¿Nunca hubo dos bandos? Charla con Antonio Rivera sobre la historia del terrorismo vasco

Lucía Hernández @luhervell

 

Incluso con la disolución definitiva de ETA en 2018, la violencia que ha atravesado la historia reciente de Euskadi sigue estando muy presente, esta vez en lo relativo a su memoria y comprensión. Es por eso que hoy charlamos con Antonio Rivera, editor del reciente libro “Nunca hubo dos bandos. Violencia política en el País Vasco, 1975-2011” (ed. Comares, 2019), en que diversos autores reflexionan sobre el terrorismo vasco desde sus inicios hasta la actualidad.

 

-El período que el libro estudia con detalle se extiende de 1975 hasta 2011; sin embargo, las primeras cincuenta páginas se centran en el siglo XIX y el XX. ¿Qué hay en el carlismo o en otros movimientos políticos tradicionales como el nacionalismo que nos sirva para entender ETA?

 

Todo y nada. Me explico. Es un asunto complejo porque el propio relato terrorista ha tenido especial empeño por establecer una continuidad histórica entre el pasado más remoto vasco y la justificación del recurso a la violencia política. A través del argumento final del “conflicto vasco” se trataría de establecer un continuum histórico justificado por una confrontación permanente entre el País Vasco y España, que se remontaría a tiempo casi inmemorial y que tendría en las dos guerras civiles carlistas e incluso en la última de 1936 una dimensión nacional –en esos términos de Euskadi-España- y no lo que fueron: guerras en el marco del conflicto internacional entre liberalismo y antirrevolución en el siglo XIX, o explicadas por la alta tensión también internacional característica de los años treinta del XX. Tal cosa es una exageración ahistórica, pero precisamente por eso he querido empezar el libro con una reflexión acercándome al mismo procedimiento de ver cómo en los dos últimos siglos se va construyendo un Nosotros vasco cada vez más depurado y excluyente, que encuentra su Otro reflejo no solo en el exterior, sino también en el interior, en el “mal vasco” o “vascongado bastardo”, y ver cuáles son los motivos y procesos que lo explican. Esto no es exclusivo del País Vasco porque todos los localismos nacionalistas fuerzan esa mirada dicotómica Nosotros-Ellos. Lo que sí es específico es la deriva que este proceso toma en los años sesenta hacia un Nosotros criminal, explicado a partir de la conjunción de diferentes factores internos y externos: la crisis de identidad provocada por la acelerada industrialización, la pugna dentro del nacionalismo vasco entre dos generaciones, la popularidad en algunos ámbitos activistas del tercermundismo anticolonialista, los efectos del debate en torno al Concilio Vaticano II o la tercera ola internacional de terrorismo y su adopción o legitimación por diferentes grupos nacionalistas y de la Nueva Izquierda. El objetivo es ver hasta qué punto esa construcción de un País Vasco “con dos bandos”, con dos comunidades o realidades sociales o políticas, prospera o no en los dos últimos siglos y a partir de qué postulados e intenciones. La conclusión es que ese intento no se consolidó, a pesar de que en determinados momentos, sobre todo bélicos, sí que se produjo tal situación, pero no así durante los años de continuidad del terrorismo, a pesar de los intentos de ETA y de su entorno por presentarse como genuina representante del auténtico pueblo vasco, lo que empujaba al “resto del mundo” a ser opositor del mismo, el bando contrario.

 

 

-¿En qué términos la secesión ya era una posibilidad teórica a mediados del siglo XVIII? ¿Qué significa que el fuerismo planteara por boca de alguno de ellos en instantes muy puntuales la secesión vasca en paralelo de su afirmada españolidad?

 

La idea de secesión solo puede ser contemporánea de la idea de nacionalidad moderna. Las referencias preliberales, en el siglo XVIII, no son tales. Como tampoco lo son las amenazas conservadoras vasquistas en el siglo XIX, cuando ante la emergencia de instantes progresistas (Cortes de Cádiz, Trienio Liberal, revolución de 1848, Sexenio Democrático; luego la Segunda República) formulan el argumento de que esa cultura política democrática, moderna y laicista es antitética de la esencia vasca, tenida por tradicionalista y teocrática, integrista. Cuando eso ocurre la idea local que prevalece, con fueristas extremos o con carlistas (luego a veces con nacionalistas o con tradicionalistas en los años treinta del siglo XX), es separarse de España provisionalmente para no aplicar esa legislación contraria. Pero en ningún caso, hasta la emergencia del nacionalismo vasco, se plantea una idea seria de secesión porque, a la par, esos grupos son profundamente españolistas. En todo caso, sí que muestran cuáles son las prioridades de ese mundo tradicional y cómo el argumento de la nacionalidad es secundaria cuando lo que se pone en tela de juicio es la cuestión religiosa o una política más avanzada. Con el nacionalismo vasco todo esto cambiará porque el integrismo sabiniano pone a su servicio originalmente la demanda nacionalitaria en la continuidad de crisis española que va de 1876 a 1898, pero luego, en los años treinta, y sobre todo con la guerra civil, esa relación se invierte y acaba imponiéndose el discurso nacionalista (y luego el abiertamente antiespañol y secesionista, ya claramente con ETA en los sesenta).

 

 

-Como indica el título, una de las tesis principales de la obra es que en el País Vasco se enfrentaron diferentes tipos de violencia, que nunca hubo dos bandos asimilables a los de una contienda bélica (p. 72 y 97). ¿En que se basa esta distinción?

 

Antes lo señalaba ya: hubo diferentes violencias (de las diferentes marcas de ETA, de los Comandos Autónomos Anticapitalistas, de bandas de extrema derecha, de estas ligadas a efectivos policiales con anuencia callada de sus mandos en el final del franquismo e inicio de la Transición, de grupos parapoliciales establecidos, luego de los GAL, de excesos policiales…), pero solo una de ellas, la de ETA, establece una continuidad en el tiempo, tiene un proyecto político preciso y el apoyo declarado de una parte de la población vasca. Las demás no tuvieron en ningún momento ninguno de esos tres factores y solo operaron reactivamente, sin llegar a constituir en ningún momento una suerte de alter ego del terrorismo ultranacionalista, la expresión violenta de otra comunidad beligerante de la referida. Eso no pasó, aunque en diferentes situaciones –por ejemplo, durante los inicios de la Transición y hasta entrados los años ochenta- la acumulación de violencias generaba una impresión de “una y otra”, una justificada o sostenida en la acción de la otra, y así respectivamente. Un estudio pormenorizado de cada uno de esos momentos nos lleva a la conclusión de que, aunque algunos agentes, indistintamente, contribuyeran por activa o pasiva a generar esa idea de “dos bandos”, en ningún caso fue tal la realidad ni esta se consolidó en el tiempo. El terrorismo de ETA no tuvo su otro yo para justificarse, e incluso no lo tuvo en el crítico y delicado mundo de las víctimas, que siempre renunciaron a la venganza o a alentar un discurso contrario, con lo que la violencia del ultranacionalismo se quedó sin reflejo ni argumento legitimador.

 

 

-Dicho esto, ¿no podría afirmarse que detrás de determinados excesos policiales sí se escondía la afirmación de un proyecto político -para simplificar: la vuelta al franquismo- y que, por tanto, esta violencia sí puede equipararse parcialmente en lo cualitativo a los asesinatos etarras?

 

Sí que podría pensarse así, pero sabemos que ninguno de esos grupos –ATE, AAA o similares; tampoco luego los GAL- desarrolló una mínima tesis en torno a la cual proporcionar una lógica a sus actuaciones. Es claro, como señalas, que tenían la intención de impedir la transición hacia una democracia (ahí coincidían con ETA), y que en ese anti se puede ver un argumento “político”, pero no tuvieron consistencia ni argumental, ni en el tiempo, ni en ningún tipo de respaldo social. No fueron sino los coletazos más extremos de una dictadura que en sus sectores más represivos y duros pretendía mantenerse y, sobre todo, actuar contra quienes tomaba por contrarios, ya fueran los otros terroristas o líderes sindicales o de partidos de la izquierda. No se olvide que esos grupos parapoliciales y de extrema derecha también actuaron en el resto de España y no por eso les atribuimos una importancia política que no tuvieron. Recuérdese cómo ponen en jaque al país por ejemplo en aquel enero de 1977 con los atentados de los abogados de Atocha en Madrid.

 

 

-¿Qué significa que ETA buscaba generar la “levadura de la represión”? ¿Podría decirse que los abusos policiales y la violencia del Estado acabó por reforzar a ETA?

 

Claramente. Uno de los hallazgos estratégicos más “felices” de ETA (por eficaces para su empeño) fue el de “acción-represión-acción” que formularon entre 1964 y 1965. Consistía en provocar a un Estado dictatorial que, acostumbrado a responder con una fuerza exagerada e imprecisa, generaría entornos sociales de los terroristas afectados por la represión que, sin solidarizarse con la causa de estos, empatizaría con su situación de perseguidos e incluso coincidiría también como afectado por esa misma represión. En ese sentido, ETA estaba interesada en esa acción desmedida del Estado o incluso en el terrorismo contrario parapolicial y de extrema derecha. Digamos que cooperaba a su estrategia, aunque lógicamente no desearían el mal para ninguno de los suyos o sus allegados. En la medida en que la policía se fue democratizando y sus actuaciones fueron acorde a lo que dice el Estado de Derecho y más precisas a la hora de actuar solo contra el núcleo terrorista, la deslegitimación del Estado en el País Vasco fue perdiendo enteros y justificación. Mientras no fue así, o cuando se acudió a un esquema de terrorismo “vigilante” parapolicial, con los GAL, eso dio vida a ETA porque sí que generó la impresión de que dos bandos pugnaban entre sí. A la vez, eso desarmó durante un tiempo la reacción ciudadana, atrapada entre dos fuegos inaceptables e incomprensibles. Pero eso solo ocurrió en determinados momentos, no a lo largo del tiempo, y, desde luego, antes de 1986, cuando los GAL desaparecieron. Luego, el esclarecimiento de sus crímenes o el hallazgo de los restos de los asesinados Lasa y Zabala dieron más fuelle a esa legitimidad de una violencia “defensiva” de parte de ETA.

 

 

-En la página 120 se afirma que el diseño continuista de la lucha antiterrorista “disculpó reiteradas prácticas inaceptables en un Estado de derecho” y que los GAL constituían una “maquinaria” más “institucionalizada” en la utilización de la violencia que, además contribuyó significativamente al fin del “santuario francés” y, con ello, al desmantelamiento del grupo terrorista. Poco después se les tacha de “grupos terroristas” dirigidos por el Ministerio del Interior (p. 121), que “reforzaron la comprensión social de la violencia etarra” (p. 122) y que estos fueron un “éxito de la labor de provocación de ETA” (p. 173). ¿Cuál es entonces la valoración final y de conjunto que se propone en el texto sobre los GAL?

 

Como acabo de señalar, los GAL proporcionaron a ETA una decena de años de vida más y mucha legitimación indirecta de su continuidad. Además, los GAL representan lo peor que puede ocurrir en estos procesos: que el Estado eche mano de recursos que le desautorizan, que le niegan por completo. El Estado detenta el uso de la violencia legítima; cuando acude a procedimientos ilegítimos es él el que se deslegitima y, por efecto rebote, contribuye a dar legitimidad a grupos terroristas que no la pueden tener salvo que argumenten combatir un Estado ajeno al Derecho. Eso es lo profundo que se encierra en un caso como los GAL: un ciudadano que tiene que ser defendido por el Estado con arreglo a determinados preceptos de legalidad se siente desamparado cuando ve que este mismo se maneja en el mismo terreno que los terroristas que le amenazan. Parece claro que la acción terrorista de los GAL en Iparralde y su ciega actuación contra entornos de ETA –y otros ajenos, que son los que más sufrieron con sus actuaciones- puede ser uno de los factores que explican que Francia dejara de contemplar el asunto como algo ajeno. Pero ni siquiera esa consecuencia favorable puede equipararse ni lejanamente con el desgaste sufrido por el Estado con su conexión con esa banda.

 

 

-En una línea similar, ¿se puede concluir que el estilo conciliador por el que Suárez apostó (pp. 89-91), y que tantos problemas y críticas le supuso entre los sectores más involucionistas de la Transición, contribuyó a rebajar la situación de violencia?  (¿La “mano izquierda” fue más eficaz que “la mano dura”?)

 

El autor de ese capítulo, Luis Castells, así lo señala. Suárez tendría una sincera intención de rebajar la tensión terrorista en el País Vasco y sabía que eso empezaba haciendo algo con una policía desatada, desobediente a su mandato, acostumbrada a fórmulas de la dictadura y acosada cada vez más por las diferentes marcas de ETA. El Estado, concluye el autor, estuvo entonces, en los últimos setenta y en los primeros ochenta, absolutamente desarbolado, lo que no constituye excusa para sus excesos, pero sí explicación de su incapacidad. La practicidad de Suárez con el problema terrorista encuentra su punto culmen en la amnistía total a los activistas de ETA político-militar después de que estos depongan definitivamente las armas, evitando volver sobre la investigación de casos: de hecho, la mayor parte de esos trescientos crímenes mortales terroristas sin resolver se fechan en esos años, cuando los sistemas policial y judicial se mostraban incapaces de atender la cuestión, y cuando Suárez tiró por la calle del medio y trató de resolver el problema a toda costa, a sabiendas de que este ponía en peligro, como se demostró el 23-F, la continuidad del proyecto democrático.

 

 

-¿Qué explica que la violencia policial “se diluyera” (p. 97) mientras la ejercida por ETA se mantuviera y aumentara?

 

La violencia policial no se diluye; se hace más profesional, más eficaz y más democrática conforme pasan los años. Esta es una conclusión fuerte a la que había llegado ya la historiadora francesa Sophie Baby en su estudio sobre la violencia durante la Transición. En la medida en que eso ocurre, la deslegitimación del Estado en el País Vasco, su rechazo, remite. A cambio, el terrorismo de ETA cada vez se hace más extensivo en sus posibles víctimas porque cada vez es más exigente en la determinación de quiénes son “los nuestros” y quienes los enemigos. Al final, tras la puesta en marcha de la estrategia de la “socialización del sufrimiento”, a mediados de los noventa, y su resultado de la combinación de magnicidios (asesinato de personas relevantes, cargos institucionales…) con terrorismo difuso ubicuo y de baja intensidad (kale borroka), todo tipo de ciudadanos es susceptible de ser víctima, bien por pertenecer a colectivos profesionales cada vez más amplios (representantes políticos, periodistas, jueces, profesores, empresarios, policías de todo tipo…) o por estar en el momento y lugar indebidos al actuar el terrorismo callejero. El resultado es que la relación victimario-víctima-sociedad se invierte y los terroristas empiezan a perder la partida, precisamente por su mala elección estratégica.

 

 

-¿Qué hubo (o hay) de cierto en aquello de “Otros mueven el árbol y nosotros cogemos las nueces”? ¿Este tópico sirve para comprender la política vasca en democracia (la organización territorial del Estado, el sistema fiscal, etc.)?

 

La afirmación casi textual es del máximo mandatario nacionalista durante un par de decenios, luego algo tendrá de razón y menos de tópico. En todo caso, sirve para entender una parte de la política vasca. Desde el principio de la Transición el PNV rentabilizó políticamente su papel de interlocutor privilegiado con los gobiernos españoles, su conversión por estos en representante político privilegiado de todos los vascos. En ello había un temor a que el PNV cayera del lado de la izquierda abertzale y ETA, y que con ello la situación vasca se hiciera totalmente ingobernable. Es lo que el profesor Javier Corcuera llamó “el peligro o la amenaza carlista” y que fue lo que manejaron los fueristas vascos del XIX para obtener réditos en su relación con los moderados que gobernaban el país: o nosotros u otra sublevación carlista. Hoy, cuando el PNV encara unas nuevas elecciones autonómicas consiguiendo el traspaso de la gestión de la Seguridad Social, se confirma plenamente que los gobiernos españoles han necesitado a ese partido, bien para mantener el equilibrio en el País Vasco, bien para conseguir sus votos en las Cortes, lo que en un caso y otro ha redundado en una cierta inutilidad de sus homólogos vascos (fueran de la UCD o luego del PSOE o del PP) para representar a parte de esa comunidad: prefiere la interlocución con los nacionalistas que le dejan gobernar España aunque sea al precio de desaparecer como Estado en esa comunidad o de hacer que los recursos, en lugar de ir de la parte rica a la pobre, transiten en sentido contrario. Por no hablar de la transferencia del poder a una élite local nacionalista y el desequilibrio consiguiente de fuerzas del resto de partidos que compiten con ella, empezando por los correligionarios de los gobernantes españoles. Pero es lo que han querido todos los gobiernos que en Madrid han sido. Eso es lo que hay de cierto y en absoluto de tópico. Luego, la política vasca es un poco más complicada que todo eso.

 

 

-Para muchos, la dispersión de los presos de ETA es una medida injusta e ilegal con la que castigar especialmente a los etarras (y a sus allegados). No obstante, en la página 125 parece sostenerse que el inicio de esta política hacia 1988, con la llegada de Enrique Múgica al Ministerio de Justicia, tenía un fin contrario: facilitar su reinserción. Pasados ya muchos años, ¿qué opinión le merece la política carcelaria seguida con los terroristas? ¿Es momento de cambiarla, como se sostiene por determinados sectores políticos?

 

La dispersión de presos de ETA no es una medida ilegal; de haberlo sido hace muchos años que estaría derogada. Sobre los criterios de justicia, es opinión de cada cual. En su origen, en los ochenta, la dispersión fue apoyada por el PNV (no el alejamiento como medida) porque entendían que una concentración de presos en unas pocas cárceles ejercía sobre los menos partidarios de la banda una coacción insuperable. No tengo criterio sobre si su aplicación durante años ha sido o no eficaz para ese cometido. Sí que parece que, una vez desaparecida ETA, su sentido no puede ser el mismo y, sin duda, hace ya tiempo que debiera haberse reformulado esa estrategia y cuestionado ese criterio de dispersión y alejamiento.

 

 

-¿Qué significan los conceptos “equiparación de las víctimas”, “panvictimismo” y “macrovíctimas” empleados reiteradamente en el penúltimo capítulo? ¿Qué tipo de memoria histórica se propone en la obra?

 

El libro plantea algo que reconoce la propia legislación de víctimas: todas las víctimas de cualquier violencia son iguales en su consideración y en la necesidad de aplicar el trinomio verdad-justicia-reparación, pero todas las víctimas son distintas en su sentido político, porque este no depende de ellas, sino de la intención que tenía cada victimario cuando atentó. Eso es lo que nos explica la intención vicaria que tenía cada atentado, porque en el terrorismo y en el uso de la violencia para lograr objetivos políticos la víctima opera como intermediario entre el criminal y la sociedad (y el Estado), porque trata de conseguir efectos y cambios en estos actuando sobre aquella. Entonces, si no distinguimos a las víctimas por ese sentido político que le transfirió el criminal con su acción no podemos entender el objetivo político que tuvieron tales hechos, ni tampoco podemos plantearnos políticas de memoria que traten de recuperar exactamente lo que se ha perdido o erosionado con esas acciones criminales. Por eso las políticas de memoria tienen que hablar más de terrorismo (lo específico del caso vasco) que de derechos humanos (algo universal), de un terrorismo con un proyecto político definido (ultranacionalista) y no de violencias en general, por eso se trata de distinguir en los objetivos políticos de la acción y no de mezclar y confundir bajo el argumento de “todos hemos sufrido”, por eso hay que recuperar la parte de democracia y de Estado de derecho que deslegitimó ETA con su acción y no preocuparnos tanto por un perdón o una reconciliación que se produce en un plano más personal que público. Tenemos que evitar la privatización de las víctimas, el que se restrinja su realidad a su ámbito privado, olvidándonos de qué se quería hacer políticamente cuando se atentó contra ellas. El “panvictimismo”, la confusión entre todo tipo de víctimas, su mezcla, son cosas que se cuestionan en el libro y, en concreto, en ese penúltimo capítulo.

 

 

-En las páginas 171-174 se advierte que si bien ETA ha desaparecido como organización, el discurso del odio sigue vivo e integra una pieza fundamental de la sociedad. ¿Qué motiva esta afirmación?

 

La evidencia y la crónica diaria de los últimos años. La dirección política de la izquierda abertzale se niega a reconocer que aquella decisión de utilizar el terrorismo para sus objetivos fue algo criminal y antidemocrático. Lo hacen así porque de lo contrario se cargarían dos generaciones de terroristas –muchos de ellos, unos doscientos, todavía cumpliendo penas para muchos años-, casi mil víctimas mortales, cincuenta años de trayectoria y todo el dolor que han causado. Después de eso tendrían que desaparecer, pero no están por esa labor ni sus seguidores cuando mataban (o justificaban el terror) han dejado de apoyarles. Quizás si denunciaran su pasado se podría producir esa escisión en su cuerpo social. De manera que están atrapados por ese pasado: no pueden renunciar por completo al mismo porque se distancian de su base social y, sobre todo, del argumento que más moviliza a esta, los presos que tienen aún; pero si no lo hacen siguen siendo rehenes de su historia y no se pueden presentar como otra opción política más porque todos sabemos quiénes son. Solo les va a “amnistiar” el paso del tiempo, cuando consigan definitivamente como en Irlanda que al Siin Fein le voten jóvenes ajenos a ese medio siglo de dolor a los que atrae, por ejemplo, su política de vivienda, pero que se muestran ignorantes e indiferentes de todo el mal que hicieron o sostuvieron. Por otra parte, cincuenta años de política sectaria –hasta llegar al extremo de matar al oponente político y hacerlo a espuertas- no se borran en uno o dos lustros. Es gente educada en la eficacia del terror y del temor sobre el oponente, a los que se enseñó que es mejor empujar que convencer. A esa economía de medios no se renuncia si no tienes enfrente una fuerza superior a la ventaja que obtienes. Por eso nos falta mucho camino por andar para que buena parte de esa mentalidad sectaria se diluya y se incorporen al trabajoso procedimiento de convencer con la palabra y los pacíficos hechos de la bondad de tus argumentos.

 

 

-Para concluir. ¿Qué hacer para que esto no sea así?

 

Entre otras cosas, escribir libros como este, comprarlos y leerlos, y difundir lo que se pueda aprender en ellos. No es solo que el pasado traumático no se puede olvidar porque si no lo podemos volver a repetir. Es que, además, sería un nuevo crimen sobre esas víctimas el proceder al olvido de lo ocurrido, a su desfiguración, a su disolución en una mentira del tipo “todos sufrimos mucho”, a su equiparación (“hubo violencias de uno y otro bando”), a su negacionismo, en definitiva. Hay muchas cosas que hacer. Nosotros, como historiadores contemporaneistas vascos, contemporáneos con el tiempo y el lugar donde nos ha tocado en suerte vivir, creemos que hay que hacer lo que hacemos. Por eso lo hacemos.

 

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