eso.

 

 

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