Un encuentro en la República de Weimar. Carl Schmitt y Walter Benjamin en torno al estado de excepción

28/04/2020

Dan Visan @dsvi


Frecuentemente, interpretamos la realidad política desde la óptica de la izquierda o de la derecha. Esta familiar división es provechosa para clasificar decisiones, movimientos, sujetos y procesos políticos. Ahora bien, muy pocas veces nos preguntamos qué pasaría si en determinados momentos izquierda y derecha se aproximan, es decir, si existen escenarios en las que se sitúan cercanas pero, al mismo tiempo, inexorablemente lejanas. El objetivo del presente artículo es observar cómo esta hipótesis ha ocurrido en torno al pensamiento de dos importantes teóricos del siglo XX: Carl Schmitt y Walter Benjamin[1]. El punto de contacto entre ellos es un problema largamente discutido –y recientemente actualizado a raíz de la crisis del coronavirus– en la tradición jurídico-política: el estado de excepción.

 

Schmitt y Benjamin pensaron intensamente la difusa frontera entre derecho y política, entre norma y excepción, entre estabilidad y crisis. En este sentido, los unía una especial propensión a concentrarse en el caso límite. Como se observará a continuación, los dos identificaron a un enemigo o adversario en sus posiciones políticas; los dos tuvieron un concepto particular del curso de la historia y, por último, los dos reflexionaron inmersos en un tiempo de inestabilidad permanente que los instó a proponer soluciones radicales que, entre otras, transitarían por la vía de la excepción, sin embargo con objetivos absolutamente disímiles. En efecto, en el debate Schmitt-Benjamin se asiste a dos visiones políticas claramente diferenciadas: una católica, antiliberal y conservadora (Schmitt); la otra revolucionaria, atea y mesiánica (Benjamin).

 

El escenario de crisis en el que se desenvuelve esta disputa es el convulsionado ambiente de la República de Weimar (1919-1933). El desorden social, la impotencia económica –inflación, devaluación del marco, quiebra de bancos, desempleo masivo–, las catastróficas secuelas de la Primera Guerra Mundial, las exigentes y humillantes condiciones impuestas a Alemania en el Tratado de Versalles, el aumento de la criminalidad social y la violencia cotidiana desatada por partidos políticos de extrema derecha era el espejo que Weimar tenía frente a sí. La edad del Estado liberal de Derecho estaba hecha añicos y no ofrecía ningún marco institucional ni analítico plausible. Un buen cuadro de este panorama lo ha pintado Ricardo Forster, cuando refiere que las posiciones de Schmitt y Benjamin:

 

comparten, más allá o más acá de sus diferencias políticas, un mismo sustrato crítico, un mismo rechazo, muy sesgado por el neorromanticismo de principios del siglo XX, de las tradiciones evolucionistas y del fondo democrático-burgués propio de las representaciones desplegadas a lo largo del período abierto por la Revolución Francesa y cerrado, en el imaginario de la época, por el estallido de la Gran Guerra. Un mundo se había desbarrancado y, junto con su caída, se habían desfondado aquellas ideas que le habían dado sentido y contenido[2].

 

Ante el desorden imperante en Weimar, Schmitt y Benjamin propusieron soluciones antitéticas pero que, en el fondo, compartían ciertos presupuestos. En esta paradójica y tensa relación, que Enzo Traverso ha calificado elocuentemente como “peligrosa”[3], los extremos se situaban muy cercanos. La época reclamaba otro tipo de soluciones: revolución o contrarrevolución, lucha de clases o Estado absoluto. La frágil democracia alemana estaba sumida en una parálisis, pues se encontraba encorsetada en los límites del parlamentarismo y en las oscilaciones de la división de poderes, situaciones que para ambos autores no tenían la capacidad de producir un nuevo estado de cosas. Por lo demás, el sujeto que dominaba las instituciones de aquel momento era la burguesía liberal, quien según nuestros dos pensadores tampoco estaba en condiciones de reconstruir la ruina de la nación alemana causada por la guerra.

 

Por un lado, el hilo del que tira el pensamiento de Schmitt contiene elementos católicos, monárquicos, conservadores y antiliberales basados en una recuperación de la filosofía política de la Contrarrevolución francesa, entre los que figuran en primera línea Joseph de Maistre, Louis Bonald y Juan Donoso Cortés[4]. En los años de Weimar Schmitt llama, justamente, a frenar la revolución. De hecho, no es casualidad que uno de los conceptos claves de su teoría política sea el de “interrupción.” Esta se define, entre otras características, por asumir la forma de un poder histórico que frena al reino del anticristo y la impiedad. Schmitt visualizaba al anticristo o adversario en el comunismo ateo y bolchevique que encontró su más alta expresión histórica en la Revolución rusa de 1917. La fuerza frenante, que en su opinión tuvo éxito mientras persistió el Imperio Cristiano en la Edad Media dirigido por los Reyes Germánicos[5], es la barrera que retrasa el fin del mundo y constituye la clave para perpetuar el orden y la estabilidad. El núcleo decisivo de la teoría de Schmitt es que perfecciona la función de un poder lo suficientemente fuerte como para interrumpir el mal (la revolución).

 

Los lugares imprescindibles en los cuales se rastrea el pensamiento de la excepción en Schmitt son dos obras consecutivas en el tiempo: La Dictadura (1921) y Teología Política (1922). En ambas el soberano tiene la facultad de declarar el estado de excepción, aunque con diferencias considerables. En la primera, Schmitt diferencia dos tipos de dictaduras: comisarial y soberana. La comisarial tiene como fin último defender la Constitución vigente y salvaguardar el orden jurídico. No pretende fundar un nuevo estado de cosas ni cambiar la Constitución. Solo busca restablecer la normalidad. En otras palabras, suspende la carta suprema sin perder, en ningún momento, su imperio y vigencia. Por otra parte, la dictadura soberana implica establecer un nuevo estado de cosas e imponer una nueva Constitución, es decir, involucra refundar el ordenamiento jurídico desde cero.

 

En Teología Política la piedra angular a través de la cual se declara el estado de excepción y se ejerce la soberanía es la decisión. Aquí Schmitt ya no habla ni de dictadura comisarial ni de dictadura soberana. Bajo este orden de ideas, el derecho de la normalidad no reposa en un contrato social como en la tradición política moderna, sino en una decisión que responde a una crisis sistémica y radical que acecha al ordenamiento jurídico, restituyendo el anterior o inaugurando uno nuevo organizado, unitario, coactivo y autónomo. Apoyándose en Jean Bodin, quien hizo ingresar la decisión en el poder absoluto y perpetuo de una república, y en Thomas Hobbes, quien adoptó la célebre máxima autoritas, non veritas facit legem (“la autoridad, no la verdad, hace la ley”), Schmitt observa que la cuestión central es otorgar al soberano un poder que no dependa del derecho para que decida sobre el estado de excepción.

 

En la otra orilla, Benjamin exhortaba explícitamente a trabajar para consumar la revolución y reflejaba al adversario en el nazismo, pues éste se presentaba como una promesa de salvación en el contexto de un nuevo Reich milenario. Benjamin tomó esta idea del teólogo suizo de orientación socialista Fritz Lieb, quien había reflejado en el nazismo una moderna versión del anticristo, otorgándole a la lucha antifascista una fuerte dimensión religiosa[6]. En el texto Para una crítica de la violencia (1921), Benjamin sostuvo la necesidad de activar una violencia “pura” y “redentora” que persiga la destrucción del derecho burgués. El sujeto encargado de provocar el acontecimiento revolucionario será la clase obrera, quien a través de una huelga general anunciará una nueva era histórica. En palabras de Benjamin, la clase obrera se propone como único objetivo la:

 

liquidación de la violencia estatal […] en lugar de plantearse la necesidad de concesiones externas y de algún tipo de modificaciones de las condiciones de trabajo para que éste sea reanudado, expresa la decisión de reanudar un trabajo completamente modificado y no forzado por el Estado. Se trata de una subversión que esta forma de huelga, más que exigir, en realidad consuma.[7]

 

Presentadas estas hipótesis, ambos filósofos preconizaran el estado de excepción, pero bajo perspectivas simétricamente singulares y ubicadas en las antípodas. En primer lugar, Schmitt lo hizo desde la óptica de la soberanía y cuyo objetivo principal fue estabilizar el orden jurídico, contrarrestar la crisis social –como la que se vivía en Weimar– y excluir a los agentes que alteran el sistema (enemigos). En la década del 30, el prototipo ejemplar de este modelo de excepción yacerá en el Estado total nacionalsocialista. Así, conforme la definición que ofrece del soberano como aquel que “decide sobre el estado de excepción”[8], en la visión schmittiana ingresa la idea de un derecho supremo del Estado para garantizar el orden. 

 

Mientras tanto, Benjamin instaba a alcanzar el “verdadero estado de excepción”[9], es decir, la abolición de la dominación, la sociedad sin clases, el fin del Estado de Derecho, debido a que la tradición de los oprimidos enseñaba que el estado de excepción en el que vivían era la regla. En opinión de Foster, Benjamin incorpora la presencia “de un tipo de acontecimiento sorpresivo, y como tal, inesperado” en el que la revolución rompe el sistema capitalista, el derecho de la burguesía y la idea de historia como progreso lineal.[10] Así, el soberano no es quien decide sobre el caso excepcional ni cuenta con un poder ejecutivo absoluto como el de Schmitt. El soberano que piensa Benjamin estaba condenado a la redención mesiánica transmitida por la memoria de los vencidos de la historia, capaces de suspender el dominio de la opresión a través de la revolución comunista.

 

Para finalizar, cabe agregar que si bien existen profundas y a veces hasta irreconciliables divisiones entre la derecha y la izquierda, un examen atento de ciertas categorías analíticas, como la de estado de excepción, muestra que las posiciones comparten ciertos presupuestos, además de atmosferas históricas, culturales e intelectuales. Como se observó, uno de estos casos lo constituye el debate suscitado entre Schmitt y Benjamin en torno al estatuto de la excepción. En un plano más general, diríase que los momentos de crisis son proclives a acercar enfoques antitéticos. Pese a que el campo político se vea polarizado, frecuentemente se proponen soluciones que en períodos de normalidad serían insólitas y paradójicas. Por ejemplo, piénsese en lo que ocurrió en la última crisis financiera de 2008. Si en algo concordaron los gobiernos que ejercían el poder en Europa y en Estados Unidos (pertenecientes a partidos políticos socialdemócratas, progresistas, liberales, conservadores, de extrema derecha) fue salvar a las entidades financieras, recortar el gasto social, acatar los dictados de los mercados y de la Troika europea, privatizar los servicios públicos y congelar los salarios. En otras palabras: izquierda y derecha coincidieron en una misma respuesta político-económica a la debacle financiera. Habrá que esperar, pues, al desenlace final de la actual crisis del coronavirus para observar si se confirma nuevamente esta hipótesis.

 

 

 

[1] La relación entre Benjamin y Schmitt se encuentra suficientemente comprobada: la carta que le envía el primero al segundo en 1930; la cita que hace Benjamin de la Teología Política en el libro sobre el drama barroco alemán y la mención en su currículum sobre su trabajo académico, que se basó en ensayos de Schmitt; la anécdota que Schmitt le dedica a Benjamin a propósito del libro de Hamlet o Hécuba de 1956 y, por último, la carta que le escribe Schmitt a Viesel en 1973, donde afirma que su libro El Leviatán en la teoría del Estado de Thomas Hobbes (1938) era una respuesta a Benjamin aunque nadie lo hubiera advertido. Algunos de estos archivos pueden consultarse en Villacañas, José Luis y García, Román, “Walter Benjamin y Carl Schmitt: Soberanía y Estado de excepción”, Daimon. Revista de filosofía, n° 13, Julio-Diciembre 1996, pp. 42-60.

 

[2] Forster, Ricardo, “El estado de excepción: Benjamin y Schmitt como pensadores del riesgo”, en Dotti, Jorge y Pinto, Julio, Carl Schmitt. Su época y su pensamiento, Eudeba, Buenos Aires, 2002, p. 129.

 

[3] Traverso, Enzo, “Relaciones peligrosas. Walter Benjamin y Carl Schmitt en el crepúsculo de Weimar”, Acta Poética n° 18, 1-2, 2007, pp. 93-109.

 

[4] Schmitt, Carl, Teología Política, Trotta, Madrid, 2009, pp. 49-58.

 

[5] Schmitt, Carl, El Nomos de la tierra en el Derecho de gentes del Ius Publicum Europaeum, Editorial Struhart y Cía., Buenos Aires, 2005, p. 39-43.

 

[6] Una de las obras en la cual Lieb presenta este pensamiento es Christ und Antichrist im Dritten Reich: Der Kampf der Deutschen Bekenntniskirche, Éditions du Carrefour, París, 1936

 

[7] Benjamin, Walter, Iluminaciones IV. Para una crítica de la violencia y otros ensayos, Aguilar, Buenos Aires, 2011, p. 38-39. 

 

[8] Schmitt, Carl, Teología Política, op. cit., p. 13.

 

[9] Benjamin, Walter, “Tesis sobre la filosofía de la historia”, en Ensayos escogidos, El cuento de plata, Buenos Aires, 2010, p. 64.

 

[10] Forster, Ricardo, La travesía del abismo. Mal y modernidad en Walter Benjamin, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2014, p. 32.

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