El (des)orden político ¿post?pandémico

Brian McGowan @sushioutlaw

 

La pandemia del Covid-19 ha causado, o, mejor dicho, está causando una tremenda disrupción, económica, política y social, efectos, que no han sorprendido a nadie y eran muy esperables. A lo largo de la Historia, todas las grandes depresiones, revoluciones e incluso pandemias, han tenido notables efectos sobre el marco político del momento y han conllevado fuertes cambios en el debate político y a virajes -a veces inesperados- de la ventana de Overton global[1]. La Gran Depresión de los años 30 fue una de las principales causas del ascenso del nazismo al poder, al igual que la Segunda Guerra Mundial y el consecuente Plan Marshall elevaron a Estados Unidos a un pedestal de poder y control[2]. Tampoco debemos olvidar que fue asimismo la Segunda Guerra Mundial y sus efectos la causa principal de la expansión del Estado del Bienestar moderno, partiendo del Informe Beveridge[3] y construyendo sobre el modelo bismarckiano[4]. Por último, la Gran Recesión del 2008 fue la causante de una fuerte crisis de representatividad global, que, aún tardando unos años en emerger y exponer toda su fuerza, cuando finalmente sus demandas fueron trasladadas por parte de la sociedad a los líderes políticos a través de movimientos sociopolíticos organizados, condujo a la institucionalización de los movimientos populistas más recientes. Por todo ello, cabe preguntarse y dilucidar cuáles serán algunos de los principales vaivenes en el orden político global y cómo las relaciones entre los diferentes actores del mencionado orden variarán a raíz de la crisis del Covid-19.

 

Si algo hemos de tener claro tras varios meses de pandemia es que ni todos los países la han gestionado de la misma manera, ni mucho menos han obtenido los mismos resultados, y esto trasciende como un factor diferencial de cara a las nuevas pugnas estratégicas que se producirán en el plano político internacional. Hemos visto que la eficacia de la gestión de la pandemia no dependía tanto del sistema político dominante en cada país, sino de la eficiencia estatal, siendo de gran relevancia los niveles de confianza ciudadana en las instituciones públicas y el liderazgo de los políticos al mando del diseño e implementación de cada estrategia de lucha contra el Covid-19. Hemos visto que ha sido en aquellos países con un Estado sólido -no por ello necesariamente grande-, con una amplia confianza de los ciudadanos en los gobernantes, y un proceso de toma de decisiones rápido y efectivo, donde la pandemia ha tenido menor impacto, tanto en el plano sanitario como económico y social, como puede ser el caso de Taiwán, o, en Europa, Portugal, Alemania y algunos países nórdicos. Al contrario, en las sociedades más políticamente polarizadas, con un alto grado de crispación -muchas veces promovida por la forma de transmitir la información al ciudadano-, y una política de choque disfuncional contra el Covid-19,  ha sido donde mayor efecto ha tenido la crisis del coronavirus, como puede ser el caso de España. Por lo tanto, si algo ha quedado meridianamente claro en esta pandemia es que la política y la calidad de esta tiene grandes efectos sobre el resultado de crisis inimaginables como es la del Covid-19.

 

Económicamente, la crisis ha sido devastadora para todos los países del mundo, pero con notables efectos asimétricos, en términos diferenciales, entre aquellos países que supieron gestionar mejor el tsunami vírico, y aquellos que no fueron capaces de evitar que su economía se fuera por el sumidero en escasas dos semanas de la emergencia de la pandemia en Occidente[5]. La devastación, al menos en el medio plazo, de sectores completos de la economía como pueden ser el sector turístico, o partes del sector del ocio que requieran para su funcionamiento un constante contacto social y cercanía personal, será recordada por los libros de Historia.

 

Como es de esperar, esto tendrá graves consecuencia políticas y sociales, al tensionar a los ciudadanos hasta el extremo, tanto en términos psicológicos, como, tristemente y en muchos casos, económicos. Los efectos directos en términos de enfermedad y mortalidad de la crisis del Covid-19 se juntan ahora con una fuerte crisis económica que dejará a millones de ciudadanos sin empleo y a las Administraciones Públicas altamente endeudadas -hasta niveles nunca vistos en tiempo de paz-, sin capacidad de reacción ni alivio. Lo que resulta seguro es que algún actor político tratará de obtener rédito de esta situación, y el caldo de cultivo es óptimo para populistas y demagogos de toda clase. La ciudadanía se encuentra, en su mayoría, deseosa de escuchar propuestas rápidas y sencillas, buscando la audición de cantos de sirena en un futuro cercano sin requerimiento de ningún sacrificio previo. Es la hora de tratar a los ciudadanos como adultos y de equilibrar el tablero político, pero no nos quepa duda que los populistas y demagogos no contribuirán a ello.

 

Llegados a este punto cabe preguntarse cuales serán los principales virajes respecto a las distribuciones de poder en la política global. Una opción bastante plausible podría ser que Asia, y sobre todo los países del Este de Asia continúen ampliando su poder y relevancia política, al contrario de lo que probablemente sucederá con Europa y Estados Unidos. Esto no se debe únicamente a que la gestión de la pandemia de los países asiáticos -en especial de algunos como Taiwán o Singapur- haya sido y esté siendo ejemplar, sino que, además, han mostrado la solidez de sus instituciones y la eficiencia de su funcionamiento[6]. Todo ello sin entrar en el enorme debate al respecto del sistema político vigente en algunos de esos países. En dicho debate, siempre, in dubio pro democratia. No hacemos referencia en particular a China, ya que su credibilidad internacional puede haber quedado gravemente dañada -incluso frente a sus aliados acérrimos- al descubrirse la ocultación de información sobre la pandemia y su nula capacidad de reacción al inicio de esta, permitiendo que el virus se expandiera por todo el globo, siendo este uno error no exclusivo del gobierno chino[7].

 

Por otra parte, Estados Unidos ha abdicado por completo de su rol como líder indiscutible de Occidente,  en lo que la lucha contra la pandemia se refiere, y ha debilitado enormemente su legitimidad de poder a nivel global, todo ello a causa de la nefasta gestión de la pandemia por parte de la administración Trump, quién decidió promover la división en lugar de la cohesión entre los gobernadores y alentó a protestas civiles contra aquellos gobernadores que optaron por proteger la salud pública desde un primer momento. Asimismo, cuando su gestión fue criticada por organismos internacionales como la OMS, en lugar de plantearse un cambio de modelo de gestión de la pandemia, optó por confrontar frontalmente a la OMS y proponer la salida de EEUU de la institución, retirando por lo tanto sus correspondientes participaciones financieras anuales[8].

 

No está nada claro hacia dónde se dirige el orden político mundial. Mientras tanto, un hecho objetivo y observable en el día a día, es la contínua erosión de la democracia liberal en Occidente por parte de movimientos y líderes populistas a ambos extremos del espectro político. El nacionalpopulismo tiene hoy más fuerza que nunca antes tras el final de la Segunda Guerra Mundial y el asentamiento del orden liberal internacional, sobre todo en Europa, si hablamos de sistemas representativos. No es esta una visión pesimista, sino realista. El nacionalismo, la xenofobia y el aislacionismo crecen con fuerza cada día, liderados por autócratas como Orbán o Duterte[9], que han empleado la pandemia como subterfugio para atribuirse poderes de emergencia sin fecha de expiración. Pero no es cosa únicamente de una trinchera (qué triste tener que emplear esta palabra, la cual implica, que el centro se lleva todos los disparos), ya que países como El Salvador o Uganda han tomado un camino similar. El auge del nacionalismo moderno tensará aún más, sin duda, las relaciones internacionales de ahora en adelante, ya que los líderes nacionalistas buscarán emplear como chivo expiatorio a otros países o a ciudadanos procedentes del exterior. Huntington, tristemente, se quedó corto en su análisis. El choque ya no es “sólo” de civilizaciones, sino que ahora vuelve a ser un choque de naciones y de colectivos dentro de dichos territorios. Es el nuevo “todos contra todos” posmoderno e identitarios. El choque de los significantes y los significados à la Laclau[10].

 

Por último, nos gustaría finalizar con una visión positiva, sin salirnos del realismo que creemos, caracteriza este análisis. Dentro de dicho realismo cabe alegar la posibilidad de que la democracia liberal salga ampliamente reforzada de la actual pandemia. La Gran Recesión dio lugar a multitud de movimientos de carácter populista, y, si bien es cierto que pudo desestabilizar los sistemas políticos occidentales por momentos, tras la crisis del euro, algunas instituciones europeas, como es el caso del BCE, salieron enormemente reforzadas. No descartemos que esta sea también una posibilidad tras la crisis del Covid-19. Debemos ser conscientes de que el mundo no se mueve en una dirección afable y benévola, sino hacia un abismo económico y político. Pero esto no significa que dicho abismo deba ser persistente en el tiempo. Debemos confiar en los contrapesos propios de la democracia liberal y la economía de mercado, para resurgir, una vez más, de las cenizas.

 

 

[1] Vallespín, F. ; Bascuñán, M. (2017), “Populismos”- Alianza Ensayo.

[2] Ziblatt, D.; Levitsky, S. (2018) “How Democracies Die”. Crown/ Archetype.

[3] El Informe Beveridge es el punto de partida de los Estados del Bienestar moderno, sentando las bases del Estado del Bienestar británico en 1944.

[4] Harris, J. (1997), “William Beveridge: A Biography”- Clarendon Press

[5] Baldwin, R.; Weder di Mauro, B. (2020), “Economics in time of Covid-19”, VoxEU.

[6] Le Thu, H. (2020), “Why Singapore, Taiwan and Vietnam have been effective in fighting Covid-19”, Australian Strategic Policy Institute.

[7] Íbid.

[8] BBC (2020), “Trump vs. la OMS: el presidente anuncia el fin de la relación de EE.UU. con la Organización Mundial de la Salud”- https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52857060

[9] Norris, P and R Inglehart (2019), ‘Cultural Backlash: Trump, Brexit, and Authoritarian Populism’.Cambridge University Press.

[10] Laclau, E. ; Mouffe, C. (2015), “Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia.”- Siglo XXI de España Editores.

 

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