Reseña: "Nostalgia del soberano", de Manuel Arias Maldonado

11/04/2020

Maksim Shutov @maksimshutov


La soberanía es uno de esos conceptos centrales de la tradición jurídico-política de Occidente que se ha visto sometido a lo largo de la historia a los más diversos usos y abusos, tanto teóricos como prácticos. Al mismo tiempo, la mayoría de las categorías analíticas de nuestro acervo intelectual común han sido ya pensadas, por lo que una de los quehaceres del trabajo filosófico actual es repensarlas una y otra vez, aunque en el interior de nuevas redes de significaciones semánticas. Siendo así, pocos términos merecen un desmontaje crítico como el de soberanía. A este objetivo apunta “Nostalgia del soberano” (ed. Catarata, 2020), el último libro de Manuel Arias Maldonado, autor de lúcidos ensayos sobre la política contemporánea y profesor titular de Ciencias Políticas de la Universidad de Málaga.

 

La tesis principal del libro se enuncia en las primeras páginas. En palabras del autor, las “turbulencias políticas causadas por la crisis económica, que a su vez activan con fuerza temores latentes asociados con los distintos aspectos de la globalización, deben interpretarse como expresión de una nostalgia de la soberanía. O sea, como el anhelo por una potencia política capaz de imponer un orden en un presente amenazante e incierto. Amplias capas de la población resultan así sensibles a la idea de que es ciertamente posible, y desde luego necesario, recuperar el control; lo que en la tradición política occidental equivale a la restauración de la fuerza soberana del Estado nación.” (p. 16).

 

Bajo esta perspectiva, el hilo del cual tira el pensamiento de Arias es vincular de manera directa soberanía y populismo. Es decir: la nostalgia de la soberanía empuja a las sociedades a defender la comunidad nacional, desembocando así en el anhelo de una época pasada calificada como gloriosa o, al menos, mejor que la presente. Las causas son diversas, pues van desde la aspiración de regresar a una sociedad étnicamente homogénea, idéntica y depurada de elementos extraños que, supuestamente, la corrompen –por ejemplo, la inmigración en los discursos de VOX, el Frente Nacional francés o la Administración Trump– hasta el echar de menos las prestaciones asistenciales del Estado de Bienestar y la solidaridad de clase –pretensión que puede encontrarse en la plataforma política de Podemos. Por esta razón, tanto la derecha como la izquierda comparten el deseo de restaurar la potencia política de la soberanía.

 

Este es el punto central de la vigorosa, apremiante y masiva demanda de soberanía: el supuesto paraíso perdido. Pero no sólo eso. La petición de una instancia protectora encuentra eco en los complejos riesgos a los que se ve sometida diariamente la ciudadanía: el terrorismo, la imparable aceleración tecnológica, la crisis financiera de 2008, la inmigración ilegal, las epidemias mortales –por ejemplo, el actual coronavirus–, la inestabilidad en los mercados, entre otros. La nostalgia del soberano se entiende, en opinión de Arias, por el reclamo de seguridad, protección, contención e integración dirigido al Estado-nación. En efecto, uno de los ejes del libro es la “expresión que adopta el malestar ciudadano” (p. 18).

 

Es conocido que todos los conceptos de nuestra tradición están amasados por largos siglos de historia. La soberanía no es una excepción. El primer capítulo despliega un breve pero esclarecedor itinerario de dicha categoría, en el cual se dan cita los grandes nombres de la filosofía moderna: Bodino, Hobbes, Rousseau, De Maistre, Benjamin Constant, Kant y el abate Sieyes. Aquí no hay suficiente espacio para reconstruir los argumentos de cada posición teórica. Lo que interesa subrayar es que el uso moderno de soberanía nació en el siglo XVI en el contexto de las Guerras de Religión con el objetivo prioritario de establecer el orden, ya que “sólo un poder superior sería capaz de restaurar la paz civil” (p. 26). La época reclamaba un soberano unitario, concentrado, autónomo y pertrechado del suficiente poder para neutralizar los conflictos sociales y terminar con la guerra de todos contra todos (Hobbes). La soberanía se reveló sumamente eficaz para este objetivo. Con el suceder de las revoluciones –inglesa, francesa, norteamericana–, la idea de soberanía se desplazará de la figura del monarca al pueblo, es decir, se pasa de la voluntad divina a la voluntad general. La hipótesis de Manuel Arias es que, pese a este traslado, la herencia teológica de la soberanía aún persiste en la actualidad. Esta es una de las razones que explica su nostalgia.

 

A este tránsito se dedica el segundo capítulo. El objetivo que persigue es mostrar cómo la pulsión religiosa de la soberanía se encuentra latente –si bien con otros ropajes, justificaciones y perspectivas– en la política de las primeras décadas del siglo XX y en los populismos actuales. Una de las señales más importantes de este proceso debe rastrearse en la obra de Carl Schmitt, parada obligatoria si se pretende reflexionar sobre la soberanía. En Teología Política (1922) Schmitt definía al soberano como aquel que decide sobre el estado de excepción: una decisión concreta, absoluta e inapelable que funda o estabiliza un orden jurídico, cancela las crisis y excluye a los agentes que alteran la sociedad (enemigos). De hecho, el jurista alemán postulaba que el caso de excepción tenía una significación análoga al milagro en teología. Por lo demás, en el planteamiento schmittiano la Iglesia católica desempeñaba un papel primordial, pues se constituía como autoridad representativa, última y suprema idónea para ejecutar las decisiones fundantes. En consecuencia, en Schmitt reaparece con suma intensidad la nostalgia del soberano: “recuperar un poder decisivo capaz de poner orden en el desorden” (p. 72).

 

Como se dijo, el otro movimiento que pretende dotar de un fuerte contenido político a la soberanía es el populismo. En este sentido, la voluntad del pueblo deviene el elemento central para convertirse en el fundamento de la política. El pueblo necesita orden; para ello, le incumbirá reunirse como un todo unitario, identificar a los que no lo integran –principalmente, las élites– e impulsar un mito pasado que amalgame sus expectativas futuras. Ahora bien, el populismo delega en un líder excepcional y carismático el conjunto de medidas a tomar. Así, se genera una profunda imbricación entre pueblo y gobernante: se aspira a “construir, por medio de la acción política, esa multitud unitaria: trascender al demos para hacer un pueblo.” (p. 79). En suma, la reafirmación soberana da respuesta a la necesidad de pertenencia, de identidad y de protección que demanda el pueblo, es decir, la nostalgia de la soberanía.

 

El capítulo tercero gira en torno a una de las raíces principales del ansia de soberanía: la “inédita devaluación del futuro” (p. 87). La hipótesis que se somete a examen es la de que el vaciamiento de las esperanzas en el porvenir se relaciona de manera directa con la nostalgia del soberano. El eclipse del futuro se debe a complejas causas: el fracaso de las utopías del siglo XX, el desgaste de la noción de progreso, la degradación del medio ambiente, el cada vez más acentuado resquebrajamiento de la clase media, la crisis de 2008, el descrédito de las filosofías de la historia –el relato cristiano, la Ilustración y la sociedad sin clases marxista–, la pérdida de los lazos comunitarios, el apagón de la política como herramienta para transformar al mundo, entre otras. Estos procesos han puesto sobre la mesa una dolorosa imagen de un futuro desperdiciado, además de ser caldo de cultivo para el populismo, pues reclaman “la aparición del redentor que demanda plenos poderes” (p. 110).

 

Del mencionado retroceso de la política se ocupa el capítulo cuarto pero bajo otra perspectiva. Aquí el autor explora una vía ciertamente delicada: sostiene que la “política padece límites, tanto originarios como sobrevenidos, que impiden al soberano cumplir sus más ambiciosas promesas” (p. 120). Vale decir: la nostalgia de la soberanía se explicaría porque la política habría perdido su autonomía por poderes económicos, gobiernos tecnocráticos, por el predominio del derecho, por organismos supranacionales. Según Arias, numerosos teóricos han contribuido a construir este relato: Marx, Schmitt, Arendt, Laclau o Mouffe creen que la política es autónoma y, en principio, no tiene límites prefijados por otros saberes. Contra esta tradición, Arias postula que la política no lo puede todo, que está constreñida por vínculos infranqueables: la formalidad de los procedimientos democráticos, la división de poderes, el respeto a las garantías individuales, la pluralidad humana, la vulnerabilidad del hombre, la imposibilidad del consenso total y la complejidad social.

 

En el último capítulo el autor hace un repaso del trayecto argumentativo y vuelca sus reflexiones filosóficas. En primer lugar, llama a cuidar a la democracia liberal de los excesos populistas, pues es ella quien está mejor preparada para garantizar la diversidad social y salvaguardar la libertad individual. En segundo término, Arias cree que las personas debemos aprender a convivir con los fracasos colectivos: como la política no es omnipotente, hay que rebajar las expectativas y lidiar con la “frustración estructural” (p. 167). En este sentido, la teoría política liberal es más tolerante al fracaso que otras corrientes del pensamiento contemporáneo. Asimismo, hay que instruirse sobre los errores históricos –totalitarismos, revoluciones, guerras– para no volver a repetirlos. Finalmente, Manuel Arias propone una “soberanía para escépticos” (p. 172), es decir, una forma de soberanía que compatibilice armónicamente la capacidad de decidir colectivamente con el ejercicio individual de la libertad. No hay una soberanía, hay varias. No hay un único pueblo, hay varios. No hay una única verdad pública como cree el populismo, hay varias.

 

Hasta aquí la exposición global del libro. Es importante agregar que éste posee la elegancia de la precisión conceptual y, sobre todo, de la sencillez lingüística. Esto el lector lo agradecerá, pues abocarse a reflexionar sobre un concepto tan denso y complejo como el de soberanía es más fácil de la mano de una escritura despejada como la practicada por Arias, en comparación con otros analistas contemporáneos que hacen de la oscuridad expositiva la carta de presentación. Ahora es momento de bosquejar algunas consideraciones de orden filosófico-político pues, en nuestra opinión, el autor defiende hipótesis que presentan algunos problemas empíricos.  

 

Como se examinó arriba, Arias define a la soberanía como aquella potencia política capaz de imponer orden y protección en un presente amenazante e incierto. Por ejemplo, lo sucedido en la crisis financiera de 2008, situación que cita como una de las principales causas que han activado la pulsión de la soberanía del Estado. Como se sabe, los efectos del crack fueron devastadores para millones de personas. No hace falta abundar en ellos. Sin embargo, los argumentos de Arias podrían ser criticados por no tratar suficientemente algunas cuestiones, entre ellas las consecuencias desencadenadas por la crisis. Veamos mejor.

 

Se le podría preguntar al autor, desde la perspectiva de los que perdieron sus trabajos, los que no lograron pagar sus créditos hipotecarios, los que vieron rebajados sus salarios y pensiones, los que dejaron de recibir prestaciones del Estado –salud, educación–, y otras situaciones angustiantes, ¿ante quién deberían haber acudido en busca de protección? ¿Quiénes son los actores mejor posicionados para ejecutar políticas públicas en pos de proteger la economía y los empleos, los salarios y los derechos sociales? ¿Los ciudadanos habrían de dirigirse a la Troika o a los mercados para solicitarles que practiquen un modelo económico más justo, inclusivo y solidario? ¿O ellos, individualmente, tendrían que haberse resguardado de la inseguridad socio-económica producto de la debacle financiera? Esto es improbable, pues alguien que perdió el trabajo difícilmente pueda protegerse a sí y a su familia.

 

Bajo este orden de ideas, el actor político mejor ubicado para brindar umbrales mínimos de protección –sabemos que en la crisis los resultados fueron pobrísimos, pero eso es harina de otro costal– es el Estado. Resta precisar que España, por mandato constitucional –artículo 1–, se constituye como un Estado Social de Derecho. Pero hay más: lo paradójico, que Arias no percibe, es que la “nostalgia” de soberanía y la necesidad de imponer orden justamente fue –y lo es en la actualidad– deseada por mercados, compañías financieras, organismos supranacionales (FMI, OCDE, BCE, OMC) y no sólo por ciudadanos cooptados por las artimañas de líderes populistas. Por lo demás, tampoco se trata algo tan importante como las permanentes tensiones entre los Estados con los mercados y las entidades supraestatales, situación que ha reconfigurado decisivamente los presupuestos, alcances y consecuencias de la soberanía estatal[1].  

 

Recientemente, el argumento anterior luce confirmado a raíz de la rápida expansión del coronavirus. La pandemia trajo consigo una fuerte reafirmación de la soberanía del Estado. Justo es aclarar que Arias no reflexiona sobre la pandemia porque su libro se publicó en febrero de 2020 y no ha tenido la oportunidad de hacerlo. Sin embargo, la actual coyuntura presenta a la soberanía no sólo como anhelo de un pasado perdido. En este contexto, el Estado aparece como garante de la estabilidad del sistema y protección de ciudadanos, trabajadores, bancos, bolsas, agentes de inversión, compañías aéreas y empresas en general. Lo dicho se visualiza en el control de las fronteras nacionales, visto que muchos Estados procedieron a cerrarlas para detener al virus (Argentina, Estados Unidos, China, Chile, Brasil, España, Italia, Francia, Alemania y la Unión Europea); la repatriación de ciudadanos que estaban en el exterior; la puesta en marcha de una potente inyección de gasto público y ayudas a los trabajadores y a las empresas; por último, la utilización de numerosos instrumentos jurídicos de emergencia (declaración de estados de excepción, alarma, confinamiento total, cuarentenas obligatorias, toques de queda).

 

Por estos motivos, si bien debe reconocerse el elemento de verdad contenido en los análisis de Arias –el deseo de protección soberana–, se echa en falta una mayor comprensión de la difícil situación de miles de personas que añoraron una soberanía por no tener nada más donde apoyarse. Al fin y al cabo, un Estado fuerte a la antigua usanza puede no ser perfecto, pero aun así ser para los más vulnerables el menor de los males o, en todo caso, un mal sumamente necesario para salir adelante. Además, la soberanía ha resultado ser un elemento esencial para garantizar la seguridad jurídica, la integridad de la economía y, en definitiva, la permanencia del sistema en su conjunto.

 

En conclusión: la riqueza del libro está en la prolija exposición de los autores y las fuentes con las cuales trabaja, la precisión lingüística y la coherencia de la argumentación. Sin embargo, en nuestra opinión "Nostalgia del soberano" no logra explicar satisfactoriamente las dinámicas políticas pos crisis de 2008. En este sentido, no logra observar el hecho de que el reclamo de soberanía del Estado no es sólo el deseo de regresar a una comunidad gloriosa acontecida en el pasado sino que es, en buena parte, una de las fuerzas más sólidas para asegurar la estabilidad del sistema jurídico, político y económico.

 

 

 

[1] Un ejemplo ilustrativo de ello lo constituyó la carta (confidencial) que le envió el por entonces Presidente del Banco Central Europeo Jean-Claude Trichet al ex Presidente Rodríguez Zapatero. En ella, le requirió que adopte “medidas urgentes” para garantizar la sostenibilidad del sistema financiero, al tiempo que alentaba al Gobierno a adoptar pasos “audaces y excepcionales” para acabar con las cláusulas de indexación de la inflación, limitar los salarios en el sector privado y flexibilizar el mercado laboral. Finalmente, confiaba en que el Gobierno era consciente de la coyuntura europea y adoptaría “todas las medidas necesarias” para recuperar la confianza de los mercados. Es conocido que el Gobierno español practicó estas reformas bajo presión de la Troika. Este caso demuestra cómo una institución supranacional como le ordena al Estado ejecutar determinadas políticas, que en última instancia socavan el margen de decisión de la soberanía nacional. La carta enviada por Trichet y la respuesta de Rodríguez Zapatero se encuentran en la Revista Sin Permiso, 21 de diciembre de 2014. Para mayor abundamiento, véase Lacasta Zabalza, José Ignacio, “El estado de excepción por motivos financieros”, Página Abierta, N° 238, mayo-junio de 2015.

 

Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Please reload

Buscador

Entrevistas

Qué opinan las voces más destacadas sobre los asuntos más candentes.s

Series

Diversos temas tratados con mayor profundidad y extensión en formato de series de artículos monotemáticos

colabora.jpg

¿En desacuerdo con este artículo?

Si quieres quieres criticar o complementar este texto, si no compartes su perspectiva, no lo dudes, haznos tu propuesta a la redacción.

Please reload

Revista Libertalia

Filosofía y Humanidades

  • Twitter - Revista Libertalia
  • Facebook - Revista Libertalia
  • LinkedIn - Revista Libertalia
  • SoundCloud - Revista Libertalia

Revista Libertalia es un proyecto sin ánimo de lucro ni línea editorial centrado en la filosofía y las humanidades.

 

Nuestro objetivo es promover la reflexión seria y profunda entre gente joven de dentro y fuera de la academia, tratando los diversos temas de forma compleja, pero con un lenguaje claro y directo.

 

Si estás interesado en colaborar con nosotros no lo dudes, enviándonos tus textos; nuestro equipo estará a tu disposición para acompañarte en el proceso de edición y publicación;  o bien ayudándonos a financiarnos a través de Patreon. 

Recibe la Newsletter