Desigualdad y élites: Cómo nacen las democracias

31/10/2020

Unseen Histories @unseenhistories

 

¿Por qué querrían quienes monopolizan el poder público arriesgar sus intereses y valores compartiendo dicho poder?”[i] Así planteaba el politólogo Adam Przeworski el enigma de la democratización: ¿Qué lleva a un dictador a aceptar deshacerse de su poder? ¿Qué hace que, en algunos casos, los tiranos renuncien al control absoluto que ejercen sobre la vida económica, social y política de sus países?

 

Durante las últimas décadas, esta cuestión (¿cuáles son los determinantes de los procesos de democratización?) ha generado un enorme debate académico, en el que han participado economistas, científicos sociales e historiadores. El objetivo de este artículo es ofrecer un breve repaso a estas discusiones.

 

Primero, una observación metodológica. Por lo general, estos debates asumen una concepción minimalista de la democracia: la democracia es entendida principalmente como un conjunto de procedimientos para la selección de cargos políticos mediante procesos electorales competitivos. Por ejemplo, en el llamado Democracy-Dictatorship Index, un sistema político puede calificarse de democrático cuando i) el jefe del ejecutivo es elegido mediante una elección popular, o por un órgano elegido popularmente (como sucede en las democracias parlamentarias), ii) el poder legislativo es elegido popularmente, iii) existe al menos un partido opositor compitiendo en las elecciones, y iv) se ha producido al menos una alternancia pacífica en el poder, siguiendo las mismas reglas electorales que llevaron al poder al partido que ahora lo abandona.[ii] Este índice, como puede observarse, es poco exigente, pues es compatible con profundas desigualdades económicas o la ausencia completa de un debate público de calidad. De hecho, ni siquiera deja claro quiénes deberían ser los titulares de los derechos políticos.[iii]

 

¿Por qué surge la democracia – al menos en su formulación minimalista? Una teoría bastante influyente pone el énfasis en el conflicto entre las masas y las élites por la distribución de recursos y bienes.[iv] Estas teorías tienen un cierto atractivo intuitivo. Veamos por qué. Supongamos, para empezar, que el teorema del votante medio es correcto. De acuerdo con este teorema, en los sistemas políticos en los que opere la regla de la mayoría, se tomarán las decisiones que mejor reflejen las preferencias del votante medio. En sociedades en las que la distribución de recursos y bienes es altamente desigual, una élite pequeña dispone de una cantidad de estos mucho mayor que las masas. Ahora bien, dado que las masas, por definición, son mucho más numerosas, el teorema del votante medio predice medidas redistributivas bastante agresivas. Se asume aquí, por supuesto, que todos los votantes quieren maximizar (o, por lo menos, incrementar) su acceso a estos bienes y recursos, y que votarán de forma consecuente con estas preferencias.[v] En palabras de Daron Acemoglu y James Robinson, “las decisiones democráticas son aquellas preferidas por la mayoría de ciudadanos; por lo tanto, los ciudadanos prefieren la democracia a su ausencia, y esta surge cuándo los ciudadanos gozan de suficiente poder político.”[vi]

 

Si esto es así, podemos esperar al menos dos cosas. En primer lugar, una hostilidad de las élites a la democracia, puesto que esta amenaza sus privilegios. Y, en segundo lugar, una actitud favorable de las masas, que verían en la democracia el mejor instrumento para satisfacer sus preferencias redistributivas. Se daría, por lo tanto, un conflicto entre las élites y las masas, donde las primeras tendrían incentivos para reprimir los esfuerzos democratizadores de las segundas.

 

Quién resulte vencedor en este conflicto dependerá del nivel de desigualdad existente en un momento determinado. Cuando las masas consiguen movilizarse (lo cual es una ardua tarea, dado los problemas de acción colectivo que esto conlleva), estas lanzan un desafío a la élite gobernante: o cedéis poder político, o asumís el riesgo de una revolución. Cuando la desigualdad no es muy elevada, las élites no tienen mucho que perder si las masas se salen con la suya y se implementan políticas redistributivas. Por lo tanto, es más probable que acaben cediendo poder. En cambio, cuando la desigualdad es elevada, los costes de la élite son mucho mayores, como también lo son sus incentivos para reprimir la acción de las masas. Como explica Carles Boix, otro defensor de la teoría, “una distribución desigual de la riqueza incrementa las demandas redistributivas de la población.” Sin embargo, “a medida que las potenciales transferencias incrementan, las inclinaciones autoritarias de los ricos aumentan y las probabilidades de democratización y estabilidad democrática se reducen a un ritmo constante.”[vii] Solo cuando hay niveles moderados de desigualdad es la democracia probable (suficiente desigualdad como para que las masas quieran movilizarse, pero no tanto como para que las elites traten de aplastarlas a cualquier precio).

 

Este es el esqueleto básico de la teoría, al que se podrían añadir dos observaciones. En primer lugar, algunos autores han defendido que el desarrollo económico puede atemperar el conflicto distributivo y favorecer la aparición de sistemas democráticos. Esto puede ocurrir por, ejemplo, si los ingresos tienen utilidad marginal decreciente (es decir, si hay un punto a partir del cual unos ingresos mayores no suponen ninguna diferencia), y si el desarrollo económico sitúa a los integrantes de la élite por encima de ese umbral.[viii] En este caso, las élites serían menos reacias a reducir su nivel de ingresos, siempre que estos no alcancen el punto en el que cada reducción adicional (cada reducción marginal) sí suponga una diferencia. Intuitivamente, parece que un individuo puede mostrarse menos dispuesto a reprimir a quienes quieren redistribuir sus bienes si tiene 30 coches deportivos y se arriesga a perder dos, que si tiene 4 coches deportivos y se arriesga a perder la mitad.

 

En segundo lugar, Acemoglu y Robinson han señalado que esta teoría no acaba de explicar por qué las élites renunciarían completamente a su poder (permitiendo un sistema democrático), en lugar de limitarse simplemente a ofrecer pequeñas renuncias, que podrían revertir una vez que el poder organizativo de las masas flaqueara. Su respuesta es la siguiente: quienes impulsan la democratización no buscan únicamente que las mayorías determinen las decisiones políticas en el presente, sino también en el futuro. Las élites podrían tratar de contentar a las masas haciendo ahora lo que ellas piden (sin otorgar derechos políticos a la mayoría), y comprometiéndose a seguir haciéndolo en el futuro. Para Acemoglu y Robinson, el principal problema con esta propuesta – por el pueblo pero sin el pueblo – es que no conlleva un compromiso creíble. En cualquier momento, las élites podrían desdecirse. Y si las masas han perdido su capacidad organizativa, no podrían hacer nada. Por lo tanto, mientras aún son fuertes, estas tienen incentivos para tratar de arrancarles a las élites un compromiso robusto y creíble. ¿Y cómo lograrían esto las élites? Pues renunciando a su poder, redistribuyendo derechos políticos, y permitiendo el surgimiento de instituciones democráticas. [ix]

 

En los últimos años, esta teoría ha sido sometida a algunas críticas. En un estudio de las transiciones democráticas durante la llamada Tercera Ola (que comprendería las transiciones acaecidas en las décadas de los 70, 80 y 90 – es decir, desde la descolonización africana hasta el colapso de la Unión Soviética), Stephan Haggard y Robert Kaufman afirman que, incluso “utilizando una definición extremamente generosa de lo que constituye un “conflicto distributivo”, encontramos que sólo entre el 55 y el 58 de las transiciones producidas durante este periodo se conformaron – ni que sea de manera muy laxa – a los mecanismos causales asumidos por los modelos del conflicto distributivo.”[x] El resto, sostienen, se explicarían a partir de mecanismos alternativos (entre otros, la presión internacional y los conflictos entre distintas facciones dentro de la élite). En varios de estos casos, sostienen Haggard y Kaufman, la transición se produjo en contextos de elevada desigualdad, mientras que otros países, mucho menos desiguales, no se democratizaron.

 

Carles Boix, defensor de una versión de la teoría distributiva, ha defendido también que la estructura del sistema internacional influye en las probabilidades de democratización de un país.[xi] Cuando el orden internacional está dominado por grandes potencias rivales vinculadas a estados clientes más pequeños, el camino hacia la democracia se vuelve más difícil. El ejemplo más reciente es la Guerra Fría, donde la rivalidad entre la Unión Soviética y Estados Unidos frustró procesos democratizadores (o directamente, favoreció la aparición de dictaduras) en Chile, Indonesia, Hungría, Checoslovaquia, entre muchos otros.[xii] De hecho, sostiene Boix, el derrumbe de la Unión Soviética y la estabilización de Estados Unidos como el hegemón global, habría coincidido con una ola de transiciones democráticas bastante amplia.

 

Por otro lado, la idea de que el conflicto entre élites puede jugar un papel importante en los procesos de democratización ya había sido defendida por el sociólogo Barrington Moore Jr. en su obra The Social Origins of Dictatorship and Democracy[xiii] (a quien Acemoglu y Robinson guiñaron el ojo con su propia contribución al debate, titulada The Economic Origins of Dictatorship and Democracy). En la actualidad, Ben Ansell y David Samuels han defendido una teoría de este tipo. En su libro Inequality and Democracy, Ansell y Samuels argumentan que la democracia sí emerge a partir de un conflicto.[xiv] Pero no, como piensan Boix, Acemoglu y Robinson, entre una élite rica y poderosa y una mayoría pobre y desposeída, sino entre una élite consolidada de terratenientes y una emergente élite urbana que trata de proteger sus posesiones del poder arbitrario de los primeros. Como afirman los propios autores, “la democratización tiene que ver con el miedo a la autoridad expropiadora del estado, no con el miedo a la amenaza redistributiva de los pobres.”[xv]

 

En realidad, no es obvio por qué alguna de estas teorías debería ser capaz de explicar todos los procesos de democratización. Lo importante, sería razonable suponer, es identificar diversos mecanismos causales que podrían estar funcionando en distintos países. La extensión del sufragio universal masculino (vinculada a la movilización de las masas) podría tener poco que ver con la lenta democratización de la República Dominicana tras el asesinato de Rafael Trujillo (que, en cambio, parece deberse más a las maniobras de unas elites presionadas por unos Estados Unidos que habían pasado de ser uno de los pilares del régimen trujillista a uno de sus mayores dolores de cabeza). E incluso, por supuesto, no parece haber ninguna razón por la que ambos mecanismos no puedan operar dentro de una misma transición. Como han sugerido Haggard y Kaufman, “la búsqueda de una gran teoría de la democracia y la democratización podría estar desencaminada. Las generalizaciones basadas en el análisis estadístico […] proporcionan numerosas anomalías, e indican la necesidad de adoptar enfoques que enfaticen la combinación de factores causales alternativos y la equifinalidad [es decir, la existencia de caminos alternativos hacia un mismo fin].”[xvi] Tras todos estos años, no ha aparecido aún una teoría del todo. Quizá no debamos siquiera esperarla.

 

 

 

[i] Przeworski, Adam. 2009. Conquered or Granted? A History of Suffrage Extensions. British Journal of Political Science 39(2): 291-321, en p. 291.

[ii] Véase, por ejemplo, Cheihub, José Antonio; Ghandi, Jennifer y James Raymond. 2010. Democracy and Dictatorship Revisited. Public Choice 143(1-2): 67-101.0

[iii] En la mayoría de estados democráticos, los residentes que no son nacionales no pueden participar en las elecciones generales. Para muchos filósofos políticos, esta es una exclusión ilegítima, que torpedea las credenciales democráticas (como vemos, en un sentido mucho más exigente del término) de esos mismos estados. Ahora bien, el DD Index no tiene en cuenta este tipo de consideraciones.

[iv] Dos referencias importantes son Boix, Carles. 2003. Democracy and Redistribution. Cambridge: Cambridge University Press, y Acemoglu, Daron y James Robinson. 2005. The Economic Origins of Dictatorship and Democracy. Cambridge: Cambridge University Press.

[v] En qué medida se cumple esta asunción en los sistemas democráticos contemporáneos es una cuestión controvertida. Para una visión pesimista, véase Achen, Christopher y Larry Bartels. 2016. Democracy for Realists. Princeton: Princeton University Press. Entre otras cosas, no parece existir mucha evidencia de que, en las democracias, los pobres “asfixien” a los ricos.

[vi] Acemoglu y Robinson 2005, 23.

[vii] Boix 2003, 37.

[viii] Boix, Carles. 2011. Democracy, Development, and the International System. American Political Science Review 105(4): 809-828, en p. 814

[ix] Acemoglu y Robinson 2005, 27.

[x] Haggard, Stephan y Robert Kaufman. 2012. Inequality and Regime Change: Democratic Transitions and the Stability of Democratic Rule. American Political Science Review 106(3): 495-516, en p. 1.

[xi] Boix 2011.

[xii] En la actualidad, el conflicto entre Arabia Saudí e Irán por la hegemonía de Oriente Medio podría haber tenido consecuencias similares, sobre todo después de los fracasos de la Primavera Árabe.

[xiii] Moore, Barrington. 1966. Social Origins of Dictatorship and Democracy: Lord and Peasant in the Making of the Modern World. Boston: Beacon Press

[xiv] Ansell, Ben and David Samuels. 2014. Inequality and Democratization: An Elite-Competition Approach. Cambridge: Cambridge University Press.

[xv] Ansell y Samuels 2014, ix.

[xvi] Haggard, Stephan y Robert Kaufman. 2016. Democratization During the Third Wave. Annual Review of Political Science 19: 125-144, en p. 125.

 

 

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