¿Qué es realmente el fascismo?

Mika Baumeister @mbaumi

 

 

 

"En las polémicas diarias, la calificación de «fascista» se lanza y se vuelve a lanzar por parte de un adversario contra otro. […] Pero esta palabra, de las maneras en que se emplea, corre el riesgo de convertirse en un dicho simple y general de ultraje, que vale para todos los casos, si no se determina y no se mantiene firme su propio significado histórico y lógico". Estas son palabras de rabiosa actualidad que, sin embargo, fueron escritas por Benedetto Croce en el artículo «Chi è “fascista”?» allá por 1944 (Gentile, 2019, p. 45). ¿Qué es realmente el fascismo?

 

Si queremos ensayar una descripción que no incurra en el anterior error recurrente, entonces debemos empezar por acotar nuestro ámbito de (breve) estudio. Siguiendo una visión extendida —pero no por ello unánimemente aceptada—, denominaremos «fascista» el pensamiento y la práctica surgida en la Europa de entreguerras y desarrollado principalmente por Mussolini, así como por Hitler y, en menor medida, por José Antonio Primo de Rivera. Una realidad a distinguir de otros regímenes autoritarios de extrema derecha como la España de Franco —que solo calificaría como claramente fascista durante los primeros años en que Falange fue la familia principal dentro del régimen (Labiano y Velasco, 2016; Payne, 1995)— o el Portugal de Salazar (Paxton, 1998), así como del totalitarismo comunista soviético y chino. Es evidente que entre todos ellos existen puntos de conexión muy importantes, pero las diferencias son suficientemente claras para que, si no olvidamos lo artificial de toda clasificación, nos sea útil distinguir.

 

Es un tópico en la literatura sobre el fascismo empezar indicando lo escurridizo del término, no siendo pocas las diferencias entre los historiadores que abordan el fenómeno[1]. De hecho, habría líneas interpretativas para las que el fascismo sería un mero fanatismo incoherente, sin un corpus ideológico claramente definido y aplicado. Autores como Allardyce (1979) incluso han sostenido que el término carece realmente un referente real, pudiéndose aplicar solo con propiedad a la Italia de Mussolini. Eatwell (1992, p.183), a quien seguiremos de cerca, juzga que, en muchas ocasiones, el fascismo fue «a strange mix of ill-thought out an ad hoc policies». Todas estas clases de dudas son claramente comprensibles. De una parte, mientras que el antisemitismo era nuclear para el nazismo, Mussolini no tenía problema alguno en rodearse de ministros y amantes abiertamente judíos. Así, en Enciclopedia Italiana de 1932 se diría que la nación no es ni una raza ni una localización geográfica (Eatwell, 1992, p. 178)[2]. De otra, mientras italianos y alemanes proponían una espiritualidad poco amiga de la religión tradicional, para la Falange y la Guardia de Hierro rumana el cristianismo era un valor central e innegociable, sin que tampoco pudiera decirse de sus respectivos simpatizantes que estuvieran movidos por un sentimiento de humillación y resentimiento después de la IGM, así como por un interés particular en el expansionismo. Similarmente, se dice del fascismo que es una respuesta a la modernidad, pero el nacionalismo que lo caracteriza es un producto eminentemente moderno. Igualmente, se habla de anticonservadurismo pero lo cierto es que, en muchas ocasiones, los fascistas se aliaron con ellos, además de adoptar diversos de sus valores como la visión organicista de la sociedad, el elitismo, el natalismo y la defensa de la familia tradicional.

 

Al fin sucede que, incluso las listas más autorizadas de «características definitorias» incurren en un vicio metodológico —que aquí tampoco podremos evitar por completo— consistente en no indicar si todos los elementos son necesarios, en qué intensidad o en qué combinación (Eatwell, 1992, p. 166). De hecho, lo ecléctico del movimiento así como la dificultad por dar con una esencia concreta ya fue apreciada por intelectuales de aquel entonces, como por ejemplo, Ortega y Gasset consideraba que, como sea que nos aproximáramos al fenómeno, veríamos que «es una cosa y su contraria, A y no-A simultáneamente» (Passmore, 2002, p. 11). El propio José Antonio reconocía que todos los movimientos de «regeneración nacional» opuestos al marxismo, al liberalismo y al viejo conservadurismo tenían algo en común, pero que exhibían diferencias pronunciadas en cada país (Payne, 1995, p. 261). Acerquémonos entonces con prudencia conscientes de que el tipo ideal que a continuación delimitaremos es solo eso, una generalización imprecisa.

 

Dada la época convulsa en que surgió el fascismo podemos comprender con facilidad que sus distintas variedades considerasen que su sociedad vivía un momento de gran crisis y decadencia nacional, siendo al ser necesario un renacimiento revolucionario de tipo salvífico que, sacudiendo de raíz el presente, fuera capaz de conectarlo con sus glorias pasadas (ya fuera una segunda Roma, un tercer Reich, o estableciendo una nueva cruzada). Así, Griffin (1991) sostenía que podemos comprender el fascismo como un ultranacionalismo que hace de este resurgimiento de las cenizas —«palingénesis»— y de la promesa de una nueva edad dorada su mito central con el que atraer a las masas descontentas con la política ordinaria y desesperadas por la crisis económica. Payne (1995, p. 5) objeta, sin embargo, que esta solo puede ser, si acaso, una de sus características, pues lo cierto es que ha habido movimientos moderados o de extrema izquierda que también han hecho del renacimiento nacionalista su punto central.

 

De este modo, es necesario incluir en la receta el fuerte rechazo sentido contra la democracia parlamentaria y la pluralidad que la caracteriza —o que incluso celebra y protege— que es vista como como profundamente ineficaz, inherentemente corrupta y socialmente disolvente. Por encima de la cháchara parlamentaria que malgasta los esfuerzos de la nación enfrentando intereses partidistas, el fascismo promete un líder resolutivo y vigoroso capaz de decidir por y para la comunidad. Contrarios por igual al marxismo, así como a cualquier ideología que busque enfrentar a la sociedad en grupos —clases sociales, facciones políticas, grupos regionales— los aparatos del Estado deben servir muy especialmente a para (re)crear una nación íntima y fraternalmente unida, acabándose por identificar Estado, partido, sindicato y nación. En esta línea, el fascismo hará del patriotismo el valor supremo en el que unir espiritualmente a todos los ciudadanos, creando una especie de nueva religión civil omnipresente con la que unir orgánicamente, de forma mística incluso, a todos los miembros de la comunidad. Diríamos pues que el fascismo buscaría «La fusión del individuo y de las masas en una unidad orgánica y mística de la nación como comunidad étnica y moral, adoptando medidas de discriminación y de persecución contra quienes son considerados de fuera de esta comunidad […] Una ética civil basada en la subordinación absoluta del ciudadano al Estado, en la entrega total del individuo a la comunidad nacional (Gentile, 2019, p. 209)». Para ello, y como diremos, buscará llenar continuamente las calles, extasiar a sus fieles, a fin de imprimir en ellos un sentimiento de revolución constante.

 

En cuanto a su antimodernismo es ilustrativo recordar que tanto Hitler como Mussolini se referirían expresamente a los principios de la Revolución francesa como aquello a lo que se oponen. Como detalla Mellón (2006, p. 7) el clásico «Libertad, Igualdad, Fraternidad» debía sustituirse por una tríada más acorde a los tiempos: autoridad, orden y justicia (Hitler), orden, disciplina y jerarquía (Mussolini) o autoridad, jerarquía y orden (Primo de Rivera). En consecuencia, el mejor sistema político debía ser la dictadura unipartidista, totalitaria y acaudillada por un varón fuerte y carismático que trabajara como incansable intérprete de esa inefable esencia nacional. Por lo tanto, el adversario político pasaba a convertirse en un enemigo mortal al que eliminar por la fuerza empleando el terror policial y paramilitar. El objetivo era hacer de la sociedad, no una lucha de clases, tampoco un conjunto de individuos persiguiendo egoístamente su beneficio, sino algo así como una gran familia, un todo orgánico en el que cada parte contribuya humildemente al engrandecimiento social. «Creemos en la suprema realidad de España —rezaría el primero de los 27 puntos de FE de las JONS—. Fortalecerla elevarla, y engrandecerla es la apremiante tarea colectiva de todos los españoles. A la realización de esta tarea habrán de plegarse inexorablemente los intereses de los individuos, de los grupos y de las clases». Como vemos pues, la patria se presentaba como el mayor de los altares, no habiendo sacrificio pequeño y siendo exigibles grandísimas dosis de solidaridad entre los compatriotas.

 

Como corolario lógico, esta visión exige que tampoco se permita que la economía se desarrolle con libertad; las fuerzas a las que debe responder no son las del mercado, sino las necesidades de la nación. Y es que, si bien los movimientos fascistas persiguieron la sindicación libre, intentaron eliminar físicamente al obrerismo marxista, raramente intentaron expropiar o colectivizar las grandes fortunas y conglomerados empresariales, etc. —al contrario, en Alemania e Italia se aliarán con ellos—, la interpretación marxista del fascismo como «capitalismo en tiempos de crisis» es muy problemática. Las campañas de conquista (lebensraum), lejos de buscar ampliar los mercados y obtener mano de obra barata, estaban claramente motivadas por ideas nacionalistas. Hitler escribiría en el Mein Kampf que la economía es algo de segunda o tercera importancia (Eatwell, 1992). A su vez, los años del franquismo que pueden considerarse más propiamente fascistas están caracterizados por la autarquía económica que imponía la Falange (Labiano y Velasco, 2016; Payne, 1995). Es más, José Antonio era muy vocal en sus críticas hacia las condiciones de los trabajadores y decía del Estado liberal que había venido para ofrecernos la esclavitud económica. No nos debe sorprender que, en su apartado sobre economía, el programa de los 27 puntos ya mencionado afirmase que «Las riquezas tienen como primer destino mejorar las condiciones de cuantos integran el pueblo. No es tolerable que masas enormes vivan miserablemente mientras unos cuantos disfrutan de todos los lujos», además de apostarse por nacionalizar la Banca, los grandes sectores públicos y la protección de la propiedad privada de los abusos del gran capital financiero, de los especuladores y los prestamistas. En esta misma línea, del Águila (2017: 197) ha argumentado que «Los gobiernos nazis, pese a llevar a cabo políticas que en muchos casos se oponían a los intereses de las clases trabajadoras, no preservaron, propiamente hablando, el sistema capitalista, sino que cambiaron las reglas del juego económico […] Las políticas económicas estuvieron siempre, al igual que otras políticas sectoriales, más determinadas por la ideología que por consideraciones de utilidad […] aun cuando es perfectamente cierto que banqueros, industriales y terratenientes italianos y alemanes apoyaron y financiaron con fuertes sumas a los partidos fascistas, también lo es que estos grupos nunca llegaron a hacer de ellos ‘meros monigotes’ a los que pudieran manejar a su antojo (p. 197)». Así, si bien es cierto que, en términos generales, el fascismo atrojo principalmente a las clases medias y, en especial, a los jóvenes, pero es ilustrativo tener en cuenta que en 1933 el NSDAP gozaba de un 32 % de obreros y el PNF italiano llegó a nutrirse de proletarios y campesinos en un 15 % y 21 % respectivamente (del Águila, 2017, p. 195). El fascismo fue pues un movimiento de masas razonablemente interclasista.

 

Para ello, no obstante, era necesario hacer de la nación una esencia abstracta de tintes religiosos, inefable en términos no metafóricos, e irreducible a un sistema jurídico y cultural. (Un gran ejemplo podría ser la definición dada por Primo de Rivera; la patria española sería «unidad de destino en lo universal»). Y es que solo con algo tan vaporoso y ambiguo podía conseguirse que «Financial and industrial powerhouses such as March in Spain, Agnelli in Italy and Krupp in Germany had to identify with the same goal as the workers in their factories, the Italian landowners of the Po Valley, Tuscany and the rest of Europe with the labourers in their fields, the owners of the huge new department stores with the small shopkeepers, the middle classes and the workers with the powerful elites (Mellón, 2006, p.10)». El fascismo, en suma, pretende ser una síntesis de fuerzas irreconciliables: nacionalismo y socialismo, elitismo y populismo, tradición y modernidad, tecnología y espíritu. Una síntesis que permita esa sociedad homogénea y harmónica a la que aspira —sin por ello abordar las causas estructurales que provoca la disensión interna— y suficientemente ambigua para adaptarse demagógicamente a los distintos electorados: a los obreros, anticapitalismo; a la industria, anticomunismo; a las clases medias, una mezcla de ambas (Mellón, 2006, p. 21).

 

Seguidamente, merecería especial atención el factor «totalitario», una de las características que lo distinguirá con mayor claridad de otros movimientos reaccionarios o autoritarios[3]. ¿Totalitario? Sí, porque apenas distingue entre lo público y lo privado, suprime las libertades individuales clásicas, no tiene reparo en violar su propia legalidad, y no se constriñe con un sistema de pesos y contrapesos. Los medios más abyectos valen para llegar a esa edad dorada. Para ello, no obstante, será necesario revolucionar la cultura y las costumbres a fin de crear un «hombre nuevo», un ciudadano-guerrero joven, vitalista, muy viril, dispuesto a la acción y al sacrificio, ascético y por ello ajeno del todo al hedonismo, afeminamiento, sentimentalismo y materialismo burgués y bolchevique. (En el caso nazi, incluso se echará mano de la eugenesia, la eutanasia y la esterilización forzosa de los considerados no-aptos o insanos.) Es cierto que en el prefascismo de 1919, Mussolini defendía el sufragio femenino, pero a medida que avanzó el movimiento por Europa y los años pasaban quedó claro que el lugar de esta no podía ser otro que el hogar y la familia, no teniendo misión más elevada que la de engendrar y criar nuevos hijos para la patria. La libertad que había obtenido desde principios de siglo y su progresiva incorporación al mercado laboral serían vistos como un símbolo más de la profunda decadencia vivida. Algunos nazis llegaron a hacer campaña contra el derecho de las mujeres a fumar en público y llevar maquillaje (véase Passmore, 2002, pp. 125-135, donde también se indica el atractivo que algunas feministas despistadas llegaron a sentir por el fascismo). Bien mirado, la concepción que el fascismo tendría de las masas sería claramente negativa pues a sus ojos, el pueblo estaba corrompido y degenerado. Mussolini hablaría literalmente de «troquelar como yo quiera el carácter de los italianos» y de corregir sus vicios tradicionales como el optimismo o la negligencia (Gentile, 2019, pp. 159-162). Se trata así de una concepción asfixiante, sumamente invasiva, en que lo político era claramente personal. Como había dicho el Duce un año antes «Tutto nello Stato, niente alfuori dello Stato, nulla contro lo Stato». Con todo, y como parte de sus tensiones internas, también habría un elemento importante de populismo, consistente en ver en determinadas grupos —por ejemplo, la gente del campo en el caso nazi— el ideal de pureza perdida —por ejemplo, en las desarraigadas y descreídas urbes modernas—.

 

Se comprende así también la preocupación fascista por la pureza de la comunidad —en forma de xenofobia y/o racismo— acompañadas normalmente de aspiraciones imperialistas para lo que se buscará militarizar la sociedad y prepararla moralmente para el combate. De hecho, la violencia y la guerra serán vistas como algo en sí mismo deseable, el ejército como el guardián de las esencias patrias y los valores castrenses —jerarquía, orden, disciplina, acometividad, brío, etc.— como los más elevados de todos. En esta línea, y junto con la exaltación de la juventud, se apostará abiertamente por el darwinismo social y geopolítico pues se argumentará que, siendo la naturaleza desigual y jerárquica, debe serlo también la sociedad y el orden internacional, sin que haya espacio en ella para los débiles (Paxton, 1988; Payne, 1995). De hecho, la necesidad de un líder «machotoe» y autoritario que guíe a las masas en todo momento también se intentará justificar con razones de tipo biológico, sosteniendo que el hombre no es racional ni bueno por naturaleza —al contrario, es perezoso, decadente y falto de dirección (Eatwell, 1992).

 

Para todo ello el fascismo cuidó mucho su puesta en escena (fue tal el magnetismo de la misma que otros movimientos próximos adoptaron muchos de sus elementos, complicando hoy la tarea del historiador que encuentra saludos romanos y camisas de distintos colores en diversas latitudes). Especialmente en el caso italiano, la estética fascista será —digamos— exageradamente masculinista, rebosante de testosterona. Los símbolos y los rituales —desfiles masivos, discursos multitudinarios, grandes inauguraciones— jugarán un papel muy importante ya que, como avanzábamos, servirían a la movilización social constante, a electrificar a las masas en un sentimiento de revolución total, y a la legitimación religiosa del líder. Se buscará generar un estado anímico desenfrenado, de comunión con el movimiento y de profunda hermandad entre los integrantes del movimiento. Podríamos hablar también de una dosis importante de antiracionalismo, otro «anti» más en su haber, del que dan cuenta diversas anécdotas o expresiones de la época —«muera la inteligencia», «cuando oigo la palabra intelectual, me echo la mano a la pistola»—. A título de ejemplo puede citarse como la revista falangista Haz publicaba el Diario de un escuadrista italiano donde se afirmaba: «El primero de mes me inscribo en la vanguardia estudiantil fascista. No conozco los programas ni los estatutos del fascismo, ni me interesa en realidad conocerlos. Por otra parte, seguramente no los comprendería». En este mismo sentido, Francisco Bravo escribiría a José Antonio Primo de Rivera: «Desestima todo complejo liberal; ni Unamuno ni Ortega, ni, claro es, todos nuestros intelectuales, valen lo que un rapaz rabioso de veinte años fanatizado por su pasión española» (de Águila, 2017, p. 217).

 

¿Qué es el fascismo? Del estudio realizado la sensación que obtenemos es que, más que una lista perfectamente cerrada, sería más iluminador pensar en el fascismo como un concepto cúmulo, es decir, una realidad cuyas distintas manifestaciones no compartirían una esencia común, sino que participarían en distintas intensidades de gran parte de las siguientes notas: exaltación y uso sistemático de la violencia para alcanzar los fines políticos, intolerancia racista, xenofóbica y sexista, darwinismo social e internacional, imperialismo y belicismo, oposición a la democracia liberal y a las garantías propias del Estado de Derecho, oposición al marxismo, nacionalismo excluyente exacerbado, pobremente definido y fuertemente colectivista, tendencia a la intervención económica, existencia de líderes carismáticos dispuestos a gobernar de manera personalista y sumamente autoritaria, un visión asfixiante de la política que invade la vida privada y pretende «renovar» la cultura y las costumbres de la sociedad creando un «nuevo hombre», cierto elitismo en tensión con cierto populismo, grandes dosis de irracionalismo y, finalmente, una puesta en escena muy cuidada dirigida a movilizar fanáticamente a las masas, consiguiendo que se identifiquen de manera visceral con el movimiento, sus gaseosos principios y su líder, sin hacer demasiadas preguntas, disponiéndolos para la acción, a matar, e incluso mejor, a morir por el mismo.

 

Como se ve, pues, no es posible una definición concisa y elegante, ni —aun peor— excesivamente precisa. Pero, y esta es la idea que queremos transmitir, tampoco es posible otra cosa ya que, como indicábamos al inicio, es necesario dar margen para incluir las distintas variantes de fascismo y porque los propios fascistas no tuvieron la cortesía de estructurar su pensamiento con demasiada finura en textos que hoy podamos estudiar. Con todo, aun y la vaguedad anterior sí podemos afirmar con confianza que, sin perjuicio de algunos grupúsculos testimoniales abiertamente fascistas y determinadas formas de extrema derecha, el fascismo fue. Y es que incluso un análisis superficial como el anterior pone en evidencia que el tan repetido «retorno del fascismo con otros ropajes» —para lo que es habitual echar mano de Umberto Eco y su «ur-fascismo»— no es tal. Sin duda hoy es posible encontrar cantidad de movimientos y partidos sumamente influyentes que, en cierto grado, manifiestan algunas de las características anteriores. Algo que, aun y siendo preocupante, no justifica olvidar qué fue realmente el fascismos ni nos faculta para identificar los populismos nacionalistas, antimigración, nativistas, retrógrados e iliberales de la actualidad con los fascismos de entreguerra opuestos frontalmente al parlamentarismo democrático, perfectamente dispuestos a matar al adversario, interesados en crear un «nuevo hombre» o por el darwinismo social y la inferioridad intrínseca de determinas razas. Tacharlos de fascistas no solo es intelectualmente inadecuado, además «existe el riesgo que, con tanto ver fascistas por todas partes, no estemos atentos a otras amenazas, estas reales, que se ciernen sobre la democracia y que nada tienen que ver con el fascismo, sea cual sea el ropaje bajo el que queramos imaginarlo» (Gentile, 2019, p. 197).

 

[1] Es ilustrativa en este sentido la tabla comparativa que confecciona Montalbán (2016:100), donde se ven las características que diversos de los autores más citados consideran definitorias del fascismo:

 

[2] Véase Passmore (2002) para el tipo de racismo que sí acabó incurriendo en Italia (pp. 116-118).

[3] Sobre «quién era quién» en este espectro de derechas iliberales durante aquellos años es ilustrativo Payne (1988, p. 15): 

 

  • del Águila, R. (2017). Los fascismos. En F. Vallespín (Ed.), Historia de la Teoría Política 5. Alianza editorial.

  • Eatwell, R. (1992).Towards a New Model of Generic Fascism. Journal of Theoretical Politics 4(2), 161-194.

  • Griffin, R. (1991). The Nature of Fascism. Pinter.

  • Gentile, E. (2019). Quién es fascista. Alianza editorial.

  • Labiano, J.M. y Velasco, A.G. (2016). La difícil caracterización del franquismo: ¿fascista, nacional-católico, tradicionalista? En Carlos Navajas Zubeldia y Diego Iturriaga Barco (Coord.), Siglo. Actas del V Congreso Internacional de Historia de Nuestro Tiempo (pp. 379-395). Logroño: Universidad de la Rioja.

  • Passmore, K. (2002). Fascism: A Very Short Introduction (1a ed.). Oxford University Press.

  • Payne, S.G. (1995). A History of Fascism, 1914-1915. University of Wisconsin Press.

  • Mellón, J.A. (2009). Las concepciones nucleares, axiomas e ideas-fuerza del Fascismo Clásico (1919-1945). Revista de Estudios Políticos, 146, 49-79.

  • Montalbán, R.L. (2016). Revisión sociológica del fascismo europeo en el período de entreguerras. Revista Andaluza de Ciencias Sociales, 15, 83-101.

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