Fascismo o comunismo: ¿cuál es más malo?

28/04/2020

 Daniel Reyes @DanielR44023457

 

 

El pasado 15 de septiembre de 2019, en el contexto de la conmemoración del estallido de la Segunda Guerra Mundial (IIGM) el Parlamento Europeo aprobó una resolución condenando los crímenes contra la humanidad perpetrados por “el nazismo, el comunismo y otros regímenes totalitarios en el siglo XX”. Tal declaración no estuvo exenta de polémica. Algunas voces de izquierdas consideraron que equiparar nazismo y comunismo era algo tremendamente injusto, pues no sería de recibo poner en el mismo plano ambas ideologías. Por ejemplo, el tema fue debatido en noviembre en el parlamento portugués, donde el líder del Bloco de Esquerda expresó que tal equiparación suponía una manipulación histórica a fin de blanquear el fascismo, equiparandolo al comunismo.

 

No cabe duda que el nazismo/fascismo[1] y el comunismo tienen un papel fundamental en la historia del siglo XX, especialmente en Europa. Ambas ideologías obtuvieron gran predicación en la Europa de entreguerras, cuando la democracia liberal parecía tambalearse ante la crisis económica y la desigualdad, las pulsiones nacionalistas y las heridas abiertas de la Primera Guerra Mundial. Tampoco se puede negar que en nombre de ambos conceptos se han perpetrado crímenes execrables. Ahora bien, ¿se puede considerar que ambas ideologías deben ser igual de rechazables, condenadas y hasta desterradas de lo tolerado en una democracia? De hecho, ¿tiene sentido y es posible realizar esta suerte de juicio histórico? En este artículo trataremos de dar una respuesta a ambas preguntas.

 

 

“La historia me absolverá”

 

Aunque no consta registro escrito de ello, esta mítica frase es conocida por cerrar el alegato final que pronunció Fidel Castro en su propia defensa cuando fue juzgado por el asalto guerrillero a dos cuarteles en la Cuba del dictador Batista en 1953. Curiosamente, cuando Castro pronunció estas palabras todavía no era conocido por los postulados marxistas con los que se convertiría en uno de los grandes líderes comunistas del siglo XX, una vez triunfó la revolución en 1959. Tal afirmación nos lleva a una de las preguntas formuladas en el párrafo anterior: ¿tiene sentido realizar juicios históricos?

 

Como en tantas otras cuestiones complejas, creo que la respuesta concreta es que depende, y depende de si podemos utilizar parámetros adecuados para cada contexto histórico. Por ejemplo, se suele señalar a la Grecia antigua como la cuna de la democracia. Sin embargo, es evidente que con los parámetros actuales más comunes para definir una democracia jamás consideraríamos a esa como un sistema democrático, pues para empezar, la mayor parte de la población no gozaba de derechos políticos que hoy consideramos fundamentales. Aún así, algunas de las ideas esenciales de la democracia actual como la participación ciudadana en la cosa pública o el acceso a cargos electos, de algún modo, ya existían en la polis griega. De modo que, aunque con todas las salvaguardas, con los parámetros del siglo V a.C. (donde las nociones de igualdad entre personas no estaban desarrolladas, las creencias religiosas eran dogma, el Estado de Derecho o la separación de poderes no estabas teorizados…) la consideración democrática de esas ciudades-estado sí que es posible, por lo menos hasta cierto punto.

 

Por suerte, el juicio que tenemos que hacer para fascismo y comunismo es mucho más sencillo. A día de hoy existen personas y partidos que de un modo u otro son herederos, cuando no portaestandartes, de estas ideologías. Nuestros abuelos compartieron tiempo histórico con Stalin y Hitler. En tiempos de la Italia de Mussolini o de la China de Mao existían otros muchos países que eran democracias liberales y donde los derechos y libertades contemporáneos se respetaban de un modo razonable, acaso no completo, pero desde luego mucho mayor. La separación de poderes, los derechos fundamentales, el sufragio universal, las elecciones libres… eran ya realidades conocidas, así que no es extemporáneo juzgar esos regímenes atendiendo a los elementos que hoy nos parecen más deseables para una régimen político. Así que sí, podemos proceder a realizar este juicio.

 

 

¿Qué son fascismo y comunismo?

 

Podemos considerar el comunismo como la ideología o corriente de pensamiento nacido en el siglo XIX al calor de la revolución industrial y la nueva sociedad de proletarios que surgió. En el Manifiesto Comunista (1848) de Marx y Engels se construyen las paredes maestras de estas ideas, las cuales a grandes rasgos están presentes en todos quienes se consideran comunistas hasta la actualidad.

 

Intentando ser muy breves, la principal característica del comunismo sería la concepción de la sociedad en distintas clases sociales en función de la relación de cada individuo con los medios de producción. El triunfo de las revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII y principios del XIX y el auge del sistema económico capitalista condujeron a una sociedad donde los propietarios explotaban a los proletarios (quienes solo tenían su propia fuerza de trabajo como capital y medio de subsistencia) para su beneficio. Por supuesto, esta relación de explotación se había producido siempre a lo largo de la historia, en todo tipo de sociedades y culturas. Se trata de la concepción materialista de la historia: dime quiénes son los propietarios y te diré quiénes son los explotados.

 

La solución a esta injusta situación sería acabar con la sociedad de clases (romper la rueda de la historia, que diría Daenerys Targaryen) y establecer una sociedad donde la propiedad de los medios de producción fuese colectiva[2], terminando así con la división entre explotados y explotadores, no solo en un país concreto, sino en todo el mundo. Del desarrollo, concreción y puesta en práctica de las ideas marxistas derivaron en un sinfín de nuevas subideologías, movimientos, partidos, etc., hasta finales del siglo XX.

 

Por su parte, el fascismo no descansa sobre una teorización tan profunda como la del comunismo, así que para su definición debemos fijarnos más bien en su puesta en práctica allí donde imperó. Además, dado que el fascismo no tenía la vocación internacionalista del comunismo sino una mirada estrictamente nacional, cada caso histórico presenta bastantes más particularidades. Debemos destacar un nacionalismo exacerbado, donde la defensa y promoción de la patria pesan más que cualquier otra idea. No importa si se nace obrero, clase media o noble: la nación les une a todos por encima de cualquier circunstancia personal. Atención, de esto no se deriva una propuesta igualitarista como la del comunismo. En la sociedad fascista existe una férrea jerarquía entre individuos y grupos, si acaso solo cuestionable por quien quiera demostrar una fortaleza superior a los demás.

 

Generalmente esta idea deriva en postulados racistas: la nación debe ser “pura”, estar formada por personas que por naturaleza pertenezcan a ella y no se contaminen de pérfidos ideas o modas foráneas. A tal fin es fundamental reivindicar el glorioso pasado de la nación, recuperarlo y revigorizar su futuro. También puede resultar necesario tomar los territorios que por derecho propio le pertenecen, incluso por la fuerza si es menester. El militarismo es pues una consecuencia natural de estos postulados.

 

En el fascismo se produce una peculiar mezcla de la búsqueda de una nueva sociedad con la reivindicación de elementos tradicionales, como son la defensa de la familia y el rol de la mujer -su aportación a la nación es tener hijos y poco más- en lo que en parte se puede considerar una cercanía a los postulados cristianos más conservadores. Este punto es más controvertido, pues claramente encontraríamos fascistas más partidarios de alejarse de la religión contra otros que la abrazan con ahínco.

 

 

¿En qué se parecen y se diferencian?

 

Fascismo y comunismo comparten el rechazo hacia el liberalismo, esto es, hacia la reivindicación de derechos y libertades individuales. Ambos creen que existen un bien superior que antepone intereses colectivos ante todo: la nación por un lado, la clase trabajadora por otro.

 

Este rechazo va de la mano de la misma hostilidad hacia la democracia liberal, en otras palabras, hacia la democracia burguesa. Este sistema estaría copado por grupos particulares (burgueses, judíos…) que solo lo utilizan para defender sus intereses propios, frenando el progreso de la nación/clase trabajadora. Se trata de sistemas inoperantes que deben ser enviados a la papelera de la historia. La promoción de la nación/clase trabajadora necesita de el intenso uso de los mecanismos del estado. De ahí a que ambas ideologías busquen hacerse con su control, para influir desde ahí en la vida social de una forma total.

 

Las principales similitudes no van mucho más allá de esto. Aunque el fascismo primigenio era crítico con el capitalismo y las clases acomodadas, pronto se aliaría con ellas para consolidar su poder. A muchos grandes empresarios les interesaba enormemente que un movimiento hostil con el marxismo garantizara sus propiedades y posición social. Esto no era excluyente con la búsqueda del apoyo de la clase trabajadora, pues al fin y al cabo, era la más numerosa y castigada por la crisis. A su vez, en muchas ocasiones el comunismo ha participado -y lo sigue haciendo- en el sistema democrático-liberal, pero el modelo de sociedad que defiende tiene claras contradicciones con elementos básicos de este sistema.

 

En resumen, más allá de tener adversarios comunes, líderes caudillistas y ansiar controlar un estado fuerte de corte totalitario, fascismo y comunismo no tienen tanto en común como afirman quienes gustan de decir que “los extremos se tocan”. De hecho son dos ideologías que defienden modelos de sociedad y concepciones del mundo antagónicas. Un mundo donde los obreros de todas las naciones se han unido contra un mundo donde nuestra nación prevalece sobre las demás. Un mundo donde se debe acabar con la sumisión de los débiles en pro de la igualdad contra un mundo darwinista donde los fuertes deben reivindicar lo que les es propio, sometiendo a los débiles si hace falta. 

 

 

Acusados, acérquense al estrado

 

Ya conocemos en qué se parecen y se diferencian fascismo y comunismo. Pero más allá de cómo son en su fuero interior, ¿qué han hecho nuestros acusados a lo largo de su vida?

 

La existencia del fascismo ha sido más corta que la del comunismo. Ha estado en el poder en muchos menos países en mucho menos tiempo. Aún así, ha tenido tiempo de ser una de las principales causas, si no el principal instigador, de la IIGM. También tuvo tiempo de iniciar una exitosa campaña de exterminio contra judíos, gitanos, homosexuales y un largo etcétera. Tras la derrota de 1945, quedaron pocos países con gobiernos fascistas, y los que quedaron fueron derivando en regímenes autoritarios más bien de corte ultraconservador (como España o Portugal) o dictaduras militares (como en Latinoamérica).

 

La derrota y la reconstrucción tras la guerra enviaron al ostracismo los movimientos fascistas en Europa. Poco a poco algunos fueron recuperando cierto espacio político, obteniendo representación parlamentaria en algunos países. A día de hoy podríamos identificar partidos fascistas, postfascistas o de extrema derecha -asimilables hasta cierto punto- con una presencia parlamentaria nada desdeñable y que si bien no han gobernado como antaño, han podido influenciar gobiernos en políticas como inmigración o asilo. La mayor parte de estos movimientos ya no muestran un rechazo abierto a la democracia representativa, pero continúa vigente el nacionalismo exacerbado así como la hostilidad a los postulados marxistas. Han conseguido significativos éxitos en cuanto a promover el antieuropeismo, la antiglobalización y la hostilidad a inmigrantes y refugiados.

 

En relación con el comunismo, no cabe duda que bajo estos regímenes también se produjeron exterminios considerables, en este caso de opositores, clases sociales presuntamente hostiles y en algunos casos también de grupos étnicos, por bien que este punto es también muy controvertido. Una gran parte de estos crímenes fueron cometidos en contextos concretos de los muchos sitios donde se gobernó bajo la hoz y el martillo, como la URSS de Stalin o la Camboya de Pol Pot.

 

Al igual que en el fascismo, bajo los gobiernos comunistas no se han respetado derechos y libertades que podríamos considerar básicos. Además de no respetar derechos políticos, la principal diferencia sería, naturalmente, todo lo relativo a los derechos a la propiedad. La mayor extensión de países bajo gobierno comunista nos muestra también una mayor variabilidad en todo ello. Por ejemplo, la Yugoslavia de Tito era, en muchos sentidos, un país mucho más abierto y con mayor libertad que la URSS o, no digamos ya, Corea del Norte. Por supuesto, esto también es aplicable a la España franquista en comparación a la Italia o Alemania de los años 30, en caso de que la consideremos un modelo fascista.

 

El resultado de la IIGM propició una mejor imagen del comunismo, no solo por la victoria militar de la URSS, sino por el activo papel de militantes comunistas en la resistencia a la ocupación nazi-fascista en muchos países europeos. La presencia de diputados y concejales comunistas se normalizó en la mayor parte de estos. Por lo general, estos partidos aceptaron las reglas del juego democrático y hasta ocuparon espacios de poder sin iniciar ninguna revolución. El eurocomunismo de los años 70 pretendió culminar esta normalización a ojos de la clase media, alejándose de los postulados de la URSS. La participación del Partido Comunista Español en la transición a la democracia tras la muerte del dictador Franco es una buena prueba de ello[3].

 

 

Veredicto

 

Bajo la bandera del fascismo y el comunismo se han cometido crímenes horrorosos e injustificables. Es absurdo resolver este debate en base a quien ha matado más, pues como ya hemos dicho, el número de regímenes comunistas y fascistas y su duración es muy dispar. Cierto es que en los postulados de ambas ideologías se encuentran planteamientos que fácilmente derivan en la abolición de derechos y libertades y de ahí a la perpetración de crímenes solo va un paso.

 

También me parece poco adecuado hacer inventario de qué regímenes hicieron cosas positivas. No se puede negar que el comunismo sacó de la semiesclavitud a millones de personas en Rusia, o que Hitler dio empleo a otros tantos, aunque el precio a pagar fuera altísimo o se pudiera haber hecho de otro modo. De nuevo, para hacer una comparación justa deberíamos poder observar más casos durante más tiempo.

 

Ambas ideologías imaginan una sociedad nueva, mejor que la actual, a su modo de ver. No obstante, hay una diferencia significativa. En la sociedad comunista no habría - o no debería haber- explotadores y explotados. En la sociedad fascista las desigualdades entre personas o pueblos existen y deben existir, pues reza una suerte de ley del más fuerte. Por lo tanto, el comunismo imagina un mundo igualitario, por bien que el fascismo imagina un mundo desigual. Cada uno cree que eso es lo justo. Si para llegar a esos dos mundos es necesario realizar actos de fuerza (pasar a cuchillo a los ricos o invadir a nuestros vecinos), se puede ver como un precio a pagar o como algo inaceptable. Ahora bien, creo que según la concepción del mundo y los valores que cada uno tenga, en este punto puede encontrar una diferencia relevante entre ambas ideologías.

 

Hay un segundo aspecto a tener en cuenta. Han existido y existen movimientos comunistas respetuosos con los derechos humanos que han participado del progreso de la sociedad. No cabe duda que lo defendido por los comunistas franceses, españoles o italianos en las últimas décadas del siglo XX era compatible con la democracia liberal y los derechos humanos. Y es que si bien en ambos casos se acepta la violencia, para el nazi-fascismo es una virtud, algo bueno en si mismo, mientras que para el primer comunismo es un mal necesario. Sin duda esta diferencia puede ser menor en la practica, no así en la teoría, evidenciando un carácter significativamente dispar entre estas ideologías. En una siempre habrá lugar para la fuerza, en la otra solo cuando no haya otros medios.

 

En definitiva, aun cuando ambas ideologías han alimentado las mayores atrocidades de la historia, el comunismo -que, en términos numéricos absolutos ha sido mucho peor- ha mostrado ser compatible con un mínimo común de respeto a derechos y libertades fundamentales. Esto no significa que el comunismo no tenga aspectos hartamente criticables, pero difícilmente se podrá afirmar lo mismo del nazi-fascismo. Es decir, a diferencia de este último, podría afirmarse a modo de conclusión que, así como no cabe un fascismo compatible con la democracia, sí es posible un comunismo "con rostro humano".

 


[1] Aunque no cabe duda que existieron importantes diferencias entre el nazismo alemán, el fascismo italiano y otros regimenes similares, en mor de simplificar este artículo vamos a englobar todo ello bajo la etiqueta de fascismo.

 

 

[2] Estamos hablando de los medios de producción, no de bienes de consumo.


[3] También es cierto una parte importante de los partidarios de Franco participó de esos pactos, pero a diferencia de los comunistas, ninguno de ellos reivindicaba con orgullo la etiqueta de fascista.

 

 

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