La batalla de Teruel. Guerra total en España: Charla con David Alegre

 

Hoy entrevistamos a David Alegre Lorenz, Doctor Europeo en Historia Comparada Política y Social por la Universidad Autónoma de Barcelona, en relación con su obra: La Batalla de Teruel: Guerra total en España (ed. La Esfera de los Libros, 2018).

 

 

-En el texto se repite en diversas ocasiones que la superioridad material, moral y de recursos humanos, acabó decantando, junto con otros factores, la batalla a favor del bando sublevado. ¿Fue esta superioridad de los rebeldes una constante desde el inicio del golpe de Estado?

 

Esta primera pregunta es muy pertinente y hay que tener en cuenta varias cuestiones para contestarla. Es cierto que las zonas que pasaron a control de los sublevados en un primer momento durante las primeras semanas de julio, así como las zonas que estarán bajo su control durante el verano y el otoño de 1936, son las menos pobladas y menos ricas del país. Es decir, las zonas industriales y demográficamente más densas estaban en manos de la República o de los diferentes entes y poderes que son afines a ella. Y esto es importantísimo, porque en un primer momento la República cuenta con una superioridad en este sentido. Lo que pasa es que por diversas razones no es capaz o no está en condiciones de poder explotar y hacer efectiva esa superioridad, algo que también hay que tener muy en cuenta. ¿Por qué? Porque hay una serie de cuestiones que también hay que considerar: desde el primer momento la República tiene muchísimos problemas para conseguir apoyo en el extranjero. Esto es un factor limitante crucial. Por contra, lo que ocurre en el bando sublevado es que desde el primer momento las gestiones para conseguir el apoyo de Italia y Alemania tienen éxito, y eso es lo que permite, por ejemplo, salvar el bloqueo del Estrecho, controlado por la flota republicana. Es decir, sin los aviones de transporte alemanes Junker-52, y sin el apoyo aéreo de los bombarderos alemanes e italianos o las maniobras de entorpecimiento llevadas a cabo por la marina de guerra alemana desplegada en la zona, habría sido imposible que el ejército colonial radicado en el Protectorado de Marruecos, la única fuerza profesional de todo el ejército español, hubiera traspasado el Estrecho y hubiera podido llegar a la península para condicionar los equilibrios que había en aquel momento. Esto es crucial. Así pues, a nivel de recursos humanos sí, las fuerzas sublevadas son superiores desde el primer momento: rápidamente cuentan con una aviación moderna gracias a los cazas y bombarderos italianos que ya operan desde finales de julio en España, apoyando sus esfuerzos de guerra en los teatros centrales de la guerra en aquel momento, y además cuentan con el ejército profesional, con casi toda la columna vertebral de todo el ejército colonial español.

 

A nivel moral hay otra cuestión fundamental, y con esto cerraremos un poco la pregunta, y es que las dificultades de la República para conseguir apoyo exterior, apoyo material por ejemplo de Francia o de Gran Bretaña, tienen mucho que ver con el impacto que tiene la violencia en su retaguardia y la gestión que se hace de esta. Me refiero al impacto y gestión de la violencia en cada bando, y a la manera en la que se da a conocer y se divulga a nivel internacional. Es decir, el bando sublevado cuenta con toda la red de apoyos del lobby católico en países importantísimos a nivel internacional, como Estados Unidos, sin ir más lejos, Francia, obviamente, e incluso Gran Bretaña, sobre todo por el peso de los tories en la política del país. Es decir, esta red de instituciones de la Iglesia católica en Occidente es fundamental a la hora de desprestigiar, deslegitimar, criticar y poner sobre la mesa el peligro que representaría para la civilización occidental una eventual victoria del bando republicano, que se asocia directamente con un triunfo de Moscú, de la Unión Soviética en este caso. Esto es algo que a menudo olvidamos y que constatamos de manera muy evidente haciendo un seguimiento de las hojas parroquiales, memorias o diarios de católicos de toda Europa en dicho periodo, donde queda claro cómo afectó y politizó a las comunidades católicas de toda Europa el modo en que se les explicó lo que estaba ocurriendo en España. Pero repito, esto trasciende con mucho a los sectores puramente católicos y tiene un impacto sobre el espacio aún más amplio del anticomunismo y la contrarrevolución en Occidente. La construcción ideológica de los republicanos como extranjeros o extranjerizados, como fuerzas mediatizadas por intereses extranjeros, es una maniobra de deslegitimización que resulta muy efectiva desde el primer momento entre las redes de apoyo internacionales con las que cuenta el bando sublevado, pero ya no solo en lo que llamamos Occidente, sino en toda Latinoamérica hay una campaña potentísima en contra de la República que se conoce cada vez bastante mejor. O sea, esa violencia revolucionaria de primera hora con un fuerte componente sacrofóbico, es decir, dirigido contra la Iglesia, los religiosos y la gente afín a ellos en las primeras semanas del verano y otoño de 1936, es amplificada, convertida en relatos prefabricados, simplificados, consumibles y movilizadores. En este sentido, digo que es de algún modo tratada políticamente en pos de unos objetivos políticos, pero por supuesto sobre la base de que existió y afectó a varias decenas de miles de personas, unas 38.000 en aquellas primeras semanas, algo que es bien conocido hoy gracias a buenísimos estudios de gente como José Luis Ledesma, Fernando del Rey en su reciente trabajo con Galaxia Gutenberg o Assumpta Castillo en algún estudio más parcial. Quiero decir con esto pues que se trata de una violencia tipificada, como suele pasar con todas las violencias políticas, y que fue divulgada y dada a conocer generando un gran escándalo entre los sectores contrarrevolucionarios y conservadores de todo Occidente.

 

Todo esto que vengo señalando es muy importante tenerlo en cuenta, porque la violencia sublevada, aun cuando tuvo un eco importante entre las clases populares organizadas en movimientos y sindicados obreros en todo el mundo, a nivel global –siendo la mejor muestra de ello la creación, organización y envío de las Brigadas Internacionales, como muestra de solidaridad de todos estos movimientos– no tuvo la misma capacidad de incidencia. Sencillamente las clases populares, exceptuando a la Unión Soviética, que era un estado obrero, no tenían ni el poder para ser decisivas desde el extranjero ni la capacidad de incidir sobre las decisiones de sus gobiernos para decantar la balanza en favor de la República y de lo que necesitaba en aquel momento, que era apoyo material y una campaña decidida de condena contra los rebeldes. Porque de hecho el bando gubernamental necesitaba también apoyo humano y moral, sí, pero sobre todo apoyo material, que es lo que más escaseó y que es algo que la República consiguió tan solo a través de la URSS, como bien sabemos, y a través del paraguas del servicio diplomático mexicano. México era un país que no tenía industria armamentística, pero sí que puso a disposición de las autoridades republicanas toda su red diplomática para la compra indirecta – es decir, la compra a través de México – de ayuda militar y material para la República a terceros países, fundamentalmente para salvar las restricciones impuestas por el Comité de No Intervención o la reticencia a negociar abiertamente con ella dado el peaje que podía suponer en cada país a nivel de política doméstica. A través de esa “trampa”, por decirlo de alguna manera, la República consiguió nutrirse en buena medida de las cosas que necesitaba para armar un ejército de masas.

 

Así pues, es un tema muy complejo, pero la conclusión es que sí: la superioridad de los rebeldes en todos estos ámbitos fue una constante prácticamente desde el inicio, a pesar de que los sublevados dominaron en los primeros compases del conflicto las zonas más pobres del país.

 

 

-Lo que sin duda sí fue una constante en la batalla de Teruel fue el frío siberiano. ¿Cómo se explica que una ofensiva tan importante se ejecutara en unas condiciones climáticas extremas aparentemente tan perjudiciales para la logística de cualquier ofensiva?

 

El frío fue un elemento muy importante, y el hecho de que se optara por lanzar la ofensiva en pleno invierno tenía que ver en primera instancia con la urgencia de desviar la atención del Ejército sublevado de sus preparativos para la toma de Madrid. Eso, ante todo, es un hecho contingente marcado por la urgencia de las circunstancias, y luego obviamente está el factor sorpresa. Es decir, era difícil esperar una ofensiva en una zona aislada como aquella, con una orografía extrema, con un clima muy complicado como era el de Teruel en aquella época –y como lo sigue siendo hoy en día, aunque ni ha habido nunca más un invierno como aquel ni hace tanto frío ya como solía hace unos años–, de hecho la idea era conseguir un golpe de efecto relativamente fácil, aunque después resultó no serlo. Así pues, como digo, era un lugar propicio para intentar dar un golpe de efecto y la prueba es que se consiguió. A partir de aquí la República pudo poner en marcha campañas propagandísticas de las que estaba muy necesitada tras el fracaso en la campaña del norte, sobre todo para dar eco a su victoria y para darle una relevancia que en realidad no tenía. No obstante, en aquel momento la publicitó como un motivo de alegría o de esperanza de que la guerra de alguna manera aún pudiera revertirse en favor de los intereses de la República. Entonces, sí, son condiciones extremas con las que se contó de manera consciente y que comportaron un grandísimo sufrimiento para los combatientes, porque ni el ejército que puso en marcha la ofensiva, en este caso el Popular o republicano, estaba preparado para responder a las exigencias de una batalla en el marco de una guerra total, es decir, con un ejército de masas desplegado en una zona con unas comunicaciones prácticamente inexistentes y con medios insuficientes para equipar y abastecer a la tropa de manera efectiva. Tampoco estaba preparado el ejército que tuvo que responder a la ofensiva, en este caso el sublevado. En este sentido, si entramos en discusiones morales tiene más delito que las autoridades republicanas enviaran a sus hombres a morir a un escenario tan atroz, aunque ya se sabe que en una guerra total como aquella si por algo se caracteriza es porque todo vale. Similar en el caso del bando sublevado y su estado mayor, que envió a sus tropas a un escenario irrelevante a luchar una batalla que se podía haber evitado sin mayor problema: para ellos no planteaba ningún problema a nivel estratégico perder la capital del Aragón meridional, porque desde allí el ejército republicano no podía amenazar ninguna posición sensible.

 

Se ha de añadir que el hecho de combatir en invierno es un rasgo muy específico de las guerras de la contemporaneidad. No es exclusivo de ellas, pero a nivel generalizado sí, quizás los únicos casos que me vienen a la cabeza en la historia militar occidental sean la derrota de la Orden Teutónica en el Lago Peipus en 1242, la Batalla de Bogesund del año 1520, el sitio de Copenhague por los suecos en 1658 o algunos embates importantes de la Gran Guerra del Norte a principios del siglo XVIII. Las guerras anteriores a esa centuria se acababan en el otoño, cuando se volvía a casa, y las campañas volvían a empezar en la primavera. En el Imperio Romano existía toda una ritualística de renovación de los ciclos naturales asociada a la guerra, todo estaba controlado por unos tiempos: comenzamos en primavera, marchamos, volvemos en otoño y en invierno no se combatía. Siempre hay excepciones para todo, pero es en la contemporaneidad, precisamente por las posibilidades que ofrecen la tecnología, las comunicaciones, etc., cuando se hace posible mantener los combates en marcha durante el invierno. Algo que había sido imposible o mucho más difícil hasta entonces por todos los problemas de equipamiento, de medios, de abastecimiento y demás que comportan las limitaciones que pesan sobre la guerra o el modo de hacer la guerra en los períodos previos a la contemporaneidad. Y repito, las consecuencias que tiene hacer la guerra en invierno está clarísimo lo desastrosas que son, siempre implica un complejo cálculo de costes-beneficios, y cuando un estado-mayor y/o gobierno pone en marcha operaciones de este calado debe tener muy buenas razones para ello, en el caso de la República la desesperación por la necesidad de dar un golpe sobre la mesa. Tenemos ejemplos a lo largo de toda la contemporaneidad, desde la Grande Armée de Napoleón en Rusia, hasta los alemanes en la propia Rusia otra vez ciento treinta años después, hasta el siguiente que se anime a invadir Rusia de nuevo y sea tan estúpido como para hacerlo (risas).

 

 

-En este sentido, al lector se le podría despertar el interrogante de por qué el mando republicano decide apostar por una ofensiva sobre Teruel si, por un lado, la moral en el Ejército Popular se encontraba baja desde la caída de Gijón y, por otro lado, la caída de Madrid hubiera sido poco más que un “varapalo simbólico” para los republicanos e incluso un alivio logístico para el Ejército Popular (p. 144). ¿Qué hizo al Ejército Popular decidirse a lanzar esta importante ofensiva sobre Teruel y no sobre cualquier otro frente?

 

 

Esta pregunta se responde un poco en base a cosas que hemos visto en la pregunta anterior. El hecho de que se llevara a cabo una ofensiva se explica primero de todo precisamente por el decaimiento de la moral a causa del fracaso en la campaña del norte, y después porque Teruel ofrecía ventajas frente a otros posibles planes que no se acabaron ejecutando. Lo inesperado de una ofensiva allí –aunque en el lado sublevado se sabía que algo iba a pasar: cuando se quieren escuchar los rumores en la guerra siempre se tiene información de lo que va a pasar, el problema es descartar entre los muchos rumores que hay y que vienen de todos los lados, algo crucial en toda guerra–, así como el hecho de que las fuerzas que guarnecían el frente en el lado sublevado eran muy limitadas y estaban pobremente equipadas, sin contar con apoyo de aviación ni armamento pesado de ningún tipo, contribuyeron a que se optara por operar en Teruel. Era una buena ocasión para dar un mazazo, un golpe sobre la mesa, la República necesitaba demostrar ante el mundo que había conseguido crear un ejército moderno y disciplinado capaz de lanzar operaciones ofensivas exitosas. Obviamente, como se plantea en la pregunta, la caída de Madrid hubiera sido en aquel momento más algo simbólico que otra cosa, incluso un alivio, porque es lo que comentábamos un poco, y que es una constante de las guerras en la historia: los grandes núcleos urbanos son los escenarios que plantean un reto mayor en el marco de los conflictos. Esto es así desde el inicio de los tiempos, porque hay que alimentarlos en el caso de que se conquisten, y eso explica que tantas veces en la historia se haya optado por su exterminio puro y simple, más que ciertas explicaciones ceñidas únicamente a la supuesta barbarie de los agresores, pero también porque conquistarlos puede ser causa de sonados fracasos militares y de altísimas bajas, etc. Podemos remontarnos a la época de Gengis Khan y los métodos de guerra mongoles –que fueron muy perfeccionados en el caso del asedio a ciudades– hasta llegar a los combates por Bagdad en las situaciones de mayor inestabilidad que ha vivido la ocupación estadounidense de Irak. Es muy complicado controlar un entorno urbano: las bajas que sufrió el Ejército Rojo en las grandes campañas del 1944–45 para la toma de algunas ciudades alemanas como Königsberg o Berlín son un ejemplo perfecto de ello, tal y como ha recogido Desperta Ferro en su último número, que recomiendo leer a este respecto.

 

Sobre todo, se optó por Teruel porque en un primer momento era menos ambicioso que otros planes, como el plan para cortar la zona sublevada en Extremadura. Ofrecía más garantías, estaba más cerca de zonas logísticamente bien comunicadas y bien pobladas; es decir, más cerca de Cataluña y del País Valenciano, por lo que ofrecía ventajas en este sentido: buenas comunicaciones o cercanía a estas, proximidad a los núcleos de poder y por tanto mejor control de la toma de decisiones, más facilidades para concentrar y movilizar a las tropas a pesar de las dificultades del escenario por estar junto a las zonas demográficamente más pobladas, y además un enemigo que era débil en aquellas zonas y que parecía fácil de batir.

 

 

-Uno de los factores que pareció contribuir definitivamente a la victoria sublevada en la batalla fue la apabullante superioridad aérea de este bando (p. 314), lo que parece ser una prueba de la importancia del apoyo internacional durante la batalla. ¿Cuán decisivo fue este apoyo? ¿Supuso la batalla algún cambio en la actitud de las democracias occidentales –Francia y Reino Unido, esencialmente– respecto a la política de no intervención?

 

En esta pregunta hay que matizar alguna cosa importante: es verdad que las victorias del bando sublevado se explican bastante por la superioridad aérea, entre muchas otras cosas, de la cual disfruta desde el descalabro republicano en la batalla del Jarama, de febrero del 1937, que es cuando decae lo que hasta entonces había sido una superioridad aérea republicana bastante incontestable para no volver nunca más. No obstante, en la Batalla de Teruel el primer éxito republicano precisamente se explica o tiene mucho que ver con el hecho de que las bases aéreas de una y otra flota aérea, es decir, de la republicana y de la sublevada, están en zonas muy diferentes. Es decir, los republicanos pueden volar porque despegan desde los aeródromos del País Valenciano, en zonas con muchísimas horas de sol durante todo el año, como ocurrió de hecho en aquellas semanas de la batalla. Y, en cambio, los aeródromos sublevados están en zonas de niebla casi perpetua durante el invierno, en este caso en el Valle del Jiloca, aunque lo mismo hubiera sido si hubieran despegado desde el Valle del Ebro o desde otros emplazamientos de retaguardia controlados por los sublevados. Sí que es cierto que, en algunos momentos puntuales de la batalla, algunos decisivos, como la toma de los Altos de Celadas y el Muletón, dos posiciones estratégicas claves en el norte de la ciudad que estaban controladas por los republicanos, el apoyo aéreo fue decisivo, y sobre todo el despliegue artillero masivo, con hasta quinientos cañones apuntando sobre un área reducidísima y machacando a las tropas republicanas desplegadas allí hasta volverlas literalmente locas.

 

Entonces, sí, claro, el apoyo internacional es decisivo en la Batalla de Teruel cuando se puede poner en liza; es decir, el apoyo material, tanto de la aviación, en este caso italiana –con la Aviazione Legionaria– y alemana – con la Legión Condor–, como también en forma de cañones. Por ejemplo, una parte muy sustancial de la artillería que utilizaba el bando sublevado era italiana o alemana, como los míticos cañones aéreos de 88mm que protegían los principales nudos logísticos del Ejército sublevado en la retaguardia turolense, como en Cella o en Santa Eulalia, pues fueron decisivos a la hora de disuadir a la aviación republicana de adentrarse en la retaguardia enemiga. Además, el bando sublevado disfrutaba de un armamento mucho más homogéneo que la República. Esto es una cosa que no hay que olvidar: a nivel logístico la República tenía armas de múltiples procedencias por la forma en que las compraba, que ya la hemos explicado un poco; una de las maneras era a través del paraguas diplomático mexicano, lo que hacía que acabara comprando armas a Checoslovaquia y a muchos otros países, incluso a la propia Alemania a través de circuitos comerciales e intermediarios indirectos. Claro, almacenar, distribuir de manera efectiva calibres muy diferentes para armas muy distintas no es que sea complicado, es que es una auténtica locura, mucho más difícil que hacerlo para unas armas homogéneas como las que tenía el ejército rebelde; por eso los ejércitos intentan tener un arsenal más o menos muy homogéneo, para evitar estos problemas de distribución del armamento y asignación de la munición destinada a este, pero también para los propios recambios y demás, porque las armas se desgastan por el uso y van a parar a los talleres, y la capacidad para recuperarlas importa tanto o más que fabricar nuevas. Así pues, hablamos de cuestiones que a menudo quedan fuera del foco pero que son muy importantes.

 

¿Que si la batalla supuso algún cambio en la actitud de las democracias occidentales? Desde las instancias gubernamentales se esperaba que fuera así, en favor de la República. Lo que se esperaba de la Batalla de Teruel era demostrar al mundo, a las democracias, que la República había conseguido organizar ese ejército profesional, bien comandado, bien encuadrado, bien disciplinado, capaz de ser un eventual aliado en una posible conflagración europea –una nueva conflagración que ya se presentía en el horizonte–, pero los resultados fueron escasos en este sentido. Sí que encontramos en estas semanas artículos de militares donde se reconocía el gran mérito de la República para conseguir crear un ejército moderno casi desde la nada, hasta el punto de poder considerarse como una suerte de aliado potencial en una eventual guerra europea, pero no tuvo más recorrido más allá de las columnas de la prensa general y especializada. Por todo lo que comento también, y por el impacto tan negativo que había tenido en las primeras semanas del verano, se intentó controlar muchísimo la violencia durante la ocupación de Teruel. Se escoltó y protegió a los religiosos y autoridades de la ciudad en la evacuación, con sumo cuidado y mucho interés para evitar posibles excesos, aunque sí que hubo ejecuciones extrajudiciales en las columnas de evacuación de la población civil de la ciudad por razones diversas, como las hay en cualquier ocupación militar, por desgracia.

 

En conclusión, no, no hubo un cambio esencial en la actitud de las democracias occidentales, sencillamente expectación a la espera de cómo evolucionaran los acontecimientos.

 

Soldados republicanos avazando por las calles de Teruel. Fuente: Wikipedia

 

-En la obra se hace referencia a la escasez de mandos intermedios en ambos bandos –especialmente en el republicano– durante toda la guerra en general, y durante la Batalla de Teruel en particular. A este respecto, nos gustaría hacerle dos preguntas. Por un lado, ¿se puede afirmar que los mandos intermedios son la pieza más sensible dentro del engranaje de la guerra total? Por otro lado, ¿qué explica que el Ejército Popular tuviera tantos problemas durante toda la guerra para formar a estos mandos intermedios?

 

Los mandos intermedios son la columna vertebral de cualquier ejército: sea en la era de la guerra total, en Roma, en las formaciones de la Falange macedonia o en cualquier fuerza militar con cierto grado de desarrollo y organización. Obviamente, los modos de hacer la guerra cambian, y los grandes generales pasan a la retaguardia en la contemporaneidad. Ya en la Edad Moderna, durante los siglos XVI, XVII y XVIII, los líderes de los ejércitos pasan a una posición más de observación y de dirección de las tropas desde atrás, moviéndose por el campo de batalla dando órdenes, por eso al final la gente que está comandando las unidades sobre el terreno es tan básica. Porque esta es la gente que se encarga de motivar, es la gente que se encarga de mantener las filas apretadas y de leer las dificultades de cada momento, así como de analizar y decidir las posibles formas de superarlas. El oficial intermedio, el mando intermedio o el oficial de campo es una figura clave. Quiero decir, son los nervios de cualquier ejército, son los que tienen que interpretar una realidad cambiante sobre el terreno y llevar a cabo con éxito los planes diseñados en los despachos, y eso hace que su contribución sea decisiva, su preparación es fundamental, así como su capacidad para leer todo tipo de casuísticas diferentes. Por ejemplo, los ángulos de fuego de una ametralladora, los embudos y obstáculos que se pueden utilizar para superar un escollo, el tipo de maniobras que hacen falta para conquistar una posición complicada. Es decir, son gente que están tomando decisiones de manera constante en el fragor de los combates y fuera de ellos, manteniendo la disciplina y la moral de sus hombres en el día a día, y que tienen bajo su responsabilidad la vida y el bienestar de sus subordinados o el éxito de las batallas. Entonces sí: son decisivos.

 

En la guerra total sobre todo lo son aún más -y esto que diré es paradójico, ya que se produce en un momento de expansión de los estados burocráticos, en un momento quizás de estrechamiento como nunca antes del control estatal en muchos sentidos-, por lo que la guerra total comporta, por la gran dispersión, por lo masiva que es y por la multitud de escenarios en los que tiene lugar. Hace falta que los hombres sean más capaces de tomar decisiones sobre el terreno, que tengan una mayor autonomía, porque es mucho más complicado controlar todo lo que está pasando de manera constante y simultánea, a pesar de las mejoras en materia de comunicación con la llegada de la radio. Entonces, se depende mucho de estos mandos intermedios. No digamos ya cuando se pone en marcha un combate o una batalla. Entonces todo depende de la capacidad de decidir y de los criterios de estos hombres sobre el terreno, que hacen que pueda variar mucho la batalla, ya que un ejército no es una maquinaria perfecta ni muchísimo menos. Responde precisamente a la capacidad de estos hombres para tomar decisiones en situaciones muy diferentes y muy complejas, de motivar a sus subordinados para resistir o atacar, a veces incluso cuando puede parecer imposible, o de su capacidad para decidir en ciertas ocasiones que algunas de las órdenes recibidas son irrealizables, algo que ocurre pero que siempre es muy complejo dentro de una estructura tan jerarquizada y autoritaria como es la de un ejército.

 

El hecho de que el Ejército Popular tuviera tantos problemas para formar mandos intermedios se explica de manera muy sencilla. Básicamente, como ya se ha explicado antes, la mayor parte del ejército profesional se sublevó en contra de la República, a pesar de que quedaron algunos mandos intermedios y oficiales que apoyaron al lado gubernamental, entre ellos el propio Vicente Rojo. Al tener a los oficiales profesionales en contra, obviamente la capacidad formativa que tenía la República era reducida por la imposibilidad de poner profesionales en número suficiente dentro de las academias capaces de formar a otros mandos intermedios capaces, algo que no se daba de forma tan evidente en el caso del bando sublevado, que tuvo dos veces más capacidad formativa que el republicano. Es cierto que los rebeldes continuaron teniendo muchas dificultades para formar mandos intermedios, porque igualmente eran gente haciendo una guerra moderna con armamento muy avanzado pero con conocimientos tácticos y estratégicos anticuados. Por eso siempre se decía de los alféreces provisionales –esta figura, valga la redundancia, provisional, que se creó como mando intermedio provisional en una situación de necesidad en el marco de la expansión del ejercito como fuerza de masas para responder a una guerra larga y total– que junto con el uniforme les daban el ataúd, ya que eran gente con formaciones muy precarias –no hay que olvidarlo jamás, tanto en un bando como en el otro– que se enfrentaban a retos para los cuales no tenían los conocimientos necesarios y que por tanto aprendían sobre la marcha, ya en el mismo escenario de los hechos, a menudo con consecuencias fatales. Esto explica también los altos números de bajas, por ejemplo en el caso del bando republicano, que nunca se recuperó de las fuertes pérdidas que sufrió en materia de mandos intermedios durante la Batalla de Teruel, después de haberlos formado con tanto esfuerzo a lo largo del año 1937. Fundamentalmente, las pérdidas fueron terribles porque los retos que afrontaron fueron grandísimos y porque la Batalla de Teruel fue de una dureza extrema en todos los sentidos. Todo esto hay que tenerlo en consideración, creo, y es importante. Ambos bandos carecían de los conocimientos tácticos y estratégicos para poder enfrentarse a los retos del armamento moderno, a batallas que cobran vida con dimensiones que no se habían visto nunca en la experiencia del ejército español. Luego está el problema, una vez más, de los recursos humanos militares, profesionales, muy inferiores en el caso de la República.

 

 

-En más de un momento se narran episodios de tensiones y disputas por motivos políticos en el seno del Ejército Popular . ¿Hasta qué punto las diferencias políticas dentro del Ejército Popular mermaron su eficacia durante la batalla?

 

Las diferencias políticas dentro de cualquier ejército siempre son un problema cuando están muy marcadas, siempre merman su eficacia en combate. En el caso de la Batalla de Teruel tengo unos cuantos casos documentados en los cuales las diferencias políticas determinaron la no-distribución de suministros militares a ciertas unidades, a veces en momentos y lugares cruciales para el mantenimiento de la resistencia en combate, sobre todo en los compases finales de la batalla. Claro, tampoco hay que olvidar que las diferencias políticas cuando mejor afloran es en las situaciones de crisis, y la República y el Ejército Popular vivieron en crisis permanente prácticamente desde mediados de enero de 1938 hasta el final de la batalla a finales de febrero. Entonces, sí, fue un factor importante, y como ya lo estaba comentando las diferencias afloran mejor en momentos de crisis, y volverían a aflorar más adelante en múltiples ocasiones hasta el final de la guerra. Además, estas diferencias se pueden transpolar de alguna manera también al ámbito de la política, de las autoridades republicanas, donde los criterios sobre cómo conducir la guerra eran distintos. Había gente partidaria de buscar la paz o un armisticio con Franco, alguna fórmula para salir de la guerra y preservar lo máximo posible del sistema republicano, y otros, que fueron los que se impusieron –con Negrín a la cabeza–, partidarios de mantener el esfuerzo de guerra a toda costa para conseguir que la Guerra Civil entrara dentro de un escenario de guerra europea donde las potencias democráticas europeas acabaran apoyando a la República.

 

Estas cuestiones son muy importantes, efectivamente, y afectaron a la República, obviamente, aunque también es fundamental tener en cuenta que las diferencias existieron en los dos bandos. Lo que pasa es que, como digo, y lo vuelvo a recalcar porque es muy importante, las diferencias de toda índole son más llevaderas cuando se está ganando que cuando se está perdiendo, y lo que no sabemos –y esto es hacer historia contrafáctica, pero vale la pena– es qué habría pasado si el Bando Sublevado no hubiera tenido a su favor el curso de la guerra, tal y como ejemplo le pasó al bando blanco en la guerra civil rusa de los años 1918-1922, donde sí afloraron las diferencias de forma muy clara y con graves consecuencias para su desempeño cuando las cosas les empezaron a ir mal. También es cierto que en el bando sublevado el aglutinante era un ejército y una cultura militar que no existía o desde luego no era tan marcada en el otro bando, y que favoreció de alguna manera la amalgama entre los rebeldes, hay que tenerlo en cuenta. La cultura militar basada sobre todo en el pragmatismo o en el imperativo militar –es decir, hay que ganar la guerra a toda costa, y esto tiene que ser lo que prime sobre cualquier otra cosa– ayudó en muy buena medida a que el esfuerzo de guerra franquista fuera seguramente más efectivo desde el principio hasta el final, porque el Ejército sublevado, también el republicano, pero el sublevado de manera muy clara, se preocupó de crear un ejército efectivo para ganar la guerra, y no tanto un ejército ideologizado. El tener un ejército ideologizado se consideraba que tenía que ser un correlato o un resultado de, pero no lo más necesario o lo más importante a nivel central. Lo primero era ganar la guerra, y si mientras ganamos la guerra conseguimos captar adeptos para el proyecto del nuevo estado pues fantástico, pero ante todo ganar la guerra.

 

Tanque republicano T-26 durante la Batalla de Teruel. Fuente: Wikipedia

 

 

-En relación con la historia de Ángel Sánchez Batea, quien fuera presidente de la Casa del Pueblo turolense y concejal socialista, explica que este, junto con otros compañeros, “había[n] intentado hacerse con armas para parar el golpe, tal como habían hecho las fuerzas de izquierda en otros lugares de España” (p. 53) ¿Tan evidente era para la opinión pública que se iba a producir una sublevación militar en el verano de 1936 que ya algunos agricultores y obreros de izquierda se decidieron a acumular armamento? Si era así, ¿cuáles eran los principales indicios y cómo se explica que hubiera sectores gubernamentales a los que la sublevación cogiera confiados o desprevenidos, como fue el caso del presidente del consejo de ministros en el momento de la sublevación, Santiago Casares Quiroga?

 

Creo que aquí hay un equívoco. No tengo ahora fresco en la cabeza el fragmento del libro en el que se habla de ello, pero lo que quiero decir con el caso de Ángel Sánchez Batea es que se solicitó armas a las autoridades civiles. No estoy diciendo otra cosa. No estoy diciendo que se quisieran hacer o se hicieran con armas previamente al golpe, sino una vez ya se ha producido. Esto es un matiz importante que se dio en todas las ciudades de España y en muchos lugares del país, en los que una vez se declara el golpe de Estado las clases populares organizadas en sindicatos y partidos acuden a las autoridades civiles para exigir armas con las que combatir y parar a los militares y a los civiles golpistas. Pasó en todos los lugares, en los que triunfó el golpe y en los que no, y es muy importante tenerlo en cuenta. En los que no por razones obvias, porque si no, de no haber existido resistencia, el golpe habría triunfado, es así de sencillo. Y es importante recuperar la parte de resistencia que hubo en los lugares donde el golpe sí triunfó desde el principio, también para romper viejos mitos, como la idea de que Navarra o Galicia son zonas monolíticamente partidarias del golpe –'franquistas' en un primer momento no se puede decir, porque Franco es nombrado jefe del Estado el 1 de octubre de 1936, y es a partir de ahí cuando podemos hablar de fuerzas franquistas, pero a lo que me refiero es al mito de que estas zonas estuvieran en bloque a favor de los sublevados desde el principio. No: Galicia, Navarra y otras regiones, por ejemplo de Castilla la Vieja se opusieron al golpe en prácticamente todas las capitales. Hubo episodios de enfrentamientos, combates, escaramuzas… algunas con más, otras con menos éxito. Dependiendo, obviamente, del grado de movilización de las clases populares y de la capacidad de resistencia que tuvieron por las armas de las que disponían.

 

Había muchos indicios de que se estaba preparando un golpe; quiero decir, estas cosas se saben porque siempre hay filtraciones cuando alguien toma la decisión de rebelarse contra el Estado. La información corre y muchas veces cae en manos de quien no tiene que caer de acuerdo con los intereses de los que preparan la sublevación… el problema, como siempre y una vez más, está en cribar entre los muchos rumores que hay: en qué momento se producirá, quién estará o dejará de estar, etcétera. Las informaciones son muy variadas, muy diferentes y decidir cuáles son las buenas –o si son buenas, directamente– es muy complicado. No obstante, todo el mundo estaba prevenido de que iba a haber un golpe. Quizás lo que se esperaba era que no iba a ser tan generalizado, o que iba a ser una intentona estilo la de Sanjurjo en 1932, fácilmente controlable por parte del Estado. Yo creo que la confianza de gente como Santiago Casares Quiroga responde más a una lectura excesivamente optimista sobre la capacidad del Estado para controlar ese golpe de Estado que todo el mundo sabe que se va a producir, porque está en marcha. Es un error de cálculo, más bien, que son cosas que pasan muchas veces, y que creo que es la clave para entender un poco el momento.

 

 

-Como se recoge en el libro, es una tesis extendida que el general Franco alargó de forma deliberada la guerra para poder “propiciar una limpieza político–social” (p. 60). Prueba de ello serían, de acuerdo con esta tesis, las operaciones de escaso o nulo valor estratégico, pero de gran importancia política o propagandística, como la famosa liberación del Alcázar de Toledo, entre otras. Algunos historiadores parecen apoyar o sostener esta tesis. Por ejemplo, Paul Preston, en su obra (De Bolsillo, 2017), sostiene que la intención de Franco con este tipo de actuaciones era “aplastar por completo al Ejército republicano, lo cual, junto con la represión en las zonas conquistadas, tenía por objeto echar los cimientos de una dictadura duradera” (p. 286). Como prueba de este punto, Preston cita la explicación que el propio Franco ofreció al respecto al embajador de Mussolini, Roberto Cantalupo, el 4 de abril de 1937 (que reproducimos parcialmente a continuación):

 

Debemos llevar a cabo la tarea necesariamente lenta de redención y pacificación, sin la cual la ocupación militar será larga y difícil porque en España las raíces del anarquismo son antiguas y profundas […] Ocuparé España villa tras villa, pueblo tras pueblo, ferrocarril tras ferrocarril… Nada me hará abandonar este programa gradual. Me dará menos gloria, pero mayor paz interior. Siendo así, la Guerra Civil aún podría durar otro año, dos, quizá tres. Querido embajador, puedo asegurarle que no me interesa el territorio, sino los habitantes. La reconquista del territorio es el medio, la redención de los habitantes, el fin. No puedo acortar la guerra ni siquiera en un día… Incluso podría ser peligroso para mí llegar a Madrid por medio de una elegante operación militar. No tomaré la capital ni una hora antes de lo necesario: primero debo tener la certeza de poder fundar un régimen” (págs. 286 y 287).

 

Sin embargo, usted sostiene en el libro que “no tiene fundamento la idea de que Franco alargara la guerra de forma deliberada para propiciar una limpieza político – social” (p. 60).

 

Quizás sea esta la “gran pregunta” de la entrevista, ya que es una de las cosas que más estamos trabajando estos últimos años junto a mi colega Miguel Alonso, con el cual ahora tenemos en marcha un proyecto editorial para un futuro libro, una futura historia social de la Guerra Civil española, llevando un poco el espíritu de La Batalla de Teruel al conjunto del conflicto. Esta cuestión será una de las cosas que más nos ocupará en ese futuro libro que saldrá de aquí a un par de años.

 

Está bien planteada la contrapregunta con la tesis de Preston, que obviamente es a quien más dirigimos esta crítica, así como la explicación ofrecida por Franco a Roberto Cantalupo. Primero de todo, vamos a las cosas concretas: nosotros hemos trabajado a fondo en los archivos militares. Lo que me conduce a sostener esta tesis es que la documentación militar generada por el Cuartel General del Generalísimo, es decir, por el Estado Mayor de las fuerzas sublevadas, indica de manera muy clara esto: planes militares buscando una salida al conflicto para conseguir acabar con la guerra lo antes posible. ¿Por qué? Porque igual que conquistar un país progresivamente puede tener algunas ventajas, la devastación que se genera en una guerra larga hace que sea mucho más complicado gestionar el futuro, lo dice la pura lógica. Esto, reitero, está apoyado por documentación militar que Paul Preston no ha estudiado nunca. Paul Preston se dedica a hacer lo que ha hecho mucha gente que ha trabajado sobre la guerra civil española, que ha recurrido exclusivamente a las fuentes diplomáticas o a fuentes discursivas del ámbito de la política, etc.

 

Entonces, ¿cómo entendemos estas fuentes? Claro, si se entienden de manera acrítica, como ocurre con este testimonio concreto en el caso de Preston, lo que nos encontramos es que damos por bueno lo que dice Franco aquí y ya está, cuando hay muchísimas capas tras una confesión como esta. Cuando Franco está reconociendo delante del embajador italiano que no le interesa llevar a cabo una guerra corta, que quiere una guerra larga para poder purgar a conciencia el territorio, lo que está es justificado es su propia incapacidad militar para conquistar Madrid después de haberlo intentado una y otra vez durante casi medio año, ojo. Es así de claro: estaba justificando esa incapacidad ante unos aliados ante los cuales quiere y necesita mostrarse fuerte. Es una manera, también, de marcar territorio, de marcar su propia autoridad, de construir su propia imagen de hombre fuerte, de hombre inflexible, de hombre con una estrategia clara cuando lo que está haciendo en realidad es responder a las circunstancias, como lo está haciendo de hecho el gobierno republicano. Franco, además, lo que está haciendo aquí es responder ante unos italianos que consideran que es inútil militarmente, una cosa que en las fuentes italianas se ve de manera constante también. Mussolini se habría tirado de los pelos si hubiera tenido. Este se desesperaba ante la lentitud del ejército franquista en la consecución de avances positivos para la conclusión de la guerra. No obstante, lo cierto es que la toma de Madrid no era una operación sencilla, y el fracaso del ejército sublevado no se debió tanto a la inutilidad de sus mandos como a la dificultad de una batalla como esta donde el otro también toma parte, no lo olvidemos. En este sentido, Franco no acababa la guerra antes porque no tenía la capacidad operativa para ello, sus conocimientos táctico-estratégicos eran muy reducidos como para poder acabar con éxito de manera rápida una guerra que devino total y ultramoderna en sus medios, por el tipo de armamento que se empleó en ella y por los dos ejércitos de masas que se pusieron en liza. Los conocimientos militares de Franco no eran los de un militar avanzado, eran los de un militar formado en una guerra colonial, que era la exigencia a la que se había tenido que enfrentar el ejército español, muy diferente por tanto. Una guerra colonial es un tipo de guerra irregular, en general mucho más dispersa en el tiempo, mucho más sucia, mucho más complicada en algunos aspectos, pero muy diferente también, porque es una guerra de “golpea y huye”, de utilizar el terror con fines militares y de operar en espacios con escasos núcleos urbanos de pequeño tamaño. En general es además una guerra de pequeños avances, una guerra lenta y tortuosa por la capacidad del enemigo para mimetizarse con el terreno. Por eso, contra un enemigo frágil y mal organizado como eran las fuerzas leales desplegadas o formadas en la mitad sur de la península en el verano-otoño de 1936 y en un territorio muy abierto como era aquel, el ejército sublevado tuvo tanto éxito. Otra cosa era conseguir un éxito fulminante sobre Madrid, con una resistencia republicana mucho mejor organizada y con medios más avanzados, pero también los conocimientos que tenía el propio Franco y la mayor parte de sus general y oficiales. Así pues, Franco de alguna manera lo que está haciendo aquí es justificarse ante Roberto Cantalupo por el fracaso de sus propias fuerzas en el intento por conquistar Madrid y justificando que la guerra de momento se alargará , una cuestión que no era menor si pensamos que precisaba de un apoyo firme y sostenido de sus aliados. Hay que analizar las cosas de manera crítica y no se puede tomar un testimonio por bueno sin análisis crítico, es así de sencillo.

 

Creo que esta pregunta es, como decía, la pregunta clave, porque es la tesis más conflictiva que defiende el libro, pero digo conflictiva por novedosa, no porque no esté bien sustentada, que lo está. Coincidimos en ello cualquiera que hayamos trabajado la historia de la Guerra Civil a nivel militar, que era algo que no se había hecho a conciencia hasta ahora o al menos no desde perspectivas avanzadas de la historiografía. Por tanto, para acabar, porque creo que es importante: Franco también se está intentando mostrar como una figura con un plan claro, como una figura viril, con una autoridad fuerte, que era también el tipo de imagen que había querido construir con el famoso y controvertido desvío a Toledo, algo que Preston sabe y ha estudiado muy bien, porque fue pionero en ello con su biografía del dictador. En aquel caso viró hacia allá por la misma razón que aceptó el guante republicano en Teruel: estaba construyendo su poder carismático de hombre providencial y puro que no abandona a los suyos cuando saben luchar, porque no olvidemos que estamos en un momento de consolidación de su autoridad. Además, en este momento, cuando habla con Catalupo, está virando, está cambiando de estrategia, porque va a poner en marcha inmediatamente la campaña del norte, y también tiene que justificar esa decisión: ¿por qué ir al norte entonces? Ir al norte tiene muchas respuestas, no responde al deseo de poner en marcha una limpieza política, eso es una respuesta simple porque en la posguerra quedó claro hasta qué punto no necesitaba de una situación de guerra generalizada para seguir desplegando a fondo los mecanismos represivos que había ido creando y refinando a lo largo del propio conflicto. En este caso se trata de una respuesta económica: Franco ve que no puede ganar la guerra de manera rápida, y como Franco es inteligente ve que las posibles fuentes de ingresos en la región, muy importantes, y también la industria necesaria para sostener el esfuerzo de guerra, como era la armamentística que estaba en Euskadi, su hierro o las minas de carbón en Asturias, obviamente, son necesarias para la guerra larga que ya está ahí, que es una realidad por el empate en torno a Madrid, y por tanto hay que estar en las mejores condiciones posibles para llevar a cabo esta guerra total que ya está en ciernes.

 

Por último, hay una cuestión que nos ayuda a poner en tela de juicio esta tesis de Paul Preston, defendida por multitud de historiadores de forma acrítica y comprada por una parte del público. Las principales inversiones que se hicieron en violencia tuvieron lugar en el verano-otoño de 1936, y esto está demostrado por multitud de historiadores, desde Javier Rodrigo o Julián Casanova hasta Gutmaro Gómez Bravo o Antonio Míguez Macho; en fin, hay muchos historiadores e historiadoras sobre la violencia en las últimas décadas, algunos de ellos buenísimos, y me dejo a muchos otros. Hasta tres cuartos de los muertos por violencia política en los dos bandos tienen lugar en este período. Consecuentemente, la tesis de la limpieza política sistemática no tiene ni pies ni cabeza, no se sostiene, y mucho menos a nivel militar, porque lo vuelvo a decir: las fuentes lo demuestran de manera muy clara, Franco y su gente estaban preocupadísimos entre otras cosas por acabar con la frontera común entre Francia y la República, para evitar que si se producía un cambio en los acontecimientos Francia pudiera acabar apoyando a la República. En este sentido, se estaban diseñando de forma constante proyectos de ofensiva para socavar a la República e intentar derrotarla, pero no se tiene muy claro cómo hacerlo. Hay muchos proyectos diferentes, en conflicto, con criterios diferentes, con pros y contras diferentes, algunos de los cuales son sugeridos por alemanes e italianos, a los cuales no se quiere tener en cuenta por la necesidad de dejar muy claro quién mandaba allí, y además, claro está, el otro bando también juega. Por eso vuelvo a decirlo, porque es fundamental: los golpistas tenían clarísimo que después de un golpe de Estado –que se quería un golpe de Estado triunfante, desde el primer momento, no una guerra civil como la que acabó teniendo lugar, por sus consecuencias imprevisibles y por el problema de gestionar la destrucción– vendría una represión muy dura en todo el territorio estatal. Quiero decir, el aparato represivo hubiera podido funcionar tan bien en una situación de ocupación militar, como la que se dio en buena parte de los territorios peninsulares a lo largo de la guerra, como en una situación de postguerra, con un Estado de guerra declarado hasta el año 48, no lo olvidemos. En fin, que todo hay que tenerlo en cuenta, y que la tesis de la guerra lenta a propósito no se sostiene, de hecho quien quería una guerra lenta y larga eran las autoridades republicanas, y se emplearon a fondo para conseguir que así lo fuera, por las razones de cálculo político ya apuntadas, esperando englobar la guerra española en una guerra europea. En el caso del Ejército sublevado esta realidad tuvo mucho más que ver con su incapacidad para acabarla de manera rápida y efectiva, nada más.

 

 

-Si bien el resultado de la batalla supuso la retirada en desbandada de Ejército Popular y permitió la vital Ofensiva de Aragón, también inclinó la balanza en el bando republicano a favor de aquellos que optaban por continuar la guerra. Así pues, ¿redujo o alargó la duración de la guerra la Batalla de Teruel?

 

Esta pregunta es muy interesante: efectivamente, la Batalla de Teruel acabó inclinando la balanza a favor de aquellos que eran partidarios de continuar la guerra dentro del bando republicano. Entonces aquí la respuesta que daré será paradójica, o más bien contradictoria. Es decir, ¿la Batalla de Teruel contribuyó a alargar la guerra? Sí, sin duda. Sin embargo, al mismo tiempo contribuyó también a reducirla. ¿Por qué? La batalla contribuyó a alargar la guerra porque ciertamente deja en minoría o desacredita a los sectores del gobierno republicano partidarios de buscar una solución pactada con Franco, pero, al mismo tiempo, redujo la duración de la guerra porque la de Teruel es la primera batalla que se puede enmarcar dentro de la lógica de una guerra total –una de las ideas o conceptos fuertes del libro–, lo que quiere decir que fue la primera batalla en la que se pusieron en liza todos los medios humanos y materiales que tenían los dos bandos sin comprometer su posición en el resto de escenarios, y que se buscó su derrota decisiva a través del empleo de todos esos medios y a cualquier precio. En este sentido, el grado de desgaste y las pérdidas tan sensibles que provocó en el Ejército republicano hicieron que la derrota fuera decisiva y que la guerra quedara decantada de forma definitiva a favor del bando sublevado, que un mes y medio después partió la zona republicana en dos en Vinaroz, pero también porque el Ejército republicano nunca más tuvo la capacidad de llevar a cabo una operación exitosa. El caso de la del Ebro es una batalla de estancamiento y desgaste aún más claramente que en el caso de la Batalla de Teruel si cabe, o sea, con mucho menos movimiento, constituye un canto de cisne en toda regla dentro de esa estrategia republicana por alargar la guerra a cualquier precio. En la Batalla de Teruel, la República, el Ejército Popular, tuvieron todavía la iniciativa durante un tiempo, pero eso es algo que en la Batalla del Ebro ya no se da. Sencillamente es entrar en una batalla de desgaste que el Ejército sublevado tiene que aguantar para ganar, sin muchos más secretos, y por mucho que les costara romper el impasse medio año, ojo, que no hablamos de ninguna broma, obviamente. Además, en el Ebro el Ejército republicano está empleando ya niños-soldado, adolescentes de la Quinta del Biberón que son enviados a combatir en una iniciativa apoyada y estimulada por parte de Vicente Rojo, y que pone de manifiesto hasta qué punto se habían puesto en liza todos los recursos humanos disponibles. Podríamos hablar largo y tendido sobre el sentido moral de enviar a niños al frente que, además, quedaron fuertemente traumatizados en todos los casos, con consecuencias psicológicas a largo plazo. Estas consecuencias, que afectan a todos los combatientes, lo hicieron aún más sobre criaturas que en ese momento tenían dieciséis, diecisiete, e incluso a veces quince años, siendo enviados a combatir por consideraciones políticas de tipo pragmático y por puro imperativo militar, según el principio de que el fin justifica los medios, como suele ocurrir en estos casos.

 

En síntesis, ¿la Batalla de Teruel alargó la guerra? Sí, y al mismo tiempo la redujo porque fue la batalla decisiva que precipitó el final de la guerra, aunque aún tardaría en llegar un año entero. Pero repito, lo que se esperaba desde las autoridades republicanas era alargarla, conseguir enmarcar la Guerra Civil en un conflicto europeo, cosa que no se consiguió por escasos meses, porque la guerra, las operaciones convencionales a nivel militar y la base de poder de la república de la península llegan a su fin el 1 de abril, y justamente el 1 de septiembre comienza la Segunda Guerra Mundial. La estrategia era arriesgada, comportó grandísimos costes humanos y un grado de devastación incalculable, pero podría haber salido bien.

 

 

Para acabar: al final del libro analiza cómo el gran impacto de la Batalla de Teruel perduró durante años y cómo todavía hoy son visibles algunas de sus consecuencias, en forma de restos o fosas comunes en el terreno. Sin embargo, algunas consecuencias pueden no ser tan visibles. En este sentido, apuesta por construir “una memoria colectiva de la guerra civil acorde con los valores emancipadores que deberían caracterizar a cualquier democracia” (p. 420). ¿Significa esto que, en su opinión, la memoria colectiva actual de la guerra civil española no se ajusta a estos valores? Si esto es así, ¿cómo es posible construir tal memoria colectiva respetando, a la vez, el aparente deber de neutralidad ideológica de las instituciones?

 

Esta es quizás la pregunta más complicada de todas. Para comenzar, yo no creo que la memoria colectiva actual de la Guerra Civil no se ajuste a los valores emancipadores que deberían caracterizar a cualquier democracia. Es decir, la memoria colectiva de un hecho traumático como es la Guerra Civil siempre estará dividida, siempre habrá diferentes memorias de un hecho así, porque cuando se produce un hecho histórico que pone en un mismo cuello de botella a millones de personas, en este caso a toda la sociedad española de 1936, existen diferentes maneras de sentir estos hechos porque afectan de manera distinta a estas personas, con sus diversos talantes. Y estos, a su vez, transmiten a sus hijos y a sus nietos de uno u otro modo esos valores y esos discursos. Esto es algo que hay que aceptar y con lo que hay que convivir hoy en día, porque resulta imposible imponer a nivel público un discurso monolítico sobre el pasado, aunque hay que educar en principios democráticos y las instituciones y sus representantes deberían fundamentarse en ellos. Aparte de que luego, obviamente, está el factor institucional del franquismo, que durante 40 años promovió el discurso de cruzada, conviviendo después, a partir de los años sesenta, siempre en una línea muy tenue y muy difícil de definir, con el discurso de la paz: de los veinticinco años de paz, de todos fuimos españoles, todos sufrimos, todos fuimos culpables… como intentando minimizar la responsabilidad de los golpistas en el propio golpe, bajo la idea de que “todo eso fue necesario e inevitable porque España era un desmadre”. Esto es un discurso que continúa existiendo hoy, que la República acabó como el rosario de la aurora, como dijo en su momento el presidente de Navarra Miguel Sanz Sesma en una recepción con el entonces príncipe Felipe.

 

Respecto a cómo se construye una memoria colectiva respetando la neutralidad ideológica de las instituciones yo creo que lo que hay que promover es la conciencia crítica, dotar a los ciudadanos de instrumentos para dotarse de un conocimiento crítico del pasado. Además, creo de veras que una cosa que hay que ser capaz de enseñar a través de la educación en el ámbito de la historia y en el trabajo de las instituciones es la capacidad de empatizar con el otro, y de entender sus motivaciones, que no de justificarlas, porque tenemos que entender para poder explicar y entender nunca es justificar. Por mucho que yo pueda entender como historiador las razones o motivaciones de los militares y sus aliados civiles para sublevarse en 1936 no quiere decir que las comparta, de hecho, y aquí hablo más como ciudadano, creo que en pocos casos, si no en ninguno, es justificable el empleo de la violencia, menos aún contra población civil indefensa y en posición de franca inferioridad y desigualdad en cuanto a poder político, económico y militar, como ocurrió en el verano del 36. Tampoco considero justas las razones por las cuales se llevó a cabo el golpe, ni mucho menos aún las medidas que se llevaron a cabo para intentar concluirlo con éxito o para sobreponerse al fracaso parcial de este, pero para muchos de los que tomaron parte en los hechos lo eran, eran justas y necesarias, y esto explica que las visiones sobre el pasado sean tan enconadas. No quiero caer en el relativismo, pero no podemos perder esta complejidad de vista, yo tengo mis ideas y las defiendo en mi vida diaria, creo en la justicia social, creo en la igualdad, creo en la no-violencia y en la solución pactada salvo en circunstancias de franca explotación y de sumisión, que desde luego no era la situación en que se encontraban los que se sumaron al golpe en 1936. Tampoco España había vivido un golpe de estado, ni mucho menos estaba próxima a convertirse en una república socialista soviética, cosa que resulta absurda y a todas luces imposible para cualquiera que tenga cierto conocimiento de la geopolítica y de la posición de este país en el mundo. Los historiadores intentamos entender, tenemos que buscar respuestas, y las respuestas serán siempre necesariamente complejas. Es obvio que la gente que dio el golpe de Estado tenía una idea de cómo debía ser la sociedad española y consideraban que la situación previa al golpe no era la deseable y que tenían que conseguir un giro de la situación. Tenían su propio proyecto y su visión de la realidad de cómo debía de implementarse. Cada uno se identificará con una u otra manera de entender el mundo, esto es inevitable. No obstante, la realidad es que, a menudo, la forma en la cual se interpretan los discursos y las motivaciones de los sujetos de 1936 suele ser anacrónica. Por ejemplo, se atribuye a todo el bando republicano el epíteto de “luchadores por la libertad y por la democracia”, y lo cierto es que sí y no, ya que entonces había formas muy diferentes de entender esa democracia. La democracia directa autogestionaria de los anarquistas, la democracia representativa liberal de los sectores más centristas o demócratas –por decirlo de alguna manera, en el sentido que más lo entendemos ahora, en el sentido de nuestras democracias actuales– la democracia popular y centralizada por el partido, de corte comunista, que obviamente no es una democracia, y tantas otras.

 

Todo esto hay que tenerlo en cuenta, igual que hay que tener en cuenta que memoria colectiva no es equivalente a memoria histórica. Memoria histórica no es el nombre que recibe la memoria colectiva en España, no. La memoria histórica es un movimiento asociativo y cívico que nace de la sociedad española, en primera instancia por la necesidad de dar respuesta a un problema político y humanitario –cristiano para quien lo sea o se sienta tal– como es el abandono de decenas de miles de cuerpos de represaliados por los golpistas y de combatientes caídos inhumados en fosas comunes. Y no tiene sentido volver de nuevo a la absurda matraca de que los otros también mataron y qué hay de la otra memoria: el franquismo cultivó durante cuarenta años la memoria de sus mártires y sus caídos, a veces hasta hace bien poco celebrados en las fachadas de las iglesias de todo el país, y desde 1939-40 puso en marcha planes para la identificación de las fosas, la inhumación de los cuerpos con fines judiciales, simbólicos y humanitarios, dándoles un entierro digno y cristiano. Es más, a veces las familias de los represaliados por los sectores republicanos fueron tan rápido en la inhumación, poniéndola en marcha por su cuenta, que fueron amonestadas, porque eso entorpecía el deseo del régimen de llevar a cabo toda una investigación judicial sobre las muertes, que debía quedar recogida en la famosa Causa General. Así pues, la memoria colectiva recoge todas las sensibilidades y visiones del pasado, todos los legados familiares y públicos que conviven y se enfrentan entre sí por ese espacio social. Por eso mismo, la memoria histórica, promovida desde sectores muy concretos, también ha acabado intentando promover en líneas generales su propio discurso monolítico y único, diferenciado de las narrativas neofranquistas –aunque de nuevo tienen poco– y en clave combativa frente a estas. En cualquier caso, lo que tengo muy claro es que la memoria colectiva que se promoviera a través de las instituciones no debería defender ni dejar lugar para medios como la violencia o para la justificación de esta, desde luego no en una democracia, pero tampoco debería permitirse que instituciones privadas hicieran apología en sociedad de la violencia. Más allá de eso cada uno en su casa que haga lo que quiera, qué vamos a hacer. Lo que se tiene que defender básicamente es una conciencia crítica sobre los hechos. Es decir, un acercamiento crítico, honesto, transparente. Enseñar a la gente a tener instrumentos para poder valorar el pasado, sabiendo que las perspectivas que tenemos actualmente son diferentes a las que había en aquel momento, y sabiendo que, en definitiva, lo que tiene que haber es un acercamiento desde la crítica a la guerra y a la violencia, sabiendo todo lo que suponen, el tremendo peaje que dejan en las sociedades afectadas. Sobre todo, también, creo que hay que incentivar la capacidad para valorar cada uno de los proyectos en liza: cuáles se acercan más a la emancipación del ser humano y cuáles no, quién tiene derecho a decidir que los españoles deben estar regidos por una dictadura y por qué, por ejemplo.

 

Por último, creo que una buena política institucional de memoria debería tender a poner en tela de juicio ese discurso, que todavía está muy arraigado en la sociedad, de que los españoles son una sociedad potencialmente cainita, compuesta por individuos que están esperando siempre a matarse, como si fuera un deporte nacional. Esto es una cosa absurda. Es, de hecho, un discurso que alimentó el franquismo durante sus 40 años de existencia. Sin ir más lejos, ahí tenemos el famoso lema del Ministerio de Información y Turismo de Manuel Fraga durante los años 60, que para atraer turistas acuñó aquella famosa frase de “Spain is different”. Spain is different es una frase que tenía trampa, porque no solo era una frase publicitaria a nivel turístico, sino que también intentaba legitimar la propia existencia del franquismo, como hizo durante toda su existencia el régimen diciendo cosas como que “nosotros tuvimos que venir a poner orden porque los españoles no saben gobernarse solos”. Esto es un discurso muy similar al que existe sobre los rusos: los rusos necesitan siempre un zar. Es una idea absurda que también pulula mucho por ahí, según la cual se afirma que necesitaron antes a un Iván el Terrible, necesitaron luego todo el zarato entero hasta la llegada de los bolcheviques, y los bolcheviques acabaron instaurando un estado dictatorial centralizado porque también entendieron que la naturaleza del pueblo ruso exigía esa autoridad extrema; y ahora Putin vuelve otra vez a legitimarse sobre la misma base, y por eso se reivindica una figura como Stalin, sin ir más lejos. ¿Qué paternalismo es ese que se atreve a ir imponiendo soluciones para sociedades enteras? Estos discursos son absurdos, pero tienen una lógica de poder muy fuerte que además cala en la sociedad de manera terrible. Pero lo interesante, más allá de esto, es que la investigación demuestra cómo una parte sustancial pero difícil de cuantificar de la sociedad española de 1936, o una parte substancial de ella, se negaba, intentó o quiso evitar aquella guerra y tomar parte en ella. Los casos de deserción tan numerosos –esto está bien estudiado hoy en día, a través de trabajos como el de Francisco Leira– en los primeros momentos de llamada a filas en el decreto de principios de agosto del bando sublevado, por ejemplo, en Galicia, son muy claros al respecto. Muchos mozos marcharon al monte esperando que aquello pasara como habían pasado otras cosas, y que no acabarían las cosas como acabaron, y aquí seguían toda una tradición de deserción que venía del siglo XIX, cuyo precedente más inmediato eran los huidos para evitar el servicio militar en Cuba. Después, ese mismo verano-otoño de 1936 ya se concedieron amnistías para los que regresaran o amenazas de que si no se volvía se perseguiría a los familiares, y muchos volvieron a casa, cuando la guerra ya se alargó, otros se quedaron y fueron parte del origen de las guerrillas antifranquistas. En definitiva, que hay que tener en cuenta muchas cosas. En lugar de centrarnos tanto en el discurso de la confrontación y de los bandos enfrentados hay que intentar también mirar un poco a las zonas grises, cosa en la que han insistido colegas como Claudio Hernández Burgos o Miguel Ángel del Arco, y eso también forma parte de esa memoria colectiva que tenemos que intentar promover: la gran cantidad de gente que sin identificarse claramente con ninguno de los dos bandos no quiso aquella guerra, y eso es importante también, creo yo, para promover precisamente un discurso de la paz y un discurso de la antiviolencia, así como una visión compleja de las sociedades y la naturaleza humana en general.

 

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