El curioso caso de Don Pacifico o cómo el Imperio Británico popularizó la diplomacia de cañoneras

01/04/2020

Josh Appel@joshappel

 

 

Judas Iscariote, el proverbial traidor bíblico, es conocido en toda la cristiandad por vender a Cristo por treinta monedas de plata a los sacerdotes Judíos. Según el evangelio de Mateo: "Y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le señalaron treinta piezas de plata.[1]"

 

Es debido a esa tradicional animadversión (por decirlo suavemente) del mundo cristiano hacia la figura de Judas que, en muchos países alrededor del mundo, desde Latinoamérica hasta las Filipinas pasando por Europa y Nigeria, se suele ejecutar a Judas en efigie durante la Semana Santa. Normalmente se cuelga un monigote que representa al apóstol de un palo o un árbol, y se le dispara o se le quema (o incluso se le ahoga, como en la República Checa). Esto es porque, según el Nuevo Testamento, Judas se suicidó por haberse arrepentido de lo que había hecho: "Este, pues, adquirió un campo del salario de su iniquidad, y colgándose, reventó por medio, y todas sus entrañas se derramaron.[2]"

 

La quema de Judas en efigie durante el Domingo de Resurrección era una tradición bien enraizada en Atenas durante el siglo XIX. Pero el año 1847, el gobierno griego del rey bávaro Otto prohibió tal tradición por sus connotaciones marcadamente antisemitas, cosa que enfureció al pueblo ateniense. La respuesta de muchos ciudadanos enfurecidos (entre los que se rumorea que estaban policías e incluso el hijo de un ministro) fue la de ir a la casa de David Pacifico (conocido como Don Pacifico) para saquearla y darle una paliza a su familia entera.

 

Don Pacifico era un destacado miembro de la colonia extranjera en Atenas. Gibraltareño (y por tanto británico) de nacimiento y portugués de origen, había sido Cónsul General de Portugal en Atenas hasta 1842. Era, además, el líder de la comunidad judía en la capital griega, convirtiéndole en el objetivo más evidente de las turbas antisemitas y anti-extranjeras de la ciudad.

 

La prohibición de la quema del apóstol no fue, pero, culpa de Don Pacifico. Para entender el porqué de tal decisión tenemos que remontarnos a la guerra de independencia griega (1821-1830). Los revolucionarios griegos, si bien sobrados de moral e ingenuidad guerrera, estaban desesperadamente faltados de fondos con los que sufragar la contienda. Es por eso que contrajeron una serie de deudas con inversores de la City de Londres a elevados intereses. Grecia no se recuperaría de esta y otras deudas contraídas para su (re)construcción de postguerra con bancos británicos y franceses, que ahogaron a su economía y a los presupuestos del Estado hasta finales del siglo XIX, cuando sucesivas quitas posibilitaron el pago.

 

Es por eso que, cuando Lord James Mayer de Rothschild, un prominente banquero judío británico, iba a visitar Grecia en 1847 para negociar la posible concesión de un enésimo crédito al arruinado Estado, el Gobierno heleno decidió prohibir una tradición que -pensaron- podía resultar ofensiva para el financiero israelita. Tal sutileza no fue de mucha relevancia para el protagonista de nuestra historia, Don Pacifico. Éste intentó obtener compensación por los daños recibidos de los tribunales y el gobierno griego sin éxito, tras lo cual se dirigió al embajador británico en Grecia pidiendo que Su Majestad la Reina Victoria garantizara su protección y sus intereses.

 

Tras las sucesivas negativas del gobierno heleno a compensar al ciudadano británico (al alegar que la cifra que pedía era excesivamente elevada y que esa clase de cuestiones las decidía el poder judicial), el Ministro de Exteriores del Reino Unido, Lord Palmerston, decidió en enero de 1850 enviar una flota para que bloqueara navalmente todos los puertos griegos y capturara la armada griega. Tras el exitoso bloqueo y captura de los buques helenos, Palmerston esperaba que los griegos se doblegaran y cedieran inmediatamente ante una serie de demandas formuladas por su gobierno (como se explica más abajo). No sucedió así, sin embargo, como fue evidente al cabo de dos meses de bloqueo, debido a que diplomáticos franceses y austríacos animaron al gobierno heleno a resistir.

 

Finalmente, después de que Francia (como potencia protectora de Grecia, junto al Reino Unido y Rusia) retirara su embajador en Londres a modo de protesta, el Reino Unido aceptó reducir sus demandas y Grecia se plegó a que la cuestión de la indemnización a Don Pacifico fuera determinada por una comisión formada por ministros franceses, griegos y británicos en Lisboa. Dicha comisión terminó obligando al gobierno griego a indemnizar a Don Pacifico con 120.000 dracmas y 500 libras esterlinas. Pero, ¿a qué se debió en realidad una medida tan drástica por parte del Reino Unido?

 

La epopeya de Don Pacifico no se dio en el vacío, sino en un contexto de tensión en las relaciones greco-británicas. Una parte sustancial de este contexto es la referente a las Islas Jónicas. Dichas islas se encuentran delante de la costa de Epiro y el Peloponeso, y fueron una posesión de la Serenísima República de Venecia durante 400 años, hasta las guerras napoleónicas. Tras una breve ocupación francesa y luego ruso-turca, el Congreso de Viena creó un protectorado británico llamado Estados Unidos de las Islas Jónicas.

 

Debido a su proximidad al novísimo Reino de Grecia y a su cultura eminentemente griega, no tardó en generarse un movimiento de rebeldes que lucharon por la anexión de las Islas a Grecia, en el contexto del movimiento irredentista griego y la Megali Idea[3]. Estos rebeldes eran secretamente apoyados por el gobierno griego, cosa que generaba inacabables tensiones entre las dos naciones. Así, la opinión positiva que había reinado entre los griegos tras el apoyo del Reino Unido en la guerra de independencia se fue desgastando debido al protectorado jónico y a una percepción de excesiva intervención extranjera en los asuntos de Grecia.

 

Hay que tener en cuenta que esto se producía en un país que fue gobernado por un monarca absoluto, Otto, que era extranjero -bávaro-, que no hablaba el idioma, que no era Cristiano Ortodoxo sino Católico, que era profundamente impopular por sus políticas y por negarse a gobernar bajo una constitución, y que había sido impuesto por potencias extranjeras[4], entre las cuales destacó el Reino Unido. Esto causó, durante todo su reinado, tensiones políticas y gobiernos frágiles e inefectivos hasta que fue derrocado en 1862 y sustituido por Jorge I, de origen danés.

 

Estas tensiones ocasionaron multitud de disputas entre el Reino Unido y Grecia. Algunos ejemplos incluyen dos pequeñas islas griegas del Peloponeso que eran reclamadas por los Estados Unidos de las Islas Jónicas apoyándose en la pasada ocupación veneciana de las mismas. O el ciudadano británico George Finlay, que compró unos terrenos en Atenas en 1836, terrenos que fueron expropiados sin compensación para construir los jardines del palacio real heleno. O la detención supuestamente ilegal de un oficial de un buque británico por espionaje.

 

Pero al fondo de todo, al margen de las concretas controversias entre los dos Estados, estaba la nueva y marcadamente asertiva doctrina del Ministro de Exteriores británico. Éste quería mandar un mensaje a todas las naciones poco civilizadas del mundo: quien tocara a un ciudadano británico podía contar con la pronta e intensa intervención de la Royal Navy. Un ciudadano británico es una especie de extensión del Imperio Británico, y como tal, en palabras del teórico del derecho internacional Emmerich De Vattel, “Whoever ill-treats a citizen indirectly injures the State, which must protect that citizen”.

 

 

El epílogo del episodio: gana la diplomacia de cañoneras

 

Este incidente tuvo serias repercusiones no sólo en las relaciones del Reino Unido con Grecia, Francia y Rusia, sino que causó una crisis de gobierno en la propia Gran Bretaña. En la Cámara de los Lores fue aprobada una moción que censuraba la política exterior de la administración de Palmerston, tras lo cual fue propuesta una cuestión de confianza en la Cámara de los Comunes. Es en ese debate, que duró cuatro días y cuatro noches, donde Lord Palmerston hizo un discurso de 5 horas en que elaboraba lo que durante el resto del largo siglo XIX sería la justificación teórica de la diplomacia de cañoneras. En las propias palabras de Palmerston en dicha sesión parlamentaria del 25 de junio de 1850:

 

The country is told that British subjects in foreign lands are entitled, for that is the meaning of the resolution, to nothing but the protection of the laws and the tribunals of the land in which they happen to reside. […] Now, I deny that proposition; and I say it is a doctrine on which no British Minister ever yet has acted, and on which the people of England never will suffer any British Minister to act. (Cheers) Do I mean to say that British subjects abroad are to be above the law, or are to be taken out of the scope of the laws of the land in which they live? I mean no such thing; I contend for no such principle. Undoubtedly, in the first instance, British subjects are bound to have recourse for redress to the means which the law of the land affords them, when that law is available for such purpose. […] it is only on a denial of justice, or upon decisions manifestly unjust, that the British Government should be called upon to interfere. But there may be cases in which no confidence can be placed in the tribunals, those tribunals being, from their composition and nature, not of a character to inspire any hope of obtaining justice from them.”

 

Esta lógica, que podría parecer, prima facie, razonable, encerraba la justificación de una política de manga ancha con el imperialismo y la casi absoluta discreción del gobierno británico (y posteriormente de otras potenicas imperiales occidentales) para imponer por la fuerza una serie de tratados desiguales ante naciones de menor entidad, especialmente de África, Asia y Latinoamérica. De hecho, el mismo Lord Palmerston, tras una larga y aparentemente razonable disquisición sobre los méritos de que un gobierno proteja a sus ciudadanos, ilustró con perfecta claridad en la misma sesión parlamentaria, entre entusiastas ovaciones jingoístas, cuál era la inspiración y talante de tal política de “protección diplomática asertiva”:

 

as the Roman, in days of old, held himself free from indignity, when he could say “Civis Romanus sum;” so also a British subject, in whatever land he may be, shall feel confident, that the watchful eye and the strong arm of England, will protect him against injustice and wrong. (The noble lord on resuming his seat was greeted with loud and prolonged cheering.)

 

Lord Palmerston consiguió superar la votación y la crisis de gobierno con éxito, cimentándose así una táctica que habrían de usar todas las potencias imperiales hasta bien entrado el siglo XX[5]. Algunas de las ocasiones en la que esta doctrina fue usada fueron la segunda guerra del Opio de 1856, donde buques británicos, bajo el pretexto de proteger comerciantes británicos, consiguieron legalizar el comercio de opio en China; la ocupación del Reino de Hawaii por parte de marines de los EEUU bajo pretexto de proteger las vidas de americanos y sus propiedades en 1893; la Crisis de Agadir de 1906, donde el Imperio alemán envió buques para intervenir en una rebelión en el protectorado francés de Marruecos, donde se encontraban ciudadanos alemanes, entre otros.

 

Probablemente el ejemplo más clamoroso de la vocación imperialista de esta táctica sea el incidente de Tampico durante la revolución mexicana. En 1914, en pleno embargo armamentístico de México por parte de los EEUU, unos marineros estadounidenses fueron arrestados por fuerzas mexicanas en la ciudad de Tampico. La administración de Woodrow Wilson exigió su liberación inmediata, además de una disculpa pública y un saludo de 21 salvas con cañones. El Gobierno mexicano de Victoriano Huerta liberó a los prisioneros y emitió una disculpa pública, pero no hizo las 21 salvas. Esto, junto con la vulneración del embargo armamentístico, fue suficiente para que EEUU ocupara el puerto de Veracruz y derrocara al gobierno de Huerta, sustituyéndolo por el de Venustiano Carranza.

 

Sea como fuere, los principios básicos que inspiraban la doctrina Palmerston sobreviven hoy en día en el derecho internacional en la Protección Diplomática que los Estados pueden ejercer (con muchos matices y condicionantes) ante una injusticia que se produzca contra un ciudadano suyo en un Estado extranjero; siempre que esta injusticia subsista después de agotar los remedios que le ofrece el Estado donde se encuentra. No hace falta decir, por supuesto, que dicha protección diplomática no autoriza en la actualidad a ningún Estado a enviar su flota a otro Estado ni bombardearlo desde la costa.

 

 

 

[1] Mateo 26:15

[2] Hechos 1:18

[3] La “Gran Idea”, consistente en la incorporación de todos los territorios de cultura griega a un solo estado griego

[4] Otto I, además, se negó durante mucho tiempo a nombrar un gobierno formado por griegos, prefiriendo (hasta que se le obligó a lo contrario) un gobirrno formado exclusivamente por asesores del Reino de Baviera.

[5] Vale la pena aclarar que la llamada “guboat diplomacy” ya había sido usada con anterioridad al incidente de Don Pacifico, por ejemplo durante la primera guerra del Opio de 1840

 

 

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