¿El tamaño importa?

Charles Deluvio @charlesdeluvio


Como sabe todo amante de la geografía, representar nuestro planeta en una superficie plana es imposible. Cualquiera que sea la proyección por la que optemos no evitaremos distorsionar de algún modo las formas de los montes y las distancias de los mares. Sin embargo, hay una constante que apreciaremos en cualquier planisferio político: la enorme variabilidad en las dimensiones de los países. Los cerca de 200 Estados soberanos oscilan entre los 17 millones de km2 rusos, hasta la diminuta ciudad vaticana, de apenas 0,5 km2. Ahora bien, ¿cuál es la relevancia política y económica de esta variable?

 

En “Size of nations” (2005), Alberto Alesina y Enrico Spolaore detectan que los Estados más grandes acostumbran a gozar de diversas ventajas económicas: el precio per capita de (muchos) bienes públicos (justicia, defensa, infraestructuras etc.) es menor, la efectividad fiscal es mayor, las economías de escala y de gama son más potentes. Adicionalmente, un mayor tamaño permite una mayor solidaridad interterritorial –“regional insurance”- de manera que, por ejemplo, cuando al norte industrial no le va bien puede recibir transferencias del sud agrícola, y viceversa. Y, en general, aumenta el círculo de la solidaridad, es decir, el conjunto de personas llamadas a ayudarse en caso de necesidad, lo que no es poco.

 

Como sería esperable, los Estados pequeños tendrán un mercado interior más reducido y menos diversificado, por lo que estarán especialmente expuestos a los vaivenes del comercio exterior del que tanto dependerán (Briguglio, 2016: 24). Por ende, y de manera adicional, podríamos añadir que la capacidad de soberanía/autodeterminación efectiva de los Estados grandes será mayor al verse menos afectados por la actividad de terceros. En esta línea, existe un consenso claro sobre que un mayor músculo demográfico y económico permite desarrollar más intensamente el potencial bélico con el que proteger a los nacionales de amenazas externas e internas así como un cuerpo diplomático más capaz (Thorhallsson, 2018). De acuerdo con la concepción realista de las relaciones internacionales, los Estados pequeños serían simples peones sin apenas capacidad de influencia en el tablero internacional, muy dependientes de las astutas alianzas que puedan trazar.

 

Desde otro punto de vista, Baldacchino habla del “small scale sindrome” y considera distintas dificultades para los estados pequeños: de un parte, la tendencia al monopolio (un hospital, una universidad, una empresa de telecomunicaciones, etc.) lo que tiende a dañar los efectos positivos de la competencia; de otra, la mayor presencia del Estado en los distintos aspectos de la vida civil, y en consecuencia, una menor privacidad. “The signature of a small state is probably best rendered in the excessive personalization of decision making; the poverty of civil society; the power of information about, on and by people; the sheer impossibility of avoiding role conflict” (Baldacchino, 2012: 17)

 

Finalmente, muchos aducirían que nuestro mundo está cada vez más globalizado e interconectado -a nivel ecológico, económico, migratorio etc.- por lo que las distintas políticas nacionales generan cada vez más externalidades negativas y donde cada vez surgen más  problemas de acción colectiva. Dos realidades en aumento que solo pueden ser resueltas eficazmente mediante autoridades centrales para las que la multiplicación de los actores en juego supone un inconveniente directo.

 

Dicho esto, cabe plantear razonadamente otros tantos beneficios nada desdeñables de la pequeñez que, en algunos casos, solo son la otra cara de la moneda de las dificultades mencionadas. Por ejemplo, el menor poder geopolítico de las Naciones de entre 10 y 15 millones de habitantes tiende a empujarlas a establecer más relaciones de colaboración con terceros países. Similarmente, el reducido tamaño de los mercados interiores desincentiva fuertemente cualquier forma de autarquía o guerra comercial y en consecuencia impulsa a abrir las fronteras con decisión para personas y bienes –pensemos en el Benelux o en las uniones nórdicas- posiblemente una de las mejores salvaguardas contra la guerra. Como bien intuyó Bastiat, si las mercancías no cruzan la frontera, lo harán los soldados. En este sentido Alesina y Spolaore (2005:112) afirman que “a world of larger countries should be associated with higher protectionism and more conflict, while a world of smaller countries should be associated with freer trade and less international conflict”. En relación a la “guerras del bacalo” que enfrentaron el Reino Unido con Islandia durante la mitad del siglo pasado, Steinsson (2017:14) se muestra crítico con esta visión e introduce matices importantes pero concluye que si bien las interconexiones comerciales, la democracia y las instituciones comunes no evitaron el aumento de la tensión –la Armada británica llegó a movilizar buques de guerra e Islandia amenazó con “cerrar” sus bases estadounidenses y salir de la OTAN- sí evitaron que pudieran convertirse en conflictos a la vieja usanza, con miles y miles de muertos.   

 

Similarmente, las limitaciones económicas y demográficas propias de los Estados más pequeños tenderá a dificultar el surgimiento de súperpotencias capaces de señorear a las demás Naciones, tanto a nivel militar como económico. Como dice Thorhallsson (2018:19) “Small states lack the resources and manpower to wield large militaries and lack the power to force other states to succumb to their will. Moreover, small states may not be able to defend themselves from hostile attacks and rely on other states and international organisations for defence and diplomatic support”. De hecho, a medida que el mundo se hace más pacífico y los mercados se conectan mejor, dos de las principales ventajas que antaño suponía pertenecer a una gran Nación -i.e un mercado interior extenso y un gran poderío militar- se hacen cada vez menos relevantes.

 

Es destacable el estudio de Holanda, Suecia y Austria realizado por Katzenstein (1984 y 1985) de acuerdo con el cual los Estados de menor tamaño responden de manera más cohesionada a las inclemencias económicas, alcanzando acuerdos con una mayor velocidad que les permite adaptarse comparativamente mejor a los cambios. En esta línea, Rodrik (1998) también observaba que las economías más abiertas al exterior acostumbran a tener Estados más expansivos y preocupados por establecer políticas sociales con las que proteger a sus ciudadanos de los vaivenes del comercio y la competencia internacional.

 

En este sentido, y de acuerdo con Alesina y Spolaore (2005), un menor tamaño tenderá a generar una mayor satisfacción ciudadana en relación al modo en que se organizan y distribuyen los recursos pues un mayor tamaño acostumbra a implica una mayor heterogeneidad social y de intereses, incrementando la posibilidad de que la satisfacción de unos vaya en detrimento de otros (campo vs ciudad, importadores vs exportadores, bilingüismo escolar vs monolingüismo escolar etc.).

 

En “Small states, small problems” (2000) William Easterly y Aart C. Kraay sostienen que, si se controla por diversos factores, los Estados de menos de 1 millón de personas tienen un crecimiento económico equiparable a los demás, y que su riqueza es significativamente superior al de los países más grandes. Alesina y Spolaore (2005:81) afirman que “whether country size matters for economic prosperity depends on a country’s degree of economic integration with the rest of the world.” Más recientemente, en el trabajo realizado al respecto por el Fondo Monetario Internacional (2013), se afirma que en el período 1980-2010 se observa que el crecimiento de los Estados de menos de 1,5 millones de personas es, controlando diversos factores, solo ligeramente más lento que el de los Estados mayores, en especial en tiempos recientes. (Mención aparte merecerían aquellos micro-Estados que deben gran parte de su economía a lo paradisíaco de su geografía y/o fiscalidad).

 

No solo eso, si recuperamos las clásicas ideas rousseaunianas sobre la democracia, podríamos añadir que el menor tamaño estatal permite formas de democracia más asamblearia y directa, del todo inviables en aquellos Estados que incluyen decenas de millones de personas. De otra parte, la cercanía con la población incentivará el tipo de beneficios con los que habitualmente se defiende la descentralización y el principio de subsidiariedad: mayor fiscalización ciudadana, mayor transparencia en la gestión, mayor conocimiento de la realidad a gestionar, mayor rapidez en la adopción de medidas etc. Como tantas veces ha sido repetido, puede citarse el Espíritu de las leyes de Montesquieu con aquello de que en una gran república el bien común se divide en miles de opiniones distintas, mientras que en una mucho más pequeña es fácil de identificar, entender y captar por cualquier ciudadano.

 

Dicho esto, conviene no exagerar y ser prudentes a la hora de apreciar las virtudes de la pequeñez pues reducir excesivamente los Estados podría generar resultados contraproducentes. Cuando nos fijamos en micro-Naciones de 1 millón de habitantes o menos, las cosas empiezan a cambiar. Es habitual referirse a Aristóteles afirmando en la Política que el buen gobierno de una ciudad populosa es muy difícil, recomendando aquella en que unos y otros puedan conocerse. Sin embargo, existen diversas voces críticas al respecto que vienen a matizar el “small is beautiful” que domina (o dominaba) la cuestión al destacar diversos problemas propios de las “ciudad-estado” contemporáneas. Jan Erk y Wouter Veenendaal (2014) razonan que los estudios que identifican pequeñez y calidad democrática pecan de superficiales al observar indicadores de corte formal –como el tipo de leyes promulgadas o el número de elecciones celebradas- y olvidan fijarse en la realidad material del asunto –las relaciones de poder efectivas. A su juicio, tras una engañosa fachada de normalidad democrática en las islas Palau, Seychelles, San Cristóbal, y en la república montañesa de San Marino se esconde “the continuing prevalence of informal but strong patronage customs; traditional titleholders and powerbrokers who wield ample nonformal authority; and illiberal practices including intimidation and cronyism. Also in the mix are healthier informal practices such as customs that promote broad participation in local decision making, not to mention indigenous forms of peaceful conflict resolution” (Erk y Veenendaal, 2014: 136). De este modo, si bien detectaron que para algunos de sus habitantes la proximidad entre políticos y ciudadanos aumentaba la conciencia política de las personas y la capacidad del individuo para relacionarse con sus representantes, también incentivaba distintas inercias próximas al caciquismo.

 

Similarmente, los diversos estudios realizados por Jack Corbett sobre el estado de la democracia en diversas micro-Naciones del Pacífico refuerzan estas dudas. En un reciente artículo Corbet (2018) analizaba la realidad política de Tuvalu, una isla de la Polinesia con una población inferior a las 11.000 personas –como las polis griegas- y detectaba déficits democráticos importantes. Entre otros problemas, Corbet destaca que las reducidas dimensiones de la sociedad empuja a que su vida política esté marcada con especial intensidad por el faccionalismo, el personalismo, el clientelismo y una prensa poco independiente y crítica, precisamente aquellos males que federalistas como Madison querían evitar y por lo que defendían la unión de las 13 colonias americanas para así formar una república extensa y populosa en que los males anteriores no pudiera tener lugar con facilidad.

 

El tamaño pues, importa. Sin embargo, como vemos, importa de maneras complejas y no lineales que son difíciles de predecir. Asimismo, no parece que de la literatura actual puedan extraerse conclusiones totalmente firmes: en muchos casos la evidencia disponible apunta en direcciones opuestas, cuando se habla del tamaño de los Estados no siempre se habla de lo mismo -¿tamaño de la población, del territorio, de la economía?-, sucede que lo que es cierto para un Estado pequeño puede ser falso para un micro-Estado, y lo contextual de muchos estudios es evidente, siendo esperable que unas mismas dimensiones generen efectos muy distintos en función de la latitud y la cultura en que nos encontremos. Como en tantas otras ocasiones puede decirse que el tamaño importa en función de cómo se use. 

 

  • Alesina, A. y Spolaore, E. (2003). The Size of Nations. Cambridge, MA: MIT Press

 

  • Baldacchino, G. (2012). “Meeting the Tests of Time: Small States in the 21st Century”, Current Issues in Comparative Education, 15(1):14-25.

 

  • Briguglio, L. (Ed.). (2016). Small States and the European Union. London: Routledge

 

  • Crobett, J. (2018). “Democratic innovations and the challenges of parliamentary oversight in a small state: Is small really beautiful?” Small States & Territories, Vol. 1, No. 1.

 

  • Easterly, W. y Kraay, A. (2000). “Small States, Small Problems? Income, Growth, and Volatility in Small States”. World Development. 28(11):2013-2027. 4

 

  • Erk, J. y Veenendaal, W. (2014). “Is Small Really Beautiful? The Microstate Mistake.” Journal of Democracy 25, no. 3: 135–48.

 

  • Fondo Monetario Internacional. (2013). “Macroeconomic Issues in Small States and Implications for Fund Engagement”. Disponible en: https://www.imf.org/en/Publications/Policy-Papers/Issues/2016/12/31/Macroeconomic-Issues-in-Small-States-and-Implications-for-Fund-Engagement-PP4745

 

  • Rodrik, D. (1998). “Why do more open economies have bigger governments?” Journal of Political Economy, 106(5), 997-1032.

 

  • Steinsson, S. (2018). “Do liberal ties pacify? A study of the Cod Wars”. Cooperation and Conflict, 53(3), 339–355.

 

  • Thorhallsson, B. (2018). “Studying small states: A review”, Small States & Territories, Vol. 1, No. 1.

 

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