La creación de la Antigua Grecia (I): el descubrimiento

28/02/2020

Karl Briullov, Los últimos días de Popmpeya (1827–1833), Fuente: Wikimedia

 

La invención de un mito

 

Tanto la arqueología como la historia griega fueron ciencias precoces debido en gran parte a la exaltación de Grecia y de sus obras desde el mismo siglo v a. C. y que alcanzó su pleno desarrollo en la época helenística. Las conquistas del Imperio persa por Alejandro Magno (336 a. C) y la posterior creación de reinos gobernados por griegos en toda la cuenca oriental del mar Mediterráneo tuvieron una triple consecuencia: se construyó una cultura- paideia- que glorificaba las obras y a los hombres del pasado, nacieron las colecciones de los objetos de arte y tuvieron lugar los primeros momentos de una historia del arte basada en la calificación de las obras y la jerarquía de los talentos.

 

A mediados del siglo ii a. C. los romanos, enriquecidos por la explotación del mundo habitado, desarrollaron a su vez sus propias colecciones, y participaron en la valorización y el saqueo de la Grecia clásica. Durante los dos primeros siglos del Imperio, con distintas unificaciones y con más o menos discreción, emperadores como Augusto, Nerón y Adriano prolongaron el gusto de las élites republicanas por lo griego. En concreto, Augusto y Adriano hicieron reproducir las cariátides del Erecteion, el uno para el foro de Roma y el otro para su Villa de Tívoli.

 

Grecia se había convertido en un museo, como así lo atestiguan los diez libros que le dedicó Pausanias en el siglo ii. Al escribir una periégesis, - una obra en la que invita a sus lectores a acompañarlo en la visita de todos los lugares interesantes- inauguró los relatos de viajes, que hasta el siglo xix fueron la forma privilegiada de descubrir Grecia. Su importancia es grande ya que si bien no fue el primero que compuso ese tipo de guía, sí es la única conservada. De este modo, puede decirse quelos viajeros de los siglos xviii y xix aprendieron a redescubrir Grecia con un volumen de Pausanias en la mano.

 

 

La primera Grecia

 

En contra del tópico, lo cierto es que la Edad Media no olvidó del todo la Antigüedad griega, aun cuando  a lo largo de los siglos se comprendió cada vez menos por razones religiosas y culturales. El espíritu medieval estaba dominado por la fe, y la doctrina cristiana se oponía por definición a los distintos paganismos. El cierre de las escuelas filosóficas por Justiniano, en el siglo vi, marcó el triunfo del cristianismo y la ruptura con el pasado antiguo, así como la transformación de los templos en iglesias. En Occidente, los países griegos no suscitaron interés ni curiosidad, sino más bien desconfianza y hostilidad a partir del cisma ortodoxo de 1054. Las rutas tradicionales de peregrinación hacia Jerusalén, y la de comercio con el Levante Mediterráneo, rodeaban la costa sur del Peloponeso y pasaban por el archipiélago, pero no penetraban en el interior del país. Los peregrinos se interesaban únicamente por los vestigios religiosos, tanto si seguían la vía terrestre como la marítima, por lo que no se desviaban de su ruta para ir a visitar los restos de la idolatría pagana.

 

A principios del siglo xiv, y rompiendo con siglos de silencio, dos personajes jugaron el papel de pioneros en el redescubrimiento de Grecia: Cristóbal Buondelmonti, -el primero en intentar una cartografía histórica aplicada a Grecia- y Ciriaco de Ancona. Ambos eran italianos y formaban parte del movimiento humanista que se extendía por Italia. Pero mientras el humanismo se interesaba casi exclusivamente por los textos de los autores antiguos y la búsqueda de nuevos manuscritos, lo que caracterizó a los dos viajeros fue su curiosidad por el territorio y el deseo de describir fielmente lo que habían visto.

 

La obra del infatigable Ciriaco de Ancora fue más amplia y diversa, hasta el punto que hoy se le considera el fundador de la arqueología. Sus primeros viajes despertaron su curiosidad por los monumentos del pasado que encontraba. Hacia 1420 comenzó a copiar inscripciones en Roma, y como autodidacta adquirió algunos conocimientos arqueológicos y epigráficos. Llegó a la convicción de que «los monumentos y las inscripciones son testimonios más fieles de la Antigüedad clásica que los textos de los autores antiguos». Decidió aplicar ese principio y recopiló en un libro, Antiquarium rerum commentaria, todos los testimonios de la Antigüedad que encontró en sus viajes. Se sabe que preparaba científicamente sus periplos y que además de mapas y portulanos usaba como guía las obras Geografía de Ptolomeo y la Historia Natural de Plinio. Ciriaco realizó varios viajes a Grecia entre 1434 y 1448, visitando todas las regiones que conforman la Grecia actual. Fue el primero en conceder un papel primordial a los vestigios materiales para reconstruir una civilización y en tener conciencia de su importancia histórica. Hicieron falta muchos siglos para que se impusiera esa evidencia.

 

 

La fascinación de Grecia

 

Mucho antes de la caída de Constantinopla en 1453, los turcos habían iniciado la conquista de los territorios helénicos. Les bastaron pocos años para anexionar toda la Grecia continental. En el siglo xvi les llegó el turno a Rodas, Chipre y las Cícladas; Creta fue la única que resistió hasta el siglo xvii. La firma de las Capitulaciones y el establecimiento de misiones católicas, principalmente de jesuitas y capuchinos, favorecieron los contactos con los países helénicos. En el siglo xvi Grecia no era un objetivo de viaje en sí mismo, se visitaba de paso hacia Jerusalén y Constantinopla. Así pues, había numerosos peregrinos, mercaderes y, como novedad, miembros de las misiones diplomáticas.

 

Los nuevos viajeros eran más numerosos y también más cultos, tenían en común un espíritu original caracterizado por la curiosidad de ver cosas nuevas y el interés por los hechos geográficos y por la historia de la Antigüedad. Resumidamente, formaban parte de la corriente de pensamiento humanística, que se había visto reforzada por el éxodo de intelectuales bizantinos hacia los países occidentales después de la conquista turca.

 

Entre estos viajeros, algunos eran auténticos eruditos, como el naturalista y médico Pierre Belon, otros escondían bajo un barniz de cultura antigua las tradiciones y supersticiones heredadas de la Edad Media, como el monje André Thevet. En conjunto, los relatos que nos han llegado son bastante pobres y escuetos, y muestran una gran ignorancia sobre el estado de Grecia. Hubo que esperar al siglo xvii para que se inaugurara la era de los grandes viajes a Grecia, frecuentemente organizados por coleccionistas. Apuntar en este sentido que el coleccionismo no solo fue un signo de prestigio para los grandes y para los eruditos acaudalados, sino también el indicador de un interés más objetivo por los vestigios del pasado, considerados ya no únicamente bajo el ángulo de la curiosidad, sino también como material científico. En los albores del siglo XVII, el pionero en Inglaterra en este terreno fue el conde de Arundel, imitado por el rey Carlos I y el duque de Buckingham. Arundel, un diplomático apasionado por el arte ,concibió el proyecto de ir a buscar a Grecia esculturas e inscripciones y así poder «trasplantar la Grecia antigua a Inglaterra».

 

Francia no se quedó atrás, Luis xiv y Colbert tuvieron la idea de utilizar a los embajadores de Francia en Constantinopla para ampliar sus colecciones y bibliotecas. Entre ellos se destacó la sorprendente figura del Marqués de Nointel, su periplo por Levante, durante el cual se detuvo mucho tiempo en las Cícladas donde realizó una exploración completa y minuciosa. Además, el marqués quiso dar a ese viaje un tono científico, y solicitó de los cónsules y misioneros establecidos en Grecia informes sobre los pasos y el estado presente del país. En 1674, el embajador hizo su entrada en Atenas y recibió el permiso de visitar la acrópolis, quedando fascinado por el esplendor de las construcciones y de su decoración, siendo el primero en considerarlas superiores a las romanas. El Marqués de Nointel mandó realizar los dibujos de las doscientas figuras de los frontones, las metopas y los frisos del Partenón, de los que una parte desapareció definitivamente en el bombardeo de 1687 en el marco de la guerra de la Liga Santa contra el Imperio Otomano.  

 

Los misioneros franceses enviados a Grecia habían recibido una sólida formación intelectual y ejercieron una influencia en la salvaguardia y el estudio de los monumentos. Dado que los extranjeros eran tratados como sospechosos por los turcos, tenían prohibido dibujar o hacer esquemas. Con todo, los padres espirituales aprovecharon su situación para confeccionar el primer plano de la ciudad. Algo más tarde apareció el relato del padre Babin, un jesuita misionero en Grecia; la descripción que dio de Atenas coincide bastante con el plano de los capuchinos, el estudioso Jacob Spon la consideró tan completa y seria que decidió publicarla. Spon exploró unos años más tarde la ciudad de Pericles, con Pausanias en una mano y el libro del padre Babin en la otra. Se entiende así porque Jacob Spon ocupa un lugar privilegiado entre los estudiosos que contribuyen al nacimiento de la arqueología, término que acuño en el prefacio de su obra epigráfica: Miscellanae eruditae antiquitatis. Consideraba que la aportación de la filología clásica no era suficiente para el progreso de las ciencias históricas, y que había que dirigirse a otras fuentes, como las inscripciones y los monumentos.

 

Spon dirigió en Atenas la primera gran exploración arqueológica. La ciudad del siglo xvii ya no era lo que había visto Pausanias. El terreno estaba cubierto de viviendas, iglesias bizantinas, mezquitas y también ruinas. En la acrópolis proliferaban entre los monumentos las construcciones para alojamiento de los soldados. La investigación en ese suelo sin despejar era casi imposible, y a ello había que añadirle la vigilancia de la guarnición y la hostilidad de la población. Sin embargo, los monumentos eran entonces numerosos y estaban mejor conservados que ahora. Los grandes recuerdos relacionados con la historia de la ciudad la protegían sin duda de los ojos de las autoridades; estaba prohibido tocar las esculturas del «templo de los ídolos», como los musulmanes designaban al Partenón. En el curso de su itinerario, Spon se esforzó por restituir a los lugares y monumentos su nombre y su origen, confrontando sus observaciones con los testimonios de autores antiguos. Además, consiguió corregir bastantes ideas erróneas: identificó el templo Atenea Niké, interpretó correctamente el monumento de Lisícrates y en la Torre de los Vientos, comúnmente llamada «tumba de Sócrates», reconoció un reloj hidráulico.

 

 

Las ruinas de Grecia

 

En el siglo xviii, Grecia estaba de moda y a ella afluían los viajeros. A las categorías tradicionales de viajeros se añadían artistas y jóvenes de las clases acomodadas que, después de terminar sus estudios, completaban su educación con un periplo por el Mediterráneo, lo que se llamaba comúnmente «El Gran Tour». Todos escribían a su regreso, y las publicaciones de esos relatos de viajes, cada vez mejor ilustrados, eran grandes éxitos en librerías. Así pues, asistimos a un retorno a lo antiguo, a sus valores estéticos y morales. Grecia, «patria de las artes, educadora de gusto», se convirtió en la escuela de Europa. No todo había cambiado en el siglo xviii, se seguían enviando misiones oficiales. La mayor parte de las misiones tenían como objetivo descubrir medallas y manuscritos antiguos para la Biblioteca Real; una de estas tuvo lugar durante el reinado de Luis xv. El abate Fourmont se vanaglorió de haber destruido Esparta y de aportar gran cantidad de inscripciones, unas auténticas y otras falsas. Hacia el final de siglo, el gran helenista ilustrado Jean-Baptista D’ Ansse de Villoison prosiguió esa incansable y bastante decepcionante búsqueda de manuscritos y recogió inscripciones antiguas.

 

Los arquitectos en busca de nuevas referencias abrieron el camino a los estudios de arqueología tal y como los conocemos ahora. El descubrimiento de Herculano en 1738 y Pompeya en 1748, renovaron el conocimiento de la Antigüedad. Estudiosos y artistas entraron en contacto directo con la civilización profundamente influida por la Grecia clásica y helenística: copias de originales griegos en escultura y frescos inspirados en la pintura griega de caballete. La exploración de los templos de Sicilia revelaron el orden dórico griego sin basa, que desconcertó a los arquitectos por sus proporciones.

 

Los primeros en acudir allí fueron dos ingleses: el pintor James Stuart y el arquitecto Nicholas Revett. Ambos se habían interesado por la arqueología y elaboraron el proyecto de «Conocer, medir y dibujar las antigüedades de Atenas». De 1751 a1753, Stuart y Revett vivieron en Atenas; después visitaron el archipiélago, donde también realizaron bocetos. Confeccionaron un plano de la acrópolis, dibujaron los edificios minuciosamente, los analizaron e incluso excavaron. El resultado fue la obra: The Antiquities of Athens and Other Monuments of Greece, acompañada por láminas, grabados y cartas.

 

David Le Roy fue un arquitecto y huésped de la Real Academia de Francia en Roma que realizó un viaje de estudios a Grecia al mismo tiempo que los anteriores ingleses. En 1758 publicó su obra Les ruines des plus beaux monuments de la Grèce. Era la primera vez que se reproducían los edificios helénicos, la primera vez que alguien estudiaba el orden dórico griego y su evolución a través de las proporciones. También dio a conocer el orden jónico del Erecteion. Pero los dibujos de Le Roy carecen de exactitud y dejan demasiado margen a la imaginación y a la fantasía. Evidentemente estaba influido por la moda de la representación de ruinas, tan característica del siglo xviii, que Piranesi había contribuido a extender.

 

Los arquitectos no fueron los únicos en contribuir a la formación de una ciencia arqueológica moderna, otros hombres como el Conde de Caylus y Johann Joachim Winckelmann participaron de ella, ambos orientaron la búsqueda de las antigüedades hacia el estudio del arte. Los dos sintieron pasión por Grecia, lugar adonde ninguno de los dos consiguió ir. El Conde de Caylus jugó un papel importante como arqueólogo al romper  con la tradición filológica y proponer «mirar los monumentos como prueba expresión del gusto que dominaba en su siglo y su país». En la misma época Winckelmann «inventó» la historia del arte griego, por lo que fue considerado un revolucionario en su modo de concebir las artes. Intuyó la existencia de una civilización griega no alterada por la tradición romana. Basó su teoría estética en la búsqueda de la belleza ideal, encarnada para él en el Apolo del Belvedere, el Laocoonte y la Venus de los Médicis, que proponía como modelos para los artistas: «el único método que tenemos de ser grandes e imitables, si es posible, es imitar a los antiguos». En su obra Historia del arte en la Antigüedad, formuló la idea de la evolución del arte que «nace, florece y perece con las civilizaciones en cuyo seno se desarrollan». Intentó una clasificación del arte griego, basado en la noción del estilo: antiguo o período arcaico, sublime o estilo elevado de Fidias, bello o estilo de Praxiteles y decadente o estilo de los imitadores. Construyó su historia del arte griego a través de las copias romanas de los originales o de estatuas helenísticas de las que ignoraban la fecha y se consideraron clásicas.

 

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