Filosofía, ciencia y religión, un enfoque integrador: Charla con Carlos Blanco Pérez

11/04/2020

Cesar Carlevarino Aragon @carlevarino


Carlos Blanco es uno de los intelectuales que, contra viento y marea, puede reconocerse sin exageraciones como filósofo: así lo atestigua su vasta obra que abarca desde la teoría del conocimiento hasta la filosofía de la mente, desde la egiptología a la poesía pasando por la antropología cultural o la política. Todo un mapa detallado y amplio que trata de abarcar el conocimiento humano y sus asíntotas, cuidadosamente trazado por la vocación. Conversamos con él acerca de su último libro Dios, ciencia y filosofía: de lo racional a lo divino (Almuzara, 2019), de filosofía, del universalismo y sus amenazas.

 

 

 -En tu último ensayo, Dios, ciencia y filosofía, nos invitas a plantearnos a Dios como interrogante, como horizonte o límite del conocimiento. ¿Por qué sigue siendo central esta pregunta, cuál es la ventaja de este planteamiento frente a las sólidas respuestas de la fe?

 

Reconozco que siempre me ha fascinado el concepto de Dios como idea límite. Lo que he intentado hacer en ese libro es desarrollar una intuición que llevo cultivando años. Me declaro agnóstico con respecto al Dios de las grandes religiones del mundo, pero me parece interesante desarrollar una idea puramente filosófica de Dios como límite asintótico, es decir, como el concepto absoluto que podría alumbrar una mente muy superior a la nuestra. Si lo que podemos concebir es subsidiario del tipo de mente que poseemos, la idea de Dios como límite asintótico nos dice que una mente muy superior a la humana (una mente tan distinta de la nuestra como la nuestra lo es de la de los antepasados inmediatos al Homo sapiens) seguramente albergaría una idea mucho más profunda y universal, menos antropomórfica, de lo divino. Pero, ciertamente, parto de un presupuesto que quizás sea erróneo: la noción de una mente superior a la nuestra; no cuantitativamente superior (por acumular más conocimientos, más experiencia...), sino cualitativamente superior, y por tanto capaz de contemplar principios lógicos y leyes naturales que hoy por hoy nos resultan inconcebibles. 

 

 

- En la línea de lo anterior, ¿qué no deberíamos olvidar de las religiones tradicionales?

 

Concibo las religiones como conjuntos de símbolos que intentan dar sentido al mundo y a la vida, como reservas de imaginación frente al límite de lo que conocemos y de lo que ignoramos. Soy hegeliano en este aspecto, pues creo que las religiones anticipan, mediante representaciones simbólicas, conceptos filosóficos; es decir, que toda religión constituye una filosofía en potencia, por lo que hay que saber leer, más allá de los mitos que conforman cada religión, el fondo humano, metafísico, antropológico y ético, que subyace a todas. Aunque no pueda creer en sus proposiciones como si contuvieran auténtico conocimiento (de nuevo, soy agnóstico), las contemplo como proyecciones imaginativas de la mente, como expresiones del deseo de saber y de realizar lo que ignoramos y lo que hoy por hoy escapa a nuestro poder. 

 

 

-En 2016 publicaste un ensayo titulado Más allá de la cultura y de la religión, en el que abogas por una suerte de humanismo ecuménico. ¿Qué papel juegan las religiones para su consecución?, ¿qué posibilidades crees que abre el diálogo entre religiones?

 

Creo que hemos avanzado mucho. El movimiento ecuménico es un fenómeno muy reciente en la historia; surge a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX, aunque tenemos el admirable precedente -aunque poco exitoso- de Leibniz. En las últimas décadas los grandes líderes religiosos han adquirido una mayor conciencia de la necesidad de pensar en clave pluralista. Sé que el fundamentalismo es un peligro real, y hay que combatirlo, pero me parece que la teología actual ha evolucionado, en diversas religiones y confesiones, hacia enfoques más pluralistas (pensemos, por ejemplo, en la obra de Raimon Panikkar y de Jacques Dupuis). En cualquier caso, pienso que para alcanzar un verdadero pluralismo, un humanismo pluralista que se abra a otras concepciones de lo humano y, a partir de ellas, elabore un concepto más profundo y universal de hombre, es necesario trascender las fronteras de las religiones y de las culturas concretas. Todos, también los agnósticos, podemos y debemos aprender de las grandes tradiciones religiosas y culturales de la humanidad, pero precisamente para buscar un fundamento más hondo, más universal, más "verdadero". A mi juicio, el conocimiento científico y el humanismo ético son dos pilares irrenunciables para cualquier tradición religiosa o cultural. Constituyen un suelo común, sobre el que tiene que asentarse el diálogo interreligioso e intercultural. La razón es la mejor herramienta que poseemos para trascender barreras religiosas y culturales, pero la idea de razón no tiene por qué circunscribirse a, por ejemplo, la racionalidad tal y como se ha desarrollado en Occidente. Podemos enriquecerla aprendiendo de otras tradiciones filosóficas (de la India, de China...). El gran reto de toda época es poder pensar más allá de ella misma; adelantarse a sí misma, ensanchar el horizonte de lo concebible, imaginar lo que antes no ha sido concebido. Y toda ayuda, venga de las religiones, del arte o de cualquier otra esfera de la actividad humana, ha de ser bienvenida, para luego someterse al filtro de la razón. Alguien podrá objetar lo siguiente: si usted habla de ampliar o de perfeccionar la razón, pero seguidamente nos dice que esas fuentes de inspiración han de ser cribadas por la propia razón, ¿no cae en un círculo vicioso? Lo admito. Pero quizás debamos concebir la razón como capacidad infinita de cuestionamiento de lo dado, como "petición incesante de principio", como posibilidad de continua autocorrección, en virtud e la cual nuestro concepto inicial de razón puede él mismo autoensancharse (como una especie de causa sui, si sirve la analogía).

 

 

-En dicho ensayo y en muchos otros planteas una postura igualitarista y universalista, donde el progreso y la humanidad no son automáticos ni están determinados, sino que aparecen como una inmensa gesta colectiva que planteas con una suerte de optimismo moderado. ¿Vive buenos tiempos este ideal, a qué amenazas debemos prestar especial atención?

 

En el cómputo global creo que existe progreso. Podemos pensar cosas que antes eran inconcebibles y hemos ganado nuevos espacios de libertad. Progresar es aumentar nuestras posibilidades de pensamiento y de acción, y aunque haya altibajos, fluctuaciones, el balance neto es positivo. El problema es cuando consideramos el progreso como una ley inexorable, como una ley de la naturaleza. El progreso no está garantizado. Esta terrible pandemia pone de relieve que casi nada está garantizado. Extrapolar -como hacen algunos- hacia el futuro y dar por sentado que se cumplirá esa tendencia es un error. Que la ley de Moore se haya cumplido hasta ahora no significa que se vaya a cumplir y que vayamos a alcanzar una singularidad en pocas décadas. No está garantizado. Es una falacia de proyección. Además, creo que en los últimos años habíamos alcanzado un cierto consenso acerca de los riesgos existenciales más acuciantes para la humanidad (cambio climático, desigualdad, proliferación nuclear...), pero esta pandemia supone una cura de humildad. Casi nadie había pensado en ella. Sólo unas cuantas voces advirtieron del peligro inminente que representaban los virus, las superbacterias... Tenemos que pensar a largo plazo y analizar todos los posibles riesgos a los que nos enfrentamos, porque, frente a lo que algunos dicen, no vivimos en el mejor de los mundos posibles (además, incidir en que esta es la mejor etapa de la civilización me parece trivial y descinventivador: lo que hay que proponer es de qué manera podría mejorar aún más el mundo). No puedo concebir un fin distinto para la humanidad que la conquista de la mayor libertad posible para cada uno de sus miembros (lo que exige, ciertamente, igualdad en la posibilidad de acceso a esa libertad). Ello exige conocimiento, porque no puedo ser libre si no soy consciente de las fuerzas que rigen el mundo, natural y humano, para aprender a pensar por mí mismo y a juzgar la realidad sin intermediaciones. Cuanto más avancemos en el desarrollo de la ciencia y del pensamiento y más lo difundamos, más nos acercaremos hacia ese ideal de libertad

 

 

-En La integración del conocimiento, tu anterior ensayo, pareces sintetizar y profundizar en temas que encontramos de manera transversal en tu obra, ¿crees que se puede leer como una sistematización de tu filosofía (y sus horizontes)? ¿cuál es la propuesta principal del libro?

 

Sin duda. La versión española es una síntesis introductoria. El proyecto de integración del conocimiento lo he desarrollado más extensamente en el libro que acabo de publicar en Peter Lang (The integration of knowledge). Lo planteo, en efecto, como un conato de sistema filosófico racionalista, cuyo principio rector es que la explicación más racional es aquélla que emplea el menor número de presupuestos para explicar un fenómeno. Por ello, lo que intento es buscar las nociones irreductibles, los átomos conceptuales de las matemáticas, la física, la química, la biología, la neurociencia y las ciencias sociales, y articularlo en un modelo filosófico. He disfrutado mucho escribiendo esta obra, enfrentándome a problemas clásicos y nuevos de la filosofía, tratando de tender puentes entre ramas del pensamiento filosófico y de la ciencia a través de las conexiones conceptuales más importantes. 

 

 

-Muchas de tus ideas filosóficas aparecen también en obras literarias, tanto en prosa como en verso. En particular, en Canto a lo desconocido es central la voluntad de ir más allá de lo dado: ¿qué papel juega la poesía, el arte en general, en la ampliación de nuestros límites?

 

 No veo la razón y la imaginación como fuerzas antagónicas en el espíritu humano, sino como potencias complementarias. Soy racionalista, pues creo que la razón es nuestra herramienta principal para entender y dar sentido al mundo, pero no creo que la razón lo agote todo. Hay siempre un exceso de desconocimiento y de deseo en la mente humana que sólo puede canalizarse a través de la imaginación. La imaginación funciona así como anticipo e incluso vanguardia de la razón. La imaginación concibe lo que la razón luego demostrará rigurosamente. Para crear no basta con razonar: también hay que imaginar, dar un salto, adelantarse, arriesgarse aun a falta de evidencias. El arte nos ayuda a asomarnos a esa dimensión de lo desconocido, de lo ausente, de lo posible aún no actualizado. Por ello, en ocasiones expreso algunas ideas en un lenguaje más poético, más evocativo, aunque en otros escritos las desarrollo de un modo escrupulosamente racional, argumentativo y fundamentado. No creo, en suma, que exista un único género o un único lenguaje para comunicar el pensamiento filosófico: lo que importa es la idea, y a veces el arte nos permite expresarla de una manera más profunda, más vívida, más humana en definitiva. Ello no es óbice para intentar desarrollar una filosofía sistemática. Como racionalista que soy, el sistema representa para mí la filosofía por antonomasia, la capacidad de integrar el mayor número posible de contenidos sobre la base de menor número posible de principios explicativos. Pero al final del sistema está lo desconocido, la conciencia de que por sofisticados que sean nuestros sistemas de pensamiento siempre son incompletos, perfectibles (por eso creo que el teorema de Gödel no es sólo una de las verdades más profundas de la matemática, sino quizás la más profunda de la filosofía; y si hemos de elegir entre consistencia y completitud, me quedo con la consistencia), siempre se enfrentan a un límite, a un abismo. Y la imaginación puede ayudarnos a tirar cuerdas que nos permitan saltar sobre él. Además, concibo el ejercicio filosófico no sólo como un cuidado de la idea, sino también como un cuidado de la palabra. Lograr belleza en el texto es para mí un objetivo esencial, aunque lo más importante sea, ciertamente, desarrollar ideas y argumentarlas. Pero si además de reflexionar de manera profunda y convincente podemos incorporar belleza al texto, creo que es un deber esmerarse en ello. Se ha dicho que la claridad es la cortesía del filósofo; pienso que la belleza es la mejor compañera de la claridad

 

 

-Afrontemos lo inevitable. ¿Crees que estamos aprendiendo ya de la crisis del coronavirus? En particular, ¿qué crees que nos dice de nuestro modelo de globalización y de la Unión Europea?

 

No, pero tengo la esperanza de que sí aprendamos. Tristemente, a lo largo de la historia con frecuencia sólo hemos sido capaces de aprender a través de episodios oscuros y dolorosos. Europa ha reaccionado de forma tardía, lenta, desarticulada. Sin solidaridad, la Unión Europea pierde su razón de ser. Para crear un mercado común no hace falta un proyecto tan ambicioso como la Unión Europea. Si nos hemos embarcado en él es porque hemos entendido la necesidad de lograr una mayor integración política y social entre los Estados miembros, dado que sin ella, aunque en el corto plazo a unos les vaya bien, en el largo plazo a todos nos va mal. La Unión Europea tiene que replantearse seriamente su naturaleza y sus objetivos o -espero equivocarme- no sobrevivirá mucho tiempo. Pedir más Europa es pedir más integración, más solidaridad y más cooperación, sobre todo de los Estados más ricos (que, como exportadores, también se han beneficiado enormemente del proyecto europeo y del mercado común). Una Europa de dos velocidades desembocará, funestamente, en dos Europas, lo que supondría un suicidio para la Unión. Sin mayor integración política y económica (lo que, en mi opinión, exige armonización fiscal; no podemos tolerar la competencia fiscal entre Estados, lesiva para muchos) Europa está condenada al fracaso. La crisis de deuda soberana de 2009 fue sólo un aviso, como lo es esta pandemia. En lo que respecta a la globalización, creo que muchos analistas coinciden al subrayar que faltan instituciones globales sólidas. Hemos globalizado los mercados, pero no la política, no las instituciones que deberían gobernar esos mercados. La conjunción de globalización económica y nacionalismo político que observamos en nuestros días es el desenlace inevitable de una globalización mal entendida, que genera enormes perturbaciones en las economías de muchos países y cuyos beneficios, aunque existan, sólo redundan en unos pocos. La alarmante desigualdad es efecto de este tipo de globalización. 

 

 

-Parece que esta crisis ha evidenciado el descrédito de algunos filósofos, que se han apresurado en analizar la situación desde sus categorías. ¿Crees que la relevancia y buena fama de los filósofos se ha deteriorado? Si es así, ¿por qué y qué deben o debéis hacer?

 

A veces pedimos a la filosofía análisis rápidos, expeditos, que la desvirtúan. La filosofía exige ponderación, reflexión profunda, perspectiva interdisciplinar, amplia, que se nutre de conocimientos diversos. Es un error caer en esa carrera frenética por juzgar la realidad según la inmediatez. La filosofía exige mediar, introducir conceptos, desarrollar argumentos... Reconozco que algunos juicios sumarísimos recientes de ciertos filósofos han contribuido al descrédito de la filosofía, pero ¿de qué filosofía? De una filosofía oracular, narcisista, que simula ser omnisciente y tener una respuesta para todo. Pero por fortuna existen más filosofías, filosofías más profundas, menos efectistas, más preocupadas por comprender y reflexionar que por pontificar y epatar al burgués. Esta es la filosofía que perdura, la que no se deja guiar por modas, taxonomías y etiquetas, sino que analiza en profundidad los conceptos y los argumentos para pensar con amplitud. En un mundo tan complejo, tan desconcertante como el nuestro, el pensamiento filosófico es más necesario que nunca, porque necesitamos esa perspectiva amplia y ambiciosa.

 

Pero el filósofo no posee una clarividencia superior, como si bebiera de una sabiduría más profunda: su lucidez tendrá que demostrarla con cada ejercicio de su pensamiento. Y la lucidez exige información, conocimiento. Hablar sin saber es el mayor pecado de un intelectual. Pero insisto en que tengo gran confianza en la filosofía y en su capacidad de contribuir al debate y al análisis de la realidad. Cuenta con un caudal de conceptos y métodos que pueden resultar sumamente valiosos para otros campos del saber y de la acción. De hecho, la filosofía puede erigirse en árbitro de esa cooperación intelectual, de esa síntesis de perspectiva tan necesaria.

 

 

-Son conocidas tus facetas como filósofo y académico, pero tal vez muchos no conozcan tu labor en Altius. ¿Podrías hablarnos de este proyecto?

 

El germen de Altius surgió durante mi estancia en Harvard entre 2009 y 2011. Allí conocí a personas no sólo enormemente inteligentes, sino ante todo profundamente curiosas, interesadas en aprender de otros campos del saber. Al regresar a España nos dimos cuenta de que aquí era mucho más complicado dialogar en clave interdisciplinar como en Boston, así que comenzamos a organizar unas reuniones informales en las que discutir, desde distintos puntos de vista, cuestiones relevantes para nuestro tiempo (el transhumanismo, el cerebro del futuro...). Lo que empezó de una manera bastante humilde, reuniéndonos anualmente en Oxford, acabó por convertirse en un evento fascinante en uno de los edificios más hermosos de Oxford (la Union). Me siento orgulloso por haber participado en la fundación y en el desarrollo de Altius. Hemos reunido a algunas de las mentes más brillantes de nuestro tiempo, incluyendo diez premios Nobel, y lo que yo he podido aprender, las ideas que he podido intercambiar, la sabiduría que he podido absorber, me ha inspirado sobremanera. Los interesados pueden acudir a la página web de la Altius Society y descargarse las agendas y algunos de los informes publicados. Creo que en el mundo actual es esencial fomentar el diálogo interdisciplinar. Es fácil decirlo, pero difícil hacerlo, porque en la práctica es complicado pensar más allá de los límites y de los lenguajes de nuestras respectivas disciplinas. Pero cuando se hace, el resultado es no sólo útil a la hora de abordar cuestiones cuya complejidad no puede analizarse desde una única perspectiva, sino profundamente bello: el espectáculo del saber, libre de barreras entre disciplinas. 

 

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