El colegio electoral: de cómo Estados Unidos rompió su sistema

28/05/2020

Harold Mendoza @haroldrmendoza


En 2016, un terremoto sacudía la política estadounidense. Donald Trump, magnate millonario, ganó la Presidencia siendo un caso único en la vieja democracia americana. Es el primer presidente que no tiene ningún tipo de experiencia política, militar o diplomática previa, y un hombre que llegó hasta el cargo con una campaña electoral en la que no faltaron mensajes populistas y demagógicos, e incluso algunas mentiras. El objetivo de este artículo es mostrar cómo es posible que alguien como Trump haya llegado a la Presidencia, rastreando en los orígenes de Estados Unidos y en las intenciones de sus Padres Fundadores al diseñar el sistema electoral y siguiendo por su evolución a través de los primeros tiempos de la joven República. Y vamos a empezar con un poco de Historia.

 

 

República vs Democracia

 

El 4 de julio de 1776 se declara la independencia de las Trece Colonias respecto de Gran Bretaña, pero no fue hasta 1787 cuando se redactó la Constitución americana, que iba a sustituir a los llamados Artículos de la Confederación y Unión Perpetua. Dichos Artículos creaban los Estados Unidos en un sentido literal: los ya Trece Estados eran una Confederación de Estados libres y no un solo país. Lamentablemente, pronto se comprobó que los Artículos no eran suficientes para solucionar los retos que planteaba la Confederación: no había nada parecido a un gobierno central ni un poder judicial; la Confederación no tenía capacidad de ejercer sus competencias sobre los Estados de forma efectiva; los Estados invadían a menudo las competencias de otros Estados; el Congreso tampoco podía recaudar impuestos, solo solicitar su pago a los Estados, y ni siquiera disponía de un ejército propio, dado que el Ejército Continental, creado para luchar contra Gran Bretaña, se disolvió al finalizar la Guerra de Independencia en 1782. Así que lo que empezó como una Convención (la de Filadelfia) para mejorar los Artículos, pronto se convirtió en una convención para crear un marco constitucional y formar así una república federal presidencialista, la forma de gobierno que se ha mantenido hasta hoy.

 

Pero no todo el mundo estaba de acuerdo. Los detractores de la unión federal, los llamados antifederalistas, veían la Constitución como parte de un proyecto absolutista y centralizador, que ponía en peligro las libertades individuales. Ellos eran partidarios de mantener la Confederación, con Estados fuertes y democracias locales donde los gobernantes estuvieran apegados al pueblo, y por ello publicaban panfletos donde intentaban atraer a la opinión pública a sus posiciones y evitar que los Trece Estados ratificaran el documento para que no entrara en vigor. Como respuesta, Alexander Hamilton, James Madison y John Jay, tres de los Padres Fundadores y creadores de la Constitución, se unieron para publicar ―bajo el pseudónimo de Publius­­­­[i]― artículos en favor del proyecto republicano federal en varios diarios y revistas de la época. A la colección completa de los 85 artículos que llegaron a escribir se les conoce como The Federalist Papers, y está considerada como una de las obras más importantes de la ciencia política y que aun hoy se usa para interpretar la Constitución estadounidense. Esos 85 ensayos tratan de explicar las razones para crear un país como Estados Unidos y por qué sus instituciones se diseñaron de esa forma en la Convención de Filadelfia. Y uno de los primeros asuntos que ocupó sus escritos fue la forma de gobierno que tendría.

 

Dado que Estados Unidos fue la primera democracia moderna, los Padres Fundadores no tenían referentes contemporáneos, pero sí eran grandes estudiosos de la Historia, principalmente de la Atenas clásica y de la antigua Roma republicana. La primera decisión que tomaron al respecto fue descartar la democracia directa asamblearia de base local, que ellos llamaban “democracia” a secas, al estilo de las polis griegas. Ellos entendían que cada ciudadano tenía sus propios intereses y pasiones y que permitirles a ellos mismos administrar su propio gobierno solo lograría que cada uno siguiera sus intereses desatendiendo el interés general. Decía Madison, en The Federalist nº 10.[ii], que “ningún hombre puede ser juez en su propia causa, porque su interés es seguro que privaría de imparcialidad a su decisión y es probable que también corrompería su integridad”. Más peligroso resultaba aun que los ciudadanos intervinieran en la vida pública organizando “facciones”. Una facción es, según Madison, “cierto número de ciudadanos, estén en mayoría o en minoría, que actúan movidos por el impulso de una pasión común, o por un interés adverso a los derechos de los demás ciudadanos o a los intereses permanentes de la comunidad considerada en conjunto”. Si se permitiera a las facciones administrar el gobierno y los asuntos públicos se corría el riesgo de que el sistema degenerara en la tiranía de la mayoría, en el que la facción mayoritaria impone sus intereses a las minorías sin respetar sus derechos individuales. “Una democracia pura ―concluía Madison ―, […] no puede evitar los peligros del espíritu sectario”.

 

Por esto, los Padres Fundadores consideraron más adecuado adoptar un gobierno representativo, que ellos llamaban “república”. Según explica Madison en The Federalist nº 14., la diferencia entre una democracia y una república “consiste en que, en una democracia, el pueblo se reúne y ejerce la función gubernativa personalmente; en una república se reúne y la administra por medio de sus agentes y representantes”. En la república, los ciudadanos elegirían a sus representantes para gobernar por ellos. “Con este sistema, ―argumentaba Madison en The Federalist nº 10.―, es muy posible que la voz pública, expresada por los representantes del pueblo, este más en consonancia con el bien público que si la expresara el pueblo mismo, convocado con ese fin”.

 

Pero los representantes también son corrompibles y también pueden actuar por sus propios intereses. Como recuerdan en The Federalist nº 63., la representación ya existía en la Atenas anterior a Solón, en Esparta, en Cartago o en Roma, y eso no les impidió derivar en formas oligárquicas o tiránicas. Lo que diferenciaría a Estados Unidos de las demás es el cuidadoso diseño institucional en torno a la representación, que permitiera la rendición de cuentas, una opinión pública activa y controles múltiples entre poderes (checks and balances), tanto entre ramas (ejecutivo, legislativo y judicial), como también a varios niveles (local, estatal y federal) a fin de evitar la concentración de poder en una una sola persona o grupo de personas que impusieran sus intereses sobre los demás. Como decía Madison en The Federalist nº 51., los hombres no son ángeles. “Si los hombres fueran ángeles, el gobierno no sería necesario. Si los ángeles gobernaran a los hombres, ningún control al gobierno, externo o interno, sería necesario[iii]”.

 

Es precisamente este razonamiento republicano, cómo evitar que el sistema caiga en malas manos, lo que los lleva a ser precavidos al diseñar el cargo más importante de la República: la Presidencia. En The Federalist nº 1., Hamilton afirma que “la historia nos enseña que […] casi todos los hombres que han derrocado las libertades de las repúblicas empezaron su carrera cortejando servilmente al pueblo: se iniciaron como demagogos y acabaron en tiranos”. Es por ello por lo que, a la hora de idear cómo sería la Presidencia, necesitaban crear un mecanismo que permitiera mantener los principios de una democracia representativa al tiempo que evitaban que un demagogo pudiera acceder al cargo de mayor importancia de la República.

 

 

El cortafuegos del sistema

 

Durante la Convención de Filadelfia hubo encendidos debates sobre cómo debería ser la forma de elección del Presidente. En principio, estuvo sobre la mesa el llamado Plan de Virginia, que establecía que sería el Congreso (o Legislatura Nacional, como se llamaba en el Plan) quien debía elegir al Presidente por un periodo de 7 años, al estilo de un sistema parlamentario (como, por ejemplo, se hace en España). Pero se rechazó por dos motivos: el primero, porque ponía en cuestión la separación de poderes al hacer depender al Poder Ejecutivo del Poder Legislativo; y el segundo, porque daba pie a que los legisladores pudieran unirse en grupos y conspirar para elegir al Presidente que mejor sirviera a sus propios intereses y no al interés general. Así que la solución fue crear un sistema nuevo, que luego se conocería como sistema presidencialista, en el que fuera el pueblo quien escogiera a su Presidente. Sin embargo, este modelo tenía el problema ya alertado por Hamilton: exponía al pueblo a poder ser influenciado por un demagogo que les convenciera para llegar al poder. Porque, si bien el Gobierno tenía que ser elegible por el pueblo y estar al servicio de este, también eran conscientes de que el pueblo era manipulable. Para evitar que el demagogo cautivara al pueblo y este le diera las llaves del poder, los Padres Fundadores elaboraron un mecanismo que, tomando una leve inspiración de la elección indirecta propia del sistema parlamentario, les permitiera cribar a los candidatos a la Presidencia: el Colegio Electoral.

 

El Colegio Electoral es un intermediario entre los votantes y las candidaturas a la Presidencia. Los ciudadanos, en vez de escoger directamente al Presidente, votarían a los “electores”. En palabras de Hamilton en The Federalist nº 68., los electores son “hombres seleccionados por el pueblo con el propósito especifico de elegir al Presidente”. Es decir, en el plan original, cada votante emitiría su voto por un elector de su distrito, y este votaría al candidato a Presidente que considerara mejor para el puesto. Es obvio que, bajo esta idea, los electores no podían ser cualquiera. Se debía de tratar de hombres sabios, cultos y bien informados, los mejores de cada distrito electoral. Hamilton definía que debían ser “los hombres más capaces de analizar las cualidades que es conveniente poseer para ese puesto [la Presidencia]”. Y, además, los electores debían elegir Presidente “en circunstancias favorables y tomando prudentemente en cuenta todas las razones y alicientes que deben normar su selección”. De esta forma, los Padres Fundadores entendían que era muy complicado que un demagogo accediera a la Presidencia, ya que podía tener predicamento ante el pueblo, pero los electores, sabios y bien informados, jamás le elegirían. El Colegio Electoral se convertiría en el gran cortafuegos del sistema.

 

Pero, aun así, había una última grieta por la cual el demagogo podría colarse: la vía del soborno o la coacción al elector. Pero los Padres Fundadores también previeron esa posibilidad y adoptaron las debidas precauciones haciendo que cada elector votara en su Estado y no en un lugar común a todos los electores, ya que así, continuaba Hamilton, “la división y el aislamiento los expondrán mucho menos a vehemencias y agitaciones […] que si hubieran de reunirse todos al mismo tiempo y en el mismo sitio”. El Colegio Electoral no es, por tanto, un lugar físico, sino sencillamente un mecanismo de elección. Votando cada elector en su Estado, decía Hamilton, “no será nada fácil embarcarlos en combinaciones formadas con móviles que, aunque estrictamente no puedan calificarse como corrompidos, sean, sin embargo, de naturaleza a desviarlos de sus deberes”. Porque un demagogo podía sobornar a un elector o coaccionarle, pero, siendo como era el siglo XVIII y con las comunicaciones que había, era imposible que su acción se ampliara a los electores de los Trece Estados. Siguiendo el Artículo 2, Primera Sección, Tercera Cláusula de la Constitución original podemos terminar de resumir el sistema de elección: los electores se reunirían en sus respectivos Estados y votarían mediante cédulas en favor de dos candidatos. Posteriormente, la lista con los resultados de las votaciones se remitiría al Congreso, donde serían verificados. Sería Presidente aquel candidato con mayor número de votos que superara la mayoría de electores (la mitad más uno). Si hay empate entre varios candidatos o ninguno supera la mayoría, sería una parte del Congreso, la Cámara de Representantes, quién elegiría. Una vez nombrado Presidente, el segundo candidato con más votos se convertiría en Vicepresidente[iv], ambos por un mandato de 4 años. 

 

De esta forma, concluía Hamilton en The Federalist nº 68., “el proceso electivo nos da la certidumbre moral de que el cargo de Presidente no recaerá nunca en un hombre que no posea en grado conspicuo las dotes exigidas. […] No será exagerado afirmar que existe la probabilidad continua de ver ese puesto ocupado por personalidades destacadas por su capacidad y su virtud”. Sin embargo, este sistema presentaba un gran fallo. Los Padres Fundadores subestimaron un elemento emergente en la joven República, que ellos contribuirían decisivamente a crear y que iría cobrando importancia hasta romper con el plan original: los partidos políticos.

 

 

Los primeros partidos

 

El primer partido político de la historia de Estados Unidos fue el Partido Federalista. Nació en 1789, apenas dos años después de que se redactara la Constitución americana, durante la primera presidencia de George Washington. Fue creado por Alexander Hamilton y John Adams con el objetivo de reunir a un grupo de seguidores y simpatizantes del Gobierno y dar apoyo a las políticas de este. Hamilton veía a Estados Unidos como una potencia emergente con un futuro industrial y urbano, con un gobierno federal fuerte frente a los Estados, con más poderes para el Ejecutivo, especialmente en materia fiscal, e internacionalmente alineado con Gran Bretaña.

 

Su posición generaba discrepancias con Thomas Jefferson, por entonces Secretario de Estado, y cuya visión era la de unos Estados Unidos de pequeños propietarios agrarios, de base local, con un equilibrio entre los poderes de los Estados y del gobierno federal, y con una simpatía por la Francia revolucionaria. Ya ese año de 1789, Jefferson creó una facción denominada “Anti-Administración” para oponerse a las políticas de Hamilton y que pronto contó con el apoyo de Madison y de algunos antifederalistas. Para todos ellos, el proyecto de los nuevos y autodenominados Federalistas ponía en peligro el ideal republicano al aumentar los poderes del Ejecutivo (en el que veían la amenaza de una monarquía) y al querer crear un tipo de sistema que posibilitaría la creación de una oligarquía financiera.

 

Las diferencias terminaron por saltar por los aires cuando Hamilton presentó un proyecto para crear un Banco Nacional, al estilo del Banco de Inglaterra, que centralizaría los recursos económicos y crearía las condiciones para alcanzar la visión urbana e industrial de Hamilton. Así las cosas, Jefferson decidió crear un partido político para organizar electoralmente la oposición al Partido Federalista. Los detractores de Jefferson los tildaban despectivamente de “demócratas”, aunque los jeffersonianos preferían calificarse a sí mismos de “republicanos”, en contraposición a las posturas “monárquicas” que veían en sus rivales. Así que el partido de Jefferson es mejor conocido en la Historia como el Partido Demócrata-Republicano.

 

El Partido Federalista y el Demócrata-Republicano inauguraron el primer sistema de partidos de Estados Unidos. Tras la retirada de Washington en 1796, los Federalistas gobernarían con John Adams. Pero cuatro años más tarde, en 1800, Jefferson le privaría de la reelección y empezaría una hegemonía demócrata-republicana desde ese año hasta 1824 que encadenaría una reelección de Jefferson, dos mandatos de Madison y otros dos de James Monroe[v]. Sería en estas primeras contiendas cuando se iría definiendo el sistema de elección del Colegio Electoral y que tendría repercusiones hasta hoy.

 

 

Puenteando el Colegio Electoral

 

En el planteamiento teórico de los Padres Fundadores, los votantes escogerían como electores a personas prominentes con elevada cultura y que los ciudadanos conocieran lo suficientemente bien como para fiarse de su criterio a la hora de elegir Presidente. El método para hacer esto posible era dividir cada Estado en distritos electorales. Si a un Estado le correspondían, por ejemplo, 5 electores, entonces el Estado se dividiría en 5 distritos electorales a la hora de votar, a uno por elector, con una división de población aproximada entre cada distrito del Estado, para hacer proporcionalmente representativo a cada elector. El problema era que esto no estaba escrito legalmente en ninguna parteUna de las condiciones que se propusieron en la Convención de Filadelfia para crear el Colegio Electoral fue que los Estados tuvieran la libertad de establecer la forma en la que querían elegir a los electores. Así, en la Constitución, el Artículo 2, Primera Sección, Segunda Cláusula dice que “cada Estado nombrará, del modo que su legislatura disponga, un número de electores igual al total de los senadores y representantes a que el Estado tenga derecho en el Congreso”. Durante las primeras elecciones, en 1789, solo Delaware y Virginia adoptaron el método de los distritos, mientras que el resto de Estados optaron entre otros dos tipos de métodos.

 

El primero de ellos era que fueran las asambleas legislativas de cada Estado quienes eligieran a sus electores. Así, los electores no eran elegidos mediante voto popular, sino a través de algo similar a un sistema parlamentario. Ya Madison, en la Convención de Filadelfia, se opuso a este tipo de elección por las mismas razones por las que alertaba del faccionalismo: el riesgo de que los legisladores actúen en su propio interés al efectuar la elección[vi]. Sin embargo, en aquellas primeras elecciones de 1789, Georgia, Nueva Jersey, Connecticut, Carolina del Sur, Massachussets y Nueva York apostaron por este método y continuó siendo el sistema de moda hasta las elecciones de 1824. Pero sería el tercer método, el adoptado por Pennsylvania, Maryland y New Hampshire (este con un modelo mixto con el anterior)[vii], el que, a la larga, acabaría extendiéndose a todos los demás.

 

Su sistema consistía en una votación popular a nivel estatal, más conocida como “general ticket”. En un principio, consistía en votar a electores individuales, resultando elegidos los electores con mayor número de votos. Pero pronto se empezó a optar por una fórmula de votación de listas completas de electores. Cada lista estaría formada por tantos electores como le correspondiera al Estado, y estaría asociada a un candidato presidencial. El día de las elecciones, el votante solo tendría que elegir la lista de electores que estuviera asociada a su candidato preferido. Los electores de la lista más votada serían los encargados de elegir Presidente en ese Estado y, previsiblemente, votarían por el candidato que se comprometieron a apoyar. La ventaja de este sistema era sencilla: permitía a los partidos políticos colocar sus propias listas de electores y maximizar los votos a favor de su candidato, ya que, aunque ganara con un solo voto, se llevaría todos los electores del Estado.

 

Ni siquiera Madison se libró de la tentación. Para las elecciones de 1800, maniobró para que Virginia cambiara de la elección por distritos al “general ticket”, y así favorecer las posibilidades electorales de Jefferson frente a Adams. En 1796, 20 de 21 electores de Virginia votaron a Jefferson mediante el sistema de distritos, pero es que perdió las elecciones frente a Adams por una diferencia de solo 3 electores (71 frente a 68). Al cambiar el sistema en Virginia se aseguraban el elector número 21 que contribuyó a impedir la reelección de Adams con 73 electores frente a 65. También consta que Madison terminó por arrepentirse de su postura y en 1823 escribió una carta a George Hay, por entonces abogado y que más tarde sería nombrado juez federal, en la que se mostraba de acuerdo con que “la elección de electores por distritos es una enmienda muy apropiada para ser presentada”, al tiempo que confirmaba que era el sistema que los Padres Fundadores tenían en mente cuando redactaron la Constitución[viii]. Hamilton, por su parte, redactó ya en 1802 una enmienda para obligar a los Estados a volver al diseño original de los distritos para “la necesaria salvaguarda en la elección de Presidente y Vicepresidente contra disensiones perniciosas, así como el mejor modo elegible de obtener una plena y limpia expresión de la voluntad pública en dicha elección[ix]”. Murió en 1804 sin que la enmienda siguiera adelante.

 

A medida que más Estados se incorporaban a la Unión y se ampliaba el sufragio a más capas de población, más Estados establecían el “general ticket” como método de elección. En las elecciones de 1804 fueron 7 de los 17 Estados y en las de 1820 ya eran 11 de 24. En las elecciones de 1824, 12 Estados optaban por el método del “general ticket” alcanzando, por primera vez, la mitad del total de Estados. A partir de esas elecciones, el “general ticket” se consolidaría como la opción adoptada por casi todos los Estados hasta nuestros días. Fue de esta forma como el Colegio Electoral perdió su razón original de ser. La idea de que los electores fueran hombres prominentes que fueran elegidos por su conocimiento y que reflexionaran tranquilamente y con toda la información disponible sobre quién sería el mejor Presidente entre los candidatos quedó arruinada. Con la aparición de los partidos políticos y la progresiva implantación del “general ticket”, los electores pasaron a ser personas del partido cuya función era puramente instrumental: votar al candidato de su partido si resultaban elegidos. El mecanismo de cribado que teóricamente impediría a un demagogo acceder a la Presidencia ya no existía y, por tanto, cualquiera con dotes para ganarse al pueblo y una organización detrás podía llegar al cargo más importante de la República.

 

 

Los electores desleales

 

Pero aún quedaba un aspecto intacto del sistema original. Por mucho que los partidos colocaran a sus propios electores, estos eran los que al final tenían que votar. Y, según el diseño, nada impedía que votaran a otro candidato que no fuese el del partido si consideraban que debían hacerlo. Curiosamente, a estos electores que se saltan la promesa de votar por un candidato concreto y que cumplen, hasta cierto punto, la idea original del voto libre se les llama despectivamente “electores desleales” (“faithless electors”).

 

El primer elector desleal de la Historia que no votó como Presidente al candidato acordado fue Samuel Miles, elegido por Pennsylvania para las elecciones de 1796 y que votó a Jefferson en vez de a John Adams. Y aunque hubo otros 18 electores desleales en aquellas elecciones, la práctica ha sido excepcional a lo largo de la democracia americana. De los 22.969 votos electorales que ha habido en las 57 elecciones presidenciales anteriores a 2016, solo 80 han votado diferente a cómo debían haberlo hecho en la elección a Presidente, y solo uno (el propio Miles) votó por el rival directo. El resto votaron por candidatos menores, o se abstuvieron o incluso se equivocaron. Un caso especial ocurrió en las elecciones de 1872 cuando un candidato, Howard Greeley, consiguió 66 electores pero murió antes de que estos le votasen. El resultado obvio fue que 63 de ellos acabaron votando a otros candidatos; los votos de los 3 electores que se mantuvieron fieles fueron anulados por el Congreso.

 

Aun siendo una práctica excepcional, 33 de los 50 Estados obligan por ley a los electores a votar por el candidato por el que se han comprometido, y 16 de esos Estados han establecido algún tipo de mecanismo para castigar a los electores desleales, tales como sustituir al elector si este vota incorrectamente o hacer que su voto no cuente. En Nuevo México y Carolina del Sur, votar incorrectamente está penado, aunque el voto se contabiliza como válido. En Carolina del Norte el voto incorrecto lleva aparejada la sustitución del elector desleal y una multa de 500$. En Oklahoma la multa asciende a 1000$ y es considerado delito[x]. En 1952, Ben F. Ray, del comité Demócrata de Alabama, apartó a un miembro de la lista de electores del Estado, Edmund Blair, porque este se había negado a comprometerse a votar al candidato del Partido Demócrata en el Colegio Electoral. El asunto llegó a la Justicia y el Caso Ray v. Blair terminó en el Tribunal Supremo donde esté sentenció que no era inconstitucional que los Estados obligaran a los electores a comprometerse por un candidato si querían ir en las listas.

 

Con el método de elección y las barreras creadas para los electores infieles, todo el mecanismo de cribado quedaba entonces en manos de los partidos políticos y su capacidad para elegir candidatos adecuados para la Presidencia. Pero con la generalización de las primarias a partir de la segunda mitad del siglo XX, ya todo quedaba en manos de los votantes. Trump llegó a la Presidencia por muchos motivos, y uno de ellos fue que no había ningún mecanismo que se lo impidiera.

 

 

Coda: la elección de Trump

 

Actualmente, en el día de las elecciones (establecido siempre el primer martes después del primer lunes de noviembre) se eligen 538 electores repartidos entre los 50 Estados y el Distrito de Columbia (que no es un Estado, pero tiene electores a efectos de la elección presidencial). Esos electores son seleccionados para entrar en las listas de cada Estado en las convenciones de los partidos políticos, o a veces los elige la dirección central (el comité) en agradecimiento por los servicios prestados. En las elecciones de 2016, todos los Estados eligieron a sus electores mediante “general ticket” salvo Maine y Nebraska, que optaron por un modelo hibrido en el que asignaban un elector por distrito y premiaban al candidato ganador a nivel estatal con dos electores más.

 

El 8 de noviembre de 2016, más de 130 millones de estadounidenses acudieron a las urnas. Según la inmensa mayoría de las papeletas electorales, votaron directamente por su candidato preferido, ya que ni siquiera el nombre de sus electores estatales aparecía ya en ellas. A medida que avanzaba la noche electoral y el escrutinio, los medios de comunicación fueron asignando electores a cada uno de los candidatos hasta que le dieron la victoria a Donald Trump, que también fue concedida por su rival demócrata, Hillary Clinton. Aquella noche, todos dieron por hecho que Trump había ganado las elecciones, pero lo hicieron sin que los electores hubieran votado nada, dado que eso no ocurriría hasta el 19 de diciembre. Le dieron la victoria basándose sencillamente en las reglas de juego que se habían ido creando: que los electores votarían al candidato que prometieron votar.

 

Entre el 6 de noviembre y el 19 de diciembre, hubo todo tipo de presiones hacia electores republicanos para que no votaran por Trump. Dos electores demócratas, Michael Baca y Bret Chiafalo, crearon una campaña llamada “Hamilton Electors”. Con ella buscaban que los electores republicanos siguieran el funcionamiento original del Colegio Electoral expuesto por Hamilton en The Federalist nº 68. y votaran en conciencia a otro candidato republicano en consenso con los electores demócratas. La plataforma “Unite for America” colgó un video con actores de Hollywood en el que pedían algo similar. También hubo tribunas en periódicos y campañas publicitarias en los medios. En Idaho, Iowa, Georgia y Michigan, electores republicanos denunciaron haber recibido emails y llamadas de extraños exigiendo que reconsideraran su voto, incluidas amenazas de muerte en algún caso. El Partido Republicano, por su parte, puso en marcha su maquinaria interna para asegurar que todos los electores cumplían con el compromiso adquirido de votar a Trump.

 

Otros electores republicanos anunciaron que no votarían por Trump o que renunciarían al voto. Fue el caso del texano Art Sisneros, que renunció unos días antes de votar y fue sustituido por otro elector. “Electors Trust”, una plataforma anti-Trump creada por Larry Lessig, profesor de Derecho Constitucional de Harvard, ofreció asistencia legal para todo aquel elector que quisiera replantearse su voto. Hasta 20 electores republicanos se pusieron en contacto con la plataforma.

 

Aquel 19 de diciembre, día del voto electoral, hubo 10 electores desleales (2 Republicanos y 8 Demócratas), el número más alto desde 1872. Tres de esos votos, de Minnesota, Maine y Colorado, fueron invalidados por saltarse las leyes estatales que penalizan ese comportamiento y, o bien fueron sustituidos por otro elector, o bien el voto contó como realizado por el candidato comprometido (en este caso, por Clinton). De los 7 votos que sí contaron como válidos, 4 fueron emitidos por electores del Estado de Washington, que fueron penalizados con una multa de 1000$ cada uno por incumplimiento de su ley estatal (derogada en abril de 2019), siendo la primera vez en la Historia que se penalizaba a electores desleales con una multa. Tanto el caso de Colorado (Baca v. Colorado) como uno de los casos de Washington (Chiafalo v. Washington) fueron recurridos ante la Justicia y llegaron hasta el Tribunal Supremo para que se determinara su constitucionalidad. Donald Trump se convirtió en Presidente tras obtener 304 votos electorales frente a 227 de Hillary Clinton. El Tribunal Supremo aún no se ha pronunciado sobre si es constitucional penalizar a los electores desleales.

 

[i] En referencia a Publius Valerius Publicola, uno de los fundadores de la República romana y que participó en la expulsión del último monarca, Tarquinio el Soberbio.

 

[ii] Todas las citas traducidas de The Federalist Papers están extraídas de “El Federalista”, Fondo de Cultura Económica, Mexico D.F, 2012.

 

[iii] Es con todos estos elementos cuando se entiende el concepto completo de “república” y su oposición con “democracia”. Esta oposición explica por qué la palabra democracia no aparece en la Constitución americana y por qué se suele malinterpretar una frase de John Adams: “La democracia pronto degenera en anarquía”.

 

[iv] Esta norma sería cambiada por la Decimosegunda Enmienda que establecía que los electores tendrían que emitir dos votos en votaciones separadas, uno para Presidente y otro para Vicepresidente, siendo nombrado para cada cargo el ganador de cada votación. Este es el sistema que ha estado vigente desde 1804.

 

[v] Las elecciones de 1824 supusieron el final del Partido Demócrata-Republicano por sus divisiones internas. Una de esas facciones, liderada por Andrew Jackson, fundaría el actual Partido Demócrata en 1828. Unos años más tarde, en 1854, se fundaría el Partido Republicano también en honor a Jefferson.

 

[vi] Del original en la sesión del 25 de julio de 1787: “The Legislatures can and will act with some kind of regular plan, and will promote the appointment of a man who will not oppose himself to a favorite object. Should a majority of the Legislatures, at the time of election, have the same object, or different objects of the same kind, the National Executive would be rendered subservient to them”.

 

[vii] En aquellas primeras elecciones Rhode Island y Carolina del Norte no votaron ya que estaban aún en proceso de ratificar la Constitución.

 

[viii] De la carta original a George Hay: “I agree entirely with you in thinking that the election of Presidential Electors by districts, is an amendment very proper to be brought forward at the same time with that relating to the eventual choice of President by the H. of Reps. The district mode was mostly, if not exclusively in view when the Constitution was framed & adopted”.

 

[ix] Extraído de la propuesta original: “Resolved, as the sense of the Legislature, that the following amendments ought to be incorporated into the Constitution of the United States as a necessary safeguard in the choice of a President and Vice President against pernicious dissensions as the most eligible mode of obtaining a full and fair expression of the public will in such election”.

 

[x] Los datos completos se pueden encontrar en Fair Vote: https://www.fairvote.org/the_electoral_college#faithless_elector_state_laws 

 

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