La universidad y el efecto señalización

Nathan Dumlao @nate_dumlao

 

   
En un mundo ultra competitivo, con mercados laborales sofisticados y una gran masa de trabajadores muy formados, poder destacarse para encontrar un empleo bien remunerado es cada vez una tarea más ardua. Hace unas décadas, un título universitario marcaba la diferencia, y sus poseedores solían escalar con facilidad hasta la parte superior de las distribuciones de renta. Hoy en día es bastante ingenuo pensar en que seguir el mismo camino va a ser condición suficiente para lograr la misma progresión social. En este punto, es vital entender de forma precisa el mecanismo que hace que las titulaciones superiores fueran tan rentables en el pasado, y lo sigan siendo hoy (aunque con más peros). Mi intención en este artículo es explicar una teoría, el efecto señalización, que se ha utilizado tradicionalmente para explicar el impacto de las acreditaciones académicas en el mundo laboral, y por qué hoy en día sus postulados pueden tener dificultades para adecuarse al espectacular auge de la universidad en las sociedades más desarrolladas.  

 

En las últimas décadas, la educación superior se ha generalizado en los países ricos. Según datos de Eurostat, el porcentaje de población de entre 30 y 34 años con estudios superiores finalizados ha pasado, en los países de la Unión Europea, del 22,5 % en 2002 al 40,3 % en 2019. Para el caso español, para ese mismo período, se ha pasado del 34,4 % al 44,7 %. Este proceso debería haber sido a todas luces positivo, dado que la posibilidad de acceder a este nivel educativo con independencia de la renta percibida es una poderosa herramienta para combatir la desigualdad (véase Goldin y Katz, 2008 (1)). Sin embargo, hay indicios para pensar que la financiación de la universidad necesita una reforma para seguir acercándose a los estudiantes más pobres; a día de hoy, según la ECV de 2016, el 32,2 % de los universitarios pertenecen al 10 % de los hogares con mayor nivel de renta, y sólo el 1,7 % de los mismos pertenece al 10 % de los más pobres, sugiriendo cierto grado de regresividad en el sistema. Aun así, relativizando, es de reconocer el extraordinario alcance que este nivel educativo ha tenido en las últimas décadas.

 

En el imaginario público, la universidad cumple una función bien definida: dotar a los estudiantes de unas competencias y conocimientos determinados en cierto campo. Según la teoría económica, sin embargo, las titulaciones universitarias tienen una utilidad ligeramente distinta. En 1973, el economista canadiense Michael Spence publicaba un artículo que acabó siendo una de las razones por las que le otorgaron el Premio Nobel en 2001 (junto a Stiglitz y Akerlof). En dicho artículo, titulado Job Market Signalling (2), Spence desarrollaba un modelo laboral extremadamente sencillo para explicar que las titulaciones académicas son un modo ciertamente eficaz de resolver un problema de información asimétrica. Supongamos dos trabajadores, uno con una productividad mayor que la del otro; el empleador las desconoce, por lo que este factor no será determinante a la hora de elegir candidato, y el salario ofrecido será una ponderación de ambas productividades. De esta forma, el trabajador más productivo estará infrarremunerado, por lo que le será rentable obtener un título académico que acredite que su productividad es superior, para obtener un salario acorde a la misma. El modelo explica que el coste de oportunidad de adquirir una titulación es superior para los menos productivos, es decir, que el esfuerzo que tienen que dedicar (y las oportunidades monetarias que pierden por ello) es mayor, por lo que sólo los más productivos tendrán incentivos a dedicar su tiempo a ello.   

 

La señalización descansa en el supuesto de que el empleador confía en que la titulación académica en cuestión sea una muestra fiable y precisa de las competencias (la productividad) del trabajador que la posee. El modelo original supone que la adquisición de la titulación no incrementa la productividad previa, por lo que la señalización es una vía socialmente costosa de resolver la ineficiencia; los trabajadores más productivos deben invertir tiempo, esfuerzo y dinero en adquirir una titulación que no modifica su capacitación, aunque individualmente sea rentable. El problema va más allá: se puede dar el caso de que un trabajador con una determinada titulación sea remunerado en mayor cuantía que uno igual de productivo pero que no la posee; es el llamado efecto de piel de oveja. Se considera que la aplicación de esta teoría se da en casos de estudiantes que han abandonado determinado nivel educativo poco antes de finalizarlo, o de titulaciones que no tienen impacto en la productividad de los que las cursan.

 

Estas aportaciones llevan décadas contribuyendo al cuerpo teórico de la economía laboral y educativa, pero se podría pensar que no son en absoluto aplicables al mundo real. A priori es ciertamente aventurado sugerir que los estudios superiores no incrementan la productividad, por lo que limitar su utilidad a la de mensaje informativo podría ser simplista e injusto. Sabiendo, por tanto, que el porcentaje de ciudadanos de entre 30 y 34 años con estudios superiores se ha duplicado en los últimos 20 años, y que estos estudios contribuyen a la capacidad individual de los que los cursan, ¿no debería haber experimentado España un salto en productividad? De hecho, ha ocurrido todo lo contrario: entre 1995 y 2018, la Productividad Total de los Factores (PTF) ha caído un 10,5 %, frente al crecimiento del 4,5 % de media de los países de la UE (3). La Fundación BBVA, en el mismo informe en que recoge la variación de la PTF, explica que la inversión en educación es un 4 % inferior que en la UEM.

 

Resumiendo, tenemos que en los últimos años un alto porcentaje de la población ha alcanzado el nivel formativo superior, pero este progreso no se ha visto reflejado en la productividad. Entonces, ¿hasta qué punto es lógico desechar la teoría del efecto señalización por estar basada en supuestos irreales? Según el INE (4), el paso de la educación secundaria general a la educación superior da lugar a un incremento en los salarios del 36 % (se pasa de un salario mensual media de 1.967 euros a uno de 2.683 euros). Es precipitado suponer que ese salto salarial no se corresponde con un salto en materia de productividad, de la misma forma que lo es suponer que es debido a ello. Lo más plausible es pensar que, a día de hoy, la adquisición de una titulación superior podría ser individualmente rentable, pero tener cierto coste social al no corresponderse el salto salarial en su totalidad con un incremento equivalente de la productividad; es decir, de la misma forma que es despilfarrador (para la sociedad) dedicar recursos a formarse académicamente sólo para obtener un salario superior, sin reciprocidad en la productividad, lo es en menor grado el hecho de que el incremento de la productividad sólo cubra una parte del incremento salarial.

 

Ciertamente, no tiene sentido generalizar la educación superior, pues los altos salarios obtenidos por según qué egresados y las elevadas tasas de paro sufridas por los titulados de ciertas carreras dan pie a pensar que el modelo del efecto señalización no es capaz de explicar con precisión el paso al mundo laboral en algunos campos. Si la educación superior empieza a ser accesible para amplias capas de la población, en muchos más ámbitos académicos que en otras épocas, podría pensarse que el coste de oportunidad no tiene por qué ser necesariamente mucho más elevado para los individuos menos productivos, por lo que no existen incentivos opuestos para individuos con distintas productividades. Otra hipótesis coherente con esta laguna teórica es que la elevada demanda de educación superior ha podido generar una oferta de titulaciones que no transmiten información útil a los empleadores: en el tercer párrafo explicaba que el modelo de señalización  descansa en el supuesto de que las empresas confían en que las acreditaciones sean un reflejo fiel de la productividad de sus poseedores; si el mercado laboral ha asimilado que ciertas carreras no proporcionan las competencias que se podrían presuponer, la ineficiencia no se corrige por esta vía. Este punto es susceptible a la polémica, pues la simple mención de una titulación concreta podría ser vista como un ataque a la misma; que cada uno reflexione, guiándose por las salidas laborales o por la exigencia, sobre si toda titulación puede ser vista como una vía para incrementar la productividad de cara al mercado laboral.     

 

Recapitulando, el modelo de efecto señalización que propuso Spence en 1973 (y toda la literatura posterior) es una herramienta útil para entender el funcionamiento de algunas titulaciones académicas, y las diferencias entre ellas. Los mercados laborales, y su interacción con el mundo educativo, son complejos y muy heterogéneos, y es interesante introducir matices teóricos que puedan abrir nuestro campo de visión para abordar ciertos problemas con más empaque. La teorización que he descrito en este artículo pone de relieve que, en materia educativa, calidad es mejor que cantidad. En un mundo de información asimétrica y con recursos escasos, quizá deberíamos preguntarnos si es socialmente eficiente sostener un sistema que, en muchos casos, ni siquiera es individualmente rentable.    

 

(1) Goldin, C. D., & Katz, L. F. (2009). The race between education and technology. harvard university press.

(2) Spence, M. (1973). Job Market Signaling. The Quarterly Journal of Economics, 87(3), 355-374.

(3) https://www.fbbva.es/noticias/productividad-economia-espanola-cae-desde-1995-frente-crecimiento-ue/

(4) https://www.ine.es/jaxiT3/Datos.htm?t=13931#!tabs-tabla

 

 

 

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