Las virtudes del gobernante. Una interpretación de El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo

28/05/2020

Jonathan Körner @jonko

 

Nicolás Maquiavelo (1469-1527) no necesita demasiada presentación. Funcionario diplomático, escritor de tratados políticos pero también de obras literarias y teatrales, fue una de las figuras centrales del Renacimiento y de la Modernidad[1]. A menudo se utiliza el epíteto “maquiavélico” para calificar negativamente acciones, personas, movimientos y procesos políticos. El eco de su nombre hace referencia a inmoralidad, cinismo, indecencia, corrupción. Padre de la ciencia política moderna, su pensamiento modificó radicalmente las categorías, teorizaciones y modos de reflexionar sobre la política. Maquiavelo representa, sin duda, un quiebre con la tradición medieval que lo precedió e influyó decisivamente en el trayecto que lo sucedió (Hobbes, Spinoza, Locke, Rousseau, Hegel). En su obra más importante, El Príncipe (1513), se preocupó intensamente por cómo el gobernante puede alcanzar el honor, el éxito y la gloria. En otras palabras: cómo ser virtuoso políticamente. En este marco, dos conceptos ocupan un lugar fundamental: la fortuna y la virtud. El objetivo del presente artículo es reconstruir el vínculo entre ambos tal como está expuesto en El Príncipe, para lo cual es necesario observar los antecedentes de los que echó mano para edificar sus hipótesis.

 

Antes de ingresar en el análisis, conviene precisar que la escritura de El Príncipe está motivada por la estrategia teórico-política del pensamiento de Maquiavelo. Su interés consiste en resaltar al gobernante que ha ascendido al poder en el año en que escribe la obra: Lorenzo de Médicis. De hecho, a éste se la dedicó. Por esta razón, El Príncipe está bañado de la historicidad de la época. Antonio Gramsci escribió que el estilo de Maquiavelo es el de “un hombre de acción; de quien quiere impulsar a la acción; es el estilo de un manifiesto de partido”[2]. Este carácter de intervención viene dado porque la obra es una apuesta para cambiar el curso de las cosas no sólo de Italia sino también del propio Maquiavelo: ganarse el favor de Lorenzo, revertir sus infortunios económicos y mejorar su situación en las altas esferas de gobierno, pues luego de la caída de la república de Florencia en 1512 lo confinaron, lo echaron de su cargo diplomático y le impusieron multas. 

 

Observado este punto, es necesario comenzar por la relación de Maquiavelo con los autores clásicos. Ciertamente, fue un gran lector de ellos y sus reflexiones están empapadas de las ideas de historiadores y moralistas romanos como Polibio, Tito Livio, Tácito, Salustio, Séneca, Cicerón. Una de las pruebas que confirma este hecho es la carta que le envía a Francesco Vettori el 10 de diciembre de 1513, a la sazón embajador en Roma. En ella, luego de narrarle la vida que hacía en Sant Andrea en Percussina durante el día –cazaba animales, paseaba por el pueblo, recorría tabernas, almorzaba con su familia–, cuando llegaba la noche entraba en su escritorio y se disponía a entrar en las cortes de los “antiguos hombres [los clásicos] donde, recibido por ellos amorosamente, me nutro de ese alimento que sólo es el mío, y que yo nací para él: donde no me avergüenzo de hablar con ellos y preguntarles por la razón de sus acciones, y ellos por su humanidad me responden; y no siento por cuatro horas de tiempo molestia alguna, olvido todo afán, no temo a la pobreza, no me asusta la muerte: todo me transfiero a ellos.”[3]

 

Los autores romanos que lee Maquiavelo habían reflexionado ampliamente sobre las formas, las vicisitudes y las dotes de la diosa de la fortuna. Esta es una de las divinidades más antiguas de Roma. En particular, representaba la personificación del puro azar, de la contingencia y de la suerte. Era causante de sucesos prósperos o desgraciados; era buena o mala según las circunstancias. Ahora bien, para los romanos resultaba necesario aliarse con esta diosa, pues disponía de bienes, influencias, riquezas y honores que a los hombres les interesaba alcanzar. Más vale hacerse amigo de la fortuna que enemistarse. De los provechos que reportaba la fortuna, antes que los bienes materiales, los más altos lo constituían el honor y la gloria. En este punto, Maquiavelo se mantiene fiel a los moralistas romanos: para un buen gobernante no hay nada más noble y excelso que la consecución de la gloria política. La labor que tiene que realizar el príncipe es, justamente, cómo poner de su lado a la fortuna.

 

Además de seguir de cerca los análisis de los romanos, Maquiavelo es receptor de la tradición del humanismo renacentista (siglos XV-XVI), representada por, entre otros, Leon Battista Alberti, Pico della Mirandola, Silvio Piccolomini y Giovanni Pontano. Este humanismo sostenía que la fortuna es un asunto enteramente mundano, en contraposición al cristianismo, que creía que la fortuna se identificaba con los designios de Dios. Este giro estuvo promovido por el núcleo de la concepción humanista: la revitalización de la excelencia, la dignidad y el valor supremo del hombre respecto de las demás creaturas de la tierra. Si bien la fortuna es una fuerza que escapa al libre actuar de los hombres, éstos tienen  el poder –mediante la virtud– de ganarse sus favores.

 

Maquiavelo se hace eco de esta corriente en el capítulo XXV de El Príncipe cuando afirma que la mitad de las acciones de los hombres están bajo el dominio del libre albedrio y la otra mitad bajo la aureola de la fortuna. En paralelo, refleja a ésta a una mujer que se siente atraída por la virilidad del hombre, esto es, por la virtud: “la fortuna es mujer, y es necesario, si se la quiere tener sometida, atracarla y golpearla […] como buena mujer, es amiga de los jóvenes, porque son menos respetuosos, más feroces y la dominan con mayor audacia.”[4] La fortuna prefiere al hombre audaz, arrojado, atrevido, valiente, predispuesto. Se siente excitada y sensible ante la virtud; escapa de los hombres que no son virtuosos.

 

De lo afirmado se advierte que la fortuna se encuentra estrechamente asociada a la virtud. Entre los eruditos de la obra de Maquiavelo se ha debatido mucho acerca de si utilizaba el término virtud con un significado concreto. En nuestra opinión, la respuesta ha de ser positiva: la virtud es la serie de caracteres, atributos y posibilidades que tiene el príncipe en determinado momento para enfrentar a los designios de la fortuna cuando estos no le favorezcan. Dicho de modo ligeramente distinto: es la capacidad de adaptarse a los acontecimientos para dominar a la fortuna cuando se presenta contraria. Quentin Skinner, quien ha escrito un imprescindible estudio sobre Maquiavelo, indicó que la virtud es la “cualidad que nos capacita para enfrentarnos a nuestras desgracias con ecuanimidad y al mismo tiempo atrae las miradas favorables a la diosa [la fortuna].”[5]

 

Definida la noción de virtud, es momento de observar cómo Maquiavelo aconseja a Lorenzo para que el príncipe sea virtuoso, es decir, cuál es el camino que dirige al honor y la gloria. Si bien ya se remarcó la influencia que han tenido los clásicos romanos sobre su filosofar, en este punto, al tiempo que se separa de ellos –y de los pensadores del humanismo renacentista–, plantea una nueva visión del problema. Estas corrientes sustentaban que un hombre virtuoso era el que poseía y ejercía un conjunto de buenas cualidades, a saber: virtudes cardinales, como la justicia, la templanza, la fortaleza y la prudencia; virtudes principescas, como la honestidad, la honradez, la magnanimidad y la liberalidad; finalmente, la virtud tenía un gran componente de convicción: era necesario que el hombre creyera firmemente que se comportaba de manera virtuosa. El gobernante debía practicar las virtudes mencionadas sin importar las circunstancias políticas y temporales.

 

Maquiavelo trastoca radicalmente estas concepciones. No obstante reconoce la importancia que el príncipe posea las virtudes mencionadas y, por ende, las practique, rechaza que sean la clave para conseguir el éxito político, fundar un Estado y conservar el poder. El punto singular de su pensamiento radica en que, como no todos los hombres ajustan su actuar a tan loables cualidades en todas las circunstancias, el príncipe no tiene que adecuarse “íntegramente” a ellas. Aquí radica su nueva forma de pensar la política respecto de la tradición romana, humanista y cristiana. En sus palabras: “Porque un hombre que quiera hacer en todas partes profesión de bueno es inevitable que termine arruinado entre tantos que no son buenos.”[6] El carácter de los hombres, al influir decisivamente para que las virtudes no se realicen en todos los contextos y las circunstancias, le exige al príncipe ser lo suficientemente elástico en materia moral para enfrentar a los acontecimientos.

 

En este sentido, Maquiavelo parte de otro supuesto del que partían los clásicos y los humanistas del renacimiento y, por supuesto, también de la tradición cristiana. Estas corrientes presuponían que el hombre es moralmente bueno y que en el curso de sus acciones la naturaleza humana está atravesada por la bondad. Por el contrario, el florentino cree que ello no es así. O, más precisamente, no siempre ocurre de ese modo: a veces el hombre es bueno y a veces malo, a menudo se comporta según la recta razón y en otras ocasiones se deja llevar por el egoísmo, el interés, la ira, la avaricia y la corrupción. Para Maquiavelo no existe algo así como “lo bueno” y “lo malo” bajo patrones universales, abstractos e intemporales. El príncipe debe acomodarse a los tiempos y practicar la bondad y la maldad según las circunstancias lo requieran. Cuando no sea posible actuar bien, el príncipe sabrá cómo actuar contra la humanidad, la religión y las buenas costumbres. El príncipe ajusta –o, mejor dicho, armoniza– su comportamiento a los tiempos que se le presentan, siempre cambiantes, fortuitos, imprevisibles. En tal sentido, Maquiavelo es el pensador de la contingencia absoluta[7], pues insta al príncipe a que sepa reconocer, leer e interpretar el tiempo que tiene frente a sí. Este le provee la brújula para actuar políticamente; de él dependen el honor y la gloria: “es próspero quien hace coincidir su propio modo de proceder con las características de los tiempos.”[8] Ello, claro está, para mantener y fortalecer al gobierno, y no para perseguir intereses privados o actuar despóticamente, como muchas veces se ha interpretado estos pensamientos de Maquiavelo.

 

De las tesis expuestas es evidente que la virtud tal como la entiende Maquiavelo implica un particular ejercicio de la moral. Como el príncipe se ve forzado por la necesidad de las circunstancias en las que vive, si quiere superarlas y volverlas a su favor, puede que en ocasiones tenga que actuar contra la moral convencional (en su tiempo determinada por la religión cristiana). Pero esto no significa que Maquiavelo renuncie a un marco ético estructurado por el bien y el mal: antes bien, observa en las acciones concretas los resultados buenos o malos. La moral maquiaveliana[9] se origina en la urgencia de las experiencias políticas colectivas. Así, el bien y el mal, las virtudes y los vicios, las cualidades y los defectos obtienen su significado de la experiencia y del continuo movimiento de la praxis social. Los resultados políticos deben valorarse de acuerdo a los fines que los hombres –y sólo los hombres, pues para Maquiavelo no hay lugar para los imperativos de Dios ni leyes metafísicas– se prefijaron antes de actuar.

 

Para conseguir resultados exitosos, el príncipe nunca puede perder de vista las apariencias, esenciales para consolidar su poder y conservar al Estado. El gobernante tiene que ser simulador pero a la vez disimulador, fingidor y verídico, tiene que decir la verdad pero también posiblemente tenga que engañar si la conducción del gobierno lo requiere. Como los hombres, razona Maquiavelo, son proclives al autoengaño y, al mismo tiempo, cuando se trata de juzgar las conductas de los otros se dejan llevar por el aspecto de lo que observan, va de suyo que el príncipe debe saber manejar con soltura y habilidad las apariencias. Detrás de este problema se esconde otro: las virtudes a veces pueden ser vicios y estas a su vez virtudes, dependiendo de la necesidad: “resulta necesario a un príncipe que quiera conservar [su poder] aprender a poder no ser bueno y usar esto o no según la necesidad”[10] Por ejemplo, si el príncipe es suave para castigar desordenes, quizás el Estado se destruya y, al fin y al cabo, este resultado es más cruel que haber castigado cruentamente cuando el momento lo requería.

 

Para finalizar con el análisis, es necesario concentrarse en uno de los ejes centrales que atraviesa El Príncipe: el vínculo entre el gobernante y los súbditos. En el medio de este vínculo, Maquiavelo se ocupa de la cuestión de si al príncipe le conviene más ser amado o ser temido. Para la moral clásica es importante que exista amor, unión y cohesión entre el pueblo y el gobernante. Maquiavelo rechaza frontalmente esta tradición. La respuesta que da a esta pregunta es clara e inequívoca: más vale ser temido que amado. El lazo del temor es más fuerte que el del amor, pues éste último depende de razones egoístas: si el príncipe ya no conviene y los ciudadanos no lo aman más, los hombres lo abandonarán; en cambio el miedo se mantiene por la posibilidad de sufrir un castigo, “que nunca te abandona”[11], para hablar como Maquiavelo.  

 

Ahora bien, de la conveniencia de ser temido no se sigue que el príncipe deba ser odiado. Maquiavelo se guarda muy bien de ello: el príncipe se las tiene que ingeniar, utilizando sus virtudes, habilidades y capacidades, de no causar el encono ni la furia de los súbditos. El ejemplo que ofrece es la imposibilidad de apropiarse injustificadamente de los bienes y las riquezas de los ciudadanos. De este modo, la preocupación de Maquiavelo porque el príncipe no sea odiado está guiada por un prudente cuidado del tejido social: el príncipe no puede hacer lo que le plazca de forma arbitraria; tiene como misión cuidar a los ciudadanos[12]. De aquí se sigue que Maquiavelo no teoriza el poder bruto sin razón y tampoco insta a no respetar las leyes y las costumbres, como frecuentemente se lo entiende.  

 

Similar a lo que ocurre con el ejercicio de las virtudes morales, para Maquiavelo un príncipe puede ser cruel pero conservar el Estado y mantener a los ciudadanos unidos y leales. Así pues, ser bueno no siempre da como resultado que los súbditos amen al príncipe, y ser malo o cruel necesariamente no implica ser odiado. Otra vez, de lo bueno no siempre se sigue el bien y de lo malo el mal, sino que a menudo ocurre lo contrario, como también teorizó Max Weber en La política como vocación[13]. Por otro lado, al príncipe no debe importarle demasiado las calificaciones que pesen sobre él, es decir, no puede dejar de cumplir sus obligaciones políticas porque haya sido calificado como perverso, mezquino o ruin. En otras palabras: el príncipe no debe preocuparse porque lo llamen cruel –por ejemplo, si propinó un duro castigo–, en tanto esa acción era imprescindible para garantizar la salud del orden público. En definitiva, es mejor que el príncipe sea temido, mantenga íntegro al Estado y no permita que el caos social se expanda, pese a que se califique negativamente su persona.

 

En conclusión, para que el príncipe consiga el honor y la gloria, adquiera el poder y conserve al Estado, debe ser virtuoso, vale decir, ser hábil e inteligente frente a las circunstancias, acontecimientos y momentos en los que le toca gobernar. En otras palabras: manejar y dominar a la fortuna, diosa del azar, de la contingencia y de lo imprevisible. Para concretar este objetivo, Maquiavelo propone un particular punto de vista sobre la moral –contrariamente a la imagen convencional que hace de él un cínico inmoral–: el bien y el mal dependen de la acción política colectiva, del tiempo en el que viven los hombres, de la experiencia de la praxis, del conflicto entre las clases sociales y de la historia de las generaciones humanas.

 

 

[1] Para la vida de Maquiavelo, véase Viroli, Maurizio, La sonrisa de Maquiavelo, Tusquets, Barcelona 2002, y Vivanti, Corrado, Maquiavelo. Los tiempos de la política, Paidós, Buenos Aires, 2013.

 

[2] Véase de Antonio Gramsci Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el Estado moderno, Nueva Visión, Buenos Aires, 2003.

 

[3] La carta está disponible en https://www.elviejotopo.com/topoexpress/carta-francisco-vettori/

 

[4] Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Colihue, Buenos Aires, 2015, p. 135.

 

[5] Skinner, Quentin, Maquiavelo, Alianza Editorial, Madrid, 1985, p. 70.

 

[6] Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, op. cit., p. 81.

 

[7] Un buen análisis de Maquiavelo en cuanto filósofo de la contingencia se encuentra en Galli, Carlo, “¿El rostro demoníaco del poder? Momentos y problemas de la fortuna continental de Maquiavelo”, en Contingencia y necesidad en la razón política moderna, Amorrortu, Buenos Aires, 2020, pp. 15-51. También véase Torres, Sebastián, Vida y tiempo de la república. Contingencia y conflicto político en Maquiavelo, Universidad General Sarmiento, Buenos Aires, 2013.

 

[8] Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, op. cit., p. 133.

 

[9]   Utilizamos el adjetivo “maquiaveliano” y no “maquiavélico” por la extendida carga peyorativa que tiene el último en las discusiones teóricas y en la opinión pública. Ya se dijo que Maquiavelo ha sido asociado a lo más bajo: corrupción, falta de escrúpulos, indecencia, la utilización del engaño y la mentira como métodos políticos, que el fin justifica los medios, hasta la calificación de “pensador del mal” (Strauss, Leo, Pensamientos sobre Maquiavelo, Amorrortu, Buenos Aires, 2020). En suma, un conjunto de epítetos despreciativos que simplifican la complejidad del pensamiento de Maquiavelo. El que propuso el vocablo “maquiaveliano” fue el historiador británico J. G. A. Pocock en su monumental estudio The Machiavellian Moment. Florentine Political Thought and the Atlantic Republican Tradition, Princeton University Press, Princeton, 1975.

 

[10] Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, op. cit., p. 81.

 

[11] Ibíd, p. 88.

 

[12] Además de que un príncipe virtuoso debe cuidar a los ciudadanos, es fundamental que cuente con un ejército compuesto por ellos mismos (lo que Maquiavelo denomina “armas propias”, en contraposición a “armas ajenas”). Una milicia ciudadana compacta, leal, profesional, unificada y sujeta al exclusivo mando del príncipe es un atributo especial de un príncipe virtuoso. Para Maquiavelo, esta milicia es enteramente preferible al modelo del mercenario, usual en las relaciones militares de su época. El mercenario es desleal, indisciplinado, está sujeto a los vaivenes del dinero y la ambición de riquezas y, sobre todo, presenta la posibilidad de fragmentación y disolución en materia militar, la que puede ser extremadamente peligrosa.

 

[13] Cf. Weber, Max, El político y el científico, Alianza Editorial, Madrid, 2012.

 

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