Reseña: “Una teoría de la democracia compleja” (Galaxia Gutenberg, 2020), de Daniel Innerarity

14/02/2020

Boston Public Library @bostonpubliclibrary

 

Decía John Rawls, uno de los filósofos políticos más influyentes del siglo XX, que una tarea fundamental a la que puede aspirar el teórico de la política es lograr la reconciliación de los ciudadanos con sus propias instituciones. Esto no consiste, insistía Rawls, en defender que vivimos en el mejor de los mundos posibles, institucionalmente hablando. Pero sí en mostrar como nuestras instituciones, “cuando se las entiende adecuadamente desde un punto de vista filosófico”, no son completamente irracionales. Hay en ellas una cierta racionalidad; o lo que es lo mismo, existen razones para que aún sigamos conviviendo con ellas [i].

 

En Una teoría de la democracia compleja, Daniel Innerarity lleva a cabo una tarea de este tipo (aunque, como veremos a continuación, no se detiene aquí). En el libro, las instituciones políticas y sociales no aparecen como imposiciones autoritarias e irracionales, de las que deberíamos deshacernos con la mayor rapidez posible. Los sospechosos habituales de la teoría de la democracia (como por ejemplo los partidos políticos o la representación política) se ven parcialmente reivindicados: los primeros, porque son capaces de estructurar, a lo largo del tiempo, proyectos políticos complejos (cubriendo así una deficiencia del activismo contemporáneo: su inmediatez y su foco en cuestiones singulares). La segunda, por otro lado, es vista como un mecanismo necesario para ajustar desigualdades en el acceso a la influencia política: si simplemente nos limitamos a aumentar la participación política, podemos acabar desatendiendo las desigualdades y asimetrías que la determinan. Frente a esta amenaza, la mediación política constituye un potencial remedio (aunque, como el propio Innerarity reconoce, también puede servir para empeorar la situación).

 

Ahora bien, en el ensayo de Innerarity la reconciliación es parcial: una vez expuestas las razones detrás de nuestras principales instituciones políticas y sociales, y una vez comprobado que no son meros accidentes producto de la irracionalidad humana, resulta difícil obviar que algunas de estas razones ya no tienen la misma fuerza en el mundo en el que vivimos. Y esta es la tesis central del libro: nuestra realidad social es cada vez más compleja, y esto exige adaptar nuestras instituciones básicas, así como también la forma en que pensamos sobre ellas. Para los propósitos del libro, esto supone transformar tanto las instituciones democráticas como la teoría de la democracia.  

 

Esta complejidad se manifiesta de diversas maneras. Una dimensión es temporal: nuestras decisiones tienen un impacto enorme sobre el futuro. Y no sólo local (pues este impacto, con intensidades diferentes, siempre ha existido), sino global: para algunos científicos, nos encontramos en una nueva era – el Holoceno – en la que las decisiones que tomamos pueden hacer peligrar las condiciones de la vida en la Tierra. Los problemas medioambientales son tal vez el ejemplo más claro de esta dimensión temporal de la complejidad. Otra dimensión de esta es espacial: dado el aumento de las interdependencias económicas (y de otros tipos), lo que ocurre en Pekín puede tener un impacto enorme sobre la vida y el bienestar de los habitantes de un pequeño pueblo de Pakistán. También hay una dimensión informacional: las revoluciones tecnológicas de la segunda mitad del siglo XX (y las que estamos viendo en la segunda del siglo XX) han supuesto un incremento formidable de la información en circulación, distribuida a través de redes, responsables entre otras cosas de vincular a un filósofo (Innerarity), usted (el lector) y yo (como redactor de esta reseña) de un modo impensable hace un par de siglos.

 

Estos procesos de incremento de la complejidad llevan siendo estudiados durante décadas por científicos de distintas disciplinas, que han desarrollado un vocabulario y un inventario conceptual indispensable para orientarse en ellos. Este vocabulario incluye expresiones como fenómeno emergente (en el que las propiedades de alto nivel de un sistema físico poseen propiedades y exhiben comportamientos que no se encuentran en los elementos que lo componen. Ejemplo: la consciencia es probablemente un fenómeno que emerge a partir de la actividad cerebral, a pesar de que las neuronas no son entidades conscientes) y causalidad no lineal (donde los efectos no son proporcionales a sus causas. Otro ejemplo: el estallido de las crisis financieras). De acuerdo con Innerarity,  estas herramientas resultan imprescindibles para entender la realidad social actual. Al fin y al cabo, si la economía, la sociología, la psicología, y otras disciplinas que estudian los fenómenos sociales están progresivamente adoptando este enfoque y su correspondiente vocabulario, ¿no debería la teoría de la democracia hacer lo mismo?

 

Una teoría de la democracia compleja presenta un esbozo de lo que podría suponer un proyecto de este tipo. El libro es largo y denso (en cuanto a su contenido), por lo que no es fácil resumirlo en pocas líneas. A lo largo de varios capítulos, Innerarity argumenta, entre otras cosas, que en las sociedades complejas el poder político está esencialmente descentralizado (de modo que ya no puede identificarse unívocamente con el aparato coactivo del estado), que la administración pública tiene una dimensión relevante para la teoría democrática, que el gobierno en una sociedad compleja exige una visión a largo plazo, global y ecológica, que tome en consideración a las generaciones futuras, a quienes viven más allá de nuestras fronteras y al propio medioambiente, que la presunta incompetencia de los ciudadanos en cuestiones políticas es menos relevante de lo que a veces se asume, que la democracia es el mejor modo para gestionar la inteligencia colectiva de una sociedad, distribuida a través de varios actores y grupos distintos, y que los efectos de la era digital sobre la democracia aún están por ver. Como puede verse, la discusión engloba una enorme variedad de cuestiones interesantes, que Innerarity aborda con un gran conocimiento de la bibliografía relevante.

 

A mi juicio, la obra tiene varias virtudes importantes. Para empezar, defiende una tesis atractiva y contiene discusiones y sugerencias intrigantes. Antes preguntaba retóricamente si la teoría de la democracia no debería unirse a la economía, la sociología y la psicología en su interés por los sistemas complejos. Personalmente, creo que esta tarea es indispensable, si no queremos que la teoría de la democracia se vuelva incapaz de dialogar con las ciencias sociales, de incorporar sus descubrimientos y de analizar críticamente sus presupuestos normativos y metodológicos. Esto nos lleva a una segunda virtud del libro: su carácter científicamente informado. Para explicar qué es la complejidad, Innerarity recurre a físicos como Philip W. Anderson o Murray Gell-Man. A la hora de discutir la competencia de los ciudadanos, menciona la obra de científicos sociales como Michael Delli Carpini y Scott Ketter (autores de un libro clásico – What Americans Know About Politics and Why It Matters – publicado en 1996), o de escépticos como Bryan Caplan, Christopher Achen y Larry Bartels. Esta voluntad de diálogo con quienes estudian empíricamente los fenómenos sociales es encomiable, y a mi juicio, una exigencia de la discusión filosófica rigurosa. Una tercera virtud del libro es que, pese a su volumen, no resulta difícil de leer: Innerarity escribe bien, con ritmo y estilo, y eso ayuda a hacer más digeribles las partes más densas desde un punto de vista teórico.

 

Aunque, tal y como he dicho, considero que el proyecto que propone Innerarity es digno de ser llevado a cabo, y encierra un enorme potencial, estoy en desacuerdo con algunas tesis sustantivas de Una teoría de la democracia compleja. Tal vez la más importante tenga que ver con los fundamentos normativos de la democracia.

 

Para Innerarity, la legitimidad democrática se justifica a partir del valor de los procedimientos democráticos. Aunque “[t]enemos buenas razones para pensar que es más probable que la democracia proteja mejor los derechos humanos o que tome mejores decisiones que otros sistemas políticos […] no se justifica por esa capacidad” (373). Esta afirmación no me parece especialmente controvertida si lo que quiere decir es que la democracia no puede justificarse apelando únicamente a partir de sus resultados. Si así fuera, no está claro cómo podría existir un sistema político legítimo, puesto que incluso los ciudadanos de las sociedades democráticas más admiradas toman en ocasiones decisiones moralmente peliagudas. Ahora bien, la tesis de Innerarity parece ir más allá cuando afirma, justo después del fragmento citado, que si la democracia dependiera de sus resultados, “entonces podríamos deducir que pierde su autoridad cuando no lo consigue” (373). A mi juicio, esta última afirmación es correcta: cuando las sociedades democráticas toman decisiones que vulneran (o no protegen adecuadamente) los derechos humanos, su autoridad se ve disminuida. Y si esto sucede de manera sistemática, entonces desaparece. Si una mayoría decide, después de un proceso de deliberación perfectamente inclusivo, y en el que se han seguido todas las normas procedimentales que uno considere pertinentes, que alguien debe ser torturado por diversión, esta decisión carece, a mi juicio, de cualquier tipo de legitimidad. Y no (o no sólo) por razones democráticas, sino porque es moralmente erróneo causar sufrimiento por diversión. De un modo análogo, si un sistema democrático es incapaz de detener o evitar vulneraciones de derechos humanos, su autoridad queda en entredicho. Aunque esto no necesariamente implica un derecho a rebelarse, sí conlleva un debilitamiento de al menos algunos deberes de obediencia a las decisiones políticas.

 

El procedimentalismo puro que defiende Innerarity se sostiene sobre dos pilares. Por un lado, hay una forma de escepticismo moral: “No hay un criterio independiente para identificar las decisiones [democráticas] correctas, y si existiera, no tenemos ningún modo de saber si disponemos de él” (373). O: “Existen cosas objetivas, por supuesto, pero la mayor parte de lo que entendemos por política tiene muy poco que ver con ellas” (374). Por el otro lado, hay un argumento moral: “Una de las principales razones para utilizar con sumo cuidado la expresión “verdad” en política tiene que ver con la experiencia histórica de en cuántas ocasiones creerse en posesión de ella ha servido para olvidarse de otras dimensiones de la convivencia más necesarias” (374). Por lo tanto, “[m]ás vale permanecer en el agnosticismo en relación con el supuesto de que es la verdad lo que crea la legitimidad política” (375).

 

Estos razonamientos me parecen incompatibles. Si aceptamos el escepticismo moral, no se sigue la democracia: se sigue el escepticismo moral. Esto afecta tanto a los criterios independientes de los procedimientos democráticos como a los que dependen de ellos. Y es que si no hay forma de conocer los primeros, tampoco podemos decir nada sobre los segundo. Frente a la objeción de que existen desacuerdos razonables sobre los primeros, cabe señalar que también los hay acerca de los segundos, como la extensa bibliografía de Una teoría de la democracia compleja atestigua. Ahora bien, y ahondando en el problema, si podemos identificar criterios normativos correctos cuando estos hacen referencia a los procedimientos democráticos, ¿qué razones a priori tenemos para negar este acceso epistémico a los primeros?

 

Por otro lado, si tenemos razones prudenciales para no utilizar la expresión “verdad” en política, esto se debe a que hay valores objetivos que pueden resultar perjudicados. No obstante, ¿cómo podría tenerse sentido esta llamado de atención si sus fundamentos normativos – el valor de la autonomía, o de la igualdad política – no pudieran calificarse en algún sentido de verdaderos? De nuevo, nos enfrentamos a un dilema complicado: si asumimos el escepticismo moral, despidámonos de la democracia (o como mínimo de teorizar acerca de lo que la hace valiosa, o incluso de asumir que lo es). Pero si renunciamos a él, surge otra pregunta incómoda: ¿por qué no podemos decir que una decisión es incorrecta si viola los derechos humanos? De nuevo, la objeción del desacuerdo no nos va a ayudar. O tratamos de justificar la asimetría entre democracia y derechos humanos, o admitimos ambas, o rechazamos ambas. Si carecemos de razones a priori a favor de la primera alternativa y la tercera nos parece inaceptable, deberíamos decidirnos por la segunda. Pero si esto es así, uno de los argumentos centrales a favor del procedimentalismo puro se viene abajo: si tanto los valores que la democracia representa como los derechos humanos importan, parece difícil de creer que los primeros van a tener siempre prioridad sobre los segundos. En mi opinión, una visión mixta (en la que los resultados determinan ocasionalmente la legitimidad democrática) es más satisfactoria.

 

En todo caso, este es un desacuerdo sustantivo que no influye en la valoración del libro, que se debe a otros criterios. Una teoría de la democracia compleja es una obra recomendable tanto para el lector que quiera asomarse a las discusiones centrales de la teoría de la democracia contemporánea como para quien ya esté familiarizado con ellas. Es bastante habitual encontrar en las librerías ensayos sobre la democracia. El libro de Innerarity tiene un elemento añadido que le permite entrar en un club algo más restringido: que uno puede aprender lecciones valiosas.

 

[i] Rawls, John [E. Kelly, ed.]. 2001. Justice as Fairness: A Restatement. Cambridge: Harvard University Press, 3.

 

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