El capitalismo y el trabajo infantil

18/06/2020

 

Desde siempre se ha criticado al capitalismo desde múltiples aspectos, algunas de estas críticas están más que justificadas, otras no tanto, y otras críticas directamente rozan lo absurdo. Una vez que se comprobó que el capitalismo y la creación de riqueza no sólo no hacía aumentar el número de pobres sino que sacaba cada vez a más y más gente de la pobreza, incorporando a esta gente al proceso productivo de cooperación social y a la división del trabajo, y que al mismo tiempo que la población mundial crecía más rápidamente que nunca el número de pobres seguía en descenso, es cuando las críticas otrora centradas en los resultados del capitalismo empezaron a centrarse con mucha más fuerza en cuestiones tales como la contaminación o la forma en que afecta a las relaciones sociales. De hecho, uno de los mejores halagos que desde la izquierda mundial y desde aquellos contrarios al capitalismo en general se puede hacer al capitalismo, y de hecho lo hacen, es el de centrar sus agendas políticas más en la “desigualdad” que en la “pobreza”.

 

Dicho esto, aún hay quienes siguen creyendo que el capitalismo ha aumentado el número de pobres o que dependiendo de dónde coloquemos el nivel de umbral de la pobreza, el capitalismo ha incrementado el número de pobres. Sin embargo, la realidad es que definamos como definamos la pobreza extrema, esta desciende desde 1990 (y desde mucho antes). Como se puede observar en el artículo enlazado, si ponemos el umbral de la pobreza extrema en los 3’2 dólares diarios, la tasa de pobreza extrema pasaría del 55’1% en 1990 al 26’2% en 2015, o si la colocamos en los 5’5 dólares diarios, la tasa de pobreza extrema pasaría del 67% en 1990 hasta el 46% en 2015. Todo esto en apenas 25 años. Esta reducción de la pobreza no quiere decir que todo esté perfecto, al contrario, aun queda mucho por hacer. Pero así como no hemos de caer en la complacencia tampoco debemos incurrir en el pesimismo extremo.

 

En este artículo me centrarme en una de estas críticas morales a las que hacía referencia y una cuestión que, por desgracia, sigue vigente: el trabajo infantil. ¿Cómo se ha visto afectada por el libre mercado?

 

Como sabemos, el trabajo infantil aún existe en países en vías de desarrollo como la India o Bangladesh (entre otros), datos claramente lamentables. Sin embargo, cuando hablamos del trabajo infantil a día de hoy no debemos caer en la simpleza, preguntándonos cuál es su causa real. Es innegable que a lo largo de toda la historia de la humanidad el trabajo infantil ha sido una constante, tanto antes de la Revolución Industrial como después (aunque en menor medida). La razón principal es que los padres necesitaban ayuda de los hijos para poder sacar la familia adelante. Tanto en el campo como en las fábricas, el trabajo infantil era necesario para la supervivencia de las familias.

 

Sin tener que irnos a la India o a muchos siglos atras, podemos comprobar mismamente como en la “España Franquista” eran muchos los niños que, en aquellas zonas más agrícolas, abandonaban el colegio a muy temprana edad para ayudar a sus familias en las labores del campo. Justamente una de las razones por las que se tenía tantos hijos era para que ayudaran a la familia a conseguir los ingresos necesarios para la subsistencia de la misma. En España ya habían existido leyes contra el trabajo infantil, pero fue en 1944 cuando se estableció la prohibición de los menores de 14 años al trabajo, algo que si bien se materializó por la vía legal, en absoluto llegó a materializarse en la práctica. Por tanto, por mucho que existan leyes que prohíban una determinada cuestión, si no se dan las condiciones materiales necesarias para que esa cuestión no se produzca (trabajo infantil) no se llegará a hacer efectiva dicha ley.

 

¿Qué condiciones se tenían que dar y que hoy se dan? La condición que hoy se da, y que a lo largo de toda la historia no se dio hasta la irrupción de la Revolución Industrial, no es otra que el gran incremento de la productividad en el trabajo. Gracias a este incremento bestial en la productividad, hemos pasado de tener una renta per cápita a nivel mundial de 1.130 dólares al año (1820) a tener una de 12.400 dólares anuales (2010). Un dato al que aún hay que sumar el hecho de que la población mundial se ha multiplicado por 7 desde entonces, pasando de algo más de 1.000 millones de personas en el año 1820 hasta los casi 7.000 millones del año 2010; hoy en día somos casi 8.000 millones de personas en el planeta.

 

Este gran incremento de la productividad que ha hecho que con muchas menos horas de trabajo consigamos muchos más beneficios. Por ejemplo, tal y como explica Matt Ridley The Rational Optimist: How Prosperity Evolves, en en el año 1800, un trabajador promedio tenía que trabajar 6 horas para poder permitirse una hora de luz, en cambio en el año 2011 sólo se necesitaba de 0’5 segundos de trabajo para obtener ese mismo bien. Pues bien, es gracias a este aumento constante de la productividad lo que ha permitido que el trabajo infantil no sea necesario y sea repudiado (y con razón) en todos aquellos países desarrollados. Más aún, difícilmente se entendería la abolición del trabajo infantil en países como España, Reino Unido, Estados Unidos, Francia, Alemania, etc, sin el gran incremento de la productividad que se ha producido en los últimos 200 años. Obviamente el incremento de la productividad no ha sido el único factor que ha provocado que el trabajo infantil no se produzca en estos países, pero sí ha sido el factor clave.

 

En esta línea, es importante valorar otra cuestión que no parecen tener en cuenta aquellos que quieren abolir el trabajo infantil en aquellos países donde aún existe: ¿Qué harían esos niños en el caso de no poder trabajar? ¿Irían a la escuela y se graduarían en la Universidad? ¿O más bien aquellas familias verían como se dificultan sus vidas al impedir a los niños ayudar a la subsistencia de dicha familia? Que el trabajo infantil es una cuestión que nos conmociona a todos es un hecho, y todos queremos que deje de producirse, ¿pero cuál es la alternativa? Álvaro Martín, colaborador de la revista, expuso brillantemente como la inversión extranjera acompañada de transferencias de conocimiento tenían un claro impacto sobre la productividad de estos países. En consecuencia, esta podría ser una alternativa que, de implementarse correctamente, conseguiría que cada vez sea menos necesario el trabajo infantil en aquellos países emergentes. En cambio, y por mucho que sentimentalmente nos parezca deseable, lo que no es una alternativa eficaz es la prohibición mediante la ley sin que ello lleve aparejado un aumento de la productividad, porque ya hemos comprobado que por mucho que se prohíba una determinada acción si no se dan las condiciones necesarias para que no se lleve a cabo no será más que papel mojado. Similarmente, también es importante reforzar la cooperación entre países para poder intercambiar el saber hacer (know-how) a fin de que estos pudieran crear y establecer sus propios modelos productivos sin necesidad de depender tanto de la inversión extranjera.

 

En definitiva, si de verdad queremos acabar con el trabajo infantil, y creo que es algo con lo que todo el mundo estará de acuerdo, hemos de conseguir que aquellos países donde aún se da esta circunstancia consigan incrementar su productividad, consigan generar valor, consigan desarrollarse, y en definitiva, que consigan salir de la situación de pobreza que aún arrastran pues solo así se conseguirá que el trabajo infantil sea innecesario.

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