La complejidad de la democracia: Charla con Daniel Innerarity

                                                                                                                                     Cory Schadt @coryschadt

 

Hoy charlamos con el profesor Daniel Innerarity (Investigador Ikerbasque, Universidad del País Vasco),  sobre su reciente libro “Una teoría de la democracia compleja. Gobernar en el siglo XXI” (Galaxia Gutenberg).

 

 

-La tesis central de su libro es que, frente a una realidad social cada vez más compleja, urge actualizar tanto nuestras principales instituciones políticas como el modo en que pensamos sobre ellas. ¿Es la complejidad la asignatura pendiente de la teoría de la democracia?

 

Desde mi punto de vista, sí. Debemos renovar unos conceptos políticos que fueron pensados en una época de relativa simplicidad si la comparamos con la nuestra, con el actual pluralismo social, las interdependencias de la globalización o las tecnologías que debemos regular.

 

 

-En el libro defiende que una realidad compleja requiere una epistemología igualmente compleja. Para poder cumplir esta exigencia, ¿qué tipo de prácticas y actitudes epistémicas deberíamos dejar atrás?

 

Si los científicos han dejado de pensar como Newton o Laplace, ¿qué sentido tiene que nuestras instituciones sigan siendo articuladas con una lógica mecanicista? Una de las cosas que nos enseña la evolución de la ciencia es que debemos pensar el mundo, también la política, con categorías como causalidad no lineal, caos o emergencia.

 

 

-A su juicio, “[l]a sociedad en la que vivimos es, en sentido estricto, una sociedad sin vértice ni centro” (92). Esta tesis, ¿pretende reflejar un proceso consumado, una transformación que se avecina o un ideal al que deberíamos aspirar?

 

Las dos cosas. Hablo de tendencias que ya se advierten y de líneas de solución prometedoras. Las reacciones que se observan en sentido contrario (centralización, autoritarismo, fenómenos de repliegue o cierre) expresan más bien resistencias coyunturales que posibilidades con largo recorrido.

 

-¿Por qué es la democracia un sistema especialmente adecuado para gestionar la complejidad?

 

Porque la democracia acepta una pluralidad de voces, de intereses, de niveles de gobierno, divide el poder, limita el tiempo en el que se dispone de él. Podríamos decir que la democracia cumple el famoso principio de Ashby: el sistema que quiere gestionar un entorno complejo ha de tener un grado de complejidad adecuado a ese entorno.

 

 

-En un momento del libro  defiende que “[c]uando el sujeto [político] es controvertido… [n]o hay otra solución que pensar el demos como una realidad reflexiva, discutible, revisable y abierta” (136).  Sin embargo, más adelante afirma también que la democracia “implica una cierta identidad de los que deciden y aquellos a quienes les afectan esas decisiones” (275). ¿Cómo se compatibilizan ambas afirmaciones, dado que la segunda parece ofrecer una respuesta a lo que la primera recomienda dejar sin una respuesta determinada?

 

La primera idea hace relación a la pluralidad interna de los sujetos; la segunda a la pluralidad exterior. De todas maneras, la segunda es menos identificable que la primera; no sabemos exactamente a cuantos sujetos afectan nuestras decisiones locales y por ello hemos de configurarnos como comunidades abiertas, reflexivas, dispuestas a entrar en un espacio de decisión común en el que estemos continuamente revisando (y en muchas ocasiones ampliando) nuestra responsabilidad.

 

En cualquier caso, pienso que cuanto más capaz es una democracia de respetar su complejidad interna, en mejor disposición está de internalizar los efectos de sus decisiones y abrirse a formas de gobernanza de tipo multitateral. Hemos pasado de un mundo pensado como una agregación de espacios autárquicos (los containers de los que hablaba Ulrich Beck) a otro que se sabe internamente más plural, menos autárquico y dispuesto a gestionar eso común con instituciones de gobernanza multi-nivel o plurilateral.

 

 

-La concepción del poder político como un atributo de un individuo o un grupo de individuos, que pueden coartar – por la fuerza, si es necesario – la voluntad de otros, ¿sigue siendo útil en sociedades altamente complejas?

 

Se da la paradoja de que para muchos asuntos que tenemos que gobernar (pensemos en el combate contra la crisis climática o la estabilidad financiera) se acrecienta el propio poder en la medida en que se comparte o limita. Sigue existiendo una dimensión competitiva del poder, pero cometeríamos un error si nos desentendiéramos de las dimensiones cooperativas.

 

 

-¿Por qué es importante que una democracia tenga en cuenta a quienes no pueden ejercer el derecho a voto, como las generaciones futuras o los animales no humanos?

 

Porque estamos condicionando su futuro con nuestras decisiones y un principio básico de la democracia es el derecho de intervenir en la medida en que sea posible en todas aquellas decisiones que nos afectan. En sociedades que tenían menos capacidad de destrozar el medio ambiente o de condicionar el porvenir tenía sentido aquella idea de Jefferson de que cada generación tenía que poder revisarlo todo. Este principio sigue siendo válido; el problema es que cuando llegue una próxima generación ya se lo daremos todo decidido y con poca capacidad de revertir. No tenemos más remedio que examinar nosotros la legitimidad de ese condicionamiento.

 

 

-Para algunos teóricos de la democracia, la representación (o la mediación política en general) es un mal necesario que tenemos que asumir una vez reconocemos los límites de la democracia directa. Sin embargo, usted defiende que existen razones democráticas a favor de la mediación, que no hacen de ella un simple second best. ¿Cuáles son estas razones?

 

Hay quien piensa que el ideal de la democracia sería una intervención directa y continuada de todos sobre los procesos de decisión colectiva, una especie de clictivismo permanente de individuos aislados tras la pantalla del ordenador. Mi defensa de la representación consiste en señalar que gracias a esos procesos de mediación conocemos mejor nuestros intereses y su compatibilidad con los de otros. La deliberación representativa añade calidad a las decisiones colectivas.

 

 

-¿Qué quiere decir que en una sociedad del conocimiento, la democracia debe tener una dimensión cognitiva?

 

Dos cosas: que buena parte de nuestros problemas requieren una gran movilización colectiva, generar un saber del que todavía no disponemos y que hemos de pasar de un estilo normativo a otro cognitivo, dar menos órdenes y aprender más.

 

 

-En Una teoría de la democracia compleja, la complejidad (en sus diversas dimensiones) es el concepto central. ¿Guarda la complejidad alguna relación con otro fenómeno que también ha jugado un papel importante en su obra: la perplejidad?

 

La relación entre complejidad y perplejidad parece bastante lógica. La complejidad creciente nos hace en buena parte ignorantes a la hora de entender lo que sucede y acertar con las decisiones que debemos tomar. La perplejidad es ignorancia, desconcierto, pero también lo que resulta cuando descubrimos que nuestro problema no es tanto el desconocimiento como la desorientación, que no nos falta información sino criterio.

 

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