El auge y ocaso de la hegemonía liberal

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Las primeras dos décadas del siglo veintiuno están caracterizadas por una gradual fragmentación de la hegemonía política, cultural y económica de los Estados Unidos. Este artículo introduce la idea del auge y ocaso de la hegemonía liberal de los Estados Unidos de acuerdo a la evolución del sistema político internacional desde el fin de la Guerra Fría hasta la asunción de Donald Trump como presidente en 2016. La premisa básica de este artículo es que la hegemonía liberal, la cual tuvo su apogeo a principios de la década de los 90, se empieza a resquebrajar paulatinamente a partir de la primera década del siglo veintiuno, debido a los altos costos económicos y políticos que acarrea mantener la función de potencia dominante en el sistema internacional.

 

El fin de la hegemonía estadounidense está causando una profunda transformación en el orden interno de los estados y en el sistema político internacional. La aún reciente historia del siglo veintiuno anuncia que a los Estados Unidos le cuesta cada vez más ejercer una hegemonía conceptual y práctica sobre el proceso globalizador. Es cada vez más difícil para la potencia dominante ejercer el control del circuito global de producción y consumo, ya que las fuerzas económicas que engendran los procesos de interconexión del sistema global no están necesariamente guiadas por la voluntad de sostener el interés nacional de los Estados Unidos. Existe una brecha cada vez pronunciada entre la capacidad de potencias dominantes de implementar políticas tendientes a promover el interés nacional y la voluntad de las grandes corporaciones transnacionales de aumentar su utilidad económica. Los sucesos históricos acaecidos desde el fin de la Guerra Fría indican que la globalización no logró crear uniformidad en las formas de pensar y sentir de los diversos grupos culturales que habitan el planeta. Esta es, en definitiva, la razón principal por la cual el liberalismo pierde fuerza como elemento ordenador del sistema político internacional.

 

Antes que nada, hace falta indicar de manera precisa que es lo que se entiende como hegemonía liberal. Desde el fin de la Guerra Fría, el sistema globalizador estuvo marcado por la voluntad de expandir a todos los rincones de planeta valores del liberalismo clásico como la democracia y la doctrina de los derechos humanos. A su vez, estos elementos del liberalismo clásico se mezclaron con algunas tendencias neoliberales tendientes a promover los intereses corporativos que operan a nivel global. Esencialmente, el neoliberalismo comenzó a ordenar de manera cada vez pronunciada el ordenamiento económico interno de los países del Sur Global en base a políticas de ajuste estructural que fomentaran un crecimiento económico exógeno, estrechamente ligado a la interdependencia de estas naciones con la economía global. Desde la perspectiva de las relaciones internacionales, el liberalismo abogaba por un mayor grado de interdependencia y cooperación entre las naciones, basado en el librecambismo y la adopción de valores políticos y culturales comunes.

 

Para entender el origen y la evolución del liberalismo como lineamiento ordenador de las relaciones internacionales desde el fin de la Guerra Fría a nuestros días debemos fijarnos en tres hitos de gran magnitud histórica. El primer hito de la historia del siglo veintiuno es el fin de la Guerra Fría, marcado por el colapso de la Unión Soviética. La consecuencia directa de este hito histórico fue la idea de que era posible harmonizar los procesos políticos y económicos de todos los integrantes del sistema mundial. El proceso globalizador se cementaba como consecuencia de la proyección de los valores culturales de los Estados Unidos, la potencia hegemónica, sobre el resto del orbe. Esta proyección de valores respondía a la necesidad de entroncar a la globalización como fenómeno que sirviera para responder a los intereses económicos y geopolíticos de los Estados Unidos en el orden internacional. Los principios hegemónicos que se impartieron desde las postrimerías de la Guerra Fría tenían como motivo principal la imposición de un ordenamiento internacional basado en reglas de conducta comunes y en la proyección de relaciones comerciales librecambistas sobre los países que se unían a la economía global. Esta visión de las relaciones internacionales estuvo influenciada por las ideas liberales promovidas por pensadores como Immanuel Kant, quien abogaba por un sistema de estados basado en la cooperación, el fomento del comercio y el republicanismo como forma de ordenamiento político.

 

El ordenamiento internacional que surgió en las postrimerías de la Guerra Fría se consolidaba en cuanto la potencia dominante lograba detener el avance de corrientes ideológicas que puedan hacer mella en los deseos hegemónicos de los Estados Unidos, consolidando así la primacía del liberalismo económico y de la democracia liberal. Los Estados Unidos conseguían ordenar al sistema político internacional haciendo hincapié en el precedente histórico de las cuatro décadas que sucedieron al fin de la Segunda Guerra Mundial. En efecto, el auge del liberalismo a partir de la década de los 90’ siguió la línea de la política comercial trazada por los Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Luego de la contienda bélica finalizada en 1945, los Estados Unidos permitieron a los países de Europa Occidental y a Japón imponer un arancel superior a la que imponía Estados Unidos, con tal de que pudieran reconstituir sus industrias y asegurar su adhesión al campo occidental en el contexto de la Guerra Fría.

 

La prosperidad alcanzada por Europa Occidental y Japón permitía a los Estados Unidos crear centros independientes de poder económico que brindaban prosperidad a su población y de esta forma evitaban el avance del comunismo sobre las áreas del mundo que estaban bajo la influencia geopolítica estadounidense. Los Estados Unidos lograron crear un sistema de intercambio global que prevenía el establecimiento de espacios económicos autárquicos, los cuales habían originado las circunstancias que llevaron al mundo a la Segunda Guerra Mundial.

 

En las postrimerías de la Guerra Fría, la política comercial de los Estados Unidos empezó a reconfigurarse a través de la idea de que la prosperidad y dominancia geopolítica de los Estados Unidos dependía de la posibilidad de integrar la economía del país a un sistema global de producción y consumo. Esta visión informó la política exterior del presidente Richard Nixon, quien buscó un acercamiento con la Unión Soviética en materia de política exterior y con China, en el ámbito de las relaciones comerciales. En la década del 80’ China empezó a abrir su economía a la inversión extranjera. Este fenómeno sentó las bases de la descentralización de su sistema de producción global, ya que las empresas estadounidenses y europeas trasladaron su capacidad operativa a China, expandiendo así su utilidad económica y proveyendo al consumidor occidental de productos baratos. Las primeras décadas que sucedieron al fin de la Guerra Fría trajeron un una gran expansión económica y un boom del consumo en Occidente, fomentado por los productos baratos comprados a China y por una expansión crediticia que permitió a las naciones occidentales experimentar crecientes niveles de bienestar.

 

La derrota del comunismo trajo el fin de la Guerra Fría y la posibilidad de consolidar definitivamente la primacía del capitalismo en el sistema global. Este fenómeno significaba, en términos prácticos, que las cuestiones económicas tendrían primacía por sobre las políticas. En términos prácticos, esto significaba que el ordenamiento político de las naciones estaba dirigido a crear la posibilidad de altos niveles de consumo para la población y utilidades económicas cada vez mas mayores para los intereses corporativos de alcance global. A partir de ese momento, se empiezan a erosionar las diferencias ideológicas entre la “derecha” y la “izquierda,” ya que ambas corrientes aceptaron la necesidad de acatar los designios economicistas del sistema globalizador. Para ello, había que reducir la independencia del estadio-nación y potenciar la influencia de organizaciones supranacionales que pudieran implantar un proceso de homogeneización en temas económicos. A su vez, la Guerra del Golfo (1990-1991) tuvo la particularidad de imponer la idea de que la soberanía es un concepto que no puede ser entendido de manera absoluta. La invasión a Kuwait por parte de Irak consolidó la idea de que la paz mundial solo podía ser garantizada a través de la propagación de normas de convivencia instaladas a nivel global. La intervención de la comunidad internacional a invasión de Kuwait por parte de Irak también puso de manifiesto los peligros que podía conllevar una posición revisionista por parte de potencias de mediano rango. Saddam Hussein buscaba reivindicar la supremacía de Irak en el Medio Oriente y “revisar,” de esta forma, las bases del ordenamiento político y económico impuesto por los Estados Unidos y las potencias occidentales en esa región.

 

A su vez, la propagación de normas de convivencia global, aplicadas manu militare a través del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y las medidas de harmonización emanadas del proceso globalizador también dependían de la capacidad de los Estados Unidos y sus aliados de ejercer la fuerza de manera efectiva. Desde esta perspectiva, se entendían las razones por la cuales los Estados Unidos y sus aliados comenzaron a intervenir asiduamente en la resolución de conflictos a nivel global, como es el caso de Irlanda del Norte, ex Yugoslavia y el Medio Oriente. Para lograr este objetivo, desde la década de los 90’ se avanzó hacia un concepto de intervención tendiente a homologar patrones de conducta que reduzcan el espectro de conflicto en el sistema internacional, aun cuando esto conllevaba la posibilidad de intervenir militarmente en naciones soberanas.

 

El concepto de soberanía establecido desde el fin de la Guerra Fría también estuvo dirigido a reducir las externalidades negativas producidas por conflictos internos y la errática administración económica por parte de los países periféricos, a través de las medidas de ajuste estructural promovidas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Los estados que no estuvieran en condiciones de auto-administrarse de manera efectiva y que no pudieran ejercer un control efectivo sobre el territorio nacional serían considerados como “estados fallidos” (failed states) y por lo tanto sujetos a ser intervenidos militarmente por la comunidad internacional. Esta es la visión derivada del segundo hito importante del ordenamiento internacional que sucedió al Fin de la Guerra Fría: la Guerra contra el Terrorismo. La amenaza del terrorismo islamista hizo que se vea a los “estados fallidos” como posibles desestabilizadores del sistema global, debido a su posible colaboración con grupos terroristas. Esa es la razón por la cual los Estados Unidos y sus aliados ejercieron la intervención militar en países como Afganistán (2001), acusado de albergar terroristas pertenecientes a Al-Qaeda e Irak (2003), al cual Estados Unidos acusaba de poseer armas de destrucción masiva.

 

El periodo de “hegemonía liberal” de las dos primeras décadas que sucedieron al fin de a Guerra Fría le dio a los Estados Unidos la posibilidad de usar su poder militar y geopolítico para reconfigurar al mundo de acuerdo a sus preferencias geopolíticas. El concepto de “hegemonía liberal” se sustenta en la idea de que, a nivel doméstico, los estados deben regirse de acuerdo a principios políticos liberales, como la democracia, el estado de derecho (rule of law) y el respeto por los derechos humanos. A nivel internacional, el orden liberal se caracteriza por la apertura económica (bajas barreras al comercio internacional y fomento de la inversión extranjera) y un esquema de relaciones interestatales reguladas por instituciones supranacionales como la Organización Mundial del Comercio (OMC).

 

La hegemonía liberal de los Estados Unidos se empieza a resquebrajar como consecuencia de la Gran Crisis Financiera de 2008-2009. Este tercer hito del ordenamiento internacional que sucedió al fin de la Guerra Fría, erosionó el prestigio al sistema capitalista estadounidense, además de originar una merma en los niveles de vida de los habitantes de ese país y de la mayoría de las naciones occidentales. Aquí se produce un fenómeno importante: el ocaso de la hegemonía liberal, el cual abre una nueva etapa en el orden internacional. El concepto de hegemonía liberal fue usado por las administraciones de Bill Clinton y George W. Bush para mantener la posición de superioridad de los Estados Unidos en el sistema político internacional.

 

El concepto de hegemonía liberal se basaba fundamentalmente en una idea bastante optimista acerca de la capacidad de los Estados Unidos de poder reconfigurar el funcionamiento interno de otras sociedades y una subestimación de la capacidad de los actores mas débiles del orden internacional de repeler los objetivos estratégicos estadounidenses. De alguna forma, las administraciones de George W. Bush y Bill Clinton operaban bajo la premisa de que era posible expandir valores políticos y económicos que reconciliaran a los intereses de los Estados Unidos con los de la comunidad internacional toda.

 

El proceso de difusión tecnológica y la liberalización del comercio, además del intervencionismo militar, hizo mella en la capacidad de los Estados Unidos de mantener la supremacía del orden internacional. La liberalización del comercio benefició a los intereses corporativos mucho mas que a la ciudadanía, la cual se vio perjudicada por la descentralización del sistema de producción global. La orientación de la política exterior de los Estados Unidos comienza a cambiar debido a factores ligados a la merma en la calidad de vida de la población estadounidense luego de la Gran Crisis Financiera de 2008-2009, el ascenso geoeconómico y geopolítico de China y la creciente autosuficiencia de los Estados Unidos en materia energética, lo cual permite el abaratamiento de costos y la repatriación de cadenas de producción y consumo.

 

El reacomodamiento del sistema internacional nos está llevando a un esquema de relaciones internacionales de suma cero. Desde esta perspectiva realista de las relaciones internacionales, un beneficio obtenido por un actor del sistema internacional siempre ocasiona una perdida para otro actor. Esto lleva a las grandes potencias a maximizar su posición relativa dentro del orden internacional de manera continua. Esto se contrapone a la corriente liberal, la cual ve en la cooperación política y económica entre las naciones un instrumento para moderar el espectro de conflicto. No hacerlo significa perder pisada con respecto a posibles competidores. El ocaso de la hegemonía liberal está íntimamente ligado a la voluntad de asegurar la dominancia de los Estados Unidos, gravemente amenazada por una creciente multipolaridad que proviene del ascenso de competidores económicos de gran importancia como China. Esto implica un parcial declive de una política exterior globalista y la relevancia creciente de principios de corte realista en política exterior, tendientes a maximizar el interés nacional sin la necesidad de abogar por un proceso de harmonización en temas políticos y económicos. Bajo la administración del presidente Donald Trump, los Estados Unidos se enfrentan a la contra-hegemonía china, sustentada en una política comercial neo-mercantilista. La administración de Donald Trump busca reinstaurar el sistema de librecambio desde una perspectiva centrada en repatriar las cadenas de producción a los Estados Unidos e imponer una política librecambista (en la medida que estas promuevan al interés nacional estadounidense) a las regiones del mundo donde opera una orientación mercantilista, como China y, en menor medida, la Unión Europea, la cual impone ciertas restricciones al librecambio indiscriminado.

 

Para conseguir este objetivo, se abandona la idea de instigar un acercamiento geopolítico hacia China. También se impone a los aliados europeos la idea de hacerse cargo de los costos de mantener su seguridad con una contribución mayor al presupuesto de la OTAN, cosa de poder fomentar una revisión de la política de librecambio restringido en el espacio económico europeo. El auge de la hegemonía liberal coincidió con una sensación de optimismo causada por la idea del triunfo del liberalismo como base ideológica para la construcción del orden internacional que sucedió al fin de la Guerra Fría. El triunfo de la concepción racionalista en las relaciones internacionales implicaba la imposición de un contrato social que regulara no solo la interacción entre los estados sino también el orden interno de los países que se unían al sistema global, asegurándose que estos se ordenaran internamente a partir de valores como la democracia, el estado de derecho y la doctrina de los derechos humanos. La nueva formulación del sistema internacional se caracteriza por un ascenso en el nivel de conflicto entre Estados Unidos y sus competidores comerciales y geopolíticos y un marcado descenso en el proceso de homogeneización política y social a nivel global. En efecto, una de las manifestaciones del ocaso de la hegemonía liberal es la aplicación de la regla citada por Joseph de Maistre, a propósito de los designios progresistas de la Revolución Francesa: “nunca se debe preguntar cual es el mejor gobierno pues no existe uno que convenga a todos los pueblos. Cada nación tiene el suyo, del mismo modo que tiene su lengua y carácter, y ese gobierno es el mejor para ella”. Los sucesos ocurridos desde el inicio de la Guerra contra el Terrorismo implican que la imposición de un modelo homogeneizador motorizado por la fuerza militar tiene consecuencias negativas para la propia potencia que lo propicia. El ocaso de la hegemonía liberal de los Estados Unidos responde a la necesidad de recobrar la personalidad política del país, la cual se basa en un sentido de “excepcionalismo” con respecto a otras naciones de Occidente. En el actual contexto internacional, el “Excepcionalismo Estadounidense” busca influenciar al sistema político internacional a través de la confrontación con las naciones que cierran sus puertas al librecambismo indiscriminado, como China y los países del espacio económico europeo. Los Estados Unidos se ven como una nación moralmente superior a los países de Europa. Este sentido de superioridad moral es un factor fundamental para entender porque los Estados Unidos han sido propensos a utilizar la fuerza para protegerse de ideologías y practicas que amenazan su posición hegemónica.

 

La viabilidad de la hegemonía liberal es resultado inmediato de la incapacidad del sistema capitalista de proveer una mejoría económica sostenida para todos los sectores de la población. Además, la Gran Crisis Financiera de 2008-2009 mostró de manera evidente la viabilidad del sistema de producción que prevalece en países como China, que posee un sistema político autoritario y un sistema económico mercantilista que logra dar respuesta a las aspiraciones de movilidad social de su población. Esta alternativa ideológica al sistema capitalista estadounidense tiene consecuencias geopolíticas de gran importancia. El ascenso de China es evidencia de los beneficios que tiene su sistema económico. El ascenso de China da también lugar a la posibilidad de que otros países adopten ese sistema, lo cual reduciría el espectro de hegemonía de los Estados Unidos en el sistema político internacional. El ocaso de la hegemonía liberal no implica un renunciamiento a las aspiraciones globales de los Estados Unidos. Mas bien, este fenómeno debe ser visto como una refundación de los lineamientos que guían la voluntad de dominancia de los Estados Unidos en el sistema global. Se quiere, a través de la coerción política y económica, pasar de un sistema normativo multilateral a otro que sea ordenado bilateralmente a través de un sistema de incentivos, castigos y recompensas. Los Estados Unidos comienzan a abandonar parcialmente el multilateralismo ya que este deja de influir positivamente en la capacidad de la potencia hegemónica de poder dictar los lineamientos del orden global.

 

Esta perspectiva de conflicto nos hace pensar en una alineación del orden internacional mucho más anárquica y, por lo tanto, mucho mas propensa a ser influenciado por conductas jerarquizantes. Desde la perspectiva de las relaciones internacionales, se deduce que el sistema de estados es “anárquico” porque no existe un ente capaz de implementar todas las normas del derecho internacional en todo momento y en todo lugar. Los regímenes internacionales establecidos luego del fin de la Guerra Fría lograron morigerar la posibilidad de conflicto entre las naciones en base a una expansión de normas de conducta común. En el actual contexto, se nota que las naciones preponderantes manifiestan una voluntad cada vez mayor de deshacerse de los compromisos políticos que provienen del acatamiento a las normas del derecho internacional.

 

La historia, en definitiva, refleja un orden jerárquico en el cual unas pocas naciones mandan y la mayoría obedecen. Además, si bien la era de la globalización produjo progreso material, este no logró ser distribuido equitativamente. El ocaso del orden liberal tiene como resultado inmediato el fin de la idea de un progreso material lineal que pueda abarcar a grandes esferas de la sociedad y a todos los países del orbe de manera igualitaria. La democratización de las economías de Occidente, el cual tuvo lugar luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, ha tocado techo. Los nuevos procesos de producción, los cuales no requieren una gran cantidad de trabajadores, son incompatibles con la idea de sistemas políticos que puedan crear los mecanismos para llevar progreso material a las masas. El proceso de destrucción creativa que es parte intrínseca del capitalismo moderno crea también un sentido de impermanencia que impide la construcción de un contrato social de larga duración y que pueda abarcar a las mayorías. En efecto, la implementación de las nuevas tecnologías en el proceso de producción tiene como resultado inmediato la merma en la calidad de vida de vastos sectores de la población, debido a la necesidad cada vez menor de incorporar trabajadores a la economía.

 

La idea de progreso material que reguló las relaciones sociales de Occidente luego del fin de la Guerra Fría estuvo informada por un sentido de optimismo promovido por un aparato cultural que difundía permanentemente a través del cine, el arte y la música, la idea de una democratización del bienestar. Desde los centros de producción de sentido, se promovía la idea de que el individuo debía atender no solo a sus necesidades materiales básicas, sino también a sus deseos. Este sentido de optimismo panglosiano sentó las bases de los graves problemas económicos que desencadenarían en la Gran Crisis Financiera de 2008-2009, además de la fragmentación que aqueja a la estructura social de los países occidentales.

 

Tanto el sistema político como la cultura popular estableció la idea de que todos los individuos están en condiciones, si así se lo proponen, de obtener un nivel de progreso material cada vez mas elevado. El ocaso de la hegemonía liberal es un momento de revelación: habrá progreso material, pero no será para todos. La productividad esta cada vez menos ligada al empleo de personas físicas, sino a la creciente digitalización de la economía y a permanente introducción de formas mas efectivas de producción y consumo. La pandemia global del COVID-19 es, en este sentido, un importante acelerador de estos cambios en el proceso económico.

 

El sentido de obsolescencia y fluidez generado por el sistema capitalista post-moderno no puede llevar bienestar a todos. El hiper-individualismo devenido de la idea del consumo ilimitado de bienes termina debilitando al tejido social y creando importantes grietas ideológicas entre los diversos sectores de la población. El ascenso de potencias revisionistas como Rusia y China, las cuales son vistas como ejemplos elocuentes de los beneficios que trae el respeto por las formas tradicionales de organización económica y social es otro elemento que augura el fin del orden liberal tal cual lo conocemos. Kant habla de la necesidad de que las naciones puedan ser mancomunadas a través de reglas de convivencia que puedan traer prosperidad a todos los individuaos. Esta visión prolija y lineal de la historia ha informado al sistema político internacional creado luego del fin de la Guerra Fría. En efecto, el sentido de sociabilidad entre los pueblos y la idea de una mancomunidad mundial esta profundamente influenciada por la noción de que es posible gestionar las inclinaciones naturales del individuo de forma ordenada y racional. En la visión liberal, hay una tendencia a ver a la historia como un proceso que permite resolver los problemas que afectan al orden interno y a las relaciones interestatales. Los acontecimientos que actualmente informan al sistema político internacional parecen no darle la razón a la visión liberal. La recurrencia del conflicto, sumado al progreso político y económico desigual entre las naciones, hacen que vuelva a relucir una idea menos optimista de la historia.

 

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