Una guerra para acabar con todas

21/03/2020

 

 Tony Liao @tonyxliao

 

 

La Primera Guerra Mundial (IGM) es quizás uno de los conflictos armados más relativamente olvidados de la época contemporánea. Bien sea porque ya no quedan generaciones que la vivieran, porque la Segunda Guerra Mundial resulta mucho más atractiva en términos ideológicos, narrativos y bélicos o simplemente porque Hollywood se ha olvidado de ella (con honrosas excepciones), la IGM suele ocupar una atención modesta. Sin embargo, la IGM cambió el mundo, no sólo porque puso las bases para un conflicto mucho más devastador que lo cambiaría aún más 20 años después, sino por todos los cambios que supuso por si mismaSe podría destacar que la IGM supuso el inicio de la guerra moderna (armas automáticas, aviación, tanques), el surgimiento del primer régimen comunista de la historia, un coste humano y económico sin precedentes, cierta incorporación de la mujer al mercado laboral... Pero en este artículo vamos a hablar de los cambios que supuso en cuanto a las relaciones internacionales, y en concreto, sobre el nacimiento del primer intento de crear una organización que dirimiera pacíficamente las disputas entre estados con instrumentos propios del derecho internacional, la Sociedad de Naciones.

 

 

Las consecuencias de la guerra

 

La IGM terminó en noviembre de 2018, después de más de 4 años de un conflicto que arrasó Europa. Las potencias centrales fueron derrotadas con consecuencias políticas muy directas. Los Imperios Alemán, Austrohúngaro y Otomano perdieron tal condición y sus monarquías acabaron siendo abolidas, además de sufrir importantes cambios fronterizos, siendo el más obvio la partición de Austria y Hungría en dos países. Además de esta desfavorable redefinición de fronteras (mención especial para las disputadísimas Alsacia y Lorena, que Francia se anexionó sin plesbiscito alguno entre su población), Alemania perdió todos sus territorios coloniales.

 

Desde noviembre de 1918 regía un armisticio entre los países contendientes, que fue formalizado en el tratado de paz de Versalles de junio de 1919. En este tratado se fijaban las condiciones de la paz, las cuales, en esencia, fueron una imposición de los países aliados a los derrotados, en especial a Alemania, de quién se culpaba explícitamente de la guerra. Las draconianas condiciones impuestas, como las pérdidas territoriales, las limitaciones militares y el pago de ingentes reparaciones económicas a los vencedores fueron vividas en Alemania como una humillación injustificable que convertía la nueva república en poco más que un estado sometido al yugo de los aliados.

 

Es difícil no hacer una severo juicio histórico de este tratado. Ciertamente el Segundo Reich tenía una importante responsabilidad en el estallido de la guerra, pero no era menor la responsabilidad de Francia, Reino Unido o la Rusia zarista. Incluso si se discrepa de esto, desde una visión más consecuencialista es innegable que las durísimas condiciones del tratado fueron condición necesaria para el surgimiento del nazismo en los años 20 y la continuación de las disputas territoriales. El economista británico J. M. Keynes, presente en las negociaciones del tratado, ya advirtió de algunas de estas consecuencias en su célebre obra Las consecuencias económicas de la paz, prediciendo el hundimiento de la economía alemana.  Sin embargo, en el tratado de Versalles nacía de la mano de una nueva y pionera organización internacional, cuyo cometida era que no se repitiera una tragedia de tal magnitud.

 

 

Los orígenes

 

La idea de crear algún tipo de organización y/o de reglas que rigiesen las relaciones entre las naciones no nace en la IGM. Kant ya propuso en 1795 en su obra Sobre la paz perpetua un sistema de relaciones entre estados que fomentase la paz y gestionase los conflictos. A lo largo del siglo XIX las potencias europeas realizan tímidos pero significativos avances en este sentido, estableciendo algunas normas relativas a dichos conflictos. Fruto de esto, nacen las Convenciones de Ginebra y de la Haya.

 

En los albores de la IGM, algunas personalidades u organizaciones de índole pacifista siguen promocionando esta visión. La visión más común es que la Sociedad de Naciones surgió de la mano de los 14 puntos del presidente norteamericano Woodrow Wilson, pero eso no es del todo cierto. Al margen de los antecedentes ya mencionados, la idea de crear una organización internacional tomó fuerza también en el Reino Unido, en especial de la mano del antiguo diputado liberal y embajador en Estados Unidos, el norirlandés Lord James Bryce, quién encabezaba un grupo que abogaba por dicho escenario. Las organizaciones pacifistas del momento (sufragistas, sindicatos, algunos partidos de izquierda…) defendían postulados en la línea de establecer la paz entre los contendientes.

 

Como es sabido, Estados Unidos se mantuvo al margen de la guerra hasta 1917, en posición de “no intervención”. La participación del país en el conflicto fue un tema muy controvertido en su política nacional. De hecho, en las elecciones presidenciales de 1916, Wilson consiguió la reelección haciendo campaña a favor de mantenerse fuera del conflicto. Si bien la opinión pública americana simpatizaba claramente con los aliados y se les apoyaba concediéndoles créditos y vendiéndoles bienes, no parecía claro que la sociedad estadounidense quisiera comprometerse más allá de eso. Además, a pesar de la potencia económica y tecnológica del país, el ejército americano contaba con muy pocos efectivos, lo cual implicaría un reclutamiento considerable y establecer una economía de guerra.

 

Tras la victoria electoral de 1916, Wilson acaba cambiando su posición sobre la participación en la guerra. Los ataques submarinos alemanes a barcos mercantes americanos que hacían rutas al Reino Unido -y las consiguientes pérdidas de vidas americanas- indignaron a la opinión pública. La interpretación de un telegrama alemán a su embajador en México que le instaba a convencer a dicho país a entrar en guerra del lado de las potencias centrales hizo el resto. Quizás la posibilidad de no cobrar todo lo prestado a los aliados también jugó un papel importante, puesto que la guerra parecía estancada en el mejor de los casos.

 

Justificado el cambio de posición, Wilson anunció que los Estados Unidos entrarían en guerra “para poner fin a todas las guerras” y “acabar con el militarismo en el mundo”. En enero de 1918 el presidente Wilson anuncia sus famosos 14 puntos, una lista de objetivos que deberían cumplirse para restaurar una paz justa tras la guerra. El último de estos puntos consistía en la creación de una “liga de naciones”.

 

 

La sociedad de naciones

 

Finalizada la guerra, el proyecto idealista de Kant, Lord Bryce y el presidente Wilson -por el cual acabaría ganando el Premio Nobel de la Paz- se convierte en realidad. Los acuerdos de la Conferencia de Paz de París abrieron el camino para el nacimiento de la organización, cuyo pacto fundacional se establece en el mismo tratado de Versalles, entrando en funcionamiento en 1920. Los objetivos principales de la organización perseguían la promoción de la seguridad colectiva, el desarmamento, y la resolución de conflictos a través del arbitraje y la negociación. Tuvo 42 miembros fundacionales, los cuales llegaron a ser 58 en su cenit en los años 30. Como es imaginable, las potencias vencedores llevaban la batuta y, de hecho, Alemania no fue admitida hasta 1926. Paradójicamente, Estados Unidos nunca llegó a ser miembro de la organización, puesto que su Senado no llegó a ratificar el tratado.

 

Cabe recordar que tras la IGM gran parte del mundo todavía eran territorios colonizados por las potencias europeas (de hecho el control colonial fue un elemento importante para el estallido de la guerra). Los viejos imperios no estaban dispuestos a renunciar a ellos fácilmente. Aunque se permitió el ingreso de algunos territorios coloniales con autogobierno en la Sociedad de Naciones, la existencia del mismo sistema colonial se daba por garantizada. No obstante, en uno de los 14 puntos de Wilson abogaba por un equilibrio entre las demandas de las potencias imperiales europeas y los intereses de los pueblos colonizados, por lo que la autodeterminación de las naciones quedó reducida a las que formaban parte de los imperios derrotados. La emancipación de tantos pueblos africanos y asiáticos requirió otra guerra mundial para producirse.

 

Necesitaríamos otro artículo para tratar el funcionamiento, estructura y desempeño de esta organización, pero atendiendo a que 1939 estalló otra guerra mundial -aún peor que la anterior-, no hace falta mucha imaginación para concluir que la Sociedad de Naciones fracasó. Es cierto que en los años 20 y 30 sirvió para arbitrar algunas disputas, pero cuando los tambores de guerra volvieron a resonar en la vieja Europa, la Sociedad de Naciones fue incapaz de apaciguarlos. Por supuesto esto no es culpa de la organización en sí, pues al fin y al cabo quienes tenían el poder en su seno eran los Estados, los cuales la fueron abandonando paulatinamente en los años 30. No obstante, la Sociedad de Naciones fue un valioso antecedente para reconstruir esa paz perpetua con que soñaba Kant tras 1945 en la Organización de las Naciones Unidas. Por supuesto, se han seguido produciendo muchos conflictos desde entonces, pero nunca otra guerra mundial, incluso con más de 40 años de guerra fría. No es un logro menor. 
 

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