De religiones, minorías y otras ironías

Aaron Burden @aaronburden


La religión es una minoría. O al menos lo que entendemos como puramente religioso. Si esta tesis se nos hubiera planteado hace apenas 40 años, hubiera sido un sacrilegio –más aún en Latino América-; algo insostenible por donde se viera. Sin embargo, hoy es una verdad insoslayable. Aunque como en la metáfora del elefante en la habitación, hagamos lo posible por evitar debatir el tema y tratarlo con las implicaciones que, por añadidura, amerita.

 

Para comprender lo anteriormente establecido, debemos sentar algunos parámetros conceptuales: la divergencia entre cultura y religión es indudablemente el más importante. La primera atiende al conjunto de tradiciones, costumbres e historias que se hacen eco entre las calles y paredes de alguna comunidad; la segunda –lo exclusivamente religioso- obedece a los usos y maneras que se deben practicar en alguna comunión. Tomando como ejemplo esto último, podemos precisar que las festividades que solo se celebran en un pueblo, haciendo alusión a algún Santo u otro tipo de deidad, tienen un fondo irremediablemente religioso, pero en la forma, esta tradición pasa a ser parte del colectivo cultural de ese lugar. Si bien ambas partes de esta disyuntiva pueden actuar al unísono sin ningún problema –como en el ejemplo anterior-, también lo pueden hacer por separado. Esto último usualmente sucede al romperse la ortopraxis –cuando laicos y religiosos se ponen de acuerdo en lo que está bien-, una rotura bastante común. Es pues,  el objetivo de este texto, hacer una reflexión en torno al rol de lo religioso frente a las nuevas tendencias de la sociedad global y como esto se relaciona con la disrupción  del pensamiento frente a las autoridades morales tradicionales. Para respaldar lo anterior, y dar pie a otro argumento, es necesario  que recuperemos lo señalado por el sociólogo Olivier Roy en su obra “La Santa ignorancia”:

 

Las sociedades que se consideran ante todo religiosas decretan la reducción de los márgenes y las desviaciones, y por tanto, están condenadas a una inestabilidad permanente, porque la demanda de pureza sitúa a todas las personas en una posición aleatoria e insostenible; son sociedades de la duda y la sospecha, y por tanto del miedo”. (O. Roy. 2008 .p157)

 

Esto se traduce en que, en una comunidad en donde impera lo exclusivamente religioso, las libertades del mundo occidental, -tanto ideológicas como pragmáticas, jamás podrían tomar lugar; al menos no de la misma manera en la que lo harían en una comunidad mayormente laica. No es secreto para nadie que las religiones del mundo a la par de los años han perdido adeptos vertiginosamente. En España, por ejemplo, hacia 1980 un 8% de la población constituía el grupo de “ateos, agnósticos o no creyentes”. La misma casa encuestadora –de la fundación Fundación Ferrer i Guàrdia- recoge que esa misma estadística en 2018 se, había incrementado hasta el 27%. Para más inri, la misma encuesta asegura que del 69,5% de la población que se dice religiosa, solo un 26,6% es practicante. Esta última  situación es una constante no solo en España, sino en casi todo el mundo occidental; las personas que se declaran católicas, cristianas, o judías, lo son culturalmente; pero propiamente en lo religioso, es decir, en lo que a los ritos se refiere, no lo son. La religión más que adquirirse por creencia, se adquieren por herencia. Las nuevas generaciones -mayormente- no se identifican con ninguna religión, y, quienes sí lo hacen, es  a consecuencia de una raigambre cultural implícita  que ha perdurado en su familia o comunidad. Bajo estos parámetros, considero adecuado parafrasear al psicólogo Nigel Barber en su libro Why Ateism Will Replace Religion  al asegurar que el declive de la religión está directamente relacionado con el desarrollo  de cada país. Aun así,  admite que la espiritualidad es un aspecto básico de la condición humana que puede no desaparecer. Sin embargo, las religiones organizadas son cada vez más irrelevantes –e innecesarias- para la espiritualidad moderna. De todo esto podemos llegar a una conclusión holística: a la luz de los panoramas contemporáneos, el espíritu del liberalismo ideológico pesa más que el espíritu de cualquier autoridad. 

 

Vivimos innegablemente en la era de la inclusión. Los marbetes, las maldiciones y las ofensas que solían afligir a los grupos minoritarios hoy, si bien no han quedado en el pasado, están mal vistos por la mayoría. Aunado a ello, la comunidad LGBT, los aborígenes, los migrantes y otros grupos desprotegidos, están amparados por varias disposiciones legales, cuyo fin es salvaguardar sus derechos, y, sobre todo, protegerlos de la intransigencia de quienes no respetan su modo de vida. Con la apertura de estos grupos, la libertad individual –el espíritu del liberalismo- se ha expandido irremediablemente.

 

Nunca antes habían sido tan socialmente aceptados temas como la ideología de género –entendiendo esta ideología como la filosofía bajo la que el género no se determina según el nacimiento, sino según la inclinación de cada individuo - , los matrimonios interraciales y el empoderamiento de la mujer. Sin embargo, si esto se contrasta con la tradición religiosa, siguen existiendo numerosos valladares sobre la senda que las sociedades modernas están procurando recorrer. Actualmente resulta trivial que un católico romano se case con un protestante, un  budista o incluso un ateo –siempre y cuando su fe no esté absolutamente vinculada  a lo que dicta su religión-; por otra parte, si un judío ortodoxo decidiera contraer nupcias con una mujer ajena al rito, esto solo se traduciría en su inmediata excomunión. Como bien mantiene Roy, en lo exclusivamente religioso existe una necesidad por mantener la pureza de los fieles en cuanto a sus ideas. La homosexualidad por ejemplo, que para el resto del mundo es cada vez más aceptada, para los católicos integristas –los puramente católicos- resulta inconcebible: en este sentido las autoridades católicas establecen su combate contra la homosexualidad no como una apología al odio –al menos no lo pretenden así- , sino como una afirmación del Evangelio por encima de cualquier ideología o movimiento cultural. Parafraseando a Roy, las comunidades religiosas hacen un esfuerzo, que, aunque “notorio”, resulta infructuoso; ningún mensaje ha logrado expresar alguna forma de empatía, ni siquiera un consenso meramente cultural. Ante los ojos del mundo aparecen como otro grupo minoritario, con la singularidad de que este resulta especialmente intolerante. La eclosión del feminismo secuela un paradigma bastante particular puesto que este es el claro ejemplo de ortopraxis: la desigualdad entre géneros jamás ha sido algo exclusivamente religioso, incluso podríamos aseverar que a lo largo de la historia ha pertenecido a un sentir general de la población. No obstante, el feminismo como lo conocemos, ha avanzado rápidamente, por consecuencia, ha sido adoptado por gran parte de las sociedades occidentales. Darle un rol protagónico a la mujer, con libertades individuales semejantes a las del hombre, sería impensable para los musulmanes integristas –los puramente musulmanes- por ejemplo.

 

De lo anterior podemos concluir que el constante decrecimiento de los creyentes es consecuencia –al menos en considerable medida- de la postura intolerante de la iglesia ante las nuevas formas de expresión y la apoteósica irrupción de la libertad de pensamiento a nivel global.  Ante esta encrucijada aparecen religiones postmodernistas -como la Iglesia Mesiánica en México- que pretenden dar la espalada a estas nuevas tendencias,  bajo el argumento de que son “impuras”, y sí, desde su perspectiva todo aquello que atente contra sus sentires arcaicos resulta sencillamente “pagano”. Independiente de cada dogma, el ser humano se encuentra en una constante búsqueda de estabilidad espiritual; cierto sector de la población trata de alejar este deseo adoptando o incluso fabricando su propia deidad en una suerte de “mercado de religiones”. Aquí lo que para unos cuantos es fundamental, para otros tantos es deleznable; es un ciclo cuasi oprobioso de juicios morales, donde a veces, ante el desasosiego, la emancipación nos sobrepasa.

 

Para sustentar esto último, es preciso destacar lo enmarcado por el condecorado filosofo esloveno Slavoj Žižek en su obra En defensa de la intolerancia, donde subraya que la colonización sigue siendo un tema vigente en nuestros tiempos, empero, no de la manera en la que estábamos  habituados. En este caso, los mercados globales toman el papel del Estado-nación al ofrecer –o imponer dependiendo de la perspectiva de cada cual- una alternativa de pensamiento, que, según Žižek, solo puede desembocar en el multiculturalismo; un fenómeno que propugna la adopción de nuevas ideas en todas las latitudes geográficas del planeta, lo cual, a su vez, satisface este deseo de estabilidad espiritual.  (S. Žižek. 1998. p64).

 

 A pesar de la aparición de nuevas religiones, estas no dejan de ser grupos minoritarios, los mismos  que se aseguran “desprotegidos” ante la banalidad del mundo exterior. Es por ello que en muchos casos deciden recurrir a un repliegue social, como si de una especie de ermitañismo se tratase. Un repliegue que no dista del que se vio obligado a hacer la comunidad homosexual hasta hace pocos años, y un ermitañismo que no está lejos de lo que viven las comunidades indígenas aún en la actualidad; ambos grupos agraviados por la intolerancia de quienes gozaban de un entendimiento que ellos solo anhelaban.

 

Ya que hemos analizado las ampliaciones de lo puramente religioso frente a las libertades individuales que suponen nuestros tiempos, y cómo esto se relaciona forzosamente con las minorías, podemos señalar que si hay un tema que se sobrepone en estas instancias es la ironía: primero, porque las religiones son víctimas de un pasado histórico que las persigue; ellos siempre fueron –y en parte siguen siendo- victimarios de los más desprotegidos; segundo, porque las religiones no anhelan el entendimiento, anhelan la imposición. O por lo menos, así lo dan a entender, desentendiéndose de las nuevas perspectivas humanas. Francamente a estas alturas: ¿cómo no hacerlo? Siendo que sus seguidores disminuyen con frenesí, las nuevas generaciones la aborrecen más como consecuencia de un sentir social generalizado que como producto de una experiencia propia, y, sobre todo, cuando su autoridad frente a la sociedad se ha desplomado en una vorágine de incongruencia e inmoralidad.

 

Si las religiones están ya condenadas a la irrelevancia es una pregunta que solo la historia contestará. Por supuesto, la raza humana por antonomasia escribe la historia. La literatura y la filosofía nos han ensañado dos principales panoramas del infierno, abismalmente diferentes: El de Dante y el de Sartre; el primero es de lejos el más rocambolesco e,  igualmente, el más reconocido en la cultura popular. El segundo, por su parte, resulta mucho más realista: para Sartre, el infierno es el pensamiento opuesto. La perspectiva ajena que nos disgusta, nos incomoda, nos ofende. Para él, el infierno son los otros. En la sociedad actual, no hay cabida para los grupos exclusivamente religiosos, al menos no mientras sigan siendo lo que son: exclusiva, única, y puramente religiosos.  Casados no solo con Jesús, sino también con sus estigmas. 

 

 

 

-Barber, N. (2012). Why Atheism Will Replace Religion: The triumph of earthly pleasures over pie in the sky . Seattle, USA: Amazon.

 

-Roy, O. (2008). La Sainte Ignorance. Le temps de la religion sans culture. Naveau Étienne, Francia: Seuil.

 

-Žižek, S. (1998). Ein Plädoyer für die Intoleranz. Berlin, Alemania: Passagen Forum.

 

Congostrina, A. L. (2019, 10 abril). La religión pierde influencia al desplomarse los ritos y la fe. Recuperado 20 marzo, 2020, de https://elpais.com/sociedad/2019/04/09/actualidad/1554813896_138391.html

 

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