Eutanasia: la muerte como terapia

Marcelo Leal @marceloleal80

 

“Qué difícil es ser emperador ante un médico”

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar.

 

Basta escribir o leer este artículo para situarnos en un terreno ajeno a la eutanasia. Cada vez que la abordamos en una discusión, en un debate o en un escrito, se nos escurre entre los dedos. La eutanasia no es un sujeto intelectual sino una práctica que pertenece al mundo material que habitamos: la administración de una muerte irreversible.

 

No quiere esto decir que no podamos aproximarnos a ella desde un punto de vista teórico, pero todo lo que digamos, pensemos o imaginemos sobre la eutanasia no deja de ser un mero ejercicio de gimnasia. La cruda realidad es que la eutanasia no es otra cosa que la administración de la muerte a un tercero con inmunidad legal y judicial. En este contexto, las aproximaciones teóricas a la eutanasia son irrelevantes.

 

Existe, sin embargo, un detalle que confunde a quienes promueven su legalización: el desaliento que sentimos los humanos ante el dolor ajeno. Es este detalle, potente, el que sostiene las propuestas de legalización de una eutanasia que, sin él, no sería sino otra forma de homicidio.

 

Sentimos pena o lástima ante el moribundo, ante el enfermo sufriente, y a algunos parece natural suprimir su vida para acabar con su sufrimiento. En realidad, de nuestra lástima no se beneficia nunca un tercero. La lástima o la pena la sufre uno mismo, no el de enfrente, por lo que muy a menudo quienes promueven la legalización de la eutanasia basándose en esta supuesta “humanidad” frente al dolor, lo que están procurando, sin ser conscientes, es terminar con el sufrimiento propio ante la contemplación del dolor ajeno, del dolor de un ser querido.

 

Hace tiempo que descartamos de nuestro ordenamiento jurídico y de nuestra sensibilidad la pena de muerte. La razón principal es que es irreversible. Que no sabemos si por causas que en el momento de aplicarla no conocemos, ni imaginamos que puedan ser descubiertas, la ejecución del reo haya podido ser equivocada. Y sin embargo, ante un enfermo desvalido según la ciencia actual -no sabemos si ante la de mañana-, tan digno como nosotros en su situación postrada, cedida su vida a nuestras manos, proponemos administrarle la muerte porque lo pide, como una terapia más, sin conocer o imaginar que su muerte sin retorno pudiera haber sido equivocada.

 

Los grupos que promueven su admisión en la ley envuelven su caramelo en un envoltorio engañoso: procuremos al ser querido una muerte digna.

 

No existe forma indigna de morir. El ser humano es siempre digno, tanto en la vida como en la muerte. Una muerte digna nace de la grandeza de ánimo de quien se enfrenta a ella, no de la cantidad de dolor que el moribundo padece. El dolor y la muerte forman parte de la vida y ambos son inevitables. Es en la aceptación de la muerte donde radica la dignidad del moribundo.

 

Un individuo tiene el derecho y el deber de defender su vida y su libertad. Una familia tiene el derecho y el deber de defender la vida y la libertad de los suyos, y un estado tiene el derecho y el deber de defender la libertad y la vida de sus ciudadanos. La misión del legislador es la de garantizar las condiciones óptimas para el establecimiento de la relación del moribundo con su familia y con los profesionales sanitarios, en el ámbito privado, fuera de la injerencia del estado, de acuerdo con los valores que hayan orientado su vida.

 

Quienes pretenden incluir en el cuerpo de la ley el derecho a la muerte, el derecho a ayudar a morir a otro que lo pide, lo que pretenden es acabar con el sufrimiento liquidando al que sufre. Pero quien pide morir lo que está pidiendo es no sufrir.

 

El deseo de morir no genera derechos legales. Si los generara, el deseo de ingerir drogas, por ejemplo, que tiene efectos mucho menores que el de la muerte, sería un derecho mucho más admisible, y desde luego solicitado. Y sin embargo, nos resistimos como sociedad a legalizar la ingesta de drogas, aun cuando sea deseada, como única forma de escapar a la anarquía.

 

Por lo tanto, no basta con el deseo de morir para que la sociedad legisle a su favor. Es natural sentir miedo a una muerte dolorosa, esforzarse en mitigar el dolor. De ahí que hayamos desarrollado una especialidad médica que se enfrenta al dolor: los cuidados paliativos. Esta es la alternativa que tenemos a la eutanasia y en la que debemos centrar como sociedad nuestros esfuerzos.

 

Es curioso cómo la promoción de la eutanasia proviene siempre de la izquierda. Algo que atañe a todos los humanos, que atenta contra su más honda naturaleza, no encuentra sin embargo nutrientes en el pensamiento humanista sino en la facción política. La razón es inesperada y sencilla a un tiempo.

 

Desde que la izquierda abandonó la creencia de Marx en que el sustrato de la sociedad lo constituyen las relaciones económicas, y se aupó al piso cultural para mantener viva su revolución (lucha de sexos, aborto, etc), no solo ha asumido el triunfo del libre mercado como el estado natural de las cosas, sino que ha adoptado las prácticas más extremas del capitalismo más aberrante: aquellos que ya no producen conviene eliminarlos por razones económicas. De ahí su interés en la implantación del instrumento que lo permitiría de manera impune: la eutanasia.

 

Una de las maneras más sutiles para intentar sacarla adelante es la falacia de que existe una demanda social. Este supuesto consenso se basa en un sondeo engañoso. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) llevó a cabo una encuesta en 2011 en la que preguntaba: “¿Está usted de acuerdo con que en España se apruebe una ley que regule el derecho de las personas a tener una muerte digna?”.

 

Todos deseamos lo que muchos entienden por muerte digna: una muerte sin dolor. Naturalmente. Lo sorprendente es que un 22,5% de españoles no contestaran sí a la pregunta formulada. La propuesta de regulación de la eutanasia no proviene de un consenso nacional sino que viene sugerida y diseñada, con la ley ya redactada, desde arriba.

 

Hay países en nuestro entorno europeo en los que esa visión utilitarista de la vida humana se impuso hace algunos años, cuando la despenalización de la eutanasia fue aprobada en sus parlamentos. Y son los resultados de sus experiencias los que deberíamos estudiar antes de seguirles los pasos a ciegas. Por ejemplo. En Holanda y en Bélgica, países con más de doce años de experiencia en la administración legal de la eutanasia, los “mecanismos de control” han terminado siendo omitidos, hasta el punto de que los médicos practican eutanasias sin la petición expresa del paciente, como una terapia más.

 

En Bélgica, según el Canadian Medical Association Journal [1], en el 32% de las eutanasias no hubo solicitud expresa del paciente. En Holanda, según el informe Remmenlink [2], promovido por el Estado, por la Fiscalía General del Estado, de cuyo Fiscal general toma el nombre el informe, una vez asegurado el completo anonimato de los médicos que contestaran a la encuesta y la ausencia de represalias judiciales, el 27% de estos médicos indicaron que habían terminado con la vida de algún paciente sin que su consentimiento hubiera sido expresado, y otro 32% dijo que, llegado el caso, lo harían.

 

Una vez abierta la puerta a la práctica de la eutanasia, se establece una pendiente resbaladiza que lleva a más eutanasia. Por lo tanto, antes de seguir los pasos de estos países, preguntémonos por qué se produce esta pendiente.

 

Existen dos razones principales. Una es la ejemplaridad de la ley, que inconscientemente conduce a que la población asocie lo legislado como lo bueno, lo aceptado y lo más conveniente. De esta manera se suaviza o elimina la oposición a la ley.

 

La segunda razón obedece a nuestra propia naturaleza humana. Cuando un médico admite la práctica de la eutanasia por primera vez, no por dejación sino por empatía con el enfermo, se acostumbra a ello. Quienes padecen una misma enfermedad se parecen mucho entre sí en los síntomas, en las reacciones y en los sufrimientos. Cuando un médico se ha sentido apiadado de un enfermo hasta el punto de decidir quitarle la vida para ahorrarle padecimientos, será ya fácil que experimente idéntico estado de ánimo ante otro que padezca el mismo mal. Cuando un médico ha dado muerte a un paciente por piedad, por compasión, ha dado un paso irreversible.

 

Tras la legalización, la eutanasia se ha convertido en estos países en un acto médico más, en un acto ordinario, en el que los ejecutores, los administradores de la muerte, los médicos, resultan impunes.

 

La humanidad ha progresado en libertad retirando a los gobernantes y a los jueces el poder de decretar la muerte; los partidarios de la eutanasia pretenden dar un paso atrás, otorgando tal poder a los médicos. De conseguir tal propósito lograrían dos retrocesos por el precio de uno: recrearían una variedad de muerte legal, y degradarían el ejercicio milenario de la medicina. 

 

Primum nil nocere” (Lo primero es no hacer daño). Máxima aplicada en el campo de la medicina, atribuida al griego Hipócrates. Es posible que fuera traída como paráfrasis en latín por Galeno, en comentarios al cuerpo de la obra de Hipócrates, aunque Galeno escribía sus obras también en griego, no en latín.

 

Hipócrates (siglo V a.c.) fue el primero que compendió las buenas prácticas médicas en sus escritos. No le fueron mal sus recomendaciones: vivió más de cien años (460 - 370 a.c.) Su obra ha sido fundamental para el desarrollo del “arte de curar”. Estudiada y continuada por Galeno, ha sido traducida y admirada en todo el globo desde hace milenios. Su toma de juramento a sus discípulos, centrado en el objeto de la medicina, la atención al enfermo, es paradigmático y rito iniciático que une a todos los médicos del orbe en una comunidad dedicada al servicio del paciente. Este es un extracto del juramento:

 

"…Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y mi entender, evitando todo mal y toda injusticia.

No accederé a peticiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a nadie cosa semejante; me abstendré de aplicar a las mujeres pesarios abortivos.

Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza.

No ejecutaré la talla, dejando tal operación a los que se dedican a practicarla.

En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos ..."

 

En unos días en los que la humanidad entera está realizando ingentes esfuerzos para salvar las vidas de sus mayores frente al coronavirus, los partidarios de la eutanasia han enmudecido. Convirtiendo los aplausos en abrazos, el mundo ha demostrado que la reacción instintiva de la humanidad es rebelarse ante el ejercicio del triaje en los hospitales, y se ha volcado a salvar la vida de sus abuelos.

 

La eutanasia nunca es una solución médica. El fin de la medicina no es matar. Es curar. Si la piedad o la pena fueran razón suficiente para la legalización de la eutanasia, parece lógico que fuera el familiar del moribudo o del enfermo sin cura quien administrara la muerte, el acto más íntimo que podrían compartir. Y sin embargo, el rechazo natural a procurar la muerte lo hace imposible.

 

Para ello, interponen, en contra de la naturaleza de su arte, al médico. Y el médico, que no tiene vínculos afectivos con el que va a morir, se convierte en su ejecutor, administrando la eutanasia como un recurso terapéutico. Y acrecienta así la pendiente deslizante hacia más eutanasia.

 

Quienes consideramos que la administración de la muerte es una práctica antinatural y contraria a la medicina, sentimos el mismo sufrimiento ante el dolor del ser querido que va a morir que aquellos que pretenden legislarla. No somos de naturaleza distinta. Pero al menos tenemos la honestidad suficiente para, cuando leemos, en la propuesta de ley que se pretende aprobar, que “la muerte producida derivada de la prestación de ayuda a morir tendrá la consideración de muerte natural a todos los efectos”, preguntarnos: ¿de qué murió aquél a quien yo quería? ¿Fue su enfermedad la que le causó la muerte, o fue aquello que le administramos?

 

Eduardo Fernandez-Martos Machado es portavoz de la asociación Derecho a Vivir

 

[1] Inghelbrecht, E., Bilsen, J., Mortier, F., & Deliens, L. (2010). The role of nurses in physician-assisted deaths in Belgium. CMAJ : Canadian Medical Association journal = journal de l'Association medicale canadienne, 182(9), 905–910. https://doi.org/10.1503/cmaj.091881

[2] Medical Decisions About the End of Life, I. Report of the Committee to Study the Medical Practice Concerning Euthanasia. II. The Study for the Committee on Medical Practice Concerning Euthanasia (2 vols.), The Hague, September 19, 1991.

 

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