Nostalgia del soberano: Charla con Manuel Arias Maldonado

Edwin Andrade @theunsteady5


Hoy conversamos con Manuel Arias Maldonado, autor de numerosos ensayos sobre la política contemporánea y profesor titular de Ciencia Política de la Universidad de Málaga, sobre su último libro: "Nostalgia del soberano", (ed. Catarata, 2020)

 

 

-A modo de introducción, ¿qué entiende usted por “nostalgia del soberano”?

 

El anhelo de que un poder soberano restablecido en toda su potencia ponga orden en un mundo que se percibe como desordenado, excesivamente heterogéneo o decadente.

 

 

-Una de las hipótesis que recorre el libro es que el anhelo contemporáneo de soberanía esconde una herencia teológica que, según los períodos de la historia, vuelve a resurgir: ¿Podría explicar en qué consiste esta relación? 

 

La idea de fondo es que la imagen del poder omnipotente es una herencia de la teología política, que modela al monarca a partir de la imagen de Dios. Esta atribución, que está presente en los emperadores y se hace explícita desde el punto de vista jurídico-normativo con el Estado absolutista, no desaparece con la Revolución Francesa. Una de las posibles lecturas de la "voluntad general" de Rousseau es que el pensador ginebrino seculariza el poder absoluto de origen divino y lo traslada a la asamblea democrática que decide por unanimidad. Posteriormente, las revoluciones sacralizan a su vez la voluntad del pueblo, convertida en justificación de cualquier curso de acción político: la propia democracia puede suspenderse en aras de la presunta voluntad popular. Más ampliamente, la pretensión de que la soberanía popular sea ejercida directamente por el pueblo revela un resto teológico, si bien, como señala Schmitt leyendo a Bodino, la ausencia del límite divino convierte a este poder soberano en el más liberado de constricciones externas de que se tenga noticia. Dicho esto, hay una tradición que escapa a esta lógica, que es la tradición liberal que persigue justamente controlar el poder, someterlo a límites, hacerlo responsable ante los ciudadanos. De ahí que los contrafuertes del liberalismo constitucional sean los primeros que sufren cuando se desatan los perros del nacionalpopulismo antiliberal.

 

 

-La impronta intelectual de Carl Schmitt y su idea de que soberano es quien decide sobre el estado de excepción ocupa buena parte de las reflexiones del libro. En este sentido, ¿por qué Schmitt sigue conservando tanta actualidad? ¿Dónde se ubica la fuerza de sus argumentos pese a que tienen casi cien años?

 

En un libro dedicado a la nostalgia del soberano, no podía sino ocuparme de Schmitt; no porque comparta sus argumentos, sino porque es un certero crítico del parlamentarismo liberal y un agudo comentarista de la tradición filosófico-política occidental, al que por tanto no puede ignorarse. Su actualidad, diría, tiene sobre todo que ver con tres cosas. Una es su teoría del decisionismo excepcionalista como núcleo de la soberanía, que nos pone ante el abismo del origen no democrático de las democracias y nos alerta acerca de la fuerza de arrastre que tiene la pura fuerza, sea de determinados actores o de acontecimientos particulares. La segunda es, como ya he sugerido, su crítica del liberalismo político: una crítica inteligente, que en buena medida está más de actualidad que nunca en un marco de fragmentación y polarización políticas, pero que no conduce a ninguna resolución satisfactoria. Y, finalmente, es un pensador que se ocupa de subrayar la dimensión reverencial o mistérica de la legitimidad del poder político, algo que explora sobre todo en su trabajo sobre la forma católica de autoridad; ahora que han surgido nuevas dudas acerca de la racionalidad humana y que estamos subrayando el rol de las emociones en la vida pública, sus reflexiones cobran nueva fuerza. En suma: es el pensador de la decisión y la excepción, elementos que nunca desaparecerán de la vida política. Por eso, Schmitt tampoco desaparecerá.

 

 

 

-En el capítulo segundo se examina cómo los populismos contemporáneos –sean de izquierda o derecha– han sabido utilizar estratégicamente el deseo de soberanía que late en la ciudadanía. ¿Cómo describir este proceso? ¿Cómo afecta a la democracia la expansión de los populismos?

 

 

En tiempos de crisis, el populismo encuentra una oportunidad única para incitar el malestar de los ciudadanos, identificando un enemigo común a los distintos grupos sociales y unificando así sus emociones negativas: el líder populista se convierte así en portavoz de una ira empaquetada como producto homogéneo. Esto se hace apelando a la "ideología de la democracia", es decir, al principio de que en una democracia el pueblo gobierna por sí y para sí; el triunfo del populismo se identifica así con un triunfo de la democracia. Por su parte, la democracia constitucional se ve afectada por el populismo de distintas maneras, dependiendo naturalmente del grado de penetración del mismo en cada sistema político. Los síntomas más leves son la polarización (nosotros los de abajo versus ellos los de arriba), la emocionalización y la contaminación de ese estilo político a los demás actores políticos; los más graves son el antipluralismo y el despliegue, desde la oposición o desde el poder, de tácticas iliberales: censura o acoso a los medios, ataques a la independencia judicial o cuestionamiento del sistema experto, acumulación de poder en el ejecutivo en detrimento del legislativo.

 

 

-¿Qué relación existe entre la demanda de soberanía y la pérdida de esperanza en futuro mejor y en la resignación de que no hay alternativa, el sentimiento de que nada puede cambiar?

 

Parece existir una relación estrecha. Ahora que las utopías han perdido su crédito histórico y concebimos el futuro en términos distópicos, al menos en Occidente, es fácil reclamar un poder soberano fortalecido que, a golpe de pura "voluntad política", restaure nuestra confianza en el porvenir y nos convenza de que las cosas pueden ser mucho mejores de lo que son. O mejor dicho: de lo que creemos que son.

 

 

-En el cuarto capítulo se plantea la necesidad de reconocer la impotencia de la política, es decir, que esta no lo puede todo porque presenta limitaciones tanto “originarias” como “sobrevenidas.” ¿En qué consiste esta distinción y cómo se vincula con la nostalgia de la soberanía?

 

Quien experimenta nostalgia de la soberanía no repara en gastos: piensa que la política puede conseguir cualquier cosa que se proponga y que si no lo hace se debe a la maldad o torpeza de aquellos que la ejercen. De ahí, como he sugerido antes, que se invoque la "voluntad política" con tanta frecuencia. Por el contrario, una ciudadanía madura -una sociedad madura- debiera arrancar de la premisa contraria, que es la de que la política no lo puede todo. ¿Es impotente? No. Pero aquello que pueda o no pueda dependerá del acierto de las decisiones adoptadas. Por lo demás, distingo entre la impotencia originaria, que se refiere a cómo la política es constitutivamente incapaz de proporcionar plena satisfacción a todos o de eliminar los conflictos en cualquier sociedad humana, y una impotencia sobrevenida que es el resultado del aumento de complejidad de esas mismas sociedades, lo que hace más difícil gobernarlas con acierto.

 

 

-Una de las tensiones que atraviesa la soberanía en la coyuntura actual es la establecida entre el decisionismo político soberano (que tiende a ser ilimitado) y el procedimentalismo formal propio de la democracia (que impone vínculos jurídicos infranqueables al decionisimo). ¿Cómo articular de la manera más armoniosa posible esta ambivalencia?

 

No es fácil; de hecho, es una tensión irresoluble. Sin procedimientos, no hay democracia; sin decisión, no hay política. No podemos dejar que los procedimientos sofoquen la toma de decisiones, ni que la compulsión decisoria nos deje sin procedimientos. Estos son necesarios para ponderar intereses, introducir voces de expertos y afectados, conciliar intereses, procurar la deliberación: son, en suma, un valor supremo y un valor específicamente democrático. La existencia de zonas infranqueables, como usted las llama, pueden entenderse también como un fruto de la experiencia histórica de las democracias, que han aprendido que así debe ser por razones de eficacia y para prevenir su propio deterioro. No hay una fórmula para lograr la armonía entre procedimientos y decisiones: abogo por defender los primeros, ya que las segundas siempre tendrán defensores.

 

 

-En la parte final del libro, usted aboga por una “soberanía para escépticos” (pp. 172-182). ¿Cómo se define y cuáles son sus presupuestos? ¿Sería deseable que las democracias contemporáneas adapten este tipo de soberanía?

 

Eso que llamo "soberanía para escépticos" no difiere mucho, formalmente, de la soberanía tal como está codificada en las constituciones liberales. Mi argumento es que debemos ser escépticos con la soberanía: no pedirle lo que no puede dar ni tomarla por lo que no es. Hay que asumir la pluralidad social y la imposibilidad de que una concepción del bien o un solo "pueblo" puedan predominar sobre una heterogeneidad que es deseable e inevitable. O sea: no podemos tomarnos literalmente la ficción jurídica del pueblo y hemos en cambio de apostar por una concepción pluralista de la soberanía, que reparte su ejercicio entre distintos actores, sin frustrarnos por ello.

 

 

-Según se expone en el libro, la nostalgia de soberanía vendría motivada, entre otras razones, por la necesidad de orden y protección que otorga el Estado ante situaciones de crisis, por ejemplo el crack financiero de 2008. Ahora bien, ¿no es el Estado uno de los mejores actores para garantizar la estabilidad del sistema jurídico, político y económico frente a las turbulencias económicas?

 

Claro, evidentemente; lo vemos también en la crisis provocada por el covid-19. Eso no lo discute nadie: el Estado es la válvula de seguridad de las sociedades cuando se ven sometidas a una presión excepcional. Digamos entonces que la demanda de una soberanía reforzada, ejercida de manera eficaz, es natural, en épocas de crisis. El problema está en que esa nostalgia sobreviva a los momentos agudos de la crisis y se manifieste en forma de anhelo de formas autoritarias de gobierno e incluya fantasías homogeneizadoras incompatibles con el pluralismo sociológico.

 

 

-Bajo el entendimiento de la pregunta anterior, ¿la nostalgia de soberanía y la necesidad de imponer estabilidad y certeza frente a la catástrofe financiera no fue deseada por mercados, empresas multinacionales y organismos supranacionales?  

 

Así es; la respuesta anterior vale también para esta pregunta.

 

 

-Si bien el libro no reflexiona sobre la actual crisis del coronavirus por una cuestión temporal, ¿cómo observa la poderosa reafirmación de la soberanía estatal que ha traído consigo la pandemia? Las señales son varias: desde la declaración de estados de excepción (que nos recuerda directamente a Schmitt), alarma y confinamiento hasta la extraordinaria inyección de gasto público activada por los Estados. Con este panorama, ¿no sería la soberanía estatal la herramienta más sólida para superar la crisis del virus?

 

Sí, pero no. Es del todo natural que en una situación tan extraordinaria como la creada por el covid-19 el Estado se convierta en el actor central que impone restricciones, planifica la respuesta pública y coordina a los actores privados; es una especie de keynesianismo político, al que por otra parte sigue el keynesianismo económico que consiste en la inyección de dinero público para reparar el daño inflingido a la demanda total efectiva. Pero el Estado no puede hacerlo todo, sobre todo en una sociedad compleja donde necesita de conocimiento experto, colaboración ciudadana y empresarial, así como de la legitimidad necesaria para ser obedecido. No me preocupa que se declare un estado de excepción, porque para eso están; me preocupará que éste continúe vigente cuando ya no sea necesario. Ocurre que el Estado no se fue nunca, porque no puede irse; lo que debemos evitar, desde un punto de vista analítico, es caer en las dicotomías Estado-mercado o Estado-sociedad o mercado-sociedad. Estamos ante un sistema complejo, lleno de interdependencias y solapamientos, que más bien debe contemplarse como un metasistema que atraviesa distintas etapas históricas. No hay mercados eficaces sin regulación pública, ni hay servicios públicos fuertes sin creación de riqueza. Se trata de ir ajustando las piezas del mecanismo, sin apriorismos ni dogmatismos, de manera pragmática más que ideológica. O, al menos, de intentarlo.

 

 

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