Las cadenas de la vida y la muerte: Una reflexión sobre el suicidio y la esclavitud voluntaria

21/03/2020

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En la madrugada del 2 de julio de 1961, Ernest Hemingway bajó al sótano de su casa en Ketchum (Idaho), cogió su escopeta favorita, subió las escaleras, se colocó el cañón del arma en la boca y apretó el gatillo. El suicidio, para muchos de nosotros, es un acto moralmente permisible. Incluso si efectivamente constituyera el último refugio del cobarde, y fuera por ello un acto reprochable, quienes deciden llevarlo a cabo parecen tener el derecho a hacerlo: cada uno debe decidir en última instancia si considera que su vida es digna de ser vivida, y si después de haber reflexionado suficientemente considera que no, entonces tiene la libertad de ponerle fin. O como mínimo, los demás tenemos la obligación de no intervenir para evitarlo. Esta no es una intuición moral universalmente aceptada, pero tiene un cierto apoyo en las sociedades contemporáneas.

 

Varios siglos antes, en el año 594 a.C., el legislador ateniense Solón impulsaba una profunda reforma de las principales instituciones de la región del Ática. Dicha reforma abolió, entre otras prácticas, la llamada esclavitud por deudas: hasta el momento, quienes habían asumido deudas que no podían pagar tenían la posibilidad de saldarlas convirtiéndose en esclavos (ellos mismos o sus familiares). A diferencia del suicidio, la esclavitud voluntaria no tiene mucho apoyo: de hecho, es ampliamente rechazada por la mayoría de la población.

 

De acuerdo con la visión estándar aquí descrita, la vida es un bien del que uno puede disponer según su voluntad (siempre que se cumplan determinados requisitos de competencia y razonabilidad, que evidentemente es imposible determinar con precisión), mientras que la libertad es un bien inalienable. No importa lo mucho que uno haya reflexionado acerca del valor que para él, como individuo, tiene la libertad: desde un punto de vista moral, ningún contrato de este tipo es vinculante.

 

En este artículo argumentaré que, pese a su popularidad, no es obvio que la visión estándar sea consistente. Los principales argumentos en contra de la esclavitud voluntaria parecen obligarnos a concluir que tampoco el suicidio es moralmente aceptable. Esto no implica, obviamente, que la esclavitud voluntaria esté justificada. Primero, porque uno podría optar por el otro cuerno del dilema y admitir que el suicidio no es permisible. Segundo, porque mi objetivo no es mostrar que la visión estándar sea inconsistente – sino simplemente cuestionar que su validez sea tan transparente como a veces se supone.

 

¿Por qué es inaceptable la esclavitud voluntaria? Un posible argumento es que implica liquidar la propia libertad. Cuando decido ir al cine en lugar de quedarme en casa leyendo, o cuando decido dedicarme profesionalmente a la enseñanza en lugar de fundar una banda de rock, mis elecciones tienen costes de oportunidad evidentes. Puesto que elijo una opción y no otra, estoy renunciando a ciertas alternativas. Sin embargo, en ningún momento estoy renunciando a la posibilidad de seguir tomando decisiones libres en el futuro: si hoy voy al cine no podré leer, esto es cierto, pero más adelante podré volver a elegir entre estas dos opciones. Ni las alternativas ni la posibilidad de elegir entre ellas desaparecen. Ahora bien, en el caso de la esclavitud voluntaria, la cosa cambia: cuando uno es un esclavo, no sólo está renunciando a tomar decisiones en el presente, sino que además está despojándose de su propia capacidad de elegir.

 

En rigor, esto no sería cierto si el período de esclavitud estuviera limitado en el tiempo: si el contrato de esclavitud fija con claridad el número de días que tendré que trabajar forzosamente para que la deuda quede saldada, sería falso que la esclavitud voluntaria implica renunciar para siempre a la capacidad de elegir. Una posible respuesta es que la “esclavitud voluntaria temporal” no sería propiamente un caso de esclavitud – o al menos no en el sentido en que los críticos utilizan la expresión –, que parece implicar una cierta vulnerabilidad estructural (en una relación de esclavitud genuina, uno está siempre sometido a la voluntad de su amo).

 

Supongamos que esto es correcto y que la esclavitud voluntaria implica necesariamente renunciar a la posibilidad de tomar decisiones en el futuro, lo que es inaceptable. Si esto es así, entonces también el suicidio debería ser inaceptable. La razón es muy sencilla: a no ser que haya vida después de la muerte, quien pone fin a su vida está liquidando tanto como el esclavo voluntario la posibilidad de tomar decisiones en el futuro. Quizá si la escopeta de Hemingway no se hubiese disparado, el escritor estadounidense hubiera concluido que eso era una señal de que aún le quedaban cosas por hacer en este mundo y hubiera decidido seguir con vida. Lamentablemente, la escopeta sí funcionó y su muerte le privó de tomar cualquier decisión diferente en otro momento. Por lo tanto, parece que si rechazamos la esclavitud involuntaria porque nos priva de la posibilidad misma de seguir eligiendo libremente, deberíamos rechazar el suicidio por razones análogas.

 

Alguien podría tratar de contrarrestar este argumento apelando al llamado problema de la no identidad [i]. Pensemos en el caso de una mujer que está contemplando quedarse embarazada. Consciente de que, dadas sus circunstancias actuales, podría no estar en condiciones de garantizarle a su hijo una vida feliz, finalmente decide esperar. Unos años después, cuando su situación mejora, se queda embarazada y su hijo vive una vida razonablemente feliz. Existe la tentación de afirmar que la acción de la mujer benefició a su hijo: si no hubiera esperado dos años, este hubiera nacido en un entorno mucho más frágil y su vida podría haber ido a peor. Pero esto sería erróneo: puesto que el hijo que nunca llegó a nacer y el hijo que finalmente sí lo hizo son individuos completamente diferentes (de ahí la no identidad), la comparación no es válida. El niño que no llegó a nacer no se benefició de la espera de su madre, por la sencilla razón de que nunca llegó a existir.

 

¿Cómo se aplica esto a nuestra discusión? Una posible estrategia es afirmar que el esclavo voluntario, cuando se convierte en esclavo, pierde su libertad para siempre. Sin embargo, como sigue viviendo, es él mismo – el mismo individuo – quien sufre las consecuencias de esta pérdida. En cambio, quien se suicida no sufre nada: el individuo hipotético que sufriría la pérdida de la libertad no es el mismo individuo que se suicida, por la sencilla razón de que con el suicidio cesa también su existencia. Mientras que el hombre libre es idéntico a sí mismo una vez se ha convertido un esclavo, el hombre vivo no es idéntico al hombre muerto (aunque sólo sea porque, estrictamente hablando, aquí ya no tenemos un individuo).

 

Esta respuesta es, a mi juicio, insatisfactoria. Es obvio que la existencia de Hemingway concluyó el día en que se suicidó. Pero si las cosas hubieran sido diferentes, parece extraño decir que la persona que hubiera seguido viviendo no era Hemingway (del mismo modo que, si lo pensamos bien, no parece extraño decir que el niño no nacido y el real son personas diferentes). Los filósofos que escriben sobre mundos posibles utilizan a menudo la metáfora del árbol: el pasado de un individuo son las raíces, el presente el tronco y el futuro las ramas [ii]. Mientras que las ramas provengan del mismo tronco, la identidad del individuo quedará preservada y estaremos hablando de la misma persona (Justo lo que ocurre en el caso de Hemingway). En cambio, en el caso de los niños la imagen es diferente: dado que las semillas no son idénticas, estaremos hablando de árboles diferentes (es decir, de individuos distintos con sus identidades personales diferencias). Así pues, apelar al problema de la no identidad no ofrece mucha ayuda.

 

Otro posible argumento se apoya en el igualitarismo relacional, una teoría de la justicia que señala la importancia de tratarnos los unos a los otros como iguales. Para los defensores de esta posición, lo que debería importarnos no es principalmente quién tiene qué cantidad de recursos y en qué proporción, sino qué clase de relaciones se establecen entre distintos individuos. Si en una relación social ambas partes se reconocen como iguales, esa relación es justa. Si, por el contrario, la relación es jerárquica, o implica la subordinación de una de las partes, entonces es injusta. En el caso del suicidio no habría ningún problema de justicia, puesto que no involucra relaciones interpersonales. Pero el caso de la esclavitud voluntaria, como por definición implicaría un orden jerárquico y la sumisión de un de las partes, sí sería problemático.

 

Ahora bien, no es obvio que una relación de sumisión, si es consentida (y el consentimiento es genuino e informado) sea incompatible con que las dos partes se traten como iguales. Pensemos en el caso del sadomasoquismo. Estas prácticas, por lo general, involucran actitudes de sumisión y subordinación. Pero cuando esto es producto de la decisión de adultos que han otorgado su consentimiento (no viciado), no es obvio que aquí haya una relación objetablemente desigual. En un momento determinado, las partes han decidido en igualdad de condiciones y pleno uso de sus facultades mentales que en un momento futuro uno quedará sometido al otro durante un determinado periodo de tiempo.

 

En el caso de la esclavitud involuntaria, es obvio (por definición) que las partes no han decidido en igualdad de condiciones, y la subordinación que se siga será incompatible con la igualdad relacional. Y es cierto que en muchos casos de esclavitud voluntaria, el consentimiento puede estar viciado (por falta de información, una situación de necesidad extrema, etc.). Pero si el consentimiento se otorga genuinamente, la relación subsiguiente parece compatible con la idea central del igualitarismo relacional (a no ser que esta se quiera restringir hasta el punto de excluir también las relaciones sadomasoquistas, pero esto requeriría argumentos adicionales). Podría ser, claro, que esta situación sea increíblemente improbable en la práctica. En todo caso, lo que no estaría claro es que esta situación sea conceptualmente imposible. Por lo menos no por el tipo de razones que nos ofrece el igualitarista relacional.

 

En este texto he defendido que ninguno de los argumentos examinados hasta el momento demuestra que exista una asimetría entre el suicidio y la esclavitud involuntaria. Esto me hace sentir incómodo, puesto que comparto la intuición de que la segunda es problemática en un sentido en que el primero no lo es. Sin embargo, esta intuición debe poder justificarse de algún modo y, como he tratado de mostrar, no creo que los principales candidatos lo hayan conseguido.

 

[i] Una discusión de esta tesis puede encontrarse en: "https://www.revistalibertalia.com/single-post/2019/07/25/Problema-no-identidad-conclusion-repugnante".
[ii] Esto es lo que se conoce como la teoría "ramificacionista" de los mundos posibles.

 

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