La creación de la Antigua Grecia (II): el nacimiento de la arquelogía moderna

11/04/2020

Greg Gallaher @gregingtown

 


Los cazadores de Grecia

 

En los decenios que precedieron a la Guerra de Independencia de Griega, estallaron cuatro escándalos reveladores de un saqueo de antigüedades practicado a escala internacional, y que, al mismo tiempo, significaron un profundo cambio en el conocimiento de la escultura griega. No obstante, no hace falta decir que el beneficio que obtuvo el mundo académico no justificaba la manera en el que los frontones del Partenón, los templos de Egina, el friso de Bassea y la Venus de Milo llegaron a los museos europeos de Londres, Múnich y Paris.

 

A finales del siglo xviii e inicios del siglo xix, la caza de los tesoros del arte estaba alimentada por las necesidades de los museos públicos, que se multiplicaban: Museo Pío Clementino del Vaticano cuyo primer catálogo data de 1792; British Museum, creado en 1753; Museo Napoleón, creado en 1801 y la Gliptoteca de Múnich de 1830. Estos museos públicos tenían sed de hermosas piezas cuyo resplandor contribuyera a la gloria del estado que las poseía. Así, Bonaparte no dudó en entrar en las colecciones italianas hasta el punto que, por derecho de conquista, requisó en 1797 desde el Laocoonte al Gálata moribundo, todos los grandes referentes sobre los que Winckelmann había construido su historia del arte. Esas estatuas estuvieron expuestas en el museo del Louvre hasta 1816 manifestando claramente que París se había convertido en la nueva Roma y la nueva Atenas.

 

Ciertos factores políticos explican esos traslados de antigüedades desde Grecia. No había un poder bastante sólido para impedir el pillaje. Turquía se anotaba en incesantes guerras contra Rusia, Francia e Inglaterra, y el sultán no estaba en situación de negar nada a su protector del momento, que de 1799 a 1806 fue Gran Bretaña. Por lo que respecta a las comunidades griegas, no tenían ningún medio de oponerse a la partida de su patrimonio. Grecia se había convertido en un importante punto de atracción para los turistas de cualquier nacionalidad, pero ante todo ingleses. La situación política no era extraña a la moda del viaje a Grecia, facilitada por el acercamiento entre turcos y británicos en un momento en el que Italia estaba cerrada a estos últimos por la conquista francesa y el bloqueo continental.

 

En esas circunstancias excepcionales, Lord Elgin fue nombrado embajador en Constantinopla. Según algunos, tenía la iniciativa y con ella la responsabilidad de una misión paralela en Grecia, con la voluntad de adquirir obras de arte y de impedir que Francia entrara en el mercado de antigüedades. En cualquier caso, el antagonismo franco-británico jugó un papel importante en el despojo de los monumentos de Atenas. Para cualquier observador era evidente que, en ese inicio del siglo xix, los mármoles de la acrópolis estaban destinados a viajar a sitios como Londres o París. En julio de 1801 empezó el saqueo del Partenón, y en términos más generales, de la acrópolis; el saqueo duraría hasta 1805, fecha en que se prohibió toda retirada y toda excavación. Varios equipos de obreros, bajo la dirección del pintor italiano Lusieri, se apoderaron de una docena de estatuas que estaban en los frontones o que estaban enterradas entre las ruinas, y arrancaron 56 placas del friso y 15 metopas, además del friso del templo de Atenea Niké y de una cariátide del Erecteion, por citar solo las piezas famosas. Nada parecía oponerse a las ambiciones cada vez más desmesuradas de los británicos. No solo hubo expolio, sino también vandalismo. El trabajo se hizo precipitadamente, y no se dudó en destruir piezas estructurales para facilitar la retirada de las esculturas. Según el helenista británico Clarke, que asistió a la retirada de una metopa, los mismos turcos se impactaron ante tales destrozos.

 

Gran Bretaña, Francia y Baviera se apresuraron a participar en las subastas de las estatuas de Egina celebradas en Malta, pero al final terminó por llevárselas Luis de Baviera, quien se llevó dieciocho estatuas en bastante buen estado y numerosos fragmentos. Francia fue postergada, a pesar de haber hecho una oferta superior. Gran Bretaña no dejó pasar el friso de Bassae, puesto a la venta en julio de 1812. No obstante, de forma paralela comenzaron los estudios científicos sobre Grecia. El grupo de los xenioi[1] recorrió el país en toda su extensión, acumulando croquis y dibujos. Los dibujos de Haller prueban las exigencias meticulosas del arquitecto, que ya no tenían nada que ver con las vistas pintorescas de David Le Roy; los monumentos, con todos sus detalles cuidadosamente acotados, y a menudo comentados, estaban listos para su publicación.

 

 

El renacimiento de Grecia

 

Este período coincide con el momento en que la nación griega vuelve a ocuparse de sus antigüedades: los griegos organizan el primer Servicio Arqueológico y elaboran una legislación contra los expoliadores. Los monumentos de Atenas, declarada capital en 1833, reciben los cuidados de todos: de los griegos, a los que esos monumentos recuerdan la gloria y la independencia pasadas, y de los alemanes, para los que son el símbolo de su nuevo poder.

 

La revolución dejó huella en los edificios. Por ejemplo, la acrópolis estaba ocupada por una guarnición turca que fue desalojada por primera vez en 1822. Más tarde, durante la ofensiva turca de 1827, los griegos sufrieron un violento asedio durante el cual, cayeron sobre la fortaleza ciento ochenta bombas y trescientas cincuenta bandas de cañón en un día. No hace falta decir que, en 1833, cuando los turcos abandonaron el lugar, los edificios se encontraban en muy mal estado; el lado oeste del Partenón estaba afectado, y el Erecteion había perdido una de sus cariátides. En medio de todas las dificultades inherentes a la creación de un Estado, los griegos tomaron medidas respecto a las antigüedades. Reunidos en Trezena (1827), prohibieron su exportación. Hicieron falta toda la diplomacia y todo el peso de Francia para que la asamblea aceptara que los franceses se llevaran las metopas de Olimpia, actualmente en el Louvre.

 

El género de los relatos de viaje a Grecia declinaba, pues la abundancia de relatos pintorescos con los mismos itinerarios terminó por aburrir; por otro lado, era una fórmula poco adecuada para la publicación científica. Las publicaciones interesantes sobre Grecia pasaron a ser los ensayos científicos. Entre 1834 y 1836, el arqueólogo alemán Ludwig Ross estuvo al frente del recién creado Servicio Arqueológico, que comprendía tres circunscripciones: Grecia continental, Peloponeso e islas, y el Museo Central de Atenas. La mayor preocupación de esos años fue la reconstrucción del pequeño templo de Atenea Niké, del que se habían recuperado todos los bloques empleados en las fortificaciones otomanas. La acrópolis fue definitivamente abierta al público en 1835. Aunque los alemanes desplegaron mucha actividad, no fueron los únicos. En 1837 se publicó la primera revista griega de arqueología: Ephemeris Archaiologiki y en el mismo año se fundó la Sociedad Arqueológica Griega, dos instituciones aún vigentes.

 

Los arqueólogos franceses desarrollaron sus actividades en Grecia en cuanto que los arqueólogos alemanes establecían las bases de grandes colecciones desde Alemania e Italia. Francia protagonizó dos iniciativas para arquitectos y la creación de una escuela de helenistas. A partir de 1845, los arquitectos becarios en Roma fueron invitados a estudiar los edificios de Grecia, pues la prohibición que pesaba sobre los viajes a Grecia había sido revocada. Ello dio lugar a una serie de buenos estudios sobre el estado de los monumentos de Atenas y el Ática. A partir de 1846, los artistas se alojaban en la Escuela Francesa de Atenas, cuya vocación estaba definida muy libremente en sus estatutos; se trataba de contribuir al perfeccionamiento en el estudio de la lengua, la historia y las antigüedades griegas, pero también se trataba de reforzar la influencia de Francia frente a Inglaterra en un momento en el que el primer ministro griego estaba bien predispuesto hacia los franceses. Los becarios que vivían en Grecia durante tres o cuatro años viajaban, leían versos antiguos en la acrópolis, enseñaban francés y, a veces, hacían arqueología.

 

Con menor presencia que los franceses sobre el terreno, los estudiosos alemanes, numerosos y bien formados en las cátedras universitarias, desarrollaron iniciativas en dos direcciones: catálogos de museos o colecciones y corpus de documentos. En 1829 se creó en Roma el Instituto de Correspondencia Arqueológica, una asociación internacional dirigida por alemanes, cuyos trabajos afectaron a Grecia en un doble sentido: por un lado, se enviaron estudiosos a Atenas para hacer el inventario del Teseion y de colecciones privadas; y, por otro lado, Eduard Gerhard realizó progresos decisivos en el conocimiento de los vasos griegos hallados en gran cantidad en las tumbas etruscas de Vulci en 1828. Los alemanes tuvieron una iniciativa espectacular respecto a las inscripciones, se encargó a August Boeckh la recopilación de un corpus con todas las inscripciones ya publicadas y se previó una puesta al día periódica de la obra. La filología alemana influyó en todas las investigaciones; así, en la escultura cesó el interés por todo lo bello; se partía de textos como los de Plinio el Viejo, que describían las obras de los grandes maestros y que intentaban identificar entre las numerosas copias anónimas los célebres originales; así se reconoció el Apoxiomenos de Policleto y el Doriforo y el Diadumeno de Policleto.

 

 

La arqueología griega

 

En la década de 1860 hubo descubrimientos importantes, pero aún no se hacían excavaciones sistemáticas, todo se limitaba a dañar el suelo de modo esporádico en busca de objetos de museo: ninguna ciudad, ningún santuario del que fuera posible alzar una planta topográfica. En medio siglo los conocimientos iban a aumentar hasta tal punto que aún no se habían podido sacar todas las conclusiones de los hallazgos realizados. Ese florecimiento de la arqueología griega, que se benefició del desarrollo de la historia, de la geografía y del hambre de saber ligado a los jóvenes humanistas, estuvo protagonizado esencialmente por universitarios; sin embargo, en esa época también interesó a personalidades excepcionales como Schliemann y Arthur John Evans.

 

La Constitución griega prohibía la exportación de antigüedades, los alemanes se jactaban justamente de haber firmado con los griegos en 1875 el primer convenio de excavaciones «desinteresadas» para la concesión del yacimiento de Olimpia, aun cuando de todos los hallazgos que quedaban en Grecia solo se podían exportar los moldes. Bismark consideró ruinoso ese negocio y cortó los créditos en 1881. Los emperadores comprendieron el prestigio que podría obtenerse de la arqueología, y financiaron excavaciones de su propio bolsillo: Guillermo I las excavaciones de Olimpia, y su nieto las de Corfú. Las naciones más prósperas quisieron imitar a Francia y Alemania. Los estadounidenses crearon en 1882 sus establecimientos independientes, y los británicos en 1885. Los austríacos en 1898 y los italianos en 1909 fundaron sus propios Institutos. El último tercio del siglo xix estuvo marcado por la proliferación de escuelas extranjeras.

 

Se inició entonces una geografía de las excavaciones que prácticamente no se había visto modificada en lo esencial. Desde antes de 1914, y refiriéndonos solo a los grandes yacimientos, los franceses trabajaron en Delfos, Delos, Thasos y Argos; los alemanes en Olimpia, el Kabirion de Tebas, Samos y el Cerámico de Atenas; los británicos en el Peloponeso (Megalópolis y Esparta); los italianos en Creta (Gortina, Ida y Festo) y los austriacos fueron los primeros en Samotracia (el yacimiento sería asumido posteriormente por los americanos). Sería inexacto creer que la arqueología griega estaba totalmente colonizada por los extranjeros. La Sociedad Arqueológica estuvo animada por un hombre notable, Stéfanos Koumanoudis, secretario de 1859 a 1894, y después por Panagiotis Kavvadias, descubridor de las korés[2] de la acrópolis y director de las antigüedades de 1885 a 1909. La Sociedad dispuso hasta inicios del siglo XX bastante, lo que permitió a los griegos fomentar las filas de arqueólogos profesionales y excavar numerosos yacimientos, especialmente en Atenas y el Ática, Epidauro y Etolia. Dichas disponibilidades financieras permitieron abrir numerosos museos de las provincias y emprender importantes trabajos de restauración en las acrópolis.

 

Griegos y extranjeros contribuyeron a la explosión de conocimientos, una explosión algo desordenada, pues no había ningún plan de conjunto que guiara la elección de yacimientos y excavaciones. Antes de 1914 no había ninguna región helénica cuyos yacimientos no dieran lugar a grandes excavaciones. Se dejaban guiar en sus elecciones por los autores clásicos, buscando lugares ricos en objetos e inscripciones. Por esta razón las excavaciones clásicas se concentraron mayoritariamente en los santuarios de Delfos, Delos, Epidauro, Olimpia, Oropos, Samos y Samotracia entre otros. Se ampliaron los conocimientos en el espacio y en el tiempo. Para los períodos clásicos, los sorprendentes hallazgos de las estatuas de la acrópolis, Delfos, Delos, y los frontones esculpidos de Corfú revolucionaron el conocimiento de la plástica arcaica. Samotracia y Delos aportaron el complemento a lo que ya se sabía sobre el arte y la arquitectura helenísticas, sin contar 7000 nuevas inscripciones solo en los yacimientos de Delfos y Delos. Además, aunque las metopas del Louvre ya habían dado una idea de la decoración escultórica de Olimpia, el descubrimiento de los frontones reveló los progresos de los escultores del Peloponeso de los años 460 a. C. Mas lo que marcó a este período fue la revelación de civilizaciones sobre las que se carecía de una tradición escrita o de períodos que solo habían dejado huellas en la literatura: el período geométrico, la civilización micénica, la civilización minoica, la cultura cicládica y los yacimientos neolíticos de Tesalia: Sesklo y Dimini. El pasado de Grecia había retrocedido en varios milenios. En este retroceso en el tiempo, dos personalidades muy distintas jugaron un papel principal: Schliemann, arqueólogo autodidacta y fantasioso; y Evans, gran burgués liberal, formado en Oxford y erudito riguroso.

 

Heinrich Schliemann sostiene el mérito de seguir un plan coherente de investigación que lo llevó a Ítaca en 1868 y después a Turquía, al yacimiento de Hissarlik entre 1872 y 1873. Demostró que se trataba sin duda de la ciudad de Troya, y sacó a la luz un fabuloso tesoro de joyas, bautizado inmediatamente como «tesoro de Príamo» o «joyas de Helena». Se llevó fraudulentamente ese tesoro de Turquía a Grecia y sufrió un ruidoso proceso por parte del gobierno turco. Excavó Micenas en 1874, y un error en un texto de Pausanias le hizo descubrir un círculo de tumbas en el interior de la acrópolis. Reveló al mundo erudito y al gran público los tesoros extraordinarios de una civilización hasta entonces desconocida, todo fue rápidamente expuesto y publicado en alemán y en inglés. Schliemann volvió a Troya y en 1881 donó al estado alemán su parte del hallazgo, entre los que se hallaba el Tesoro de Príamo. Más tarde excavó en Orcómenos de Beocia, y en 1884 inició las excavaciones de Tirinto. Allí confundió los muros de ladrillo del palacio micénico con las obras recientes, y los habría destruido de no ser por los consejos del primer secretario del Instituto Alemán de Atenas, Wilheil Dörpfeld, con quien colaborarían desde 1882. Esta circunstancia ha llevado a afirmar algunos que el mayor descubrimiento de Schliemann fue Dörpfeld. Hay que reconocerle a Schliemann lo que hoy llamaríamos «sentido metódico»: exposiciones, conferencias, publicaciones en todas las lenguas europeas, no se detuvo ante nada para darse a conocer en todo el mundo. Al tiempo que aseguraba su propia gloria, sirvió a los intereses de la arqueología griega y de Grecia.

 

Los destinos de Schliemann y Evans se cruzaron en Cnosos, donde el primero no logró adquirir los terrenos mientras que el segundo sí. Así pues, el descubrimiento de la civilización micénica fue inglés. Evans tenía sobre Schliemann la ventaja de ser rico y culto. El primero encarnaba a la Alemania conquistadora del viajante; el segundo a la Inglaterra burguesa que aprovechaba los frutos de la revolución industrial. Evans viajó a Grecia en 1893 y halló en diversos anticuarios de Atenas piedras grabadas procedentes de Creta que llevaban signos jeroglíficos. Era la primera revelación de la escritura minoica. Decidió excavar en Cnosos, pagó de su bolsillo los terrenos y dio el primer golpe de pico en 1899. Así se produjo el extraordinario descubrimiento del palacio de Minos. La era de los pioneros había pasado definitivamente. La personalidad de Evans hacía olvidar con demasiada frecuencia a los eruditos italianos, americanos y griegos que en la misma época contribuyeron a dar a conocer la civilización de Creta.

 

Antes de la Primera Guerra Mundial, la arqueología ya era muy internacional, y de ahí su gran fecundidad, pero al mismo tiempo estaba muy balcanizada. Los institutos extranjeros en Grecia no desarrollaban ninguna acción común, y no se sabe de ninguna excavación en la que colaboraran griegos y extranjeros. Cada cual velaba celosamente sus yacimientos y buscaba la memoria de manera independiente. En 1886, con ocasión del centenario de la primera Exposición de Bellas Artes en Berlín, los alemanes reprodujeron la fachada del templo de Olimpia a tamaño natural. El templo se montó sobre una terraza decorada con moldes del friso de Pérgamo. Al igual que el Reich celebraba sus victorias arqueológicas, también Francia exaltaba su trabajo en Grecia: Théophile Homolle, en la Exposición Universal de 1889, habló desde la tribuna de las excavaciones en Delos; y en la exposición de 1900 se presentó un molde de la esfinge de Naxos, recientemente descubierta en Delfos.

 

 

  • BALACHS RECORT, M.: Tucídides, Historias, libros I-V, Ed. Gredos, Madrid, 1981.

  • CANFOLA, L.: Tucidide, Padua, 1970.

  • DELEBECQUE, E.: Euripide et la Guerra du Péloponnése, París, 1951.

  • DÍAZ-ANDREU, M.:  Historia de la Arqueología. Estudios. Madrid: Ed. Clásicas, 2002.

  • GÓMEZ DE LA SERNA, G.: Los Viajeros de la Ilustración. Madrid, Editorial Alianza,1974.

  • LABRIOLA, I.: Eradato, Tucidide, Janofonte, Milán, 1975.

  • LUDWIG, E.: Schliemann, el descubridor de Troya. Barcelona, Juventud, 1958.

  • MOMIGLIANO, A.: La historiografía griega. Barcelona, Editorial Crítica, 1984.

  • SCHLIEMANN, H.: Ítaca, el Peloponeso, Troya: investigaciones arqueológicas (trad. y notas. Bauzá. HF). Madrid, Akal, D.L, 2012.

  • WESTLAKE, H.: Essays on time Greek Historians and Greek History, Manchester, 1969.

  • WOOD, H.: Time and Histories of Herodotus. An analysis of time formal structure. Den Haag-París, 1972.

 

 

 

[1] Asociación Internacional Xeneion o Xenioi

 

[2] Koré:  (Ken plual korai) es una tipología escultórica de la Época Arcaica de la Antigua Grecia, que consiste en una estatua femenina en posición de pie, cuya versión masculina del mismo tipo se designa kuros.

 

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