Guzmán, Moscardó, Franco y Rojo: rimas y leyendas sobre el Alcázar de Toledo

Francisco Gama @fcogama

 

Con la notable excepción de los duques de Alba y los de Medinaceli, apenas ningún linaje español puede compararse con la casa de Medina Sidonia en lo que a títulos e historia se refiere. Aun cuando los ricos apellidos de su actual duque ‒Leoncio Alonso González de Gregorio y Álvarez de Toledo‒ no lo evidencien, las muchas fincas y grandezas habían recaído hasta finales del s. XVIII en la familia de los Guzmanes, siendo su fundador el noble bajomedieval Alonso Pérez de Guzmán, más conocido como “Guzmán el Bueno”.

 

De entre las distintas hazañas bélicas que protagonizó, el imaginario popular ha recordado con especial viveza la ocurrida en 1294. Por aquel entonces, el rey Sancho IV de Castilla le había confiado la defensa de Tarifa del ataque que su propio hermano, el infante don Juan, y sus aliados musulmanes estaban llevando a cabo. Dice la leyenda que, tras meses de asaltos fallidos, el infante apresó al hijo de Don Alonso amenazándole con matarle si no rendía la fortaleza. ¿Su respuesta? Arrojar un puñal desde lo alto de los muros pues “más quiero honra sin hijo, que hijo sin honra” según versa un antiguo romance (Segura, 2014:30). Seis siglos más tarde, el mito se repetiría.

 

Como es sabido, el alzamiento militar del 18 de julio de 1936 fracasa como golpe de Estado: más de la mitad del territorio nacional y muchas capitales (como Madrid o Barcelona) no se suman a los sublevados y/o los combate con éxito. En Toledo, el oficial de mayor rango, el coronel Moscardó, se suma a la rebelión tres días después del golpe, proclamando el Estado de guerra en la provincia y adueñándose de la ciudad momentáneamente hasta el día 22 de julio, cuando la columna miliciana del General Riquelme, llegada de Madrid, le obliga a retirarse al Alcázar, sede de la Academia Militar que dirigía de ordinario. El repliegue ha sido ordenado y le ha permitido transportar bastantes reservas de munición y vivieras. Bajo sus órdenes se encuentran unos 100 oficiales, 800 guardias civiles, 150 soldados, unos pocos cadetes y familiares y alrededor de 200 falangistas voluntarios, así como otros tantos civiles tomados como rehenes (Reig, 1998:121). Estando estos acastillados y rodeados, los atacantes, quienes tenían como rehén al hijo de Moscardó, telefonean a este para intentar negociar una rendición, aparentemente llegando a poner a su hijo al teléfono.  

 

Existen diversas versiones sobre qué se dijeron padre e hijo, siendo la más conocida y divulgada por la propaganda franquista aquella según la cual ni uno ni otro titubearon, seguros de que no podían ceder al chantaje rojo: “encomiéndate a Dios, da un grito de ¡Viva España! y muere como un patriota” habría dicho el militar a su hijo Luis. Naturalmente, no son pocos quienes han ofrecido buenas razones para dudar de la llamada y, principalmente, del grandilocuente contenido. Es más, sabemos con bastante certeza que el hijo de Moscardó no moriría entonces, ni mucho menos que su padre oiría la descarga de fusiles con el auricular aún en mano, como también se divulgó. El joven sería conducido a la prisión de Toledo para ser asesinado un mes después del supuesto incidente en una de las diversas “sacas” realizadas durante el cerco en respuesta a un bombardeo nacional sobre la ciudad (Reig, 1998). Hubiera o no conversación, o fuera esta como fuera, compartimos con Jackson (2015:292), que: “[L]a verdad en este caso es menos importante que su significado simbólico. En la guerra civil española hubo padres en ambos bandos que habrían hecho lo mismo que el coronel Moscadó afirmó que había hecho; y hubo hijos que habrían muerto de buena gana después de tal mandamiento de sus padres”.

 

Un significado simbólico que, efectivamente, la propaganda del futuro régimen captó y explotó con ahínco de manera casi inmediata. A lo dicho sobre la conversación telefónica se sumaron diversas mentiras como que los asaltantes eran 25.000 fieras marxistas (sic) –cuando eran unos 2.320 milicianos‒ o que la defensa la lideraron jóvenes cadetes –más bien 800 guardias civiles, hechos y derechos‒ olvidando además que los rebeldes también sufrieron deserciones y tomaron rehenes con los que defenderse (Reig, 1998: 127). Sin embargo, es indudable que el nuevo orden: “Construyó un héroe poco molesto que en absoluto podía hacer sombra a la estrella fulgurante del momento, Franco; […] revivió la leyenda, tan cara a un régimen parco en ideas, del numantismo como expresión de la sempiterna resistencia nacional; se benefició de un largo legado histórico sobre sus espaldas susceptible de desencadenar los espejismos ‘históricos’ franquistas (el Cid, Carlos V, Felipe II, y así sucesivamente) y, para colmo de glorias, consumó el primer gran éxito simbólico de la guerra civil” (Sánchez‒Biosca, 2009: 146‒147). Y la guinda inmejorable, el paralelismo entre Moscardó y la leyenda de Guzmán pues como aquel guerrero de la Reconquista –i.e. de otra Cruzada contra otros infieles‒ prefirió ver morir a su hijo antes que rendir la plaza a los enemigos de España y de la fe verdadera.

 

Como con los poetas de antaño que inmortalizaran la leyenda de Guzmán, los mitógrafos patrioteros del bando vencedor se esforzaron por recrear lo sucedido en toda clase de formatos y soportes. De hecho, el impacto de lo sucedido también se dejó sentir en el extranjero, pues un año después de acabada la guerra, el italiano Augusto Genina dirigiría “L'assedio dell'Alcazar”, donde plasmaría esta visión enaltecedora. En España el filme sería traducido como “Sin novedad en Alcázar” el lacónico parte con el que un escuálido y barbudo Moscardó habría recibido el 27 de septiembre a su liberador el General Varela. Como es natural, las simpatías de las películas estaban claras. Sin embargo, había un personaje del bando republicano que salía retratado con dignidad: Vicente Rojo. Cerebro militar de la República, antiguo profesor en el Alcázar, conservador, católico, crítico con el Frente Popular y unánimemente respetado en ambos bandos, visitaría la fortaleza el 9 de septiembre. Su objetivo era parlamentar otra vez con Moscardó con la intención desesperanzada de salvar a los rehenes y propiciar el mejor resultado posible para los que, en muchos casos, eran sus amigos y antiguos compañeros de armas. Como era esperable, la oferta de garantizar la vida a todos los sitiados y someter a un tribunal popular a los mandos sería rechazada. Moscardó se limitaría a solicitarle el envío de un sacerdote que les confesara y dijera misa (Preston, 2020: 143‒144). Según algunas fuentes, el futuro general republicano saldría del edificio muy emocionado, deseando buena suerte a los defensores y lanzando un ‘¡Viva España!’. De acuerdo con las notas personales que se conservan en el Archivo Histórico Nacional, el valenciano reconocería “que había tenido un conflicto de conciencia la noche anterior y este conflicto se reprodujo durante su gestión, ya que eran muchos y muy hondos los sentimientos que le ligaban a aquella institución y muy pocos y muy débiles los que había dejado al otro lado de la puerta de entrada. A pesar de estos sentimientos, Rojo permaneció fiel a su juramento de fidelidad a la República (Campanario, 2009:7)”.

 

Como en cualquier guerra podemos reconocer el valor y el tesón de los combatientes expuestos a situaciones límites, con independencia del bando en que pelearan o les tocara pelear y al servicio de los fines a los que acabaran contribuyendo. Con todo, hoy sabemos que lo sucedido en aquellos meses de verano en la “ciudad imperial” no merece ser ensalzado. La ocupación de Toledo (y la posterior represión) por parte de las tropas nacionales fue especialmente violenta, llegando a fusilar a los heridos en el Hospital Tavera sobre sus propias camas y a sacar diversas mujeres de la Maternidad para dirigirlas y matarlas en el cementerio. (Reig, 1998: 119‒120). Durante el primer día en que las columnas africanas asaltaron la ciudad no se dejó entrar a la prensa, pero por el testimonio de varios corresponsales extranjeros que accedieron en los días sucesivos parece claro que se vivió un verdadero baño de sangre, con milicianos decapitados por las calles y personas suicidándose para no ser capturadas (Preston, 2020:146). 

 

Es más, la misma decisión de ir a liberar el Alcázar ha servido a diversos historiadores para argumentar que Franco alargó deliberadamente la guerra por motivos políticos. De una parte, por la irrelevancia militar de ese objetivo comparativamente muy menor cuando implicaba retrasar el ataque sobre Madrid. Un tiempo que, además de permitir una mejor preparación al desorganizado Ejército popular, permitió la llegada de las Brigadas Internacionales y el material soviético a la capital y, posteriormente, la columna de Durruti. Así, Reig (1998:126) sostiene que Franco se percató tempranamente del impacto propagandístico que la liberación podía tener y que con ella sumaba más puntos a su candidatura por el mando único de los sublevados, algo que por entonces aún se discutía. De hecho, este modus operandi por el que se procura no ceder ni dar por perdido ningún trozo de tierra tan característico de los militares africanistas se repetiría posteriormente en las ofensivas de Teruel y Belchite, donde se acudiría en socorro de camaradas en apuros en detrimento de la estrategia más amplia y del consejo de diversos generales muy próximos a Franco. En este sentido, Ángel Viñas ha defendido que: “Alargar la guerra proporcionó a Franco la posibilidad de destruir el corazón de la resistencia republicana. Un Ejército Popular rápidamente vencido hubiese dejado una pequeña situación de riesgo. Un riesgo mínimo que, ciertamente, Franco no quería correr”. Una tesis que el profano encuentra muy plausible cuando reparamos en la carta que el futuro Caudillo envió al entonces embajador italiano Roberto Cantalupo, el 4 de abril de 1937: 

 

Debemos llevar a cabo la tarea necesariamente lenta de redención y pacificación, sin la cual la ocupación militar será larga y difícil porque en España las raíces del anarquismo son antiguas y profundas […] Ocuparé España villa tras villa, pueblo tras pueblo, ferrocarril tras ferrocarril… Nada me hará abandonar este programa gradual. Me dará menos gloria, pero mayor paz interior. Siendo así, la Guerra Civil aún podría durar otro año, dos, quizá tres. Querido embajador, puedo asegurarle que no me interesa el territorio, sino los habitantes. La reconquista del territorio es el medio, la redención de los habitantes, el fin. […] No tomaré la capital ni una hora antes de lo necesario: primero debo tener la certeza de poder fundar un régimen” (Citado en Preston, 2020: 286‒ 287).

 

Dicho esto, lo cierto es que se trata de una interpretación muy controvertida que otros tantos expertos en historia militar han criticado. Tal es el caso, por ejemplo, de Jorge M. Reverte que en obras como "De Madrid al Ebro. Las grandes batallas de la Guerra Civil” (ed. Galaxia Gutemberg, 2016)  ha señalado las diversas ocasiones en que Franco, lejos de retrasar nada, intentó tomar Madrid sin éxito. En esta misma línea, y en relación a la carta mencionada, preguntamos a David Alegre para quien del estudio de los archivos del propio Estado Mayor franquista se desprende que lo que el Generalísimo pretendía era enmascarar las enormes dificultades que una guerra moderna conlleva:

 

Cuando Franco está reconociendo delante del embajador italiano que no le interesa llevar a cabo una guerra corta, que quiere una guerra larga para poder purgar a conciencia el territorio, lo que está es justificado es su propia incapacidad militar para conquistar Madrid después de haberlo intentado una y otra vez durante casi medio año, ojo. Es así de claro: estaba justificando esa incapacidad ante unos aliados ante los cuales quiere y necesita mostrarse fuerte. Es una manera, también, de marcar territorio, de marcar su propia autoridad, de construir su propia imagen de hombre fuerte, de hombre inflexible, de hombre con una estrategia clara cuando lo que está haciendo en realidad es responder a las circunstancias, como lo está haciendo de hecho el gobierno republicano. Franco, además, lo que está haciendo aquí es responder ante unos italianos que consideran que es inútil militarmente, una cosa que en las fuentes italianas se ve de manera constante también. Mussolini se habría tirado de los pelos si hubiera tenido” .

 

Es de esperar que, con los años y a medida que las viejas pasiones vayan decayendo, la investigación hará aflorar poco a poco la verdad histórica, separando lo mitológico de lo real. Hay una leyenda a la que, sin embargo, no nos importa contribuir: como decíamos, los vínculos de Rojo con el Alcázar de Toledo eran muchos, puesto que había estudiado y enseñado en su Academia durante años. Afortunadamente, Moscardó tuvo la cortesía de, concluidas las negociaciones, permitirle saludar a la tropa. Entre los sitiados el futuro general valenciano encontró a Emiliano Alemán, con quien en la década previa había mantenido una estrecha relación de amistad. Sabemos que pudieron hablar brevemente y que este le rogó que, tras regresar a Madrid, se encargara de proteger a su familia de la terrible represión frentepopulista que, como se vería después, se daría en la capital española. Rojo cumplió su promesa: “Localizó a la esposa y las hijas del capitán Alamán y les brindó refugio en su propio domicilio, situado, irónicamente, en el número 50 de [la calle] Guzmán el Bueno” (Preston, 2020:144).

 

-CAMPANARIO, Juan Miguel. (2009), "El personaje del General republicano Vicente Rojo en dos películas inspiradas por los vencedores de la Guerra Civil: 'Sin novedad en el Alcázar' y 'Raza'". Área abierta, n.22. AA2.0903.114.

 

-JACKSON, Gabriel. (1965), "The Spanish Republic and the Civil War", citada por su segunda reimpresión en español bajo el título "La República española y la Guerra civil" (2015, ed. Booket). 

 

-PRESTO, Paul. (1986), "The Spanish Civil War. Reaction, Revolution and Revenge", citada por su quinta reimpresión en español bajo el título "La Guerra Civil española" (2020, ed. Debolsillo).

 

-REIG TAPIAL, Alberto. (1998), "El asedio del Alcázar: mito y símbolo político del franquismo". Revista de Estudios Políticos. n.101. 


-SEGURA GONZÁLEZ, Wenceslao. (2014), "La Gesta de Guzmán el Bueno en la Literatura". Aljaranda, [S.l.], n. 14. 

 

-SÁNCHEZ-BIOSCA, Vicente. (2009). "Imagen, lugar de memoria y mito. En torno al Alcázar de Toledo" Espacio, Tiempo y Forma, serie V, Historia Contemporánea, t.21. 

 

-VIÑAS, Angel. (2018) "La Guerra lenta de Franco" partes I-X disponibles en su blog: http://www.angelvinas.es/

 

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