Reseña: "Por qué fracasan los países" de Daron Acemoglu y James A. Robinson

29/05/2020

Luís Feliciano @lmfeliciano

 

 

Parece que los seres humanos estamos marcados por un desgraciado infortunio. En contra de lo que nos gusta pensar, el factor más importante que determinará nuestras vidas está completamente fuera de nuestras manos. Incluso antes de nacer, la suerte está echada. Sí, las decisiones que tomemos a lo largo de nuestras vidas son importantes, pero pesan poco en comparación a una circunstancia mucho mayor: el lugar donde nacemos.

 

El sexo, la clase social, la orientación sexual, el tipo de familia o las condiciones genéticas que nos acompañan al abrir los ojos por primera vez (entre muchas otras cosas) son también fundamentales, pero todo lo positivo y negativo que ello acarrea se puede engrandecer o atenuar en función del país donde nacemos. Y esto es así por la sencilla razón que existen países ricos y países pobres. Países donde los gobiernos proveen seguridad, derechos, servicios públicos y leyes que se respetan razonablemente y países donde no lo hacen. Países con oportunidades económicas accesibles para todo el mundo y países donde la riqueza es acaparada por unos pocos. En definitiva, países donde se puede tener una vida decente e incluso próspera y países donde la supervivencia puede pasar por poner los pies en polvorosa.

 

¿Por qué existen países de un tipo y de otro? ¿Hay razones que expliquen esas diferencias? ¿A qué se debe la enorme desigualdad que observamos? Los profesores de economía Daron Acemoglu y James A. Robinson argumentan que nada de eso es casualidad ni que sea causado por las explicaciones más comúnmente aceptadas. Para ellos la clave reside en la política y las instituciones políticas de un país, y de las consiguientes instituciones económicas que de ellas se derivan. Lo cuentan en su célebre libro ¿Por qué fracasan los países? (Ed. Deusto, 2014) una de las obras con más impacto dentro de las ciencias sociales en la última década.

 

 

Teorías refutadas

 

En contra de lo que a menudo se ha argumentado, Acemoglu y Robinson niegan que factores como la geografía, la cultura o los adecuados conocimientos de los gobernantes (lo que ellos llaman la hipótesis de la ignorancia) sean elementos relevantes. ¿Cómo descartar tan rápidamente todo ello. Sencillo. Existen distintos ejemplos de países -o mejor dicho, comunidades humanas- que han prosperado y fracasado en cada una de esas categorías. Países con una geografía privilegiada y abundantes recursos naturales pueden ser un auténtico desastre (sería el caso de países latinoamericanos o africanos), mientras que a países con pocos recursos les ha ido mejor (véase Japón). Sociedades con culturas parecidas o idénticas han tenido una evolución muy dispar (piensen en Corea del Norte y del Sur). Tampoco parece que conocer o no la existencia de unas supuestas buenas recetas económicas -en otras palabras, tener gobernantes que dispongan de conocimientos “mejores”- sea la solución. ¿Cuál es pues la explicación?

 

 

Es la política, estúpido

 

Desechadas todas estas teorías, ¿qué nos queda? Acemoglu y Robinson argumentan que la “fórmula mágica” del éxito de los países pasa por la existencia de instituciones políticas inclusivas, es decir, instituciones que garantizan el pluralismo en la sociedad. Hablamos de estados con un nivel suficiente de centralización como para garantizar ciertos derechos y cierta participación política y económica de la población, así como la provisión de servicios esenciales. Lo más importante es que todo eso no sea solo el privilegio de unos pocos, sino que alcance a cuanta más gente mejor. La libertad para emprender, el respeto al derecho a la propiedad, la seguridad física y jurídica o la participación en los asuntos públicos (en unos niveles razonables) son el combustible imprescindible para la prosperidad. Otros factores clave son la provisión de una buena educación para todos o la existencia de buenas infraestructuras. Cuando en un país se encuentran estos elementos, nacen los incentivos adecuados para que todo el mundo pueda aprovechar su talento y esfuerzo, fomentando así el crecimiento económico para toda la sociedad.

 

En contra de lo que las visiones más tecnocráticas han defendido, la política y las instituciones políticas juegan un papel esencial en este proceso. Política y economía no son realidades independientes, al contrario, están profundamente conectadas. De las instituciones políticas inclusivas surgirán instituciones económicas también inclusivas, donde la riqueza pueda ser labrada y cosechada por amplias capas de la sociedad, no solo por unos pocos privilegiados. Raramente se encuentran casos de instituciones de un tipo y otra a la vez, y no suelen durar mucho en el tiempo (si bien aquí cabría matizar el caso de China desde los años 80).

 

Sin embargo, a lo largo de la historia han imperado las sociedades con instituciones extractivas. Las élites que han acaparado el poder (político o económico) se han beneficiado enormemente de extraer la riqueza generada en su sociedad para su beneficio propio, de modo que han evitado -cuando no bloqueado- la adopción de cambios que les pudieran desposeer de esa posición (lo que Acemoglu y Robinson llaman destrucción creativa). Estas serían las élites extractivas y las podemos encontrar en todo tipos de sociedades, regímenes políticos y económicos, culturas y religiones, etcétera.

 

En determinadas circunstancias, las instituciones extractivas pueden propiciar cierto crecimiento económico, por ejemplo, si consiguen instalar cierto orden y seguridad donde no lo hubiese o si consiguen movilizar recursos hacia sectores económicos más productivos. Aún así, nunca conseguirían generar el nivel de crecimiento económico que las instituciones inclusivas propician. Además, existen un seguido de encrucijadas históricas donde una sociedad puede poner las bases para desarrollar instituciones inclusivas (ese sería el caso de la Botsuana del siglo XX) o entrar en un espiral hacia instituciones extractivas que acaba pareciendo un pozo sin fondo (como Zimbabue tras su independencia a través de su pasado colonial).

 

 

¿La explicación definitiva?

 

La obra de Acemoglu y Robinson tiene varias virtudes. No siempre la academia genera ideas que encajen con las demandas de la ciudadanía y su crítica visión sobre los problemas de la sociedad. Este sería uno de esos casos. Por ejemplo, si recuerdan las protestas surgidas en 2011 en las primaveras árabes, pero también en occidente con el 15M español o el estadounidense Occupy Wall Street, las críticas a una élite política y económica corrupta encajan muy bien con las tesis de esta obra.

 

Además, esta explicación es atractiva para distintos postulados ideológicos. La óptica liberal se alegrará de ver que el respeto a los derechos y libertades (incluidos los derechos a la propiedad, propiedad intelectual…) son clave para la prosperidad, así como la economía de mercado. A su vez, las izquierdas asentirán satisfechas al leer que el mercado no puede proveer algunos de los elementos también clave para el crecimiento económico, de modo que la existencia de un estado mínimamente fuerte y con poder que proporcione ciertos servicios públicos está justificada. Los altermundistas verán como se confirma su lectura del gravísimo legado de la colonización europea en África. Incluso los más populistas se sentirán reconfortados al ver cómo las élites extractivas (llámense antes oligarquía, casta o como se quiera) son los culpables del fracaso de los países. Y lo mejor de todo, incluso puede haber un consenso muy amplio entre estos sectores al aceptar buena o gran parte de este conjunto de cosas.

 

Acemoglu y Robinson parece que emprendieron la búsqueda de una suerte de teoría del todo para las ciencias sociales. ¿La han encontrado? Parecería que sí. Sus ideas serían tan universalmente aceptables como para pensar que esta teoría realmente explica todos los casos de éxito y fracasos de los países, pasados, presentes y hasta futuros. El libro narra numerosísimos ejemplos de sociedades cuyo éxito o fracaso se debería a estos postulados, desde tribus africanas a la Unión Soviética, pasando por la primera comunidad sedentaria del Neolítico en el Próximo Oriente, el Imperio Romano o el sur esclavista de los Estados Unidos. Cabe decir que no todos estos casos están discutidos con el mismo nivel de detalle y de hecho en algunos la falta de fuentes históricas podría propiciar un debate más rico que no aceptara tan rápidamente estas tesis.

 

Ahora bien, se trata de unos postulados suficientemente generales y ambiguos como para que puedan funcionar siempre. Esto es quizás también su debilidad. La noción de “instituciones extractivas” sirve para describir la realidad de sociedades muy diferentes en contextos muy variados: sociedades industriales y agrícolas, con tecnología del siglo XXI y de la Edad Antigua, monarquías absolutas y tribus colonizadas… La amplitud de las denominadas “instituciones extractivas” (y su otra cara de la moneda, las inclusivas) es tal que parece que se puedan aplicar a cualquier caso como un adaptable molde que funciona siempre. Esto deja de lado otras posibles explicaciones alternativas que pueden tener relevancia, por lo menos en cada caso particular. En cierta manera, esta teoría acaba recordando el dicho popular que reza que cuando uno solo dispone de un martillo, no ve otra cosa que clavos.

 

Por otro lado, éxito y fracaso son conceptos muy extensos. Resulta fácil encajar, pongamos por caso, las diferencias entre los 30 o 40 países más ricos del mundo y los 30 o 40 más pobres con esta teoría. Ahora bien, ¿qué explica las diferencias entre los 5 primeros y los 5 siguientes? ¿Es esta teoría del todo tan precisa como llegar a estos niveles de explicación? ¿Sirve también para explicar las grandes diferencias que se observan dentro de un mismo país? Puede que la teoría de Acemoglu y Robinson le suceda lo que a nuestra comprensión de la gravedad en la física: funciona muy bien para explicar las diferencias entre objetos grandes, pero no nos acaba de servir para explicar las diferencias entre los más pequeños.

 

En conclusión, sabemos que la realidad es compleja. En ciencias sociales, raramente encontramos explicaciones simples y elegantes que sirvan para un roto y un descosido. Por eso quizás las explicaciones multicausales no deban descartarse a la ligera en un tema tan complejo. Atención, esto no es una crítica que deseche la obra de Acemoglu y Robinson. Incluso si esta teoría no alcanzase a explicarlo todo, es una aproximación muy valiosa y de la que gobernantes y ciudadanos deberían tomar muy buena nota. La relación entre prosperidad y los conceptos englobados en la amplia noción de instituciones inclusivas parece muy robusta, así como la relación entre fracaso económico e instituciones exclusivas. Téngalo en cuenta la próxima vez que se aproximen elecciones.
 

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