Por qué la república perdió la Guerra Civil

 

«En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, nuestras tropas victoriosas han alcanzado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado». Así rezaba el último parte militar leído por el general Franco desde su cuartel en Burgos el primero de abril de 1939. ¿Cómo se había llegado a ese punto? ¿Por qué la República había perdido la guerra? Exploremos a vista de pájaro algunos de los factores más relevantes con los que comprender el desenlace del conflicto.

 

Desigual composición interna

 

«No contamos con todo el ejército» le advirtió Franco a Mola en mayo del 36. Así era efectivamente. Cuando estalla el golpe y la sublevación triunfa en África, 44 de las 53 guarniciones se unirían al mismo, entre el 17 y el 20 de julio. Solo cuatro generales de división se sumaron —Franco, Queipo, Cabanellas y Goded—, pero 18 generales de brigada, el 80 % de los oficiales medios y la mitad de las fuerzas de orden (Moradiellos, 2016, p. 90). Las cifras varían, pero entre soldados y policía, al inicio de la contienda, ambos bandos contaban con un número no muy dispar de hombres armados. Sin embargo, la composición de esas fuerzas era significativamente desigual. La Armada y el Ejército del Aire se posicionó de forma mayoritaria en favor de la República. En el Ejército de Tierra, la balanza se inclinaba en favor de los nacionales puesto que, mientras que del lado de la República había contingentes muy numerosos de milicianos entre los que sería habitual el desorden, los alzados contaban con tropas disciplinadas y mejor coordinadas, tanto en lo relativo a las no profesionales —como el requeté navarro al servicio de Mola— como en las profesionales, siendo el ejemplo más claro el temido Ejército de África con más de 32 000 soldados —que incluía los 4200 legionarios del Tercio Extranjero y 17000 Regulares Indígenas, conocidos como los moros (Moradiellos, 2016, p. 87)— la tropa con mayor experiencia (Casanova y Gil, 2018, p. 124-128). 

 

De acuerdo con Jorge Martínez Reverte, existió un patrón bien perfilado a la hora de determinar en qué lugares tenía éxito el golpe: allí donde la mayoría de la guarnición y la policía se sublevaba, la ciudad caía. Donde se mantenía del lado de la legalidad, el golpismo perdía (citado por Moradiellos, 2016,p. 91). Ello podría sugerir que, de haber tenido a este estrato social concreto claramente posicionado en favor de la República, la guerra podría no haber surgido, abortándose el golpe con rapidez. Dicho esto, es reseñable que el director de la Guardia Civil, Sebastián Pozas, permaneció fiel a la República durante el alzamiento, y que en ciudades tan importantes como Barcelona los obreros solo se impusieron a los rebeldes porque contaron con el apoyo fundamental del instituto armado, en ese caso, al mando del comandante Aranguren. Además, en ocasiones el éxito o el fracaso de la sublevación tuvo mucho de azaroso; por ejemplo, en Sevilla el alzamiento comenzó fracasando pero acabó imponiéndose -no gracias a alguna brillantísima maniobra largamente planificada- sino porque Queipo consiguió infiltrarse en el cuartel de la guarnición para, a punta de pistola, deponer a su comandante.  

 

Adicionalmente, a lo largo del conflicto el bando rebelde acrecentaría con mayor solvencia la cantidad de hombres disponibles al incorporar a sus ejércitos gran cantidad de prisioneros republicanos y al imponer el servicio militar obligatorio en las zonas conquistadas lo que, si seguimos a Preston (2016, p. 285), le supondría una ventaja de hasta 200 000 soldados. En cambio, la República lidiaría peor con los problemas de moral y deserción, sus levas serían menos efectivas, llegando incluso que llamar a filas a adolescentes —la famosa quinta del biberón que combatió en el Ebro—, símbolo de la desesperación republicana. 

 

 

Falta de liderazgos claros

 

Cuando el 12 de abril de 1931 las calles de las principales capitales se inundan de personas celebrando la victoria de las candidaturas (municipales) republicanas y sociales, el director de la Guardia Civil, José Sanjurjo, recibe la llamada del Gobierno alfonsino preguntándole por su apoyo. Sin su inhibición la República podría no haberse proclamado, un gesto que le valió la confirmación en el cargo por parte del nuevo régimen tricolor. No obstante, el alzamiento del 36 no fue el primer golpe que enfrentó la República. El 10 de agosto de 1932 Sanjurjo lideró una intentona promonárquica en Sevilla que, por su pobre planificación y pocos adeptos, fue solventada con relativa facilidad. Detenido y encarcelado, tras conmutársele la pena de muerte, viviría exiliado en Portugal hasta el alzamiento. Por su edad, prestigio y veteranía, el (conocido como) León del Rif sería el llamado a encabezar el golpe posterior. Llegados al 20 de julio del 36, y estando él exiliado en Estoril (Portugal), se le presenta el aviador Juan Antonio Ansaldo, quien tiene órdenes de transportarlo a Burgos para ponerse al mando del bando nacional. Sin embargo, al poco de despegar, la endeble Puss Moth que debía transportarlo se estrella contra unos árboles causándole la muerte.

 

Cuatro días más tarde se crearía la Junta de Burgos y, dado el fracaso de Fanjul y Goded a la hora de sublevar Madrid y Barcelona —capturados y fusilados en agosto—, el director de la conspiración, el General Mola, ofreció el mando (simbólico) de la recién creada Junta de Defensa Nacional al General Cabanellas, tras el éxito de este en sublevar Zaragoza. Con todo, estaba claro que la dirección de la ofensiva no podía ser colegiada y que debía escogerse un único líder. A tal fin, el 21 de septiembre la plana mayor del bando rebelde se da cita cerca de Salamanca[1]. Repasemos los candidatos posibles (Casanova y Gil, 2018, p. 143-147): Mola había planificado el golpe, pero quedaba descartado por ser "solamente" general de brigada. Cabanellas compartía rango con Franco, pero quedaba descartado por monárquico y filomasón. Queipo tenía más antigüedad como general de división, pero sus vínculos con los republicanos lo hacían inapropiado. Franco iba a ser el elegido. Era un militar muy prestigioso, probablemente el general más joven de Europa por su papel destacado en las guerras con Marruecos; entre la tropa gozaba de popularidad pues se le tenía —y con razón— por un oficial arrojado, impasible ante el fuego enemigo y muy suertudo, pues gozaba de la baraka mora. Adicionalmente, se había preocupado de presentarse ante la prensa internacional como líder de los rebeldes —muchos periódicos hablarían de los alzados como «las tropas franquistas»— y el hecho de tener bajo su mando el eficaz y despiadado ejército de África era un factor casi imbatible. Cuando el 3 de junio del 37 Mola fallece en un nuevo accidente aéreo, desaparece cualquier tipo de competencia efectiva, consolidándose desde entonces como líder indiscutible. Así, desde muy temprano el bando sublevado contaría con una dirección clara, disciplinada y bien organizada. Posteriormente, en octubre del 36, Franco aun «ascendería», pues reuniría en su persona las autoridades civiles y militares al ser nombrado «jefe de Gobierno del Estado español» y, como habían hecho antes Hitler y Mussolini, escogería para sí un apelativo -caudillo- de reminiscencias medievales, en línea con su proyecto nacionalcatólico y su visión de la guerra como una cruzada.

 

En cambio, no fue hasta la llegada del cuarto presidente del Gobierno durante la guerra, el doctor Juan Negrín, que la República tuvo un liderazgo claro y un control efectivo de los medios disponibles. Las luchas intestinas, la pluralidad de mandos y las insubordinaciones serían dramáticamente comunes en el bando republicano.

 

 

Poca preparación y mala respuesta

 

¿Qué los militares se han levantado en Marruecos? Pues yo me voy a dormir«». Esta frase se atribuye habitualmente al entonces presidente de la República Casares Quiroga y habría sido pronunciada el mismo día del alzamiento, tras recibir este la noticia por parte de sus ministros y consejeros. A juicio de Jackson (2015, p. 249-263), el alzamiento sorpendió al Gobierno, que no había tomado suficiente en serio las reiteradas advertencias e informes de la oficialidad leal y políticos varios. A las llamadas que venían del protectorado, Quiroga respondió con ánimos y prometiendo enviar refuerzos, asegurando que se trataría de un asunto localizado, sin mayor trascendencia.

 

En cambio, de acuerdo con la polémica y discutida tesis de Payne (2011, p. 67) Quiroga informó a sus ministros de la existencia de una rebelión militar en ciernes que podía estallar en cualquier momento. Sin embargo, como no existían pruebas del todo concluyentes contra los conspiradores y como se pensaba que iba a ser un alzamiento desorganizado y con poca fuerza se optó por «esperar a que el movimiento rebelde madurara y, entonces, aplastarlo completamente». Payne (2011, p. 254) incluso insiste en que, para muchos líderes izquierdistas, un pequeño pronunciamiento —que no una guerra-— era deseable, pues permitiría «purgar» al ejército y acabar de marginar a la derecha.

 

Sea como fuera, no hay duda de que el alzamiento cogió al Gobierno sin un plan de respuesta claro ni, en general, con preparativos de envergadura (movilizaciones de tropas, vigilancia de determinados militares peligrosos, búsqueda de aliados exteriores por si estallaba un conflicto, etc.) Quizás la mayor prueba de que, efectivamente, se actuó de forma negligente fue la respuesta del propio Quiroga: cuando a media tarde recibe la noticia del alzamiento, da orden a los gobernadores militares de no repartir armas entre los obreros. Teme que el remedio sea peor que la enfermedad y que los sindicatos empiecen su revolución particular. Sin embargo, pocas horas más tarde dimite al verse completamente superado por la situación y —si hacemos caso a Preston (2016, p. 124)— avergonzado y atormentado por no haber hecho caso a las distintas advertencias que había ido recibiendo, decide expiar sus culpas enfundándose en un mono azul, empuñar un fusil y enfilar hacia el frente del Guadarrama con otras columnas obreras.

 

 

 

Desunión, desorden e indisciplina

 

Dicho esto, los temores de Quiroga no eran, en absoluto, desacertados. Se calcula que en pocos meses la represión en la zona republicana se cobró alrededor de 60 000 víctimas (contra las 100 000 que causarían los nacionales). Estamos hablando de venganzas personales al calor del desorden, crímenes de toda clase, persecuciones anticatólicas —murieron cerca de 6800 religiosos, además de causarse destrozos y profanaciones de envergadura en los edificios religiosos—, encarcelaciones y ejecuciones masivas e indiscriminadas —las famosas «checas», la matanza de Paracuellos, etc.— llevadas a cabo por los «comités revolucionarios» y por las distintas milicias. Alentado todo ello por medios como Solidaridad Obrera y Mundo Obrero, que reclamaban más y más violencia (pudiendo incluso argumentarse que, aun cuando fuera en mucha menor medida que en el bando nacional, hubo cierto nivel de connivencia en todo ello por parte de algunos sectores y/o autoridades del Gobierno republicano). A destacar, sin embargo, que a diferencia de las multitudinarias matanzas realizadas en la zona nacional en Sevilla, Zaragoza o Badajoz, las imágenes que darían la vuelta al mundo serían los conventos en llamas, perjudicando gravemente la imagen internacional de la República (Casanovas y Gil, 2018, p. 128-132).

 

Gracias al vistoso testimonio de Orwell, una de los ejemplos más recordados del desorden interno puesto en marcha por la izquierda radical se daría en la Ciudad Condal desde el mismo inicio de la guerra. De acuerdo con Jackson (2016, p. 295-298), la autoridad de la Generalitat ya estaba seriamente comprometida desde la primavera y el golpe de julio acabó por desbaratarla. En ese clima de desorden, las milicias anarquistas jugaron un papel clave en la derrota de la sublevación en Cataluña, hasta el punto de que el mismo Companys acabaría por reunirse con sus dirigentes y reconocerlos amos de Barcelona; durante meses podría hablarse de una situación de cogobierno entre la Generalitat y los cenetistas. En mayo del 37 esta situación de desgobierno y luchas intestinas tocó techo cuando, en el marco de los combates por la torre de Telefónica en manos de la CNT, anarquistas y comunistas se enfrentaron a tiros por las calles barcelonesas, dejando centenares de muertos. Se requeriría la llegada de 1500 guardias de asalto desde Valencia para restablecer el orden. 

 

Naturalmente, todo ello provocó no solo importantes problemas de imagen, sino también que el Gobierno republicano tuviera que enfrentar el golpe sin contar con todas sus efectivos, pues debía emplear no pocos esfuerzos en combatir todo lo anterior. De hecho, no fue hasta el 38 cuando las milicias estuvieron completamente disciplinadas y a las órdenes del ejército regular, centradas por tanto en hacer la guerra y no la revolución. 

 

En este sentido, Payne (2011, p. 256-257) habla, por una parte, de «localismo revolucionario» por el que el control efectivo del territorio en amplias zonas quedó en manos, no del Gobierno, sino de distintos grupos obreros. Ello provocó, entre otros efectos, que las tropas franquistas pudieran «conquistar la zona de forma fragmentaria, provincia a provincia, lo cual era mucho más sencillo, y eso explica por qué pudo controlar prácticamente toda la zona norte empleando menos tropas de las que tenía el enemigo en su conjunto». Por otra parte, critica a los nacionalistas vascos y catalanes, que a su juicio tampoco facilitaron una respuesta conjunta contra los rebeldes, dificultando que el Gobierno controlara efectivamente todos los recursos disponibles.

 

No fue una cuestión capital, pero vale la pena destacar que la moral al más alto nivel político también flaqueó. Desde muy temprano la fe de Azaña en la victoria fue muy débil y, a partir de mediados del 38, Prieto se sumaría al derrotismo. Incluso el propio Negrín acabaría por intentar una paz negociada con Franco que, sin embargo, solo aceptaba una rendición incondicional. Un intento que, además, tampoco le libraría del golpe de Estado del coronel Casado en marzo del 39, que aliado con miembros de la FAI y Besteiro, buscaban deponer al doctor para así pactar con los rebeldes.

 

A todas las dificultades anteriores se sumó el pobre manejo que la República hizo y pudo hacer de sus recursos, al ser incapaz de coordinarlos eficazmente. Es conocido el fervor con el que muchos obreros tomaron las armas —no en defensa de la democracia, como a veces se dice—, sino para enfrentar al fascismo y con la intención de avanzar su agenda revolucionar particular. La columna Durruti, la columna «Los Aguiluchos» de García Oliver, la columna Lenin del POUM (en la que serviría Orwell), el Quinto Regimiento del PCE… obreros voluntariosos pero indisciplinados. Se cuenta que los hombres discutían las órdenes de sus superiores, no colaboraban con otras tropas que no fueran de su misma cuerda ideológica o que incluso se volvían a sus ciudades durante el fin de semana (Moradiellos, 2016, p. 156-159). La razón es que ellos eran «milicianos del pueblo» y no «soldados encuartelados y con uniforme». Por ejemplo, en Cataluña muchas de las milicias anarquistas fueron integradas bajo el Èxercit català que Tarradellas crearía en noviembre del 36. Sus incursiones en Aragón y Baleares sin demasiada fortuna estuvieron muy marcadas por la indisciplina de sus miembros. El propio Durruti acabaría por reconocer que la guerra la hacen los soldados, no los anarquistas. En sus memorias, Azaña describiría la tarea de organizar esa multitud de cuerpos como «el problema capital» de la República (Moradiellos, 2016, p. 156-159). 

 

En este sentido, sería habitual que, gracias al ingenio del coronel (después general) Vicente Rojo, los republicanos consiguieran llevar a cabo incursiones exitosas que cogían a los rebeldes por sorpresa. Sin embargo, los problemas de medios, la falta de disciplina y coordinación no tardaban en convertir esas victorias iniciales, primero en posiciones defensivas, y después en duras retiradas. Sería el caso de Brunete, Belchite, Teruel y, en menor medida, del Ebro, cuyos fracasos aun agudizarían más las divisiones internas, los reproches y las conspiraciones por derrocarse unos a otros. Cuando estos factores no estaban presentes, la acción militar republicana era muy digna, como se evidenció en la defensa de Valencia en la llamada «línea XYZ» que, si bien no pudo impedir el avance nacional, sí lo hizo muy penoso.

 

 

Inferioridad logística

 

 

Como acostumbra a decirse, a finales de julio España quedó «dividida en dos». Los sublevados controlaban algo menos de superficie, el 46,5 % del territorio, la zona más rural, menos poblada y menos industrializada. En principio podría parecer que la República gozaba así de una posición inicial más favorable, ya que si bien el 70 % de la zona productiva a nivel agropecuario estaba en manos nacionales, es preferible contar con más población, mejores infraestructuras, la mayoría de las oficinas bancarias y sus depósitos —como las reservas de oro del Banco de España— y la zona industrial. Sin embargo, la zona republicana estaba internamente desconectada. El carbón asturiano y el hierro vasco no podían llegar a la industria catalana y los productos del levante no podían ser consumidos en el norte. Por si ello fuera poco, el vaivén entre la economía anticapitalista impulsada por anarquistas y comunistas —con muchas colectivizaciones y expropiaciones— y la ortodoxia centralizada sin huelgas que buscaba el Gobierno malbaratarían la ventaja económica inicial. La revolución y la guerra —se decía en la prensa libertaria— son inseparables (Moradiellos, 2016, p. 164-171). Tan era así que en diversos pueblos de la zona republicana no fue extraño la sustitución del poder local por el de comités revolucionarios que procedieron a la destrucción de los registros de propiedad, a la abolición del dinero y a la colectivización de las tierras, así como la proclamación de diversas microrepúblicas. De acuerdo con Jackson, la relación habitual del campesinado anarquista con el dinero era la misma que la del abstemio hacia la bebida: algo tentador y pecaminoso que debía destruirse sin perjuicio de que en ocasiones fuera necesario. En Barcelona diversos hoteles y restaurantes de lujo fueron colectivizados y aun cuando los empleados seguían vistiendo y sirviendo con la misma finura, las propinas se prohibían y los clientes comían en mangas de camisa (Jackson, 2015, p. 295-304).

 

Para dar cuenta de la distancia de planteamientos en las dos zonas es ilustrativo recordar que el estado de guerra no fue proclamado en la zona del Frente Popular hasta pasados muchos meses; en la zona nacional se mantendría ininterrumpida desde el 18 de julio hasta incluso terminada la contienda (Jackson, 2015, p. 313). 

 

Mientras tanto, los golpistas suplirán sus carencias con el crédito de sus aliados y una eficaz racionalización de los recursos disponibles (Moradiellos, 2016, p. 106-107 y p. 157-159). A medida que la guerra fuese avanzando, las estrecheces propias del período se transformaron en hambre genuina. En la zona republicana se haría famosa una tonadilla que decía «Franco nos da pan blanco, Negrín nos da serrín».

 

 

Desigual ayuda exterior

 

  • Soportes nacionales

 

Los nacionales contaron con ayudas de diverso orden en distintos países. Como es conocido, la más significativa provino de italianos y alemanes. Sin embargo, portugueses, ingleses y estadounidenses también tuvieron su papel.

 

Mussolini fue el apoyo más temprano para los alzados. En 1934 prometió suministrar armas y se encargó del entrenamiento de unos pocos carlistas. Además, es de suponer que estaba enterado del golpe, pues algunos de los aviones de la Aviazione Legionaria habían recibido sus destinos el 15 de julio (Jackson, 2015, p. 265-267). En total se calcula que Italia aportó al bando insurrecto más de 70 000 soldados integrados en el Corpo di Truppe Volontarie y 5699 en la Aviación (Casanovas y Gil, 2018, p.136). La aportación nazi fue algo más modesta, pero muy destacable: en la Legión Condor se integrarían un total de 19 000 soldados a lo largo de toda la guerra, a lo que se añadirían 140 aviones, 48 tanques y 60 cañones antiaéreos (Casanovas y Gil, 2018, p. 135).

 

No puede insistirse suficiente en la importancia de este hecho: dado el amotinamiento de las escuadras de Murcia contra sus oficiales a los que se tenía por golpistas, y que la mayoría de aviadores se mantuvo fiel a la República (Moradiellos, 2016, p. 90), el estrecho de Gibraltar estaba (precariamente) controlado por la Armada republicana. Es por ello que sin la ayuda de la aviación extranjera el golpe habría nacido muy debilitado, puesto que el ejército sublevado de África hubo de ser transportado a la península a través de un puente aéreo. El crucero Jaime I intentó dificultar la operación, pero no tardaría en ser inutilizado por la aviación italiana. El 6 de agosto la República habría perdido el control del mar y las tropas nacionales pudieron llegar a Andalucía con relativa facilidad. Ambas potencias reconocerían oficialmente a Franco y enviarían embajadores a Burgos en el noviembre del 36.

 

A destacar en este sentido que el coronel norteamericano que dirigía la Telefónica madrileña puso líneas privadas para que Franco y Mola pudieran comunicarse discretamente durante los días previos. Otro tanto hicieron los ingleses con las líneas de Gibraltar para que Kindelan se comunicara con Marruecos. Y mientras las petroleras inglesas le negaron combustible a la República, firmas portuguesas y norteamericanas no tuvieron reparos en proveer a Franco de todo el que necesitara. (Por extraño que parezca, la gasolina no se consideraba material bélico por lo que la neutralidad oficial de Estados Unidos no impidió el suministro constante que realizó la Texaco a las fuerzas rebeldes). 

 

Tras la intentona golpista, Sanjurjo vivió exiliado en Portugal. Sin embargo, ello no fue óbice para comunicarse con los emisarios de Mola, pues contaba con la ayuda de la policía portuguesas, que incluso llegó a colaborar en el suministro de armas para los sublevados. A lo largo de todo el conflicto, el dictador luso, Oliveira Salazar, ayudaría con material a los sublevados.

 

En último lugar, apuntar la ayuda económica que les suministraron algunos empresarios de éxito. Por ejemplo, a la cabeza de distintos monárquicos, Luca de Tena financiaría el piloto y el Dragon Rapide con el que Franco volaría de las Canarias al norte de África. Juan March, uno de los magnates españoles más importantes del momento, prestaría generosas líneas de crédito durante toda la contienda. Se hacía cierta la premonición del ministro Carner que advirtió que si la República no acaba con March, March acabaría con la República.

 

  • Soportes republicanos

 

Por la proximidad ideológica entre los gobiernos españoles y franceses del momento era de esperar que el socialista Léon Blum —líder del Frente Popular galo— prestara ayuda a la República, tal y como le exigían todos los sindicatos de su país. Sin embargo, la presión interna de su propio partido, las críticas de la derecha francesa, el deseo de no enemistarse con Inglaterra y el temor a una Alemania cada vez más beligerante y rearmada, le inclinaron a regañadientes hacia la «no intervención», cerrando así la frontera al tráfico militar el 8 de agosto del 36. De París solo llegarían algunos pocos aviones anticuados que el ministro del aire Pierre Cot envió de tapadillo, así como unos cientos de voluntarios. Igualmente, la policía francesa de frontera haría la vista gorda con los milicianos republicanos que la cruzaron habitualmente para buscar refugio, avituallarse, y moverse de la zona levantina hasta el frente norte.

 

En cambio, desde los primeros días de agosto México se pronunció de forma abierta en favor del Gobierno democráticamente escogido, mandando armas y suministros (y, como curiosidad, aceptando la peseta como medio de pago). Especialmente encomiable fue también que, a la vez que ayudaba a la República, usó su embajada para acoger a los religiosos y gente de orden que la represión en la zona republicana perseguiría ferozmente durante los primeros meses de la contienda.

 

No obstante, la ayuda mexicana fue más bien moral; a nivel material la gran baza de la República fue la URSS. Dos meses después del alzamiento las primeras armas de Stalin empezaron a llegar, permitiendo la victoria pírrica de la República en Madrid. Como se sabe, la generosidad de Moscú no fue en absoluta barata: con el oro del Banco de España se iría pagando el suministro constante que Rusia mandaría a lo largo de toda la guerra: 700 aviones, 400 carros, armas, municiones, combustible, cerca de 2000 hombres (policía secreta, pilotos, ingenieros…) y víveres (Casanovas y Gil, 2018, p. 134). Todo ello no evitaría, empero, que el ejército republicano tuviera problemas importantes de abastecimiento y que en retaguardia se empezara a pasar el hambre que dominaría la década siguiente. En este sentido, Payne (2011, p. 261) recoge que el propio Stalin llegó a recriminar al embajador español la pésima gestión económica que se estaba llevando a cabo por la República.

 

Finalmente, cabe destacar el papel de las famosas Brigadas Internacionales, en las que colaborarían voluntarios idealistas de todos los rincones e ideologías, aventureros, exiliados y criminales, llegando a sumar, a lo largo de todo el conflicto, entre 34 000 y 60 000 milicianos (Casanovas y Gil, 2018, p. 135; Preston, 2016, p. 305). A finales de octubre del 38, en Barcelona se organizaría una emotiva despedida: desfilarían ante las lágrimas del público asistente con flores a sus pies, la mirada lúgubre de Azaña, y las encendidas palabras de Ibárruri: «[…] Podéis marchar orgullosos. Sois la historia. Sois la leyenda […] No os olvidaremos, y cuando el olivo de la paz florezca […] Volved a nuestro lado, que aquí encontraréis patria». En 1995, el Gobierno de Felipe González otorgaría la ciudadanía a distintos brigadistas supervivientes (Preston, 2016, p. 304-305).

 

 

Acierto estratégico (y fortuna) nacional

 

Los dos factores anteriores fueron apreciados correctamente por los nacionales y, tras comprobar que no podían tomar Madrid y ganar la guerra de manera rápida, replantearon acertadamente su estrategia. Para desesperación de sus aliados que apostaban por la guerra celere, Franco (con el consejo de Vigón) organizó (o se vió forzado a organizar)[2] una guerra de desgaste, choques frontales y conquista sistemática en el que su clara superioridad logística pudiera brillar: primero, concentrar los esfuerzos en el norte para apropiarse de las materias primas y la capacidad productiva asturiana y vasca. En segundo lugar, aislar la región central, desconectando Madrid de Valencia y Barcelona. Y finalmente, a por lo que quede de Aragón, infiltrarse en Cataluña y llegar hasta Vinaroz, para así dividir la menguante zona bajo control republicano. Una guerra lenta con la que desangrar a un enemigo que se sabe materialmente más pobre y que, por tanto, tarde o temprano acabará por capitular (Moradiellos, 2016, p. 256-272).

 

Un buen plan que, sin embargo, tenía un punto débil: resistir es vencer repetiría Negrín. Es decir, la República por sí sola no podía salir airosa del encuentro. Sin embargo, y en contra de lo que acabarían definiendo actores como Azaña, no por ello debía concentrarse en acordar una rendición lo menos mala posible, al contrario, debía apretar los dientes y ganar tiempo como fuera hasta que la inminente guerra mundial estallara en toda Europa de tal modo que Franco perdiera el soporte de sus aliados y las democracias occidentales acudieran, ahora sí, en ayuda de la República. No fue así. El 1 de abril la guerra terminaría abriendo tras de sí una posguerra horrenda en la que no habría ni pan, ni piedad, ni perdón; ni entonces, ni muchos años después. 

 

[1] El objetivo de la reunión era designar al líder durante la guerra; convenientemente para Franco, esto fue suprimido del parte final de la reunión.

 

[2] Sobre esta cuestión pueden consultarse las entrevistas realizas en la Revista a los historiadores David Alegre y Paul Preston

 

Bibliografía

  • Casanovas, J. y Gil, C. (2012). Breve historia de España en el siglo XX. Ed. Ariel.

  • Jackson, G. (1965). The Spanish Republic and the Civil War. Ed. Princeton University Press. Citado por la edición española de 2015. Ed. Crítica. La República española y la Guerra civil.

  • Moradiellos, E. (2016). Historia mínima de la Guerra Civil española. Ed. Turner Publicaciones S. L.

  • Payne, S. (2011). ¿Por qué la república perdió la Guerra. Ed. Booket.

  • Preston, P. (1986). The Spanish Civil War. Reaction, Revolution and Revenge. Ed. New Directions. Citado por la edición española de 2017. Ed. DeBolsillo La Guerra Civil española.

 

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