Reseña: "El siglo del populismo. Historia, teoría, crítica", de Pierre Rosanvallon (2020)

14/08/2020

Jørgen Håland @jhaland

 

En la política contemporánea pocos conceptos resultan ser tan vagos, equívocos, imprecisos, ambiguos y fluctuantes como el de populismo. Todo el mundo habla de populismo, pero no todos podrían definirlo con exactitud; se califica repetidamente a movimientos, partidos y líderes de populistas –tanto en el arco de la izquierda como el de derecha– pero escasas veces se clarifica con precisión sus divergencias y similitudes; al mismo tiempo, existen múltiples estudios de los síntomas, las causas y los efectos económicos, sociológicos, culturales y políticos que llevaron al éxito a gobiernos populistas en el hemisferio occidental –en Latinoamérica, Europa y Estados Unidos– sin embargo no abundan los análisis que hayan reflexionado acerca de su naturaleza. O planteado en forma de preguntas: ¿qué es el populismo? ¿Cuál es su esencia?

 

A estos interrogantes dedica su último texto Pierre Rosanvallon, reconocido historiador e intelectual francés, quien cuenta con una vasta trayectoria en el campo de la filosofía política[1]. El objetivo general de la obra es presentar un desarrollo y formalización del concepto de populismo. La justificación del mismo viene dada porque, según el autor, en la actualidad no hay una teoría del populismo (salvo notables esfuerzos conceptuales, como por ejemplo los trabajos de Ernesto Laclau[2] o Chantal Mouffe[3]). A partir de esta laguna, Rosanvallon pretende “proponer un primer esbozo de esta teoría faltante. Con la ambición de hacerlo  en términos que permitan un abordaje radical –es decir, que vaya a la raíz de las cosas– de la idea populista. Lo cual implica reconocerla como la ideología ascendente del siglo XXI, reconocimiento necesario para elaborar su crítica en profundidad en el campo de la teoría democrática y social” (p. 19). 

 

El libro se organiza en tres grandes partes, a saber: 1) Anatomía; 2) Historia; y 3) Crítica. En la primera Rosanvallon explora los rasgos sobresalientes que a su juicio definen al populismo para diseccionar su anatomía. En primer lugar, y como su nombre mismo lo indica, el populismo le otorga a la categoría pueblo un estatuto decisivo. Abandonando la noción de clase –brújula teórica fundamental de los estudios y las prácticas políticas del siglo XIX y del XX– el populismo entiende al pueblo bajo la imagen de un “Uno”, es decir, como un grupo armónico, íntegro y coherente que comparte una misma característica: la de ser humillado, injuriado y explotado por una élite u oligarquía. En efecto, en el populismo la división nosotros/ellos es constitutiva: existe una irreductible división entre el 99% y el 1%; entre el pueblo (puro) y la élite (corrupta); entre la masa (sufriente) y una casta (egoísta y codiciosa)[4].

 

Por otro lado, el populismo privilegia la democracia directa por sobre la representativa. De allí que practique un verdadero “culto al referéndum” (p. 43-45). Así, recurre frecuentemente a esta técnica bajo el presupuesto de que es el pueblo soberano quien tiene que decidir plena y directamente sobre sus asuntos, relativizando el poder de las instituciones representativas. Un claro ejemplo de la opción populista por el referéndum se visualizó en el Brexit, estrategia política que para efectivizarse consiguió neutralizar los votos del Parlamento británico. Además, el populismo descree enérgicamente de las cortes constitucionales, autoridades de regulación y consejos judiciales, pues afirma que no ostentan ninguna credencial democrática. Según Rosanvallon, en el caso populista “la elección se impone como único medio de expresión democrática” (p. 46). En este sentido, piénsese en los ataques al poder judicial por parte del régimen de Viktor Orbán en Hungría o, más intensamente, las embestidas a los jueces acaecida en Polonia por iniciativa del partido de ultraderecha Ley y Justicia liderado por Jaroslaw Kaczynski[5].

 

Otro elemento importante del imaginario populista lo constituye la figura del “hombre-pueblo” (p. 51-58): un líder carismático, excepcional y singular que conoce los sufrimientos del pueblo y que le da forma y rostro a sus demandas, al tiempo que es el encargado de emanciparlo del dominio opresivo de las élites. Como aseguró Hugo Chávez en una arenga a sus seguidores en 2012: “Chávez es todo un pueblo”; o como dijo Donald Trump en la Convención del Partido Republicano en 2016: “Yo soy vuestra voz.” En resumidas cuentas, el populismo se encarna en un líder que representa al pueblo sin ningún tipo de intermediario: la relación entre ambos es directa, pura y auténtica.

 

Asimismo, una variable central del populismo radica en la firme defensa que hace del proteccionismo económico, practicando en consecuencia un fuerte antiliberalismo. Conviene recordar que el populismo es, antes que nada, “un soberanismo” (p. 178): protección de la soberanía nacional frente a las opciones globalizantes y, en especial, europeas. De hecho, todos los populismos de derecha que pululan en Europa desconfían de la Unión Europea y sus instituciones; más aún, despotrican públicamente contra ellas: desde Matteo Salvini hasta Orbán, pasando por Boris Johnson hasta llegar al Frente Nacional francés que comanda Marine Le Pen. Bruselas es vista como una “insidiosa máquina de despojar a los pueblos de su soberanía” (p. 66). La vertiente anti-globalista y anti-internacionalista también se ha visto en la reciente deriva de Trump contra la Organización Mundial de la Salud (OMS), organización que, en el contexto de la pandemia del COVD – 19, primero dejó de ser financiada y luego el mencionado presidente anunció que USA se retiraba definitivamente.[6]

 

No menos significativo es el papel que asumen las pasiones y emociones. Uno de los aciertos del populismo ha consistido en saber utilizar de manera versátil, estratégica y dinámica las emociones para producir poderosos efectos políticos: se han revelado centrales para garantizar el éxito a los partidos y líderes populistas. Rosanvallon distingue tres tipos de emociones: 1) de posición; 2) de intelección; y 3) de intervención. Las emociones de posición expresan el sentimiento de ser abandonado, olvidado y no reconocido por las élites, situación proclive a generar altas dosis de resentimiento y animadversión entre las capas populares. Las emociones de intelección exteriorizan la impotencia ciudadana, es decir, como si los individuos fuesen meros espectadores de los poderosos que son los que realmente toman las decisiones. Estas emociones pueden dar lugar a teorías conspirativas alimentadas por fake news, bulos y mentiras por redes sociales. Por último, las emociones de intervención manifiestan la necesidad de expulsar a los políticos tradicionales y a los empresarios rapaces, constituyéndose una “moral del asco” compuesta de ira, rabia y radicalidad que frecuentemente se vuelve no contra los sujetos mencionados, sino contra los extranjeros: piénsese en el rechazo de los obreros nativos del Sur de Estados Unidos respecto de los inmigrantes centroamericanos, quienes supuestamente les quitan trabajo.

 

Como se señaló, la segunda parte se titula “Historia”. Aquí Rosanvallon presenta un extenso y documentado estudio sobre diferentes momentos históricos del populismo. Si bien por razones de espacio no es posible ahondar en profundidad en cada uno de ellos, es importante destacar dos. Rosanvallon se detiene en el cesarismo francés de mediados del siglo XIX, modelo de democracia autoritaria bajo la égida de Napoleón III. En concreto, el cesarismo se asentó sobre tres pilares típicamente populistas: “una concepción de la expresión popular por el procedimiento privilegiado del plebiscito; una filosofía de la representación como encarnación del pueblo en un jefe [Napoleón III]; un rechazo de los cuerpos intermedios que obstaculizan el encuentro directo del pueblo y el poder” (p. 102). Mediante un programa de fuerte crítica de los partidos políticos y de la libertad de prensa –se creía que manipulaban la conciencia del pueblo francés–, el cesarismo representó un caso notable de populismo. 

 

En la segunda mitad del siglo XX el populismo encontró insignes representantes en Latinoamérica: el colombiano Jorge Eliecer Gaitán, el argentino Juan Domingo Perón y el brasilero Getúlio Vargas son algunos de los ejemplos más importantes, pues dieron lugar a movimientos populistas. Sus presidencias estuvieron marcadas por la denuncia de las oligarquías locales –aliadas al capitalismo extranjero– y por una aspiración de “restauración moral” (p. 144) de la nación. Bajo esta última idea el pueblo podría finalmente decidir sobre su destino y liberarse de la opresión de las élites con la ayuda del líder u hombre-pueblo. Sin embargo, es justo señalar –pues Rosanvallon lo omite– que dichos gobiernos populistas alcanzaron altos niveles de redistribución de la riqueza, descenso de la pobreza y caída de los índices de desigualdad.

 

En la tercera y última parte –“Crítica”– Rosanvallon emprende una crítica sin reservas de la categoría populismo y los elementos que lo conforman (ya examinados en la sección “Anatomía”). En primer término está la cuestión del referéndum. A juicio del autor, esta técnica “tiende a disolver la noción de responsabilidad política” (p. 184). Vale decir: cuando el pueblo toma de manera directa una decisión no puede volverse contra él ni rendirse cuentas a sí mismo, pues no hay instancia alguna que esté por encima de él que la revise. En este caso, el pueblo deviene relativamente irresponsable. Por ejemplo, es lo que sucedió con los políticos y personalidades que hicieron grandes campañas porque el Reino Unido salga de la Unión Europea (Brexit): al final, no fueron responsables de nada, pues abandonaron a los electores a la expresión de su soberanía. Ahora bien, esta dimensión de irresponsabilidad no invalida a priori al referéndum. Este puede ser especialmente plausible en los casos de creación de un orden político, es decir, al momento de establecer una Constitución. En suma, el interés de Rosanvallon radica en advertir que el populismo echa mano permanentemente del referéndum para eludir los cuerpos representativos intermedios de la democracia, que por tanto puede banalizarse y que la democracia recaiga en una absolutización de las urnas. Además, generalmente el referéndum polariza a la sociedad, es decir, presenta opciones binarias –por sí o por no– a veces inconciliables y extremas. Al mismo tiempo, el populismo conduce a una polarización de la democracia, ya que pone frente a frente al difuso e impreciso 99% contra el 1%, eximiendo de analizar la complejidad del mundo social y sus múltiples tensiones, divisiones internas y solidaridades. En tal sentido, Rosanvallon afirma que es abiertamente ilusorio creer en un “pueblo-Uno”, toda vez que el pueblo es una realidad esencialmente cambiante, problemática y siempre está en vías de constitución, es decir, no goza de consistencia como supone el populismo. La sociedad es una “verdadera masa hojaldrada de múltiples regímenes  de identificación” (p. 231).

 

Ahora bien, hasta aquí se expuso la anatomía por la cual está hecho el populismo, parte de su historia y la crítica de sus fundamentos y presupuestos. Esta parte bien podría calificarse de pars destruens de la investigación. Pero Rosanvallon da un paso más, pues también presenta una pars costruens, es decir, enuncia hipótesis afirmativas con el objetivo de proponer una alternativa a la oferta populista[7]. En primer lugar, Rosanvallon aboga por ampliar, multiplicar, pluralizar y, sobre todo, complejizar la democracia[8]. Pero, ¿qué implica esto? En primer lugar, debe entenderse a la democracia como un proceso esencialmente experimental, incompleto e inacabado o, dicho de otra manera, “la democracia es ante todo el régimen que no se cansa de preguntarse por él mismo” (p. 263). La verdad de la democracia no radica en la supuesta completud de tal o cual pueblo o en la supuesta perfección de sus modalidades, sino en el hecho de reconocer sus imperfecciones, fracasos, éxitos y virtudes. Por el contrario, para el autor francés el populismo simplifica, empobrece y reduce la democracia al no prestar la debida atención a los organismos representativos intermedios, las instancias de control, la polarización de la sociedad, la politización de las instituciones judiciales o el hecho de renegar de las instituciones globales.

 

Bajo este presupuesto, para robustecer la democracia es preciso un trabajo colectivo que potencie y aumente las capacidades de las instituciones representativas. Así, Rosanvallon cree necesario reforzarlas a través de una democracia interactiva, esto es, mediante la instalación de “dispositivos permanentes de consulta, información y rendición de cuentas” (p. 258) entre representados y representantes. En particular, desarrollando instrumentos de control –“el ojo del pueblo”, como lo denomina Rosanvallon– mediante el ejercicio de una ciudadanía activa. Jamás un hombre-pueblo o un partido-pueblo, como practican los populismos, pueden bastar para resolver los problemas de la democracia. En este sentido, Rosanvallon propone medidas como el procedimiento del sorteo para conformar consejos ciudadanos o, asimismo, acompañar los procesos electores representativos, ya que el sorteo garantizaría el “poder de cualquiera.” Por otro lado, una condición fundamental es determinar las cualidades personales requeridas para ser un buen gobernante. Lejos de contar con un carisma excepcional como el líder populista, un buen gobernante debe ante todo ser íntegro y, sobre todo, hablar verdadero, decir la verdad. Pero estas reglas no alcanzan solo a los poderes ejecutivos, sino también a los miembros de las cortes constitucionales, autoridades de regulación y todo el mundo de la función pública.

 

En conclusión, El siglo del populismo. Historia, teoría, crítica (Ed. Manantial, Buenos Aires, 2020, pp. 296) de Pierre Rosanvallon constituye un valioso libro para formarse un juicio sólido sobre el concepto de populismo, su anatomía, fundamentos, características, peripecias históricas y los diferentes movimientos extendidos a lo largo de Occidente. Por otro lado, la riqueza del texto radica en la argumentada crítica que desarrolla, además de proponer alternativas factibles para fortificar la democracia. Los buenos trabajos de filosofía política –como los de Rosanvallon– contienen una invitación a reflexionar de manera desprejuiciada y sin dogmas el mundo contemporáneo. En este caso, es imposible comprenderlo sin tomarse en serio el populismo, es decir, la ideología ascendente del siglo XXI. 

 

[1] El pensamiento de Rosanvallon se ha centrado principalmente en historia de la democracia, el papel del Estado y cuestiones de justicia social y desigualdades. Profesor de historia en el Colegio de Francia​ y Director en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS), Rosanvallon ha escrito importantes libros, entre otros: La nueva era de las desigualdades; La nueva cuestión social; La democracia inacabada; El modelo político francés; La contrademocracia; La legitimidad democrática; La sociedad de iguales y El buen gobierno. La mayor parte de su obra está traducida al castellano.

 

[2] En particular, véase La razón populista, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2005.

 

[3] Remitimos a Por un populismo de izquierda, Siglo XXI, Buenos Aires, 2019. Para un comentario de esta obra, véase https://www.revistalibertalia.com/single-post/2019/12/07/Resena-Por-un-populismo-de-izquierda-Chantal-Mouffe.

 

[4] De todas maneras y aunque Rosanvallon no lo mencione, cabe precisar que la separación entre un ellos y un nosotros no es exclusiva de los populismos, sino que puede hallarse en varias ideologías políticas, tales como el marxismo, el comunismo o ciertos liberalismos.

 

[5]  “Las medidas que hacen peligrar la independencia de la justicia en Polonia”, Público.es, 07 de julio de 2018.

 

[6]  “Estados Unidos inicia su retirada formal de la OMS”, El País, 07 de julio de 2020.

 

[7] Para bucear en detalle en la perspectiva afirmativa de Rosanvallon, véase El buen gobierno, Manantial, Buenos Aires, 2015.

 

[8] Cercano al planteamiento de Rosanvallon, en cuanto al objetivo de “complejizar” la democracia, es el de Daniel Innerarity: Una teoría de la democracia compleja: gobernar en el siglo XXI, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2020. Para un análisis de esta obra puede consultarse  https://www.revistalibertalia.com/single-post/2020/02/06/-Una-teoria-de-la-democracia-compleja-2020-Innerarity.

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