Maldita feminista: Charla con Loola Pérez

Maria Teneva @miteneva

 

-Trazas una gran distinción entre feminismo de la igualdad y feminismo de género, agrupando todas las corrientes feministas en un cajón u otro. ¿Cuáles son los puntos de contacto y diferencia entre estos dos feminismos?

 

Bueno, la distinción parte de la filósofa Christina Hoff Sommers. Ella es quien hace una demarcación entre dos tradiciones: feminismo de la igualdad y el feminismo de género. El feminismo de la igualdad proviene de una tradición humanista y liberal, enfoca su lucha contra la discriminación y violencia que sufren las mujeres ante hechos objetivos. Por su parte, el feminismo de género, de corte marxista y posmodernista, defiende que las mujeres son oprimidas atemporalmente por el patriarcado. Lo que yo trato es de situar bajo esas dos tradiciones las corrientes teóricas más populares e influyentes en la actualidad. Hablar de feminismo hegemónico es hablar del feminismo predominante, pero ese feminismo hegemónico se conforma de varias contribuciones teóricas. Y por supuesto, el feminismo hegemónico no es la única opción.

 

En mi caso, me identifico con la tradición del feminismo de la igualdad, compartiendo muchos aspectos del feminismo liberal, el feminismo pro-sex o el feminismo disidente. Considero que el feminismo liberal es el germen de los derechos de las mujeres en las democracias y me resultan sumamente inspiradoras figuras como Mary Wollstonecraft, Stuart Mill o Harriet Taylor o más recientemente autores como Ronald Dworkin o Judith Shklar. Pero también incorporo a mi pensamiento y quehacer feminista las críticas que se han vertido, por ejemplo, sobre el feminismo liberal durante el siglo XX. En mi opinión, el principio de igualdad no se puede contemplar desde una doctrina elitista, paternalista o un uso represivo de la ley. Observo que mucha gente intenta etiquetarse a propósito del feminismo, que si radfem, que si transfeminista, que si feminista interseccional… No sé si esas etiquetas sirven de algo o se reducen a una expresión meramente intragrupal. Yo vivo el feminismo como un diálogo con muchas corrientes filosóficas, parto de una teoría sobre la naturaleza humana, utilizo como brújula los derechos humanos…  Al final como feminista, podría decir que soy ideológicamente impura.

 

 

-¿Qué te lleva a decir que, con pocas excepciones, la teoría del patriarcado no tiene sentido en el s.XXI (p.45)?

 

La historia de la humanidad no ha sido una sucesión de abusos de hombres a mujeres. Muchos hombres también han protegido y venerado a las mujeres y también muchas mujeres han abusado abiertamente de otras mujeres. En general, en el pensamiento feminista, existe la tendencia de considerar el patriarcado como el resultado exclusivo y ahistórico de las relaciones de dominación de los hombres sobre las mujeres. Es una explicación simplista, lineal y universalista, mera aporía. Hay que prestar atención a otros aspectos que pueden encontrarse en una organización patriarcal como las estructuras de parentesco o la división del trabajo basada tanto en las diferencias biológicas como jerárquicas. Tampoco el feminismo hegemónico ahonda en los significados de todas esas estatuas antiguas que veneraban a las mujeres como diosas o que idolatraban la maternidad o la voluptuosidad femenina. En esos símbolos históricos la mujer no ocupa una categoría de pasividad o sumisión sino que es representada como una fuerza transformadora de la civilización, como una figura venerada y poderosa. 

 

Hay teóricas feministas como Celia Amorós que presentan el patriarcado como ‘metaestable’ para justificar su supuesta presencia actual en Occidente. Pretenden mostrar que el patriarcado se reinventa y adapta distintas formas. Es un argumento bastante peligroso, meramente descriptivo, que apenas ahonda en cuestiones antropológicas y que determina el destino de las mujeres. Si el patriarcado se supone que siempre se reinventa, ¿para qué se lucha? Es caer en un victimismo constante, exacerbado, una forma estúpida de condenar a las mujeres al inmovilismo de la queja.

 

 

-En este sentido, en la página 46 preguntas “¿La brecha de género en los cargos de dirección es un síntoma del patriarcado o puede justificarse como, por ejemplo, que las mujeres tengan otras motivaciones e intereses?” Lo que sugiere que, a tu juicio, ya no existen factores culturales que explican parte de las diferencias que se dan entre los sexos. Sin embargo, en la página 65, y volviendo a Pinker, afimas que “la brecha de género en algunas profesiones no está causada estrictamente por prejuicios hacia las mujeres o barreras invisibles”. ¿Cuál es propiamente tu posición en este punto? ¿Hay algo de cultural-discriminatorio en las diferencias entre sexos, o consideras que responden en su práctica totalidad a la biología o la elección personal?

 

Bueno, yo lanzo una pregunta y una pregunta no es un posicionamiento. Como expreso en Maldita Feminista no creo que la brecha de género en algunas profesiones esté causada estrictamente por prejuicios hacia las mujeres. Lo que defiendo es que los estereotipos culturales no son el único factor que hace posible esa brecha de género. Valoro que las motivaciones e intereses de las personas son variados y no son extensibles a todo un grupo. Hay mujeres que privilegian la familia al trabajo, ¿eso se puede justificar como un elemento que justifique la desigualdad o como una elección individual? Para mí eso es una elección individual. Yo no sé si antepondría mi carrera profesional al cuidado de unos hijos, pero entiendo que haya mujeres que no piensen como yo. Habrá también situaciones diferentes, por ejemplo, mujeres que quieran aspirar a tener más responsabilidad en su puesto de trabajo y sean ninguneadas porque sus superiores crean que ‘no conviene’ porque es madre. Eso es, en cambio, un trato discriminatorio. Mucho más si se elige a un candidato varón sin importar ni valorar que es padre. La maternidad, a diferencia de la paternidad, puede penalizar y actualmente, penaliza a muchas mujeres.

 

 

-Críticas con dureza a Butler. A tu juicio ¿qué hay de equivocado en su teoría del género como performatividad?

 

Las diferencias entre mujeres y hombres no solo responden a la socialización sino también a cuestiones hormonales, genéticas, biológicas, psicológicas… La teoría de la performatividad de Butler está desfasada. Su obra El género en disputa es infumable y pasa por alto la evidencia biológica sobre los sexos o la influencia de las hormonales sexuales en el periodo prenatal, entre otras cuestiones. A través del trágico experimento del sexólogo John Money con David Reimer reflexiono sobre lo peligroso y negligente que, en el ámbito sexual, puede ser llevar el constructivismo social al extremo.

 

Me preocupa que Butler y muchas de sus admiradores omitan conocimientos tan elementales como que la secreción de hormonas está regulada por un complejo eje hipófisis-hipotálamo o que andrógenos y estrógenos tienen un efecto diferente en el cerebro. Con esto no quiero decir que haya que abandonar o despreciar la herencia cultural en los estudios y obras feministas o que haya que caer en el neogenetismo que atribuye el comportamiento social a imperativos de la especie. Ni tampoco que las diferencias se puedan aplicar estrictamente a todos los hombres y mujeres del mundo o que esas diferencias se utilicen para designar un papel natural a unos y a otras. Lo que creo es que no hay que incorporar también la herencia biológica a cómo abordamos las cuestiones de género y los problemas de los sexos. Además, muchos estudios sobre las diferencias entre los sexos han sido dirigidos por mujeres, es el caso de Margo Wilson, Helen Fisher, Leda Cosmides, Meredith Small o Melisa Hines. 

 

 

-Te inclinas por el modelo ecológico a la hora de comprender la violencia de género y lo catalogas como el más predictivo. Podrías indicar las ideas más importantes del mismo así como sus diferencias con el enfoque más mediático. 

 

El modelo ecológico de Bronferbrenner es una propuesta multifactorial y contempla distintos niveles de influencia, recíprocos e interrelacionados: el nivel social, el comunitario, el familiar y el individual. Defiende que la conducta es el resultado de la interacción entre los elementos ontogénicos y de socialización. El sujeto no se concibe como pasivo sino que es considerado un agente activo en un entorno dinámico. En mi opinión, el modelo ecológico constituye un marco de análisis muy sugerente tanto para comprender la violencia de género como para formular las intervenciones de reinserción y reeducación del condenado por violencia de género.

 

El modelo ecológico es una alternativa a los modelos tradicionales que se centran en los factores de riesgo que se relacionan con el agresor y la víctima. Factores como la falta de control de impulsos, el afrontamiento violento del conflicto o los mitos sobre las relaciones de pareja se contemplan en el nivel individual, pero también pueden estar condicionados por la cultura y la propia historia personal del sujeto y ser entonces contemplados también en el nivel familiar, social y comunitario.

 

Puede sonar extraño, pero el modelo ecológico me ha reconciliado con la perspectiva psicopatológica. La expresión de los factores de personalidad en los delincuentes de violencia de género se ha convertido en un aspecto muy atractivo para mí desde el punto de vista académico, pero siempre me ha despertado muchas contradicciones por la influencia moduladora del ambiente en la conducta de los individuos.

 

 

-En relación a la legislación penal en materia de violencia de género afirmas: “El hecho que la condición del autor agrave el hecho en algunos tipos penales puede ser discutido, pero sería extraño omitir que esta cuestión también está presente en otras acciones más allá de las contempladas en la violencia de género” (p.140). ¿En algún otro caso el sexo del agresor en relación al de la víctima por sí mismo agrava los tipos penales? ¿Es eso aceptable y comparable a las otras condiciones del autor que también afectan la condena (como su condición de autoridad pública, su superioridad física etc.)?

 

 Con esa frase no me refiero al sexo del autor. Lo que quiero decir es que en nuestro marco jurídico existen tipos específicos en los cuales el autor tiene que reunir una condición concreta, por ejemplo, es el caso de los funcionarios públicos que se enfrentan a una agravación de la pena en algunos delitos dada su condición y responsabilidad, en comparación con un autor que no sea funcionario público. En el Derecho Penal, el funcionariado público se enfrenta a penas específicas o suspensión de su cargo ante determinados delitos. En el caso del hombre, los tipos penales diferenciales se encuentran, en comparación con los que se pueden aplicar a mujeres por los mismos actos, en las amenazas leves, por ejemplo. En ese sentido, no significa que todos los hombres que amenacen levemente a sus parejas o ex parejas tendrán una pena mayor. Es necesario que se pruebe que existe una relación de dominación hacia ella.

 

Personalmente no me atrevo a afirmar sí es comparable o aceptable, creo que eso es una cuestión que le corresponde en este caso al legislador. Lo que sí pienso, al menos en mi faceta como pensadora, es que es bastante discutible porque la maldad no es un patrimonio exclusivo de los hombres, ni siquiera cuando hablamos de amenazas leves. Además, en el caso de la violencia de género ese tipo penal parte de un paradigma estrictamente heterosexual y no contempla por ejemplo, si esos tipos penales diferenciales, se podrían aplicar también a las parejas homosexuales cuando el resultado puede ser el mismo en la víctima.

 

 

-No consideras negativamente la prostitución, la pornografía (y, se intuye, la gestación subrogada). ¿Por qué estas prácticas no cosifican a las mujeres? Adicionalmente, ¿acaso no contribuyen a extender un mensaje misógino y sexista sobre la sexualidad y la relación de los varones con las mujeres?

 

Me parece contradictorio que el feminismo hegemónico reivindique “mi cuerpo es mío” y luego despojar a las trabajadoras sexuales de su condición como sujetos políticos, de su capacidad de agencia. Al final lo que muestra es algo así como “tu cuerpo es tuyo, pero hasta lo que yo considere moralmente aceptable”. Hemos pasado de que fuera la Iglesia la que se escandalizara por las prostitutas a que ahora sean las feministas las que persigan a las putas. Las trabajadoras sexuales no son seres pasivos y por ello es sumamente importante escuchar a los colectivos de trabajadoras sexuales como OTRAS, el Colectivo de Prostitutas de Sevilla o AFEMTRAS, entre otras. Censurar sus voces es evitar conocer sus necesidades y la situación actual de sus derechos. También es básico proporcionar alternativas laborales efectivas y realistas para aquellas personas que quieran abandonar la prostitución y mejorar la atención y recuperación de las víctimas de trata de personas con fines de explotación sexual.

 

El debate feminista acerca de la prostitución posee un recorrido significativo, a menudo exento de distanciamiento crítico y poco interesado en dar voz a las trabajadoras del sexo. No solamente nos encontramos con una imprecisión terminológica donde erróneamente se reduce prostitución a explotación sexual o prostitución a trata de personas sino que asimismo representa una visión moralista de la sexualidad. Partiendo de éste último aspecto, criminaliza la sexualidad masculina, espiritualiza la femenina y considera “denigrante” para las mujeres el intercambio de “sexo” por “dinero”, pero "admisible y deseable" el sexo por amor o placer. Es como si el feminismo hegemónico diera a las mujeres permiso para usar el sexo por amor o hedonismo, pero no como un recurso para sobrevivir y alimentar a sus familias. Lemas como “la prostitución es violencia” o “nadie nace para puta” son el discurso ideológico que alimenta las medidas que sancionan a prostitutas y clientes; y que conducen inmediatamente a la clandestinidad de la actividad y a la de desprotección policial de las trabajadoras sexuales en caso de agresión.

 

Y bueno, en cuanto a porno hay que empezar por lo básico, su definición. En primer lugar, se trata de una representación de lo obsceno, del deseo, del placer. Es una representación excesiva y fantasiosa. En su concepción moderna, la pornografía puede considerarse un producto de nuevas definiciones tanto de lo público como de lo privado, que emergieron en el siglo XIX y que explosionaron a través de la cultura de masas. Existe una tradición patriarcal en cuanto al desnudo femenino y a la creación de pornografía, pero este no es el único registro estético. La pornografía ha servido para democratizar el placer y la imagen de las mujeres con respecto a éste. Somos seres sexuados y sexuales, que sentimos deseo, que nos dejamos llevar, que tenemos fantasías políticamente incorrectas o románticas… Lo que hace el feminismo anti porno es silenciar las diferentes auto-expresiones sexuales de las mujeres y culpabilizarlas por sus deseos, dado que condena representaciones que considera difamatorias o sexistas por contradecir su visión moral del sexo. ¿Existe una forma adecuada de sexualidad femenina? ¿De representarla? ¿De vivirla? No lo creo. La sexualidad es una vivencia bastante autobiográfica.

 

En segundo lugar, la historia del feminismo no es la historia de la sexualidad. La sexualidad está mediada por categorías, conceptos y lenguajes que organizan la identidad, la vivencia y expresión del deseo y la práctica sexual, es decir, la vivencia social y personal del sexo, en diferentes dicotomías: malo/bueno, normal/anormal, apropiado/inapropiado, dañino/saludable, desviado/civilizado. Entiendo que al respecto pueda existir una moralidad poliédrica, pero como feminista mi posición ante la pornografía es conciliar cuestiones básicas sobre justicia, libertad de expresión y libertad sexual.  Y en ese sentido me abochorna que se utilice la amenaza del ataque sexual que persiste en el imaginario colectivo para limitar las experiencias sexuales de las mujeres. También considero injusto que haya corrientes feministas que encierren el deseo femenino en aquellos ámbitos que la cultura protege y favorece: el matrimonio tradicional, la familia nuclear y la idealización el lesbianismo. Es así como se justifica el status de “mujer buena”, de “feminista modélica”. Hay que liberarse del autoritarismo moral del feminismo hegemónico del mismo modo que antes las mujeres nos liberamos de la tutela de la religión. La visión que tenemos sobre el sexo es claramente personal: a todas no nos gusta todo ni lo queremos todo e incluso puede no interesarnos. La pregunta es, ¿cuándo una mujer tiene derecho a restringir tus preferencias a favor de la sobreprotección? Cuando y solamente cuando esas preferencias impliquen daño físico, amenaza, forzamiento o engaño.

 

Por último, la creencia de que la pornografía es propaganda antifeminista evidencia una paradoja: se reduce la representación de la sexualidad al rechazo de la igualdad de género. Creer que el sexo explícito es sinónimo de sexismo rezuma conservadurismo por los cuatro costados. Además, parece ser un golpe bajo contra aquellos que la consumen y una mala estrategia política: ¿de verdad alguien cree que los problemas de las mujeres se solucionan cuando los hombres dejen de hacerse pajas con material pornográfico? ¿El porno ha impedido la consecución de derechos políticos y civiles como el sufragio femenino, el acceso a métodos anticonceptivos, la ampliación de la baja por maternidad o la tipificación como delito de la violencia sexual? Es un razonamiento bastante estúpido.

 

No sé si se pueden hablar de ‘los daños’ de la pornografía. Yo creo que el daño sería la imposibilidad de representar la pornografía, la censura. De lo que sí podemos hablar es de algunos elementos negativos dentro de la industria del porno o consecuencias de la misma: el sexismo, la falta de derechos de las personas que se dedican a estas modalidades de trabajo sexual, la adicción a este contenido o la facilidad con la que los jóvenes pueden acceder sin tener previamente una educación sexual integral y continuada.

 

 

-En la páginas 239-241, en la que hablas sobre los problemas que afectan más especialmente a los varones, recoges un estudio que achaca los peores resultados escolares de estos a, entre otros factores, los roles de género de los padres y a los estereotipos sobre la masculinidad. Volviendo entonces a preguntas anteriores, ¿significa eso que sí existen toda una serie de constructos culturales –llamémosle ‘patriarcado’ o de cualquier otra manera- qué sí explican, al menos parcialmente, las diferencias entre sexos (que unas veces favorecen a un sexo y otras a otro)?

 

Las diferencias entre los sexos se pueden explicar desde diferentes perspectivas. Creo que a día de hoy basarse, como pide el feminismo, en un único modelo, como es la perspectiva de género y la explicación del patriarcado como el origen y causa de la desigualdad, es bastante reduccionista. Pero también es reduccionista negar el machismo como hace la ultraderecha, comprender el mundo desde la perspectiva de la violencia o supeditar los intereses humanos a la teoría marxista. Necesitamos ahondar en una teoría de la naturaleza humana que integre elementos bio-psico-sociales.

 

Como feminista, es decir, como persona que cree en la igualdad entre mujeres y hombres, para mí no es incompatible que mujeres y hombres no sean psicológicamente iguales. Esto no significa que las personas por ser de un sexo u otro seamos intercambiables. Tampoco me parece una amenaza para el feminismo hablar de los problemas de los hombres, al revés, me parece una tarea también de este para lograr de una forma efectiva la igualdad entre los sexos. No entiendo la igualdad como un sentimiento de prepotencia hacia los hombres o un posicionamiento moral excluyente respecto a ellos. La liberación de las mujeres, aunque todavía inacabada en algunos aspectos y países, ha sido un triunfo del feminismo, pero ¿es este su único objetivo para alcanzar la igualdad? ¿Acaso no se presentan nuevos retos en una sociedad global sobre la cuestión de los sexos? Creo que como feministas no podemos olvidar a los hombres en esto, pues no comprender sus demandas solo genera un sentimiento de rechazo y hastío hacia los logros de las mujeres y esto, como se ha visto en países como EE.UU o Brasil, es aprovechado ideológicamente por la ultraderecha.

 

 

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