Crítica del neoliberalismo

30/10/2020

Brett Jordan @brettjordan


¿Qué tuvieron en común las reformas político-económicas implementadas –a fines de los años 70 y principios de los 80– por Margaret Thatcher en Reino Unido, Ronald Reagan en Estados Unidos, el dictador Augusto Pinochet en Chile, el ex presidente de México Carlos Salinas de Gortari, los principios del Consenso de Washington y el pensamiento de intelectuales como Friedrich Von Hayek, Milton Friedman, Ludwig Von Mises y Karl Popper? Todos ellos tomaron los ideales de la libertad individual, la supresión de las regulaciones estatales y la libertad de empresa como los valores cardinales de la sociedad. Así pues, sostuvieron que el bienestar del ser humano consistía en expandir el libre desarrollo de estos ideales y, en consecuencia, el rol del Estado sería limitarse a asegurar un marco institucional que no interfiriera en su evolución. Pero, ¿cuáles fueron los fundamentos, estrategias, prácticas y discursos que conformaron este proceso? El presente artículo pretende desplegar una crítica de lo que se ha dado en llamar neoliberalismo.

 

Josep Fontana ha sostenido –en nuestra opinión acertadamente– que el neoliberalismo llevó adelante una auténtica “contrarrevolución conservadora”[1]. El uso del sustantivo revolución se debe a que, efectivamente, transformó drásticamente las reglas económicas, jurídicas, culturales y políticas   de su tiempo: neutralizó al Estado de bienestar –luego de tres décadas marcadas por el crecimiento económico y la redistribución de la riqueza (1945-1973)–, socavó el poder de los trabajadores y liberó al intercambio de bienes, información y servicios de las regulaciones impuestas por el Estado. Por estas razones, no resulta equivocado afirmar que el neoliberalismo cuenta con una profunda naturaleza política y no sólo es una teoría o modelo económico, como usualmente se supone.

 

En efecto, fue un proyecto especialmente político destinado a “restablecer las condiciones para la acumulación del capital y restaurar el poder de las élites económicas”[2]. La restauración del poder de las clases dominantes se visualiza en la incesante concentración de riqueza en los escalones más altos de la sociedad, cuyos niveles de acumulación han vuelto a los existentes en la década de 1920, antes de las medidas redistributivas implementadas por el Estado de bienestar[3]. O también en la creación de una clase capitalista y oligárquica ligada al Estado, como viene ocurriendo en Rusia desde 1990 o en China, donde los que más se enriquecieron fueron un puñado de familias y altos funcionarios estatales del Partido Comunista (si bien en este país la economía sigue siendo manejada por el Estado, en 1978 Deng Xiaoping impulsó una serie de acciones tendientes a liberalizarla).

 

La singularidad del neoliberalismo debe situarse en el hecho de que alcanzó a posicionarse como la superación de las ideologías políticas en nombre de eslóganes como la libertad individual, el emprendedurismo, la competitividad, la flexibilidad, la eficacia y las virtudes de la privatización de los servicios públicos. El neoliberalismo es una ideología política que se presenta sin ideología, pues afirma que está más allá de las narrativas políticas. Por ejemplo, cuando le preguntaron a Margaret Thatcher cuál había sido su victoria más importante respondió: “Tony Blair y el Nuevo Laborismo. Obligamos a nuestros oponentes a cambiar de opinión.” Este es uno de los motivos por las cuales ha conseguido constituirse en el discurso hegemónico durante más de cuarenta años: ha logrado la aceptación de la mayoría de las poblaciones, quienes han interiorizado la idea de que es la forma natural de orientar las relaciones sociales. Casi todos los aspectos de la vida son susceptibles de intercambio y se miden bajo los binomios de pérdidas y ganancias, déficits y beneficios, débitos y créditos, deudas y dividendos. Hasta las cualidades, aptitudes y habilidades personales conforman lo que ha sido designado con el calificativo “capital humano”, según las investigaciones del economista Gary Becker[4]. Así, el neoliberalismo no deja indemne ninguna esfera de la existencia humana. En palabras de Wendy Brown:

 

"El neoliberalismo se entiende mejor si no se ve simplemente como una política económica sino como una racionalidad que disemina los valores y las mediciones del mercado a cada esfera de la vida y que interpreta al ser humano mismo exclusivamente como homo oeconomicus. Por consiguiente, el neoliberalismo no sólo privatiza –voltea hacia el mercado en busca de producción y consumo individual– lo que antes se apoyaba y valoraba públicamente sino que formula todo, en todos lados, en términos de inversión y apreciación del capital, incluyendo, especialmente, a los seres humanos[5]."

 

Ahora bien, es necesario precisar que existen importantes diferencias entre los proyectos neoliberales. En rigor de verdad, el neoliberalismo, pese a que sea indudablemente un fenómeno global, no es idéntico, unitario, fijo, monótono, puro y estable. Muy al contrario: es inconstante, variable, diferenciado, asistemático, contradictorio y oscilante[6]. Por ejemplo, la diseminación del neoliberalismo en Reino Unido bajo la dirección de Thatcher o en Estados Unidos en tiempos de Reagan se canalizó de modo sutil y con un alto grado de sofisticación, pues se activaron una serie de dispositivos normativos, tecnológicos, financieros, ideológicos, propagandísticos y culturales que bien podrían calificarse de poder blando.

 

Sin embargo, cuando el consentimiento, las estrategias comunicativas y las presiones ideológicas no fueron suficientes, los defensores del neoliberalismo no dudaron en recurrir a la represión violenta. Así lo ratificaron las dictaduras militares sudamericanas de la década del setenta: no sólo torturaron, asesinaron e hicieron desaparecer a militantes políticos, periodistas, estudiantes, profesores y sindicalistas bajo la Doctrina de la Seguridad Nacional importada de Estados Unidos, abolieron los parlamentos y derogaron las constituciones, sino que implantaron el modelo neoliberal trazado en la Escuela de Chicago, como sucedió en Brasil, Chile y Argentina[7].

 

Por otro lado, uno de los factores centrales mediante el cual el neoliberalismo minó el poder del Estado es el relativo al perímetro de intervención económico. Una de las características centrales del Estado de bienestar consistía en que sus intervenciones normativas controlaban el desarrollo de las relaciones económicas. Por el contrario, el intercambio global de bienes, servicios y mercancías, la transnacionalización de la mano de obra, la libre circulación de activos financieros, la eliminación de barreras geográficas al capital y la eliminación de tasas, impuestos, aranceles y controles de divisas arrojó como resultado una fuerte reducción de la soberanía del Estado, que ya no está en posición de decidir de manera autónoma las políticas económicas. Al mismo tiempo, el papel protagónico que adquirieron organismos financieros internacionales como el FMI, la OMC o el Banco Mundial –pese a que ya funcionaban desde la década del 50– para presionar a los países en vías de desarrollo hacia una agenda explícitamente neoliberal, con el objetivo de reducir la inflación y sanear las finanzas públicas (no importando si el desempleo y la pobreza se disparaban), relegó al Estado a un papel subordinado en la planificación de la economía.

 

La esencia del neoliberalismo puede resumirse en una incisiva definición proporcionada por Pierre Bourdieu: “un programa de destrucción sistemática de lo colectivo”[8]. Sirva de ejemplo lo que le gustaba declarar a Thatcher, quien decía que la “sociedad no existe, sino solo hay individuos y familias.” Por colectivo debe entenderse no solo la inclinación de la balanza hacia el culto del individualismo y la pérdida de la solidaridad proveída por instancias comunes protectoras –como el movimiento obrero organizado y los sindicatos, como se analizará en el próximo párrafo– sino también por la declinación de las regulaciones del Estado sobre la vida económica ya señalada. El neoliberalismo implica, justamente, la ausencia de sujeciones y controles sobre el mercado: este se “autorregula” sin interferencia de las coerciones estatales. Ya lo decía Reagan cuando asumió la presidencia con un programa de reducción de impuestos, desregulación y fuerte disminución del gasto público: “el gobierno no es la solución a nuestro problema; el gobierno es el problema.” De ahí que la razón neoliberal haya impulsado una ofensiva contra el Estado de bienestar, como lo corroboró el documento La crisis de la democracia. Informe sobre la gobernabilidad de las democracias[9] confeccionado por la Comisión Trilateral en 1975, en tanto sentó la idea de que el Estado estaba “sobrecargado” de demandas que resultaba indispensable atenuar.

 

No menos grave fue el desguace que sufrieron los sindicatos. El discurso neoliberal los presentó como sinónimo de corrupción, inflexibilidad, burocracia, inoperancia política y como símbolos del excesivo gasto público en el que invertía inútilmente el Estado de bienestar. Las dictaduras de Chile y Argentina los aniquilaron por medio de la violencia militar, mientras que Thatcher y Reagan utilizaron medios más rebuscados. En primer lugar, el gobierno de Thatcher se propuso explícitamente destruirlos. Resulta oportuno recordar la confrontación que tuvo con el Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros encabezado por Arthur Scargill, declarado “enemigo interno” a raíz de la huelga general de mineros de 1984-1985, de la que salió victoriosa y que capitalizó políticamente, pues fue determinante para la configuración del proyecto neoliberal en Inglaterra[10]. Por su parte, el hostigamiento a los sindicatos iniciado por la administración Reagan también fue significativo. En agosto de 1981 y después de cinco días de huelga del sindicato de controladores aéreos originada por el reclamo de mejores condiciones laborales, Reagan procedió a declararlo ilegal y despidió unilateralmente a 12.000 trabajadores. Este hecho constituyó una dura derrota para el movimiento obrero estadounidense y al mismo tiempo funcionó como advertencia para aplacar futuros reclamos de otros sectores de trabajadores. En 1978 Douglas Fraser (dirigente del sindicato de automóviles) ofrecía una lúcida visión del sistema que se estaba poniendo en marcha:

 

"Creo que los dirigentes de la comunidad empresarial, con pocas excepciones, han escogido desencadenar una guerra de clases unilateral contra los trabajadores y contra buena parte de la clase media. Los líderes de la industria, el comercio y las finanzas de los Estados Unidos han roto y descartado el frágil acuerdo no escrito que estuvo durante un período pasado de crecimiento y progreso[11]."

 

Igualmente, en tiempos neoliberales el trabajo se ha convertido en un recurso cada vez más escaso, transitorio y fragmentado. Esta situación se observa en medidas como los contratos temporales con salarios que rozan los umbrales mínimos, desempleo estructural, empleos free-lance, aumento de la tasa de rotación, la cada vez mayor difusión de programas de becas y pasantías en lugar de trabajo fijo, horas extras impagas, trabajo en red, empleo informal generalizado, robotización e inteligencia artificial laboral, entre otros. En este sentido, si a lo largo del siglo XX el sujeto laboral por excelencia era la clase obrera, en el neoliberalismo lo es el “precariado.”

 

La clase obrera ha dejado de ser útil como matriz de análisis. Ello no implica que todavía no existan obreros ni que hayan aumentado en ciertos rubros de la economía. Antes bien, significa que ya no constituye una clase política organizada, compacta, coordinada y autónoma, sino que se encuentra dispersa, dividida y debilitada para hacer frente a las estrategias de las clases dominantes, lo que dificulta la posibilidad de negociar mejoras y beneficios en la relaciones laborales. Robert Castel ha subrayado que la innovación decisiva consumada por el neoliberalismo no es que haya menos asalariados sino más asalariados precarios[12]. Por otro lado, la relación capital industrial/trabajo ha perdido la centralidad que revestía en el pasado, pues en el neoliberalismo el capital predominante es el financiero.

 

El precariado está constituido por una masa de personas que se encuentran por debajo del umbral de la mera supervivencia. Es el trabajador desechable, sobrante, sustituible, prescindible, expulsable. El precariado vive del capitalismo de las apps y de la economía colaborativa[13], del cuenta-propismo, de la economía informal, de los magros beneficios sociales del Estado, de pasantías temporales, de las ayudas familiares y en ocasiones de la venta de drogas. El precariado es quien carece de soportes materiales, de garantías sociales en el empleo y en los ingresos, en las pensiones y en las indemnizaciones, en el régimen de vacaciones y en las prestaciones médicas, en la representación política y en el futuro laboral. Generalmente, la carencia de un trabajo estable es la perspectiva que acompaña toda la vida del precariado. Quizás mañana, el mes entrante o el año próximo sea despedido, conforme a uno de los principios fundantes del sistema neoliberal: la flexibilidad. A juicio de Guy Standing, autor de trabajos pioneros sobre el precariado, la singularidad propia de esta modalidad laboral es que está privada de una identidad basada en el trabajo. Cuando tienen empleo, este no es del tipo que permite una carrera profesional, sino que carece de tradiciones de memoria social y de la sensación de pertenecer a una comunidad ocupacional basada en prácticas estables, códigos éticos y normas de comportamiento, reciprocidad y fraternidad[14].

 

Mientras que antes la seguridad personal estaba resguardada por las protecciones desplegadas por el Estado de bienestar –en particular los derechos sociales–, la acción de los sindicatos y la pertenencia a un movimiento obrero organizado, en el neoliberalismo el individuo está solo, es decir, le corresponde a él mismo hacer frente a los riesgos que lo acechan. Las protecciones que proveía el Estado son cada vez menos colectivas y dependen del poder económico de contratación que cada sujeto tenga con empresas aseguradoras. De esta manera, se “pasa de una gestión colectiva y pública a una gestión personal y privada del riesgo”[15]. He aquí uno de los ejes clave del neoliberalismo: como hace cuarenta años pronosticó Michel Foucault[16], el sujeto se constituye en “empresario de sí mismo” y debe hacerse cargo con sus recursos –frecuentemente exiguos– de los infortunios que lo invaden: pobreza, desempleo, desigualdad, pauperización laboral, enfermedades, pérdida de familiares y desórdenes psicológicos causados por situaciones traumáticas. El punto ciego del neoliberalismo lo constituye el hecho de que no todos los individuos están en situación de protegerse a sí mismos, además de que solo una concepción absurda puede sostener que el individuo está dotado de plenos poderes para superar fácilmente adversidades estructurales como las mencionadas.

 

En conclusión, es posible interpretar al neoliberalismo como un proyecto eminentemente político destinado a restaurar el poder de las elites mediante la liberalización de los bienes y servicios, la neutralización de las regulaciones estatales sobre la economía, la embestida contra los sindicatos, la expansión de la precarización laboral y la exacerbación del individualismo. Con el aumento de la desigualdad y la pobreza –que cada día azotan a más personas a lo largo del mundo–, quizás es el momento histórico de impulsar transformaciones que tengan como objetivo poner punto final a las políticas neoliberales y transitar hacia un nuevo modelo de sociedad signado por la cooperación y la solidaridad.

 

 

 

[1] Fontana, Josep, El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914, Crítica, Barcelona, 2017, pp. 417-487.

[2] Harvey, David, Breve historia del neoliberalismo, Akal, Madrid, 2007, p. 24.

[3] Piketty, Thomas, Capital e ideología, Paidós, Buenos Aires, 2019.

[4] Becker, Gary, El capital humano, Alianza, Madrid, 1983.

[5] Brown, Wendy, El pueblo sin atributos. La secreta revolución del neoliberalismo, Malpaso, Barcelona, 2015, p. 236-237.

[6] Hall, Stuart, “The Neo-Liberal Revolution”, Soundings, n° 48, 2011, pp. 9-28.

[7] De hecho, los economistas de la Escuela de Chicago visitaron personalmente a los dictadores Augusto Pinochet en Chile y a Jorge Rafael Videla en Argentina durante los años 70.

[8] Bourdieu, Pierre, “La esencia del neoliberalismo”, Revista Colombiana de Educación, N° 35, 1997, p. 1.

[9] Crozier, Michael, Huntington, Samuel y Watanuki, Joji, The Crisis of Democracy. Report on the Governability of Democracies to The Trilateral Commission, New York University Press, New York, 1975.

[10] Seumas, Milne, El enemigo interior. La guerra secreta contra los mineros, Alianza, Madrid, 2018.

[11] Citado en Fontana, Josep, Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945, Pasado y presente, Barcelona, 2013, p. 582.

[12] Castel, Robert, El ascenso de las incertidumbres. Trabajo, protecciones, estatuto del individuo, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2012, pp. 86-87.

[13] Ravenelle, Alexandrea, Precariedad y pérdida de derechos, Alianza Editorial, Madrid, 2020.

[14] Standing, Guy, El precariado. Una nueva clase social, Pasado y Presente, Barcelona, 2013, p. 34.

[15] Castel, Robert y otros, Individuación, precariedad, inseguridad ¿Desinstitucionalización del presente?, Paidós, Buenos Aires, 2013, p. 42.

[16] Foucault, Michel, El nacimiento de la biopolítica. Curso en el College de France (1978-1979), Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2007, pp. 249-359.

 

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