¿Son los boxeadores irracionales? Una discusión sobre el (dis)valor del dolor

15/09/2020

@austriannationallibrary

 

¿Es el dolor algo malo? Esta puede parecer una pregunta absurda. Como sabe cualquiera que haya padecido un dolor de muelas, se haya hecho un corte en la mano, un esguince en la pierna o haya perdido a un ser querido, la experiencia del dolor es, por lo general, desagradable. De hecho, constituye un ejemplo paradigmático de un mal que deseamos evitar. Y, sin embargo, especificar en qué consiste este mal no es una tarea nada sencilla. O, al menos, eso es lo que pretendo mostrar en este artículo.

 

La discusión filosófica sobre el dolor tiene muchas ramas. Algunos autores, por ejemplo, discuten acerca de qué es el dolor. ¿Es algo reducible a procesos cerebrales? ¿Es un fenómeno simple o, por el contrario, está compuesto de diversos elementos? Estas son, sin duda, preguntas muy interesantes. No obstante, nuestra discusión se centrará en un debate diferente. Lo que a nosotros nos interesa no es qué tipo de cosa es el dolor, ni qué clase de conocimiento podemos tener sobre él, sino si es algo malo para nosotros. Es decir, cuál es el estatus valorativo del dolor.

 

Esto tiene implicaciones normativas importantes. Si el dolor es algo malo, entonces tenemos razones para no causarlo, o para acudir en ayuda de aquellos que lo están padeciendo. Esta es, en general, una premisa bastante poco controvertida. Lo que sí es menos clara es la naturaleza y la fuerza de estas razones. Los utilitaristas clásicos, por ejemplo, consideran que tenemos un deber de minimizar el dolor en el mundo. Otros autores, en cambio, sostienen que sólo tenemos un deber de evitar causar daño intencionalmente, pero no de asistir a los que lo padecen (esto podría seguir siendo importante, sin ser, estrictamente hablando, una obligación moral). Y aun otros consideran que sí existe un deber de asistencia, pero es menos estricto que el deber de no producir dolor a otros de manera voluntaria. Pero para poder siquiera discutir estas cuestiones, conviene saber si el dolor es, en primer lugar, algo malo.

 

Cuando se discute el valor de algo, es habitual distinguir entre su valor instrumental y su valor intrínseco. El oxígeno, por ejemplo, posee un valor instrumental formidable, pues sin él no los humanos no podríamos sobrevivir. Pero no tiene valor intrínseco. En un mundo en el que no existiera vida de ningún tipo, la existencia o no del oxígeno sería un hecho valorativamente neutral. La amistad, por el otro lado, parece tener un cierto valor intrínseco, que no se reduce a los beneficios que obtenemos de ella. Del mismo modo, podemos decir que el disvalor (es decir, el valor negativo) es intrínseco o instrumental. La esclavitud puede ser mala, en parte, por razones instrumentales. Quizá las sociedades basadas en la esclavitud sean menos estables, y carezcan de buenas herramientas para prevenir guerras y enfrentamientos violentos. Ahora bien, independientemente de esto (que es una cuestión empírica), parece que la esclavitud es intrínsecamente mala. Incluso si sus beneficios económicos y sociales fueran enormes, la sujeción total de un individuo contra su voluntad posee un valor negativo intrínseco.

 

Armados con esta distinción, podemos ya abordar la cuestión del dolor. ¿Es el dolor algo malo? Si hablamos de valor instrumental, la respuesta es: depende. Obviamente, el dolor (sobre todo si es un dolor persistente) puede tener un valor instrumental negativo: frustra nuestros planes vitales, impidiéndonos hacer aquello que deseamos, y nos obliga a invertir tiempo y recursos en otras cosas (desde ponernos una tirita a pasar una larga temporada en un hospital). Cuando esto sucede, el dolor es, desde un punto de vista instrumental, malo para nosotros. Sin embargo, el dolor puede tener beneficios instrumentales considerables. Principalmente, porque nos proporciona información muy importante sobre qué cosas deberíamos evitar (una cazuela hirviendo o la punta de un cuchillo), y sobre qué cosas están funcionando mal en nuestro organismo (un dolor de cabeza o un dolor agudo en el pecho). Por eso quienes padecen de insensibilidad congénita al dolor (una condición que impide a los que la padecen sentir dolor de ningún tipo) tienen una probabilidad muy elevada de morir prematuramente – en muchos casos durante la infancia – debido a heridas, enfermedades y daños a los que no habían prestado atención, precisamente por no notar ningún dolor. Como sistema de alarma, el dolor puede resultar un mecanismo muy útil – aunque, desde luego, tampoco deberíamos sobreestimar este punto: en la actualidad, los libros, internet o nuestros padres bastan para enseñarnos, por ejemplo, que no deberíamos tocar una superficie caliente, hacer enfadar a una abeja o comernos una seta venenosa.

 

La discusión sobre el valor intrínseco es más compleja, y a ella dedicaremos el resto de este artículo. Pensemos en la última vez que nos dolió la cabeza, o tuvimos un dolor de muelas. Lo más probable es que quisiéramos acabar con la sensación de dolor, precisamente porque es una sensación desagradable. Intuitivamente, parece que la experiencia cualitativa del dolor es en sí misma mala. Por eso, muchas veces queremos algo que nos alivie el dolor, aunque no tenga ningún impacto sobre las causas últimas de ese dolor. Todo esto da pie a la siguiente postura:

 

Teoría de la sensación: La sensación de dolor es intrínsecamente negativa.[i]

 

De ser cierta esta afirmación, tendríamos una teoría sobre el valor intrínseco del dolor bastante sencilla de aplicar. Pese a su carácter intuitivo, esta teoría es hoy en día bastante minoritaria. Veamos algunos problemas:

 

En primer lugar, parecen existir casos en los que alguien experimenta la sensación de dolor, pero no está claro que esta sea mala para esa persona. Pensemos, por ejemplo, en un boxeador. Cuando Mike Tyson recibía un puñetazo en la cara, podemos estar razonablemente seguros de que, pese a su preparación y resistencia al dolor, experimentaba la sensación de dolor. Y, sin embargo, la intuición de que la sensación de dolor es intrínsecamente negativa parece más débil aquí. El defensor de la teoría de la sensación podría responder que, en este caso, el dolor es instrumentalmente valioso (pues permite a Tyson dedicarse al boxeo, lo que presumiblemente es valioso para él[ii]), pero sigue siendo intrínsecamente malo. El problema con esta respuesta es que el dolor no es un medio para lograr un fin (el boxeo), sino que es un elemento de ese mismo fin. Un boxeador no experimenta dolor para poder dedicarse al boxeo, sino que experimenta dolor precisamente cuando se dedica al boxeo. La intuición básica detrás de este argumento es que algo negativo, cuando es deseado (o cuando es un elemento esencial de algo que valoramos no instrumentalmente), deja de ser negativo. Esto mostraría, aplicado a nuestra discusión, que el dolor es malo de un modo condicional (sólo cuando se cumplen determinadas condiciones adicionales, que no pueden reducirse al hecho de sentir dolor, es el dolor algo malo).

 

En segundo lugar, la mayoría de filósofos y científicos aceptan que la sensación de dolor es separable de la sensación de desagrado. Los pacientes que han sido sometidos a una lobotomía prefrontal, una cingulotomía o han tomado derivados del opio – como la morfina – a menudo afirman ser capaces de experimentar la sensación de dolor, sin por ello encontrarla desagradable. Esto es lo que se conoce como “disociación reactiva”[iii]. En estos casos, la sensación de dolor ésta presente (o, por lo menos, así lo sostienen los pacientes). Pero, una vez más, no parece que esta sea intrínsecamente mala. Al fin y al cabo, si quienes la experimentan no están especialmente preocupados ni creen estar teniendo una experiencia desagradable, ¿por qué deberíamos hacerlo nosotros? Obviamente, la fuerza de este argumento depende de si nos tomamos al pie de la letra lo que afirman estos pacientes o no. Stuart Rachels, por ejemplo, un defensor de la teoría de la sensación, ha defendido que este es uno de los casos en los que el testimonio de los afectados no es especialmente fiable: “En circunstancias favorables”, afirma, “la gente corriente podría equivocarse sobre estas cosas. Pero en este caso, las circunstancias son particularmente desfavorables, al estar los implicados bajo la influencia de sustancias estupefacientes”[iv].  

 

Debido a estos problemas, la posición mayoritaria hoy en día es que el dolor es malo cuando no es deseado, y cuando es experimentado como desagradable. En palabras del filósofo Derek Parfit, “en el sentido de “dolor” que tiene significancia racional y moral, todos los dolores son, al ser experimentados, no deseados, y un dolor es peor o mayor que otro cuanto menos deseado sea.”[v] Ahora bien, esta posición puede interpretarse al menos de dos maneras diferentes. Por un lado, podría afirmarse que la sensación del dolor es un elemento moralmente neutro, y que lo que hace que el dolor sea malo es la frustración del deseo de no ser sentir dolor. Por el otro lado, podría argumentarse que tanto la sensación del dolor como la sensación de desagrado son elementos contributivos de la experiencia del dolor (entendida como la combinación de ambos elementos), que sí sería intrínsecamente negativa[vi].

 

Esta última postura tiene, a mi juicio, una serie de virtudes. En primer lugar, nos permite esquivar limpiamente las objeciones del boxeador y los casos de disociación reactiva, puesto que convierte la sensación de desagrado en un elemento constitutivo de la experiencia de dolor (que va más allá de la mera sensación de dolor). En segundo lugar, captura la intuición de que el dolor es malo por la forma en que se siente. En este caso, la experiencia de dolor (experimentar la sensación de dolor como algo indeseado y desagradable) es lo que nos parece malo. La teoría según la cual el dolor es un mal porque frustra el deseo de no sentirlo no parece capturar esta intuición tan fácilmente, pues hace depender el mal del dolor de la frustración de un deseo y no de la experiencia del dolor mismo. En tercer lugar, ni la sensación de dolor ni la sensación de desagrado parecen por sí mismas suficientes para explicar el mal del dolor. Por un lado, y como hemos visto, no está claro que la sensación de dolor sea siempre mala. Por el otro, la sensación de desagrado no está necesariamente ligada al dolor: uno puede sentir desagrado ante una obra de arte moderno, o un olor horrible, sin experimentar un dolor. Si ambas cosas importan, deberán importar en conjunto[vii].

 

Volvamos ahora a la pregunta con la que iniciábamos esta discusión: ¿Es el dolor malo? En un sentido instrumental, depende. En ocasiones el dolor nos perjudica, mientras que en otras nos beneficia. Si hablamos de valor intrínseco, probablemente hará falta afinar un poco el tiro: cuando se da una sensación de dolor que es experimentada como desagradable, la experiencia resultante es intrínsecamente negativa. ¿Son entonces irracionales los boxeadores? No necesariamente. Si no encuentran objetable el dolor que acompaña a su oficio, sus preferencias, por muy difíciles de comprender que nos resulten, pueden ser plenamente racionales.

[i] Kahane, Guy. 2009. Pain, Dislike and Experience. Utilitas 21(3): 327-336.

[ii] Aquí estoy asumiendo que los boxeadores consideran valiosa la actividad misma, y no únicamente los trofeos o las victorias. Esta no me parece una asunción excesivamente arriesgada.

[iii] En el artículo de la Stanford Encyclopedia sobre el tema hay una explicación detallada y muy clara de este fenómeno. Véase Aydede, Murat. 2019. “Pain”. En: Zalta, Edward (ed.). The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Edición de Primavera). Disponible en: <https://plato.stanford.edu/archives/spr2019/entries/pain/>.

[iv] Rachels, Stuart. 2000. Is Unpleasantness Intrinsic to Unpleasant Experiences? Philosophical Studies 99(2): 187-210, p. 199.

[v] Parfit, Derek. 1984. Reasons and Persons. Oxford: Oxford University Press, p. 493.

[vi] Esta postura es defendida en el artículo de Guy Kahane citado en la nota i. Para una tesis parecida, véase Feldman, Fred. 1997. On the Intrinsic Value of Pleasures. Ethics 107(3): 448-466.

[vii] El filósofo inglés G.E. Moore denominaba estas uniones “unidades orgánicas”, en las que el valor de la unidad no equivale a la suma del valor de las partes. Véase Principia Ethica. Cambridge: Cambridge University Press, pp. 78-80.

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