La crisis del coronavirus: ¿Hacia un estado de excepción mundial?

01/04/2020

Martin Sanchez @martinsanchez


A raíz de la aparición del COVID-19 (coronavirus) a fines de 2019 –según la OMS, al 26 de marzo los contagiados ya superan las 475.000 personas en todo el mundo y los muertos ascienden a más de 22000[1]–, los medios de comunicación informan a toda hora que las bolsas caen, el precio del petróleo se derrumba, los autónomos pierden sus empleos, el turismo se desploma, la cadena de pagos se interrumpe y las acciones de las empresas se deprecian. Por su parte, los Estados están haciendo grandes esfuerzos para intentar controlar la situación. Al tiempo que robustecen el sistema sanitario con materiales y medicamentos, están inyectando ingentes cantidades de dinero. El Estado francés puso 300.000 millones de euros; el de España cerca de 200.000 (con colaboración del sector privado); el de Italia 25.000 y el de Estados Unidos 850.000 millones de dólares. Asimismo, la mayoría han tomado drásticas medidas para impedir el contagio masivo del virus: desde la proclamación de estados de excepción hasta el establecimiento del confinamiento total de regiones enteras.

 

El objetivo de las siguientes páginas es presentar un sucinto mapa de la excepcionalidad desencadenada por la crisis del coronavirus y las consecuencias que de ella derivan sobre el estatuto de un concepto troncal de la tradición política de Occidente: la soberanía. Da la impresión que el actual sistema vive de la inestabilidad permanente pero se mantienen formalmente la democracia, el Estado de Derecho y su conjunto de garantías. Así, estaríamos en una época de indistinción entre norma y excepción, una singular hibridación entre estabilidad y crisis radical.

 

 

La emergencia como presupuesto de la convivencia social y como técnica de gobierno

 

Desde el inicio del milenio, la convivencia de las sociedades ha estado atravesada, a través de múltiples dimensiones, por la práctica de la emergencia: securitaria, económica, humanitaria, climática, sanitaria o alimentaria. Fenómenos tan dispares como los hechos del 11 de septiembre de 2011 y la denominada “guerra contra el terrorismo”, más los numerosos atentados terroristas acaecidos en varias ciudades europeas; la crisis financiera de 2008; la crecida migratoria de 2015; los nocivos efectos del cambio climático; la propagación de epidemias mortales como la Gripe A, el Ébola y ahora el coronavirus; o la carencia de alimentos que sufren millones de personas arrojan indicios que permiten considerar a la emergencia como una de las condiciones permanentes tanto de las relaciones sociales como de las leyes, decisiones estatales y políticas públicas.

 

En las primeras décadas del siglo XX el autor que construyó una teoría sistematizada del estado de excepción fue el jurista alemán Carl Schmitt. El núcleo decisivo de su planteamiento es el concepto de soberanía, en tanto “soberano es quien decide sobre la excepción”[2]. Conforme esta hipótesis, existiría una ligazón constitutiva entre soberanía y excepción. Vale decir: la soberanía se funda en la facultad de declarar el estado de excepción. De esto surge que el derecho no se deriva de una norma fundamental ni de un contrato social sino de una decisión individual, concreta e inapelable del soberano. El objetivo de Schmitt era estabilizar el orden jurídico –al decidir el estado de excepción–, neutralizar las crisis sociales y excluir a los agentes que alteren el orden (enemigos).

 

No es éste el lugar para seguir en toda su complejidad la argumentación de Schmitt pues excede los límites del artículo. Más acá en el tiempo, quien ha reactualizado críticamente la teoría de Schmitt ha sido el italiano Giorgio Agamben[3]. Para éste, el punto central del estado de excepción es la suspensión del derecho y la conformación de uno o varios espacios liberados de sus contenidos garantistas. La excepción ingresa cuando el derecho de la normalidad democrática-constitucional es interrumpido, suspendido, indeterminado y neutralizado: es una zona de anomia en que las determinaciones jurídicas son desactivadas. Mediante la producción de un espacio vacío de derecho, el estado de excepción se presenta como aquella laguna artificial causada por el soberano, que tiene por objetivo suspender la aplicabilidad de la ley.

 

 

Transformaciones contemporáneas de la soberanía

 

Es necesario observar hasta qué punto los análisis de Schmitt y Agamben son apropiados para comprender las transformaciones contemporáneas que se han sucedido en la esfera de la soberanía. En rigor de verdad, las reflexiones de Schmitt y de Agamben pivotan en torno al modelo del Estado de Derecho del siglo XX, en el cual la creación, la aplicación del derecho y la declaración del estado de excepción se inscriben en el marco de la soberanía del Estado-nación.  

 

En este sentido, en la actualidad pocos analistas niegan que la soberanía del Estado, antaño definida bajo el carácter de monista, exclusiva e incondicional, se encuentre en franco agotamiento. La soberanía ya no domina ni contiene a las fuerzas que actúan en su territorio. Valga de ejemplo la actuación de las corporaciones económicas –que superan con creces las fronteras territoriales de los Estados–, los carteles del narcotráfico en México, las fuerzas guerrilleras en Colombia o los conflictos tribales en África, en los cuales múltiples territorios son controlados por grupos sobre los cuales el Estado no ejerce soberanía real, limitándose a supervisar que los conflictos no se desparramen hacia otros lugares. A nivel externo, la geopolítica indica, sobre todo después del escenario que dejó la crisis financiera de 2008, que estamos en presencia de soberanías “limitadas, diferenciadas, disminuidas, dependientes, o endeudadas respecto a otras más fuertes”[4]. Para ejemplificar esto, conviene recordar el desempeño de la Troika europea para imponer los planes de ajuste económico a los países de la zona euro. De otra parte, el socavamiento de la soberanía viene dada por la abundante creación de derecho por parte de la Unión Europea y la acción de organismos internacionales como el FMI, la OCDE, el BCE, la OMC, que cuentan con un poder decisivo frente a los Estados.

 

Siendo así, el planteamiento de Schmitt y de Agamben no estaría en condiciones de responder a la pregunta acerca de quién detenta la soberanía, pues existen fuerzas y actores que se sitúan por fuera del Estado pero ejercen porciones de su antiguo poderío.  No es exagerado afirmar que en la actual coyuntura la soberanía puede concebirse, para emplear una sugestiva expresión de Manuel Arias, en clave de “nostalgia”[5]. Por estas razones, la declaración de la excepción mediante un acto individual y voluntario del soberano se desdibuja ostensiblemente. La excepcionalidad no deriva solamente del interior del Estado de Derecho sino que también debe ubicársela en un contexto más amplio, es decir, en el ejercicio de poderes supra o extra estatales.

 

 

Coronavirus y estado de excepción

 

Pese a las tensiones existentes entre la soberanía y las dinámicas supra o extra estatales descritas, cierto es que el coronavirus ha traído consigo una fuerte reafirmación del poder del Estado, apareciendo éste como como garante de la estabilidad del sistema y la protección de ciudadanos, trabajadores, bancos y empresas. Las pruebas son varias: el control de las fronteras nacionales, visto que muchos países han procedido a cerrarlas (Argentina, Estados Unidos, Chile, Brasil, China, España, Italia, Francia, Alemania y la Unión Europea); la repatriación de los ciudadanos a sus respectivos países y la prohibición de entrada a los extranjeros; la puesta en marcha de una potente inyección del gasto público para que la economía siga a flote; la obligación asignada a las empresas de poner a disposición del Estado materiales, lugares y equipamiento, y si se niegan cabe la posibilidad de incautarse coercitivamente; por último, la utilización de numerosos instrumentos jurídicos de emergencia.

 

Este último ítem requiere de mayor examen. En España se declaró el estado de alarma y en Italia se decidió el confinamiento total; Argentina dictó la cuarentena obligatoria y Colombia decretó el toque de queda; Chile dispuso el estado de catástrofe y Ecuador el estado de excepción; Estados Unidos ordenó la emergencia nacional y Francia impuso restrictivas medidas en cuanto a la circulación ciudadana; Alemania prohibió la reunión de más dos personas y el Estado de Baviera fijó la cuarentena obligatoria al margen de las órdenes de la Canciller Ángela Merkel; entre otros.

 

Según Agamben, la gestión de los Estados europeos frente al coronavirus no sería sino una muestra más del paradigma de la excepción, debido a que se cancelaron las actividades públicas, se confinó a las poblaciones y se limitaron fuertemente las libertades individuales[6]. La emergencia, además, viene alimentada por un estado de pánico colectivo aceptado en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos. En el terreno de las relaciones humanas, una de las consecuencias del miedo propagado es la idea misma del contagio, en tanto transforma a cada individuo en un potencial portador del virus[7]. Para el filósofo italiano, la base de las medidas de excepción sería la separación entre los seres humanos, la sospecha generalizada y la cancelación de la figura del prójimo.

 

Por el contrario, el camino escogido por países como China, Taiwán, Hong Kong y Corea del Sur para enfrentar la pandemia ha sido considerablemente distinto al europeo, revelándose más eficaz aunque no menos riesgoso. En un sugerente artículo[8], el filósofo surcoreano Byung Chul-Han ha constatado cómo Europa está haciendo agua en su intento de paliar los efectos nocivos del coronavirus. En el viejo continente aumentan exponencialmente los contagios y las muertes y el sistema sanitario está al borde del síncope. Pareciera que Europa se aferró al viejo modelo de soberanía (Schmitt), es decir, en el cual todavía se decide sobre el estado de excepción (en sus distintas variantes: estado de emergencia, estado de alarma, confinamiento).

 

En el continente asiático el virus merma lentamente. Los factores son múltiples: la cultura colectivista de las poblaciones, los ciudadanos son más obedientes y la conciencia crítica individual respecto del Estado es menor que en Europa. Igualmente, en algunas provincias chinas se impuso cuarentena, como por ejemplo en Wuhan, epicentro del brote (no obstante el Gobierno ya dispuso el levantamiento para el 8 de abril). Sin embargo, la razón principal es que los Estados asiáticos agilizaron una inmensa maquinaria de control tecnológico sobre la totalidad de la vida de los individuos: cámaras de seguridad, reconocimientos faciales en los espacios públicos, cruce de datos entre empresas de comunicación y agencias estatales, vigilancia mediante drones, denuncia por redes sociales de las personas que presenten síntomas, aplicaciones móviles para delatar a los vecinos que no respeten las cuarentenas. El Big Data centralizado por el Estado lo sabe todo: dónde estoy, con quién me encuentro, qué hago, qué busco, en qué pienso, qué como, qué compro y adónde me dirijo.

 

El camino escogido por los Estados asiáticos no está exento de consecuencias negativas. Como dice elocuentemente Chul-Han, en la crisis del coronavirus es “soberano quien dispone de datos”. Por esto, es posible que China en adelante promocione su Estado policial digital como un modelo de éxito contra la pandemia. Si esto ocurre, ¿es factible pensar en el futuro de Occidente un estado de excepción basado en la tecnologización absoluta de la vida de las poblaciones, en el control integral pero ya no apoyado, como en la biopolítica delineada por Michel Foucault a fines de la década del 70, por medio de leyes, reglas, discursos, instituciones de encierro –hospitales, prisiones, asilos, cuarteles– o la teorizada por Agamben basada en la violencia del que ejerce la soberanía, sino por las técnicas del Big Data?

 

 

Conclusiones

 

La crisis del coronavirus ha puesto de relieve nuevamente la importancia central de la emergencia tanto en las relaciones humanas como en el ejercicio del derecho y la política. Al mismo tiempo, dejó en claro la irremplazable posición de la soberanía estatal para resolver problemas colectivos que ponen en entredicho los fundamentos del sistema. Esto influye decisivamente en la configuración del estado de excepción, pues en los autores examinados (Schmitt y Agamben) éste descansa en la idea de soberanía. Ahora bien, dicho modelo es propio del Estado de Derecho desarrollado durante el siglo XX, y si bien Europa se sujetó a esta forma para resolver la crisis (limitación de la libertad de circulación, prohibición de actividades públicas, suspensión de clases escolares, confinamiento), los países asiáticos lo hicieron pero fueron mucho más allá y activaron otras técnicas, lo que arrojó como resultado una gestión más eficaz. Sin embargo, los costos para las garantías constitucionales, la autonomía personal y la limitación del poder del Estado son altísimos: si el futuro de la soberanía transitará por el Big Data no quedará ningún espacio de la vida de los individuos que no esté vigilado, instaurándose un estado de excepción ya no estatal sino mundial.

 

 

 

[1] El País, 26 de marzo de 2020.

 

[2] Schmitt, Carl, Teología Política, Trotta, Madrid, 2009, p. 13.

 

[3] Agamben, Giorgio, Estado de excepción. Homo sacer II, 1, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2014.

 

[4] Giménez Merino, Antonio, “De la excepcionalidad permanente a la normalización de la plutocracia”, en Estévez Araujo, José A. y Messina, Giovanni (Eds.), La democracia en bancarrota, Trotta, Madrid, 2015.

 

[5] Arias Maldonado, Manuel, Nostalgia del soberano, Catarata, Madrid, 2020.

 

[6] Agamben, Giorgio, “L’invenzione di un’epidemia”, Quodlibet, 26 de febrero de 2020.

 

[7] Agamben, Giorgio, “Contagio”, Quodlibet, 11 de marzo de 2020.

 

[8] “La emergencia viral y el mundo de mañana”, El País, 23 de marzo de 2020.

 

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