El pensamiento antiparlamentario: Charla con José Esteve Pardo

 Andrew Buchanan@photoart


Hoy conversamos con José Esteve Pardo, Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Barcelona, sobre su libro reciente: "El pensamiento antiparlamentario y la formación del Derecho público en Europa" (Ed.Marcial Pons, 2020)

 

-A modo de introducción, ¿podría explicar qué entiende usted por pensamiento antiparlamentario en el contexto histórico de la Europa continental de entreguerras?

 

Es un pensamiento crítico del liberalismo y de las ideas de la Ilustración. Entrado el siglo XX se ha formado ya, también con el apoyo de ciencias nuevas que surgen entonces como la sociología o la psicologia, una generación de intelectuales –sobre todo profesores en unas Universidades que se han fortalecido considerablemente– que cuestiona el sistema liberal por considerarlo inadecuado para la emergente democracia de masas. Son diversas las líneas críticas que se desarrollan, pero todas convergen de algún modo en la crítica al parlamentarismo liberal.

 

 

-El segundo capítulo aborda la crisis del parlamentarismo desde las historias nacionales. Allí se dan cita las experiencias parlamentarias de Alemania, Francia, Italia, Portugal y España. En el caso español, ¿de qué manera impactó la dictadura de Primo de Rivera (1923-1931) sobre la actividad parlamentaria?

 

El parlamento se disolvió en esos años. Hay que decir que el antiparlamentarismo estaba entonces transversalmente extendido. Los socialistas españoles (con Largo Caballero y Julian Besteiro a la cabeza) también consideraban el parlamentarismo como un sistema burgués, caduco y corrompido a principios del siglo XX. Durante la dictadura de Primo de Rivera se plantearon, con el apoyo de los socialistas, fórmulas alternativas de representación política que no prosperaron

 

 

-Un rasgo significativo del período de entreguerras consistió en que partidos políticos que cuestionaron fuertemente al parlamentarismo arribaron al poder por medio del mismo y de sus procedimientos, como ocurrió con el partido nacionalsocialista en Alemania: ¿qué variables explican este proceso?

 

El parlamentarismo tenía el contrapeso de la monarquía, estableciendo así un cierto equilibrio entre principio democrático y principio monárquico, en los sistemas anteriores las grandes conmociones del primer tercio del siglo XX: la monarquía desaparece en Portugal en 1912, en Alemania en 1919, en Italia quedó eclipsada por Mussolini, en España queda muy debilitada en 1923 con la dictadura de Primo de Rivera y al caer ésta el Rey abandona el país en 1931 cuando se proclama la Segunda República. El Parlamento quedó como una institución sin contrapesos y algunos profesores antiparlamentarios moderados alertaron sobre el riesgo de un absolutismo parlamentario. Cuando los nazis o los fascistas italianos accedieron al parlamento no encontraron límites a sus leyes con las que lo desactivaron, entregando el poder a los dictadores. Toda una línea de pensamiento antiparalmentario lo que pretendía era, precisamente, la limitación del legislador parlamentario, su vinculación a la Constitución, su control por el Tribunal Constitucional o, como en Argentina, a través de un sistema de control judicial difuso. Nada de esto se encontraron Hitler o Mussolini en su camino. Hoy son piezas básicas del parlamentarismo actual y resultado de esa corriente crítica que realizó aportaciones valiosas, que han quedado.

 

 

-Una transformación decisiva en dicho contexto histórico es la irrupción de las masas en la vida política: ¿cuál es la percepción de los intelectuales sobre este fenómeno? Por ejemplo, en Alemania surgieron los “mandarines”, esto es, un prestigioso grupo de académicos conmocionados por la democracia de masas: ¿quiénes fueron y qué papel cumplieron?

 

Los mandarines eran los catedráticos de las Universiades alemanas. Tenían prestigio y poder en el aparato del Estado, formando una aristocracia desconocida hasta entonces, pues su estatus no se fundaba en el linaje familiar, ni en acciones militares, ni en las riquezas, ni en la concesión del Rey. Su posición de privilegio se debía a sus méritos académicos y científicos. En el siglo XIX y principios del XX estos mandarines tenían mucha presencia en el parlamento del Reich y en las asambleas regionales, de los Länder. Pero tras la instauración de la República de Weimar, el sufragio universal y los partidos de masas, los mandarines se sintieron muy incómodos y abandonaron los parlamentos. Como decía uno de ellos –Heinrich Triepel, rector de la Universidad de Berlín– con la disciplina de los partidos de masas se instauraba un sistema parlamentario en el que no podía estar un profesor. Fueron estos mandarines los que, desde el espacio académico, desarrollaron una severa crítica al parlamentarismo en el nuevo entorno de la democracia de masas.

 

 

-Párrafo aparte merecen los profesores de Derecho público, los cuales propinaron una potente y elaborada crítica al parlamentarismo liberal, como lo ratifican los nombres de, entre otros, León Duguit, Carl Schmitt, Gaetano Mosca, Maurice Hariou o Adolfo Posada. ¿Cuáles fueron los ejes o frentes de esta crítica?

 

Efectivamente, la crítica no fue una crítica vulgar, ni populista como diríamos hoy, pues venía de muchas de las mejores cabezas del Derecho público. Hubo críticas a las concepciones individualistas, a muchas ideas de la Ilustración que se consideraban puros sofismas sin base científica. Se constató, sobre todo por Carl Schmitt, la superación del parlamentarismo liberal fundado en la libre discusión entre notables, personas cualificadas por su conocimiento y prestigio (los mandarines entre ellos) en el que sería posible que una minoría pudiera convencer –razonando, argumentando, parlamentando– a la mayoría. Algo que hoy resulta inconcebible.

 

 

-Ahora bien, estos profesores de Derecho público no sólo formularon las críticas señaladas, sino que también presentaron visiones positivas, alternativas y propuestas para resolver las que creían falencias y déficits del parlamentarismo: ¿podría explicar estas aportaciones?  

 

Se produjeron aportaciones de gran calado como son las que derivan del pensamiento institucionalista, sobre todo por parte de Maurice Hauriou. La institución está arraigada en el subconsciente colectivo; una concepción que se apoya, por cierto, en los avances de la psicología freudiana y la noción del subconsciente. La institución, según esta línea de pensamiento, supone un límte para el legislador parlamentario que no puede regular su núcleo. En Argentina hay un magnífico estudio introductorio de Enrique Sampay a la edición de la teoría de la institución de Hauriou. El pensamiento antiparlamentario discurrió a través de dos grandes corrientes: una que propugnaba la desactivación de la institución parlamentaria y que acabó desembocando en los régimenes autoritarios, dictatoriales y en algún caso criminales que se dieron en los años treinta en diversos países europeos. La otra corriente era reformista y buena parte de sus propuestas cristalizaron en el régimen parlamentario vigente.

 

 

-Por otro lado, también encontramos ilustres autores que defendieron la centralidad del Parlamento y su importancia para la supervivencia de la democracia –en momentos en que se veía amenazada por partidos de extrema izquierda y extrema derecha–, como es el caso de Richard Thoma, Hans Kelsen o Gerhard Leibholz. ¿Cuáles eran, según estos autores, las ventajas de fortalecer la actividad parlamentaria?

 

Estos autores formaban parte de la corriente reformista, en concreto estuvieron muy implicados en la formación de un sistema de control judicial del legislador por los Tribunales Constitucionales, que se crean en Europa tras finalizar la segunda guerra mundial. El institucionalismo de Hauriou dejó su impronta en la concesión institucional de los derechos fundamentales que vinculan al legislador parlamentario.

 

 

-Terminada la Segunda Guerra Mundial en 1945, ¿qué quedó del pensamiento antiparlamentario en los países europeos? ¿A través de qué legados, continuidades, ideas y teorías llega la obra de los profesores de Derecho público a las generaciones de juristas, sociólogos y académicos de la segunda mitad del siglo XX?

 

Las aportaciones fueron muy relevantes. Los Tribunales Constitucionales aparecen y se generalizan en Europa al concluir la Segunda Guerra Mundial (en Portugal y España en los años setenta, tras la caída de sus dictaduras) pero el debate y la propuesta de la idea se producen en la comunidad universitaria del periodo de entreguerras. Es muy revelador constatar como el estamento de profesores y mandarines que abandonó en su momento los escaños parlamentarios ante la irrupción de la democracia de masas pasó luego a estar mayoritariamente representado en los Tribunales Constitucionales. Por otro lado, el pensamiento institucionalista realzó la posición de los derechos fundamentales que adquirieron una concepción objetiva como valores que vinculan al legislador. En la misma línea se afirman los mandatos constitucionales al legislador. Se situó la Constitución así en una posición supraordenada muy efectiva y vinculante para el legislador. Es, en definitiva, una segunda ola en la configuración del Derecho público occidental; la primera fue la de las ideas de la Ilustración y las revoluciones de finales del XVIII y principios del XIX en Europa y América, al filo aquí de los procesos de independencia de las monarquías europeas. No se ha producido todavía una tercera ola a pesar de los síntomas de crisis que se detectan.

 

 

-Finalmente, ¿en qué estado llega el parlamentarismo a nuestros días? ¿Cuál es, en su opinión, el actual estatuto de los Parlamentos nacionales, todavía actores fundamentales de la vida democrática de los países y también de la Unión Europea?

 

En una situación de crisis total en lo que se refiere a su función normativa dominada por los Gobiernos a través del uso cada vez más frecuente de decretos-leyes. La crítica tenía razón cuando reparaba en la pérdida de debate real entre los diputados con la posibilidad de que una minoría convenciera por la discusión a una mayoría. Era un pralamentarismo orientado a la búsqueda de la razón. Hoy tenemos un parlamentarismo orientado a la búsqueda de la mayoría y a la transacción, no la discusión, entre las direcciones de los partidos de masas. Las decisiones están tomadas por ellos antes y no se discuten realmente en las cámaras. El parlamento mantiene sin embargo la función de control sobre la actuación del ejecutivo y aquí se ha fortalecido su protagonismo y esta función de control y crítica está abierta también a las minorías parlamentarias.

 

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