"Calla y obedece" (II): La concepción del servicio de la autoridad política

28/08/2020

ev @ev

 

En el artículo anterior introdujimos el problema de la justificación de la autoridad política: ¿Cómo puede una autoridad, por el mero hecho de emitir una serie de órdenes o directrices, imponerme derechos y obligaciones a las que no estaba sujeto con anterioridad? A primera vista, esto parece extraño. Si alguien me dice: "Te ordeno que te abstengas de asesinar a tu anciana vecina para robarle las joyas", caben dos posibilidades: o ya tengo el deber de no hacerlo (en cuyo caso no está claro qué añade la orden), o no tengo ningún deber previo (y, por lo tanto, no parece que tenga ninguna obligación de obedecer). Por otro lado, ¿no supone esto un intento de someter mi voluntad a la de otro, y por tanto un ataque a mi autonomía individual? Como vimos, para los llamados anarquistas filosóficos, este es el principal problema moral de la autoridad: su aparente incompatibilidad con la autonomía. En el pasado, una respuesta habitual aludía al consentimiento: la autoridad es legítima (es decir, no contradice mi voluntad ni limita mi autonomía) si yo he consentido a ella. Sin embargo, para los anarquistas filosóficos, es dudoso que la autoridad pueda asegurar un consentimiento mucho más robusto del que puede disfrutar el atracador que nos pide amablemente la cartera, mientras con la otra sostiene firmemente su navaja. 

 

Ahora bien, si no podemos apelar al consentimiento, ¿es posible responder satisfactoriamente al desafío anarquista? Para muchos, la respuesta (o, por lo menos, la esperanza) es que sí. En este artículo discutiremos una influyente propuesta, defendida por el filósofo Joseph Raz: la conocida como "concepción del servicio" (service conception) de la autoridad.  

 

Según Raz, el problema de la autoridad legítima contiene en realidad dos problemas: un problema teórico y un problema moral. Ambos se corresponden con las dos cuestiones mencionadas al principio de este artículo. Por un lado, el problema teórico hace referencia a la cuestión de cómo puede alguien, por el simple hecho de emitir una serie de directrices, crear nuevas obligaciones de la nada. ¿Qué clase de alquimia moral nos permite obtener deberes de dónde no había nada? Por otro lado, el problema moral se hace eco de una de las preocupaciones principales del anarquista filosófico: si la autoridad permite a sus titulares imponer deberes sobre otros simplemente ordenándoles que realicen ciertas acciones, ¿cómo puede la autoridad reconciliarse con la autonomía individual? O, en palabras de Raz, "¿[p]uede un ser humano realmente tener un poder normativo tan grande sobre otros?"[i].

 

Comencemos por la primera cuestión. ¿Presenta la autoridad política un problema teórico específico? Para Raz, la respuesta es no. Pensemos, por ejemplo, en las promesas. Cuando yo realizo una promesa estoy incurriendo en una obligación por el mero hecho de pronunciar una serie de palabras en un contexto determinado. Si, después de una noche charlando con un desconocido en un bar, le prometo que no le contaré a nadie el secreto que me acaba de confesar, estoy adquiriendo deberes que antes no tenía. Y, sin embargo, no nos parece que aquí haya sucedido algo extraño. De hecho, ambos casos (la autoridad y las promesas) pertenecen a una categoría con la cual estamos plenamente familiarizados: situaciones en las que adquirimos deberes y obligaciones nuevas a raíz de ciertas acciones que hemos realizado. De igual manera, el "mero" hecho de tener un hijo impone a los progenitores determinados deberes que antes no tenían. La única diferencia con las promesas y la autoridad está en el tipo de acción en cuestión. La pregunta verdaderamente importante, afirma Raz, no es si la autoridad es conceptualmente posible (el problema teórico), pues la respuesta parece sencilla, sino si la autoridad puede ser moralmente aceptable (el problema moral). O, lo que es lo mismo, si la autoridad puede ser compatible con la autonomía individual. Raz cree que sí, y la concepción del servicio de la autoridad es un intento de responder a esta importante cuestión.

 

La concepción del servicio se divide a su vez en dos tesis, cada una de las cuales establece una condición que la autoridad debe satisfacer si ha de considerarse legítima. La primera (usualmente conocida como la "tesis de la justificación normal" - normal justification thesis) sostiene que la autoridad es legítima, o está justificada, si nos ayuda a actuar de acuerdo con los dictados de la razón de un modo más fiable que si cada individuo tuviera que razonar por sí mismo. Para entender esto, consideremos la siguiente analogía. Normalmente, es una buena idea pensar antes de actuar. Sin embargo, a veces nos enfrentamos a peligros inminentes que no dejan un tiempo de respuesta suficiente para que podamos deliberar calmadamente acerca de qué curso de acción es preferible. En estas circunstancias, suele ser más racional (aunque es dudoso que esta sea realmente una decisión que tomemos conscientemente) obedecer nuestras reacciones instintivas. Si pongo la mano sobre una superficie muy caliente, tengo razones muy poderosas para retirarla lo antes posible - como, por ejemplo, evitar quemarme la mano. Ahora bien, actuaré de un modo más acorde con estas razones si, de manera inconsciente, retiro la mano al momento, que si comienzo a deliberar sobre qué debería hacer. Alguien que, en esta situación, comience a pensar: "Oh vaya, esta superficie está muy caliente, y yo no quiero quemarme. ¿Tal vez sería buena idea retirar la mano? Sí, quizá sea la mejor solución", probablemente acabará en la sala de espera de un hospital con una dolorosa quemadura.

 

Pues bien, nos dice Raz, para que la autoridad esté justificada, esta debe poder jugar un papel análogo. Esto sucede, por ejemplo, con algunos problemas de coordinación. Un ejemplo clásico son las reglas de tráfico. Si cada individuo deliberara acerca de qué reglas seguir cada vez que coge el coche, la situación sería terriblemente confusa. Esto es así porque las reglas posibles son potencialmente infinitas y arbitrarias (si todo el mundo sigue la regla, por ejemplo, no hay ninguna razón por la que conducir por la izquierda sea preferible a conducir por la derecha). Al haber tantas reglas posibles, no hay ninguna garantía de que diferentes individuos vayan a preferir la misma lista de reglas. Y esto es problemático, porque, al fin y al cabo, lo que realmente importa no es qué regla se siga, sino que se siga. En casos de este tipo, lo racional es obedecer a una autoridad que imponga una regla clara y aplicable a todos. Actuando así es como mejor nos conformamos con los dictados de la razón.

 

La segunda condición que, según Raz, debe cumplir una autoridad legítima es la llamada tesis de la independencia (independence thesis). De acuerdo con esta, la tesis de la justificación normal sólo es aplicable en casos en los que tomar una decisión conforme a la razón sea preferible a una situación en la que lo que importa es que la decisión la tomemos nosotros. Supongamos, por ejemplo, que mi mujer y yo decidimos pintar nuestro apartamento de negro. Esta puede ser una idea estrambótica, y hasta cierto punto contraproducente (en los veranos, por ejemplo, nos moriremos de calor). Sin embargo, este es un caso en el que lo importante es que la decisión sea nuestra, independientemente de si responde o no las mejores razones que tenemos para actuar de una forma o de la otra. Por el otro lado, cuando decidimos, por ejemplo, sobre la política sanitaria de un país, o acerca de la ubicación de los extintores en un colegio, parece que sí es importante que nuestra decisión sea sensible a las mejores razones disponibles.

 

Estos son los elementos básicos de la teoría de Raz. Como habrá observado el lector, un rasgo definitorio es su carácter altamente formal: la concepción del servicio no nos dice qué autoridades son legítimas (de hecho, nos permite incluso decir que ninguna autoridad existente lo es), ni tampoco nos proporciona un método para distinguir entre los casos en los que resulta preferible actuar conforme a la razón de aquellos en que lo mejor es que hagamos lo que nos parezca mejor. Lo que sí establece, asumiendo que la teoría es correcta, son las condiciones que se tienen que dar para que una autoridad sea compatible con la autonomía individual. Es decir, el objetivo principal de Raz no es reivindicar la legitimidad de ninguna autoridad en concreto, sino únicamente mostrar que la autoridad no tiene por qué oponerse necesariamente a la autonomía.

 

Veamos esto último con algo más de calma. Para Raz, la autoridad es legítima cuando realiza un servicio para nosotros. Sin embargo, no todo servicio vale. Si una autoridad me ayuda a hacer o lograr algo sin prestar ningún tipo de atención a las razones que tengo para ello (o incluso ignorándolas deliberadamente), está actuando de un modo paternalista o coactivo. Por ello, Raz insiste en que el servicio debe ser de un tipo muy concreto: la autoridad debe ayudarme a actuar conforme a razones que ya se me aplicaban con anterioridad a su intervención. Cuando se cumple este requisito, podemos considerar la intervención de la autoridad como una ayuda a mi propia razón. Esto, por supuesto, asume una concepción kantiana de la autonomía como autodeterminación racional (es decir, como la capacidad de dirigir mi propia vida de acuerdo con las exigencias de la razón). En la teoría de Raz, la autoridad legítima no me exige vivir de acuerdo con razones que me son ajenas, sino que simplemente me ayuda a satisfacer mis propias razones, en mis propios términos. El servicio que realiza para mí está sometido a - y restringido por - razones que ya se me aplicaban independientemente. Evidentemente, para quienes defienden otras teorías acerca de la autonomía, el argumento de Raz resultará menos persuasivo. Si adoptamos, por ejemplo, una concepción lockeana de la autonomía, como derechos de propiedad sobre uno mismo (en el caso de Locke, solamente restringidos por los derechos de otros y las exigencias de Dios), no es obvio hasta qué punto la autoridad respeta mi autonomía. Pues, aunque es cierto que respeta mis razones para la acción, parece igualmente vulnerar mis derechos de propiedad sobre mí mismo (que permiten, entre otras cosas, no actuar de acuerdo con los dictados de la razón, siempre y cuando no vulneremos los derechos de otros).  

 

Otro aspecto discutible de la teoría de la autoridad de Raz es su analogía entre la autoridad, las promesas y tener hijos. Aunque Raz presenta estos casos como ejemplos de situaciones en las que ciertas acciones generan obligaciones y deberes que antes no existían, esto es controvertido. Tal y como ha defendido el filósofo David Enoch[ii], el tipo de razones en juego en estos casos parece ser un tanto diferente. Cuando realizo una promesa, o tengo un hijo, no estoy adquiriendo obligaciones de la nada. Lo que estoy haciendo es activar (trigger) un deber que previamente sólo estaba latente. Por ejemplo, cuando te prometo que no le contaré a nadie lo que me acabas de explicar, no estoy adquiriendo el deber de cumplir las promesas (pues este es un deber genérico válido para todo el mundo), sino el deber específico de cumplir esta promesa. El deber de cumplir las promesas siempre está allí. Lo que ocurre cuando prometo algo es que activo ese deber para mí, aquí y ahora, respecto a una acción y una persona determinadas. En otras palabras, el deber pasa de ser genérico y latente, a ser particular y estar activado. Según Enoch, lo que han cambiado no son los principios morales (nada se ha alterado en el universo de las razones morales), sino las circunstancias de hecho que hacen que yo tenga o no un deber determinado en un contexto particular. Si esto es correcto, caben dos posibles respuestas. O bien los deberes que genera la autoridad siguen siendo sui generis (y, por lo tanto, fallaría analogía entre la autoridad, las promesas y tener hijos), o no es cierto que, estrictamente hablando, las ordenes de una autoridad creen deberes y obligaciones de la nada. En el caso de Raz me inclino a pensar que optaría por la segunda opción: uno tiene el deber genérico de obedecer aquellas autoridades que le permitan actuar conforme a las exigencias de la razón, en aquellos casos en los que es importante que esto sea así, y este deber se activa cuando una autoridad que cumple estos requisitos emite ordenes o directrices concretas.

 

Esto último sugiere que el debate acerca de la autoridad podría haberse complicado innecesariamente por el uso de metáforas tomadas demasiado en serio, como la de idea de que las autoridades pueden crear deberes de la nada con sólo ordenarlo. También en la filosofía política cabría prestar atención a aquella advertencia de Ludwig Wittgenstein sobre el peligro de quedar cautivados por una imagen. Tal vez así podríamos habernos ahorrado unos cuantos dolores de cabeza.

 

 

 

[i] Raz, Joseph. 2006. "The Problem of Authority: The Service Conception Revisited", Minnesota Law Review 90: 1003-1044, p. 1012. La explicación de la teoría de Raz parte principalmente de este artículo, al ser la exposición más reciente de su teoría, en la que añade y revisa algunos elementos. Las primeras defensas de la teoría pueden encontrarse en su artículo "Authority and Justification" (Philosophy & Public Affairs 14: 3-29, 1985) y en la sección II de su libro The Morality of Freedom (Oxford: Clarendon Press, 1986).

[ii] Enoch, David. 2014. "Authority and Reason-Giving", Philosophy and Phenomenological Research 89(2): 296-332.

 

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