La familia contemporánea según Max Horkheimer

28/05/2020

Daniel Cheung @danielkcheung


Suele situarse a Max Horkheimer (1895-1973) en el denominado “marxismo revisionista”. Este término es empleado para referirse a los pensadores que, durante el siglo XX, se declararon seguidores de Karl Marx, pero que, por el contrario, se oponían al  marxismo soviético. La Escuela de Frankfurt, grupo de intelectuales que surge en dicha ciudad en los años 20, y de la cual Horkheimer era director e integrante, sostenía entre sus tesis fundamentales que la Unión soviética, por su política autoritaria y su empleo sistemático de la violencia, pervertía las ideas de Marx e imposibilitaba su consecución real y verdadera. Es por ello por lo que los seguidores del marxismo leninista y del pensamiento de Stalin ven en estos filósofos unos “falsos revolucionarios”, que no están verdaderamente comprometidos con los sacrificios que el progreso histórico conlleva. Para los marxistas revisionistas, sin embargo, toda política que enarbole la violencia sistemática no conducirá a nada más que formas nuevas y perfeccionadas de dominio e injusticia.

 

Otra de las tesis fundamentales de Horkheimer, compartida también por sus compañeros de Escuela (principalmente, por Adorno y Marcuse), es que la dialéctica de grupos sociales –la lucha de clases-, generada por los diferentes sistemas económicos (feudalismo, capitalismo…) engendraba no solo unas ideologías concretas, que es lo que había defendido Marx, sino también unas psicologías determinadas. Para estos autores la mente es también un factor material, moldeado por la sociedad en que se desarrolla, y no una sustancia inmutable a los cambios. Por ejemplo, no se trata únicamente de que una persona de la Edad Media tuviera unas ideas diferentes de las que manejaba un burgués del siglo XIX, sino que sus mentes, su psique y su personalidad, estaban construidas y conformadas por la sociedad en que habían nacido. Nociones como la de identidad, la de yo o espíritu, están construidas de diferentes formas en función de la cultura en que las encontremos.

 

Recogiendo esta teoría materialista de la psicología, la época del capitalismo, según Horkheimer, ha generado un tipo pragmatista de mente, según el cual las personas entienden su razón como una herramienta para la consecución de fines inmediatos. Frente a las épocas anteriores, en que se entendía la razón como la herramienta que el hombre tenía para entender las grandes Ideas universales, como el Amor, la Verdad o el Hombre, ahora no hay ningún tipo de meta trascendental, sino una constante búsqueda de satisfacción de anhelos presentes. La razón actual, en vez de buscar la Verdad, por ejemplo, se enfoca en la búsqueda de medios para la satisfacción de fines concretos; por ejemplo, es alguien racional, actualmente, quien compra más barato, llega más pronto a los sitios, o consigue la felicidad de un modo más eficiente. La razón, la mente, el yo, no son más que herramientas de las que el hombre hace uso para satisfacer sus deseos particulares. El capitalismo da lugar a una razón al servicio del egoísmo particular, se convierte en un instrumento. Dentro de esta sociedad frenética, la familia, el grupo más importante en que el individuo aprende los valores sociales, se convierte en una asociación deslegitimada, ya que su autoridad y reputación se ha visto menguada frente al poder de grandes corporaciones abstractas, como la escuela o los equipos deportivos. Cuál es, según Horkheimer, la función de la familia y cómo esta función ha sido cuestionada en el nuevo capitalismo es lo que nos planteamos indagar en este artículo.

 

En primer lugar, debemos dejar patente que nuestro pensador defiende que el modo en que el individuo aprende y asimila los valores sociales es el mismo que el establecido por Freud. Para el padre de la psicología, la educación se basa en la represión de impulsos y en la idealización del padre como modelo y en la búsqueda constante del amor de la madre como afecto fundamental, idealización y afecto que buscaremos, todas las personas, a lo largo de nuestra vida, guiando nuestras relaciones y nuestros proyectos vitales en función a estos dos arquetipos. Por lo tanto, la educación consiste en reprimir nuestros impulsos primitivos o “encauzarlos” para parecernos a la idea que tenemos de nuestro padre y para ganarnos el amor de “nuestra madre”. Así pues, la educación se basa, por un lado, en el sometimiento del hijo al poder paterno, siendo así que La orden del padre es la razón liberada de la naturaleza, un poder espiritual inexorable. El niño sufre al someterse a ese poder. (…) El niño no percibe el motivo de todas estas exigencias. Obedece para no ser reprendido o castigado, para no perder el amor de sus padres, del que tiene una profunda necesidad”[1]

 

El hijo no deja, por ejemplo, de pegar o de revolcarse en el barro porque sus padres le expliquen que está mal, sino que lo hace por obedecer al padre, ya que, en cierto modo, le teme y tiene miedo de perder su amor. Sin embargo, no debemos entender este sometimiento del hijo como una realidad puramente nociva, sino como el conflicto necesario para la formación del niño como persona. Esta sumisión del padre al hijo dará lugar a que el niño entienda a su padre como una fuerza divina, como un modelo idealizado de conducta, y aprenderá a someterse, siendo adulto, a lo que él verá como “lo moral”, “lo justo”, y que no es en realidad sino el arquetipo inconsciente de su padre. Horkheimer entiende este ciclo de sumisión como un esfuerzo necesario, como el sacrificio que supone el autodominio. No orinar cuando nos place es, al principio de nuestra vida, un acto traumático, doloroso, pero que nos permite dominarnos y poder construir nuestra personalidad en base a ese control propio. Esta construcción esforzada, este dominio de los impulsos, no se limita al campo de lo biológico, sino que lo rebasa, abarcando plenamente el ámbito de lo social y cultural.

 

Por el otro lado, la educación del hijo necesita, además de la autoridad e idealización paterna, el afecto materno. Este cariño, que se entiende como amor incondicional, es el motor real de que obedezcamos y aprendamos a obedecer a nuestros padres. Además, la madre ejerce la figura de espacio seguro, de lugar donde podemos expresarnos sin el miedo de enfrentarnos a algo cuya reacción desconocemos. Es con la madre con la que el niño se siente seguro mostrando sus sentimientos y sus debilidades. Sin ella, la realidad, ajena y hostil, sería simplemente insoportable para el niño.

 

Es por ello que el pensador deja claro que “Los sentimientos, las actitudes y las convicciones que hunden sus raíces en la familia mantienen unido nuestro sistema cultural. Constituyen un elemento del cemento social”[2]. La familia es, en primer lugar, el ámbito fundamental en que el niño aprende a ser persona, ya que la conciencia, la moral, el juicio, y todos los aspectos de la mente humana que rebasan el impulso, no son naturales e inmediatos, sino que se construyen en el proceso social que empieza en dicha familia. 

 

Sin embargo, dentro de la situación socioeconómica del capitalismo corporativo, la familia tradicional se disuelve en un mercado incierto. Las crisis económicas, junto con su poder destructivo, son cada vez mayores. La familia es incapaz de proteger a sus hijos de las catástrofes económicas. Desamparado, el individuo ya no ve en su padre la figura de seguridad, el ideal que tiende a imitar, ni en su madre el cariño infinito que necesita al nacer y que le hace sentirse seguro. En épocas anteriores, la familia burguesa servía para el cultivo de la individualidad; el niño aprendía a respetar la autoridad en el padre, un padre que era la ley y la seguridad, y a poder expresarse con seguridad, gracias al resguardo que suponía la madre. Sin embargo, en tanto que las relaciones matrimoniales, base de la familia, han pasado, en el nuevo capitalismo, del amor romántico al compañerismo, “la fidelidad indisoluble entre dos seres humanos como felicidad y sentido de sus vidas pasa a convertirse con cada percepción más amplia de lo condicionado de la persona y de cuanto a ella corresponde, en mero delirio”[3]. Es decir, a juicio de Horkheimer, la sociedad capitalista concibe el matrimonio más como una asociación entre compañeros que como una relación fruto del amor ideal. Como tal, el matrimonio actual es mucho más laxo en sus compromisos, menos implicado a nivel emocional, al modo de las relaciones contractuales.  Esta descreencia en la pareja imprime su huella en el hijo.

 

En primer lugar, “cuando el niño no experimenta ya el ilimitado amor de su madre, su propia capacidad de amor permanece subdesarrollada”[4]: el niño aprendía, en la familia tradicional, a expresar sus emociones desde la seguridad que le otorgaba el cariño incondicional de su madre. Ahora, cuando las mujeres “asumen la maternidad como una profesión y su actitud en relación con los hijos es objetiva y pragmática”[5], el niño actúa de un modo mercantil desde su misma infancia. Las relaciones que crea con otras personas son de cinismo e interés, y se convierte en un pequeño comerciante. Las joven generación está “más vacía de ilusiones, es más fría, más consciente de lo que le conviene”[6].

 

Por otro lado, la mitologización del padre se derrumba; frente a la concepción ideal de la autoridad paterna, en decadencia, la realidad opone la inmensidad y monstruosidad de los grandes entes abstractos: la Nación, el Estado, el equipo de fútbol…Toman el papel de educadores del niño. Estas fuerzas son tan grandes como homogéneas y furibundas, y únicamente están coordinadas por las apetencias inmediatas; actúan según el odio, la ira, el fervor…El niño, que ha perdido el modelo del padre, debe acoplarse a alguno de estos grupos, entrar en la tribu y actuar como engranaje del clan. De este modo, el grupo informe educa al niño para que sea idéntico a sus camaradas de cuadrilla, mientras que el modelo del padre, diferente para cada niño, permitía por eso una diferenciación mayor de la personalidad de cada uno. Así pues, el niño debe adentrarse a la sociedad a una edad mucho más temprana que en otras épocas, yendo a la guardería, al grupo extraescolar… El impulso de aprendizaje queda constreñido a la institución; se enfrenta al mundo cuando aún no ha desarrollado su personalidad, que queda, por lo tanto, amorfa: "Con ello he indicado ya mi representación del futuro del matrimonio. Por mucho que sus formas burguesas puedan perdurar aún, la consciencia de una unión que es, en cada caso, única, el significado del apellido, la voluntad de configurar la vida de acuerdo con cuanto viene a él unido y concuerda con él y, si es posible, de prolongarlo a través de los hijos, está en trance de desaparición”[7].

 

Por lo tanto, para Max Horkheimer, la familia, como grupo de educación primigenio, está sentenciada por las fuerzas económicas e ideológicas capitalistas, que arrancan a sus hijos del núcleo familiar  y los educan en grupos tribales. A primera vista, podríamos ver en este pensador una crítica de la familia de carácter reaccionario, que busca ampararse en viejos modelos, en épocas antiguas y doradas. La perspectiva de Horkheimer, en apariencia conservadora, parece estar en un primer instante en radical contradicción con la teoría de la familia del marxismo clásico. Efectivamente, Engels, el padre de la sociología marxista, hacía una profunda crítica de la familia monógama, afirmando que era la base y  la reproducción de todas las injusticias sociales. Sin embargo, es el propio Engels quien nos da la clave para entender esta ambivalencia crítica, afirmando que: La monogamia fue un gran progreso histórico, pero al mismo tiempo inaugura, juntamente con la esclavitud y las riquezas privadas, aquella época que dura hasta nuestros días y en la cual cada progreso es al mismo tiempo un regreso relativo y el bienestar y el desarrollo de unos verifícase a expensas del dolor y de la represión de otros”[8]. Por lo tanto, para el marxismo, todo progreso es a la vez un regreso, todo hecho tiene su contrapunto negativo, dentro de la dialéctica histórica, y no dejará de suceder esto hasta que se superen todas las contradicciones de clase. La familia no está, evidentemente, exenta de esta polaridad.

 

Podemos comprender que Horkheimer, siendo realmente profundamente consciente de las injusticias y la problemática inherente a la familia tradicional, intenta hacernos ver los graves perjuicios que suponen la sustitución de la misma por el modelo educativo construido por el capitalismo del siglo XX. Para este autor, si bien la familia monógama acarrea dinámicas de opresión y violencia, esto no implica que cualquier modelo que la supera es, de hecho, beneficioso para el ser humano. Una sociedad que ha dado lugar al nazismo y a los hooligans no es mejor que la sociedad anterior, sino que, únicamente, ha creado nuevas formas de hostilidad. Como asevera el propio autor:  Es probable que la agresividad de estos niños, de la que más tarde no se desprenden, sino que la reprimen y racionalizan en mayor o menor grado, hunda en sus raíces en la desaparición de las funciones positivas, protectoras, de la familia”[9]

 

La posibilidad de que exista un modelo familiar que eduque al hombre para que no replique las dinámicas de violencia y las perpetúe, un modelo que sea, en el profundo sentido de la palabra, más humano, pasa por la crítica sistemática de los grupos educativos de la actualidad. Contraponer la situación presente a los hechos pasados, ver en qué puntos se ha descarriado la educación, es un proceso indispensable para lograr un avance efectivo en este campo. La mejora radical de la sociedad pasa, entonces, por una remodelación esencial de la familia, no por su destrucción en manos de grandes corporaciones anónimas y depredadoras.

 

[1] Horkheimer, Max: Crítica de la razón instrumental, p. 132

 

[2] Horkheimer, Max: Sociedad, razón y libertad, pp. 83-84

 

[3] Horkheimer, Max: Sociedad, razón y libertad, p. 110

 

[4] Horkheimer, Max: op. cit., p. 89

 

[5] Horkheimer, Max; op, cit., 89

 

[6] Horkheimer, Max: op, cit., 107

 

[7] Horkheimer, Max: op. cit., 108

 

[8] Engels, Friedrich: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, p. 94

 

[9] Horkheimer, Max: op. cit., p. 97

 

 

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