¿Todos somos nacionalistas?: Charla con Jorge Cagiao

Марьян Блан | @marjanblan @marjan_blan

 

-A modo de introducción, ¿qué considera que es la nación y qué caracteriza su enfoque constructivista?

 

La nación es la comunidad humana de referencia que se ha dado nuestra modernidad política para organizar sus asuntos propios y relacionarse con el resto de las comunidades, también organizadas como nación-Estado. Suele decirse que la nación es una ficción (como el Estado o el dinero), una particular manera, para un colectivo humano que ocupa un determinado territorio, de imaginarse (B. Anderson) o representarse como sujeto político soberano, ya sea porque ya dispone de dicha soberanía (y entonces los hechos confirman la representación que la comunidad se hace de sí misma), ya sea porque no la tiene pero aspira a ella (porque se representa a pesar de todo de ese modo).

 

El enfoque constructivista respecto de la nación es analítico, o científico, si se prefiere. No tiene por ello nada que ver con la representación que los propios nacionalismos ofrecen de su nación y de sí mismos, dando generalmente una imagen positiva y hasta idealizada. El constructivismo deconstruye, por un lado, el relato interesado que tienen los nacionalismos sobre su propia nación, a la par que ofrece, por otro lado, una explicación y descripción del fenómeno. El constructivismo explica dicho fenómeno como un constructo (de ahí el “constructivismo”) social, un proyecto de construcción de una comunidad nacional, impulsado principalmente por las élites e intelectuales, en la cual se dota a los ciudadanos, por medio de instrumentos de nacionalización formales (escuela, administración, etc.) e informales (deportes, música, literatura, etc.) de unas representaciones e imaginario comunes, como miembros de una misma nación. La nación, en dicha explicación, no tiene nada de natural, ni tendría una historia de cientos o miles de años (recuerden a Mariano Rajoy y sus 500 años de nación española), sino que se construye (se hace el concepto operativo) en un momento histórico determinado, que corresponde al inicio de nuestra modernidad política, más o menos hacia finales del siglo XVIII, en algunos lugares un poco antes, en otros después.   

 

 

-Sostiene que la literatura especializada señala que los nacionalismos estatales discriminan o tratan injustamente a los nacionalismos minoritarios. Brevemente, ¿en qué consiste ese trato inadecuado?

 

En efecto, es un trato asimétrico muy claro y generalizado. Se refleja ya en la ausencia de reconocimiento de la nación del nacionalismo minoritario a la par que sí se reconoce oficialmente la nación del nacionalismo mayoritario o de Estado. Este reconocimiento, por una parte, y su ausencia, por el otro, generan un trato desigual respecto de un nacionalismo (de Estado o mayoritario) y del otro (subestatal o minoritario), y no hay prácticamente aspecto que escape a este doble rasero: la defensa de la lengua del grupo nacional minoritario como “propia” será vista en general como “nacionalismo”, etnicismo, supremacismo, etc., mientras que la defensa de la lengua del grupo nacional mayoritario será visto como algo normal, que no merece ser calificado de nacionalismo, ni de etnicismo, supremacismo, etc. Lo mismo pasa con las banderas y en general los símbolos nacionales, que adquieren un perfil “político” (aquel que los utiliza hace un uso político de ellos) en manos de los nacionalismos minoritarios, mientras que dejan de percibirse igual en manos del nacionalismo de Estado. Los ejemplos podrían multiplicarse: medios de comunicación públicos que son propaganda nacionalista en un caso y no en otro; educación pública que adoctrina en un caso y no en otro; etc.

 

Puede observarse en esto un trato injusto e inadecuado porque, si nos fijamos atentamente, ambos nacionalismos, el mayoritario y el minoritario, hacen y quieren exactamente lo mismo. No parece por ello justo que siendo esto así uno goce de una buena imagen, mientras que ocurre todo lo contrario con el otro.  

 

 

-¿Qué le lleva a decir que la distinción tajante entre los nacionalismos cívicos –compatibles con la democracia- y los étnicos –incompatibles- es errónea y que es preferible la que diferencia nacionalismos liberales e iliberales?

 

La distinción cívico/étnico es operativa aplicada a casos (presentes o en la historia) en los que el contexto no es democrático y se da el dominio de un nacionalismo que se olvida por completo de los valores democráticos (que es lo propio de la dimensión cívica) o los relega a un segundo plano, privilegiando los rasgos etno-culturales en su percepción de la comunidad nacional y de la pertenencia a ella (lo que lleva a legitimar un trato discriminatorio a quienes no tengan esos rasgos, su expulsión del territorio nacional, o incluso cosas peores).

 

En contextos democráticos, que son los que me interesan en el libro, pierde su operatividad al encontrarse siempre la dimensión etno-cultural de todo nacionalismo en equilibro más o menos estable, más o menos equilibrado también, con la dimensión cívico-politica. Los nacionalismos en contextos democráticos suelen ser a la vez cívicos y étnicos, es decir, fundan la representación de la comunidad nacional al mismo tiempo en criterios etno-culturales (el hecho de compartir una lengua, una religión, unos mitos, etc. mayoritarios) y cívico-políticos (la voluntad de trascender las diferencias etno-culturales que puedan existir y de hecho existen en comunidades humanas relativamente grandes y diversas desde el punto de vista etno-cultural, dando así importancia a principios y valores transculturales, como la tolerancia, la libertad, el pluralismo político, el Estado de Derecho, etc.). Lo que define de este modo a una nación como Francia es ciertamente su pasión republicana, su laicidad, su defensa de los derechos humanos, etc. (dimensión cívica), pero también su excepcionalidad cultural (algo precioso para los franceses), su lengua nacional, su historia y sus mitos, etc. (dimensión cultural). Nos encontramos en esto de lleno en lo que decía Renan: la nación como comunidad heredada del pasado, pero que mira hacia el futuro y se proyecta en él.

 

La distinción liberal/iliberal me parece más pertinente en contextos democráticos que la anterior porque nos permite centrarnos en la manera como los diferentes nacionalismos (democráticos) enfrentan los problemas. Por ejemplo, el nacionalismo español, que es un nacionalismo de corte democrático y liberal (en general y mayoritariamente, por eso importa atender luego a los casos y problemas concretos), entiendo que no ha gestionado el procés catalán de una manera liberal. Una gestión liberal del problema habría llevado, siguiendo la línea marcada por Renan en esto, a aceptar el principio según el cual la pertenencia nacional de los ciudadanos ha de ser decidida por la población concernida en el ámbito territorial determinado en el que se pone precisamente en cuestión dicha pertenencia. Sobre este mismo punto, el nacionalismo catalán ha adoptado la posición contraria, que es también (todo hay que decirlo) la que más le interesa. Podrían multiplicarse los ejemplos a efectos de observar si ante este o aquel problema se reacciona más de una manera o de otra, pero la pareja liberal/iliberal permite en cualquier caso centrarse en las políticas concretas y ver así si un nacionalismo determinado adopta un enfoque más tolerante, abierto, etc. (más liberal), o menos. Todo esto sin necesidad de utilizar términos que en realidad lo que hacen es fijar de entrada las posiciones de los nacionalismos enfrentados, descalificando a unos (los minoritarios, los “étnicos”) y salvando al otro (el mayoritario, el “cívico”).

 

 

-Critica que aún se realice otra distinción, entre nacionalismo y patriotismo, por entender que los autodenominados patriotas solo son nacionalistas –de un tipo u otro- camuflados. ¿Podría desarrollarlo? ¿Proponen algo realmente vacuo Sternberg y Habermas al hablar de “patriotismo constitucional postnacionalista”?

 

No proponen algo vacuo, sino simplemente un nacionalismo (sin presentarlo ni reconocerlo así, claro) que pone un especial énfasis en la dimensión cívico-política de la comunidad nacional. Lo cual no quiere decir tampoco que desaparezca la dimensión etno-cultural en dicha propuesta, pues no hay nacionalismo ni patriotismo, por muy constitucional que se presente, en un vacío cultural. De hecho, sabemos que incluso la manera de entender principios transculturales como la igualdad o la libertad es en realidad muy cultural, y así ocurre que la igualdad o la libertad no se entienda o interprete en iguales términos en los Estados Unidos y en Francia.

 

El énfasis cívico que se hace en Habermas y otros es importante y valioso en la medida en que permite ciertamente contener los excesos a los que puede dar lugar una propuesta más centrada en la dimensión étnica. Pero al mismo tiempo ha de constatarse que hablamos de casos en los que esa particular presentación del nacionalismo dominante (sin el cual ya digo que no puede sostenerse la nación) como un “patriotismo” tiende a ocultar, consciente o inconscientemente, el nacionalismo (el proceso de nacionalización instalado en el tiempo largo) de cuya fuente bebe, como propuesta hecha desde y por un nacionalismo de Estado. En Estados como Alemania o Estados Unidos, esto suele pasar desapercibido, pues prácticamente nadie discute la legitimidad de la nación del Estado. Pero en aquellos Estados en los que sí hay nacionalismos en competición con el nacionalismo de Estado (Canadá o España, por ejemplo), ese tipo de propuesta funciona claramente en provecho de la mayoría nacional contra las minorías nacionales.  Siendo así, resulta aún más difícil no ver en ella “nacionalismo”, o verla como una propuesta “neutra” o “imparcial” respecto de la cuestión nacional. 

 

 

-Es al hilo de estas reflexiones cuando introduce el concepto de nacionalismo banal. ¿En qué consiste y porque su banalidad encierra su mayor fortaleza?

 

Es un concepto que le debemos al sociólogo británico Michel Billig. Tiene que ver con lo que dije antes. Los procesos de nacionalización llevados a cabo por los Estados durante décadas generan la creencia de los ciudadanos en una comunidad nacional que se mantiene en el tiempo sin necesidad alguna de recurrir al nacionalismo. Por eso los españoles solemos pensar que la escuela o los medios de comunicación españoles no adoctrinan, mientras que los catalanes o vascos sí pensamos que lo hacen. El nacionalismo banal es el resultado de los procesos de nacionalización. Es la interiorización de esa creencia nacional (con todo lo que esto implica) a través del largo proceso de socialización de las personas, de niños a adultos. Su enorme fortaleza reside precisamente en su invisibilidad, pues al socializarnos en una comunidad nacional acabamos siendo incapaces de ver el nacionalismo que nuestra propia comunidad nacional expresa cotidianamente, pues nos hemos acostumbrado a ver eso que a diario se expresa como algo normal y trivial. Por ello no solemos prestar atención a esas marcas o expresiones de nacionalismo cotidiano, ni sabemos reconocerlas como nacionalismo, mientras que nos resulta en  cambio más fácil ver y reconocer un nacionalismo de perfil caliente y excesivo (tipo Vox, por ejemplo). Pero el nacionalismo de perfil más bajo o templado suele pasar desapercibido para los ciudadanos. Y esto es muy potente: se puede hacer nacionalismo -y subir de hecho bastante la temperatura si hace falta- sin que los ciudadanos perciban el nacionalismo en plena acción. El caso español ha dejado numerosos y notables ejemplos de esto durante el procés catalán, con una opinión pública española y una ciudadanía que han aceptado y hasta aplaudido actuaciones de lo más excesivas. Ahí vemos también el interés que puede tener esta ingeniería social que es el nacionalismo para los gobernantes.

 

 

-En esta misma línea, ¿en qué consiste la comprensión naturalista de la nación y de qué modo es perjudicial para los nacionalismos minoritarios y beneficiosa para los mayoritarios?

 

 La naturalización de la nación tiene que ver con su normalización o trivialización, pero también con la percepción implícita (producto de la socialización mencionada) que podemos tener de su existencia como algo natural, como realidad que existe sin que tengamos que hacer nada para que siga existiendo: la nación ya estaba ahí cuando yo llegué, y además no necesita nacionalismo para seguir existiendo, etc. Esto refuerza mucho la idea de normalidad de todo aquello que se hace en interés de la comunidad nacional mayoritaria, y, al revés, de anormalidad o ilegitimidad democrática de todo aquello que los nacionalismos minoritarios hagan en defensa de su nación. Si en defensa de la nación del Estado se pueden hacer decenas de cosas (incluso graves y excesivas) que parecen normales o que se aceptan sin problema (y que no suelen ser vistas como “nacionalismo”), mientras que lo que hacen los nacionalismos minoritarios nos resulta anormal o reprobable en democracia, se entiende, creo, por qué es tan beneficiosa para el nacionalismo mayoritario.

 

 

-¿Por qué considera tan importante que los Estados reconozcan su nacionalismo y de qué modo eso impacta al modo en que se relacionan con los nacionalismos minoritarios?

 

Más que para los Estados, diría que es importante para los ciudadanos, para que sea más difícil engañarles, que estos sean capaces de ver al gobernante que recurre al recurso fácil y eficaz del nacionalismo y decirse, o decirle: no me lo creo, prueba con otra cosa. Pero también es cierto que es importante para el Estado (quienes lo dirigen), si le (nos) preocupa su buen funcionamiento, en aquellos casos en los que ha de gestionar las demandas de nacionalismos minoritarios disconformes con las reglas del juego. El caso español, su mala gestión del procés, me parece que lo ilustra de nuevo bastante bien. Si fuera capaz de verse como un nacionalismo, creo que la consecuencia lógica sería ver a los nacionalismos minoritarios como interlocutores razonables (sus iguales, en el fondo, en el sentido de que quieren lo que él: defender su nación), lo cual debería facilitar la búsqueda de acuerdos para acomodarlos mejor en el seno del Estado, o incluso para aceptar una eventual salida del sistema. En resumen, de un acercamiento honesto y bien informado del nacionalismo mayoritario al fenómeno del nacionalismo debería poder resultar una mejor gestión del conflicto territorial.

 

 

-Si hi hay un consenso científico sobre que la nación es una ficción (pero construida sobre realidades contrastables) – en el texto incluso se la compara con Dios- ¿por qué no dejarla atrás en la política? Más concretamente, ¿si la nación es (algo así como una) cuestión de fe, no deberíamos separar Estado y nación, como separamos Estado e Iglesia?

 

Es una comparación interesante, en efecto, y pertinente en lo que hace al carácter imaginado (como ficción, creencia o relato) de la comunidad nacional. Pero la comparación con la religión llega hasta donde llega. Sabemos que la separación del Estado y la Iglesia es un hecho, algo que se ha podido realizar en un determinado número de Estados al dejar de ser la religión un factor de legitimación del poder político en democracia. Ahora bien, no puede decirse lo mismo de la separación entre Estado y nación. Francia es un Estado laico, sin religión oficial, pero desde luego no es un Estado sin nación oficial. No hay Estados sin nación (hay naciones sin Estado, eso sí), sin un relato nacional propio, que no hayan puesto en marcha largos y costosos procesos de nacionalización. Esto no existe. La evidencia empírica muestra que lo que ha sido posible con la religión no lo ha sido con la nación. Al menos por ahora. Aunque añadiría que se hace difícil entender cómo se puede separar el Estado de la población en nombre de la cual y para la cual se ha creado (eso es la nación).

 

 

-¿Por qué el nacionalismo ha sido pieza fundamental en la creación de los Estados, primero liberales, y ahora del bienestar?

 

La nación se convierte en la fuente de legitimidad política en el paso a la modernidad política. El poder ya no encuentra su fuente de legitimidad en la voluntad de un Rey o de un Dios, sino que entra en escena la voluntad general, el pueblo o nación, esa representación particular del conjunto de los ciudadanos, en nombre y en interés de los cuales se entiende que se ha de gobernar. El paso del Estado gendarme (siglo XIX) al Estado del bienestar (siglo XX) supone una extensión de ese ideal democrático inicial, en la medida en que cada vez más el Estado se hace cargo de un mayor número de ciudadanos, atendiendo a sus necesidades básicas (educación, salud, etc.). Puede decirse además que la nación tiene como una de sus principales fortalezas el ir precisamente asociada a los valores promovidos por la Ilustración, como la igualdad, la libertad, la democracia. Por eso creo que no va a ser fácil encontrar un concepto o idea que la remplace.

 

 

-En esta línea, ¿acaso no es posible un “cemento social” ajeno a la lengua, la cultura y la historia? ¿Por qué no asentar el contrato social y la noción de igualdad y solidaridad sin recurrir a esa ficción? Por ejemplo, en vez de justificar la igualdad ante la ley apelando a la igual pertenencia a una misma comunidad nacional –i.e “todos somos igualmente españoles”-, podemos justificarla apelando a la común humanidad –i.e “todos somos igualmente personas dotadas de razón y libre arbitrio”-. Igualmente, podemos justificar los deberes de solidaridad, no en base a que aquel habla nuestra lengua, sino en que, como nosotros y con independencia de su lengua o cultura, también necesita una sanidad decente. No solo eso, parece que usar la nación como cemento social y justificación de los anteriores principios implica consecuencias abiertamente inmorales: por ejemplo, que solo merecen un igual trato aquellas personas con las que compartamos cosas tales como la lengua, o que los impuestos de los que hablan una lengua no deben ir a pagar las escuelas de los que hablan otra lengua. ¿De qué forma un pensamiento así es mejor que proponer la raza o la religión como cemento social?

 

La comparación con la raza o la religión no me parece pertinente. En realidad, lo que plantea en su pregunta creo que es ya lo que pasa en las naciones organizadas democráticamente. Dichas naciones no construyen su “cemento social”, por retomar la expresión utilizada, únicamente en torno a marcadores etno-culturales (como dije antes), sino que apelan también, y con especial énfasis, a valores y principios que podrían considerarse “humanos” (o al menos transculturales), como la libertad, el pluralismo, la igualdad de las personas independientemente de su raza, sexo/género, lengua o religión, etc. De hecho, si uno se fija en cualquiera de los nacionalismos democráticos, lo que observamos es eso: la comunidad nacional se organiza en torno a esos valores y principios democráticos, lo que hace que personas de cualquier origen o procedencia, etnia o religión puedan instalarse en Francia o en España y ser tratados como iguales, como parte de esa comunidad nacional, ser beneficiarios de la solidaridad que ofrece el sistema, etc. Un proceso que implica, eso sí, que toda esa gente se integre en y adopte de alguna manera el marco cultural de la comunidad nacional, empezando por la lengua con la que los ciudadanos acostumbran a comunicarse entre sí.

 

Si me pregunta si puede organizarse la solidaridad de otra forma que no sea la nacional, doy por supuesto que sí. Ahora bien, eso requiere seguramente de un proceso de construcción social (del mismo tipo que el que en su día se implementó con las naciones) que genere representaciones y un imaginario que sostengan un proyecto de ese tipo, más allá de la simple dimensión cívico-política. La pregunta sería pues, creo, si puede darse ese tipo de solidaridad que encontramos en las naciones en estructuras en las que falta lo que podríamos llamar el factor de legitimidad existencial (la dimensión etno-cultural), que hace que entendamos la solidaridad como algo natural con la gente cercana (y la nación -las metáforas en este sentido son recurrentes, sobre todo ahora con la crisis sanitaria- se suele presentar como una familia en grande), y que nos cueste más con la gente con la que no hemos creado ningún vínculo afectivo (y compartir muchas cosas -hablar la misma lengua, ver los mismos programas de televisión, los mismos deportes, leer los mismos periódicos, etc.- crea ese vínculo). Tenemos encima de la mesa, como mejor ejemplo, el caso de la UE. Y ya vemos lo que le está costando avanzar hacia la integración política y social al faltarle ese marco cultural común que habilite o legitime una centralización decidida de las reglas y de los recursos entendida como algo “natural”.

 

Por otro lado, no tengo nada claro que, en caso de fructificar ese tipo de organización de la solidaridad, pudiésemos hablar de un vacío etno-cultural (si entiendo bien a lo que se refiere), de ausencia total de marcadores culturales entre los fundamentos de legitimación del nuevo poder. Veo más bien ahí una repetición (con nuevos ingredientes quizás) de lo ya realizado con anterioridad en los procesos de nacionalización: antes de que se pusieran en marcha no había nación, propiamente hablando, y el proceso iba precisamente de construirla. Como ilustración especialmente pertinente en esto, creo, tenemos a los Estados Unidos, en donde inicialmente la idea de nación asociada a la Federación generaba serias y profundas reservas. Y ya sabemos lo que vino después.

 

Me pregunto también, finalmente, si en la valoración optimista de quienes piensan que ese tipo de solidaridad se puede sostener -en condiciones normales- en ausencia de un marco existencial o cultural común que la legitime no está jugando algún papel el nacionalismo banal y la naturalización de lo nacional a la que nos referíamos antes. Al creer que la nación se sostiene sin necesidad de recurrir al nacionalismo (asociado erróneamente solo a lo etno-cultural), y esto es lo que la gran mayoría cree, me pregunto si no estamos más predispuestos a creer que una solidaridad comunitaria del tipo a la que se refiere en su pregunta es posible aun en ausencia de un marco cultural común, el cual -una vez lo hemos naturalizado- no es percibido ya como algo fundamental, como algo que estaría definiéndonos y sosteniendo nuestro sistema. Si esta es la percepción que tenemos de nuestros sistemas nacionales (que serían así en nuestra imaginación pura democracia sin nacionalismo, predominio claro de la dimensión cívico-política sobre la etno-cultural), parece normal que veamos con más optimismo la hipótesis que usted plantea. El problema es que, como ya he dicho, la percepción que tenemos de nuestra comunidad nacional no refleja lo que ocurre en realidad.

 

 

-¿Por qué no abandonar realmente el marco nacional y tender hacia una solidaridad cosmopolita, basada únicamente en valores cívicos y despegada de cualquier marcador cultural? ¿Por qué eso es algo indeseable, más allá que, en la práctica, sea difícil de aplicar por muchas y muy diversas razones? Es decir, por mucho que se reconozca que la nación sirve para agrandar el círculo de solidaridad natural en las personas –familia y amigos-, ¿no puede ser criticado por ser insuficientemente amplio? Adicionalmente, si bien es cierto que la negación de la nación como cemento social nos acerca al cosmopolitismo –algo que para muchos constituiría una demoledora reducción al absurdo-, ¿no es igualmente cierto que nos impide la existencia de los Estados plurinacionales –algo que, para tantos otros, evidenciaría igualmente un vicio importante?

 

No entro en el debate sobre si abrir la solidaridad más allá de la comunidad humana de referencia (la nación-Estado) es bueno o malo. Es un tema opinable, sobre el que se puede pensar con igual legitimidad una cosa o su contraria. Lo único que constato es que no estamos preparados, por el momento y de manera general, para asumir ese tipo de solidaridad a gran escala. Entiendo a quienes defienden que debería organizarse el mundo tomando en cuenta nuestra común humanidad, e ir así hacia un gobierno mundial con una ciudadanía cosmopolita. Me parece que es un pensamiento básicamente bienintencionado (no tengo razones para verlo de otra manera) pero muy falto de realismo. Es también el problema que pueden tener las teorías sobre Federaciones o Estados plurinacionales, en efecto, cuyo exceso de idealismo las lleva con frecuencia a pensar que es posible aquello que la testaruda realidad nos muestra que no lo es, o a acabar deformando los conceptos para que al final sí represente de alguna manera la realidad. Es lo que pasa por ejemplo con la famosa “nación de naciones” (en la que, en puridad, solo hay siempre una sola nación en el sentido político del término), o con la “plurinacionalidad” que algunos defienden, que tiene por lo general el mismo problema.

 

Como no soy un gobernante o un pensador preocupado por cambiar el mundo, sino simplemente un científico social, me interesa sobre todo entender la realidad que nos rodea.  Por eso no puedo desconectarme de la realidad, me guste ésta más o menos. Esto es un imperativo para el científico social. Creo que hay en cambio teorías (el cosmopolitismo que cita, por ejemplo) cuya preocupación normativa o prescriptiva, es decir, el interés que pone en cambiar nuestra realidad (más que en describirla o explicarla), lleva con mayor facilidad a desconectarse de la realidad. Y deberíamos prestar más atención a esto.

 

 

-En el texto se distingue el nacionalismo propio de la extrema derecha del nacionalismo banal que, por lo dicho anteriormente, incluso tendría puntos positivos. Ahora bien, ¿no es el nacionalismo extremo, simplemente, el resultado de llevar al nacionalismo banal a su consecuencia lógica? Por ejemplo, muchos tacharían de extremista propuestas como retirar cualquier ayuda social a los extranjeros. No obstante, si los deberes de solidaridad se basan en compartir una misma identidad nacional, pareciera que esa política sería perfectamente aceptable.

 

No, no lo creo. Es fácil ver la diferencia, creo, entre Vox y el PSOE, por ejemplo. El primero representa ese nacionalismo caliente y extremo con el que una gran parte de la ciudadanía puede sentirse incómoda. El nacionalismo del segundo, en cambio, pasa desapercibido para la inmensa mayoría de ciudadanos. Al nacionalismo banal le va estupendamente con sus modus operandi en modo furtivo. No necesita hacer grandes alardes de patriotismo para obtener de los ciudadanos el comportamiento y las actitudes que desea. La lógica del nacionalismo banal es ésa, mantener el perfil templado que le asegura mantener su posición dominante sin que casi nadie se entere de que está ahí, al tajo, trabajando todos los días del año. Lo de Vox es muy visible, tanto que incomoda hasta a los numerosos representantes del nacionalismo banal español.

 

 

-Para concluir, ¿somos todos nacionalistas?

 

Si se sigue atentamente la tesis que defiendo en el libro sobre nuestra socialización en comunidades nacionales, en las que estamos expuestos desde la edad más temprana (es decir, sin defensa alguna) a un proceso de nacionalización muy potente y eficaz, no veo cómo se podría responder a la pregunta de otra forma que afirmativa. Pero también conviene precisar que, en esa pregunta provocadora que puse de subtítulo del libro, me interesa principalmente la tendencia general y dominante en esto, mucho más que el hecho de saber si hay dos, quince o cinco mil ciudadanos en España o en otro país que serían una excepción a la regla. Doy por supuesto que debe de haber personas que no sean nacionalistas en el sentido que le doy al término. La tesis del libro es que nuestras sociedades nacionales son nacionalistas, y todos nosotros nos socializamos y educamos en ese contexto, y no en otro. Me parece, pues, algo de lo más lógico que seamos por lo general nacionalistas en mayor o menor medida. Si hay excepciones es algo que no tiene especial importancia para mí. Con esas excepciones no se puede refutar la tesis. Para refutar mi tesis habría que demostrar que nuestras sociedades democráticas no son nacionalistas.  

 

 

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