Wittgenstein: El lenguaje como principio y fin de la filosofía

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Ludwig Wittgenstein (1989-1951) comenzó a escribir el Tractatus logico-philosophicus hacia 1912, continuándolo durante el tiempo que estuvo combatiendo en el frente durante la Primera Guerra Mundial, y dándole fin en agosto de 1918. El lenguaje y sus límites es la idea central del libro, que se desarrolla a través de un análisis de carácter lógico. No obstante, los resultados de este análisis del lenguaje se aplican no solo a la lógica, sino también a la matemática y a las ciencias naturales. De ahí que el tratado tenga la pretensión de repercutir hasta en tres dimensiones: la lógica, la epistemológica y también una quizá menos transitada, la ética, pues como es sabido las consecuencias de las ciencias naturales tienen siempre fuertes implicaciones de carácter ético y moral (pongamos por caso los grandes debates éticos que suscitó la teoría de la evolución de Darwin, que perduran hasta el presente). De la materia del Tractatus dice Wittgenstein: «En realidad no le es extraña, porque el sentido del libro es ético […] Quise escribir, en efecto, que mi obra se compone de dos partes: de la que aquí aparece, y de todo aquello que no he escrito. Y precisamente esta segunda parte es la importante. El libro, en efecto, delimita por dentro lo ético, por así decirlo; y estoy convencido de que, estrictamente, solo puede delimitarse así».[1]

 

Lo más frecuente es que el acercamiento a la obra de Wittgenstein se haga a través de la visión bipartita de «los dos Wittgensteins». Sin embargo, parece razonable pensar que no solamente existe un primer y segundo Wittgenstein como tradicionalmente se ha planteado, sino que podría llegar a hablarse de tantos Wittgensteins como lectores. Esto se debe al al misticismo que envuelve toda su obra y a la necesidad por ello de llevar a cabo una lectura «hacia dentro», es decir, al margen de interpretaciones previas a las nuestras, de manera que pueda haber una conversación directa y no mediada entre uno mismo y el autor. Sólo Solo así puede llegar a darse esa intimidad propia de la experiencia mística, que tradicionalmente se ha asociado con el acceso al conocimiento en soledad y sin más diálogo que el que se pueda tener con uno mismo y con el texto, después de lo cual uno se queda lo aprehendido pero guardando silencio.

 

Esta inclinación hacia una lectura interior, recuerda inmediatamente a la obra de San Agustín de Hipona, autor al que el propio Wittgenstein menciona de manera recurrente en las Investigaciones filosóficas: «Agustín de Hipona (Conf., XI, 14): quid est ergo tempus? Si nemo ex me quaerat scio; si quaerenti explicare velim, nescio. Esto no se podría decir de una pregunta de la ciencia natural […] Aquello que se sabe cuando nadie nos pregunta, pero no se sabe cuando lo debemos explicar, es algo sobre lo que debemos reflexionar» (Wittgenstein, 2017, p. 98). Esta lectura mística de la obra de Wittgenstein es ante todo paradójica, ya que es una lectura antigua y contemporánea al mismo tiempo; si bien responde ante un modelo filosófico del siglo iv como el de San Agustín, «Llamándole para que venga a mí, esté dentro de mí mismo» (Agustín de Hipona, 1972, p. 22), también se ajusta a las exigencias individualistas de la posmodernidad. Esta lectura «hacia dentro» nos inclina a pensar que la escalera de Wittgenstein debe tenderse, subirse y después arrojarse en solitario. Así escribió el Tractatus, al margen de la academia, y así fue como vivió después en su cabaña.

 

La concepción del lenguaje de Wittgenstein como la condición de posibilidad del pensamiento y del ejercicio filosófico, constituye las dos caras de una moneda. De una parte el lenguaje nos permite ejercer el pensamiento, puesto que es a través de las representaciones simbólicas desde donde se da, al mismo tiempo, la captación mental de los hechos del mundo y su expresión lingüística. El mundo para Wittgenstein es lo expresable; lo que no es expresable queda fuera del mundo. «El mundo es todo lo que es el caso» (Wittgenstein, 2018, p. 57) quiere decir que el caso es susceptible siempre de ser expresado con nuestro lenguaje. La relación que tenemos con el mundo está siempre mediada a través de nuestras figuraciones lingüísticas, sin las cuales no sería posible ni si quiera concebir la existencia de cosa alguna. Para Wittgenstein, por lo tanto, el lenguaje se identifica con el mundo cognoscible; todo lo que podemos expresar es todo lo que podemos conocer. Pero, por otro lado, el lenguaje nos condena indefectiblemente a las interferencias y a los errores que le son propios.  Esa expresión lingüística es casi siempre insuficiente, desordenada, incompleta, disfuncional, mal entendida, etc. Esas son las interferencias a las que estamos condenados, y que limitan nuestra tarea cognoscitiva. Si hay algo más allá de lo que podemos expresar no lo podemos saber, y, por lo tanto, mejor será emprender tareas que no apunten en esa oscura dirección. Esa limitación del lenguaje, que célebremente queda expresada en la proposición 5.6, : «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» (Ibid., p. 123), muestra al mismo tiempo su potencialidad. Es decir, que en Wittgenstein el lenguaje funciona, además de como la herramienta epistemológica por excelencia, como un concepto límite. Un concepto límite es aquello que nos permite identificar cuál es el ámbito que nos es dado conocer, con el fin de no tropezar con obstáculos a los que no tenemos acceso o que ni siquiera tienen existencia. Esta fue una de las grandes ideas de fondo de la Modernidad, siendo el ejemplo más claro el noúmeno de Kant: una realidad a la que solo podemos «acceder» negativamente, de la que no podemos saber nada realmente, pero que fundamenta todo conocimiento posible. Dicho esto, acordémonos también de Aristóteles y su primer motor inmóvil, que cumplía la misma función epistemológica. Esa primera causa que es también causa de sí misma fue planteada por el filósofo griego para saber lo que no podemos saber, es decir, que más allá de ese concepto límite no tiene sentido emprender una tarea cognoscitiva. Así, Wittgenstein plantea que más allá del lenguaje no existe nada a lo que podamos tener acceso, y, de ese modo, delimita el ámbito de lo cognoscible a través de lo que puede expresarse: «El libro quiere, pues, trazar un límite al pensar o, más bien, no al pensar, sino a la expresión de los pensamientos: porque para trazar un límite al pensar tendríamos que poder pensar ambos lados de ese límite (tendríamos, en suma, que poder pensar lo que no resulta pensable) (Ibid., p. 55)». De aquí que comience (en el prólogo) y acabe el libro con que «de lo que no se pude hablar hay que callar» (Ibid., p. 145). Ese planteamiento es, digamos, el primer y último peldaño de la escalera que deberemos arrojar una vez que la hayamos ascendido.

 

Sin embargo, para Wittgenstein eso de lo que no se puede hablar es lo más importante, como él mismo explicita. Si tratásemos de pronunciarnos sobre lo que no nos es dado conocer entonces estaríamos incurriendo en el error que se pretende evitar de partida. Y al señalar Wittgenstein las limitaciones del lenguaje a lo largo de la obra en un ejercicio de demarcación, está mostrando también su potencial, porque si no se delimitara tampoco podríamos conocer su extensión, esto es, hasta dónde donde puede abarcar. Pero a Wittgenstein no le interesa tanto levantar un edificio conceptual, sino más bien tender los puentes hacia unos fundamentos lo más claros posibles y con una consistencia firme, para que, una vez cumplida esa tarea, se pueda llevar cabo una construcción, sabiendo dónde y de qué manera pueden establecerse los pilares.

 

Esos fundamentos que permiten establecer el ámbito de validez del lenguaje nos conducen a pensar que, en realidad, la filosofía queda en un plano distinto del estudio del lenguaje, que es la única forma legítima de conocer el mundo. Porque para Wittgenstein la estructura interna del lenguaje y su forma lógica tienen una absoluta correspondencia con el mundo, es decir, que el mundo y el lenguaje, en el fondo, compartirían una misma esencia de tipo lógico. La epistemología, por lo tanto, no sería algo distinto de la lingüística y de la estructura lógica que la hace posible. De ahí que las proposiciones lógicas que conforman los enunciados sean el principal objeto de conocimiento de toda teoría que se proponga dar una explicación omniabarcante, lo más completa posible acerca del funcionamiento del mundo. Así, la verdad o la falsedad de las proposiciones se corresponde con la de los estados de las cosas, pues no difieren unas de las otras, sino que guardan una relación de semejanza plena. Esto quiere decir que existe una correspondencia entre lenguaje y el mundo, sobre la cual impera la lógica y su funcionamiento. El mundo es en sí mismo lenguaje, y, por ello, también una estructura lógica.

 

Esta importancia de la lógica que ya apuntábamos al principio, y que constituye uno de los planos principales de la obra, se explica mediante el sentido que encontraba en ella, que no era otro que escapar de la oscuridad de los planteamientos metafísicos. Si existiera algo en el mundo que no pudiera expresarse mediante el lenguaje no tendría sentido pronunciarse al respecto; solamente cabría, en caso de que esto fuera posible, mostrarlo, señalarlo. Aquello que queda fuera del ámbito de la lógica y del lenguaje, es decir, a lo que tradicionalmente se había dedicado la filosofía, no tiene sentido para Wittgenstein como forma de expresión que pueda quedar fijada, y, además, estas tendencias inherentes del ser humano son todas ellas una y la misma. Wittgenstein identifica la ética, la religión y la estética como la misma cosa. De ahí que lo que no es expresable solamente pueda ser mostrado, llegado el caso. La dimensión ética del Tractatus que mencionábamos al principio es una cuestión que queda plasmada en la obra como el fondo, como lo no expresable pero sí existente dentro de su proyecto gnoseológico. La forma mística de la obra de Wittgenstein y la manera aforística que tiene de expresar sus ideas son un buen indicativo de que no cabe pronunciarse sobre esas cuestiones, sino que, en todo caso, solamente pueden «estar ahí». Lo místico en la obra de Wittgenstein, que entraña siempre la dimensión ética a la que apuntan en última instancia sus planteamientos y, sobre todo, el derribo de la escalera, es una forma de mirar el mundo. El principio y el fin de la filosofía sería entonces reconocer y observar sus propios límites, que serían también los nuestros, y guardar silencio sobre aquello que no podemos expresar.

 

 

[1] Fragmento recogido y traducido en la "«Introducción»" de Isidoro Reguera y Jacobo Muñoz (1986) a su edición del Tractatus logico-philosophicus, Madrid: Alianza, 2002; pág. ix.

 

Agustín, San. Confesiones. (1972). Madrid, España: Espasa-Calpe.

Agustín de Hipona, S. (1972). Confesiones. Madrid: Espasa-Calpe.

Wittgenstein, Ludwing. Investigaciones filosóficas. (2017). Madrid, España: Trotta.

Wittgenstein, L. (2017). Investigaciones filosóficas. Madrid: Trotta.

Wittgenstein, Ludwing. Tractatus lógico philosophicus. (2018). Madrid, España: Alianza.

Wittgenstein, L. (2018). Tractatus logico-philosophicus. Madrid: Alianza.

 

 

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