Durkheim (I): el suicidio y la división del trabajo

Gabriel @natural


Como hemos visto en los artículos anteriores, la Revolución Francesa estimuló a muchos pensadores, que se pusieron manos a la obra a la hora de analizar las causas y consecuencias de las transformaciones sociales que iban teniendo lugar.  Desde este marco histórico, la sociología conoció un empuje totalmente nuevo, y autores como Saint-Simon, Comte o Spencer dirigieron sus esfuerzos en convertirla en la nueva ciencia positiva. Émile Durkheim (Francia, 1858-1917), de quien hablaremos aquí, no fue una excepción. Si bien reconoció los aportes de sus contemporáneos, no dejaba de ver en ellos aún conceptos filosóficos y metafísicos, de los cuales, la sociología debía divorciarse por completo. Durkheim criticó duramente el hecho de que la ley de la evolución social preconizada por Comte y por muchos de sus contemporáneos pecaba de un error metodológico: al tratar de demostrar empíricamente un postulado establecido a priori, condicionaban con ello los resultados de sus investigaciones. Así pues, la sociología era una ciencia que, si bien podía penetrar en diferentes áreas de investigación, debía tener su propia metodología y sus propios conceptos.

 

Para el sociólogo francés, la contribución más novedosa para el estudio del ser humano consistía en demostrar que los rasgos que lo distinguen como tal derivan por completo de la sociedad, y que la sociedad y la vida social son cosas positivas e imprescindibles para él, y, en consecuencia, objeto de la investigación empírica. En lugar de concebir la participación social como hecho extraño a su naturaleza, debe inducirse en él la certeza de que constituye el único modo de realizarse a sí mismo [1]. Esto es, sólo en la medida en que la sociedad sea un todo unificado así lo será el hombre. De esta manera, se distanciará de los teóricos del contrato social como Hobbes y Locke, quienes veían en la conciencia y el intelecto humanos el progenitor de la sociedad. Para Durkheim, la personalidad individual es siempre producto de la sociedad, y no al revés.

 

Así pues, Durkheim establece, en sintonía con Comte, tres presupuestos sociológicos fundamentales: 1) hay una unidad de la naturaleza, 2) los fenómenos sociales son parte del mundo objetivo de la naturaleza (es decir, son reales) 3) los fenómenos sociales obedecen a sus propias leyes y principios, que son naturales.  Es decir, que existe una realidad objetiva sui generis de hechos sociales, que no es posible reducir a una enumeración de fenómenos menos complejos, y cuya naturaleza es diferente de la individual. Los individuos, al asociarse, conforman una realidad muy diferente a la suma de sus partes, igual que cuando dos elementos químicos se unen y dan lugar a un tercero independiente. Esta nueva realidad es la conciencia de la sociedad. Ahora bien, ¿qué es un hecho social y en que consiste esta conciencia colectiva?

 

 No debe realizarse una aproximación materialista a los fenómenos sociales, más bien al contrario. Durkheim afirmó que los concebía en una perspectiva de inmaterialismo o hiperespiritualidad: tanto la vida individual como la social son formas viables de conciencia o representaciones psíquicas, pero los hechos sociales son cualitativamente distintos de los individuales, pues no dependen de las mismas condiciones [2]. Estas representaciones colectivas tampoco serían objeto de la psicología, ya que traducirían el modo en el que el grupo social se piensa a sí mismo.  Los hechos sociales (o representaciones colectivas) se caracterizarían pues por dos rasgos principales: por ser externos al individuo, y por ejercer una presión moral sobre él. Algunos ejemplos de hechos sociales son las creencias y prácticas religiosas, los mitos, la tradición, las reglas jurídicas o el lenguaje. La autoridad moral de las convenciones sociales, además, tampoco derivaría de personales concretas, sino del hecho de haber sido aceptadas por sucesivas generaciones, hasta el punto de difuminar la distinción acerca de si la convención social ha sido creada por el ser humano, o el ser humano es configurado por la convención. Aunque Durkheim trataba de escapar del determinismo sociológico afirmando que era posible la inclusión de nuevas creencias y valores cuando la sociedad experimentaba cambios que agotaban los anteriores, lo cierto es que sus teorías producen una cierta “claustrofobia sociológica”. Ahora bien, existen ciertos puntos de fuga que liberan un poco el yugo de lo social en el ser humano. Uno de estos puntos lo encontramos en algo que nos llama la atención desde el primer momento en la definición durhkeimiana de hecho social:  el énfasis en lo moral. Los hechos sociales, no ejercen una constricción física sobre las personas, sino moral.

 

Durkheim afirma que en las normas morales hay un componente de obligación, que movilizan a los individuos a comportarse de una manera y no de otra, pero además añade el factor de la deseabilidad. No solo estamos ante una constricción de la naturaleza humana, sino del deseo de constreñirla para poder convivir sin conflictos y desarrollar todo el potencial que nos corresponde como seres humanos. Sin esa parte social, el ser humano está incompleto, y su consecuencia inexorable se encuentra en la desintegración. Esta preocupación por los fenómenos morales le llevó a proponer una ciencia sobre los mismos que se ocupara de reconstruir una moral secular para la sociedad francesa. Consideraba que el abandono de los valores y creencias de la sociedad tradicional sin la alternativa de un nuevo modelo habían dejado a los individuos en estado de anomia o ausencia de normas de conducta, lo cual derivaba ya entonces en un creciente desasosiego y ansiedad social. Para Durkheim, la enfermedad de la época era una afección moral, y afectaba a todos los niveles. Así las cosas, el estudio de la anomia se convertirá en uno de sus ejes principales, y, en El Suicidio (1897), la nombra causa principal de la elevada tasa de suicidios de la sociedad moderna. En esta obra cumbre de la sociología clásica, el suicidio es tratado como un hecho social, poniendo el foco en las causas sociales y no en las individuales que impulsaban a los individuos de sociedades concretas y en periodos concretos de la historia a suicidarse. Con ello, rompería definitivamente los lazos de la sociología con la psicología o incluso con la filosofía estableciendo que las sociedades y las instituciones inciden incluso en la decisión tan aparente íntima como puede ser querer quitarse la vida.

 

Esta decisión de querer quitarse la vida no sólo no es una decisión exclusivamente psicológica, sino que es susceptible al análisis empírico. Había multitud de datos disponibles que permitían el estudio sistemático. Para analizar las tasas de suicidios, Durkheim empleó el método comparativo. Si había variaciones de un grupo a otro o de un periodo a otro, implicaba que la diferencia radicaba en factores sociológicos. Y aunque cada individuo podría tener sus motivos personales, estos no constituían la causa real, sino que estos motivos explicaban con claridad la corriente que viene del exterior, incitándole a destruirse [3]. 

 

Durkheim comienza su análisis descartando factores como la psicopatología, el alcoholismo, la raza, la herencia, el clima o la imitación [4] como posibles detonantes del suicido, de manera que pudiera llegar a lo que consideraba variables fundamentales. Su conclusión fue que las diferencias se encontraban en el nivel de los hechos sociales: diferentes grupos tienen diferentes sentimientos colectivos que producen diferentes corrientes sociales, y son estas las que afectan a las decisiones individuales[5]. De esta manera, existen dos variables subyacentes en el suicidio: la integración, que es la medida en la cual los individuos sienten que forman parte de una colectividad con metas y deseos comunes, y la regulación, que es el grado de constricción externa sobre los mismos. La manera en la que ambas variables interaccionan da pie a 4 tipos de suicido:

 

El suicidio egoísta tendría lugar cuando existe un grado de integración bajo. Las tasas elevadas en este tipo suelen corresponder a colectividades en las cuales no existe una integración del individuo con la unidad total. Ello provoca sentimientos de no pertenencia, de no formar parte ni ser formado por. De esta forma, el ambiente reinante es de futilidad y de ausencia de sentido, siendo responsabilidad individual el forjarse una moralidad propia. Sin embargo, como muestra el segundo tipo, el suicidio no desciende porque el grado de integración sea alto. Si la integración social es demasiado fuerte puede dar lugar a actitudes fanáticas o de mártir, conllevando al suicidio altruista. Este sería el caso de ciertos colectivos religiosos o del ejército, donde el sacrificio por un bien mayor supera incluso el aprecio a la propia vida.

 

Por otra parte, en referencia a las fuerzas reguladoras de la sociedad, encontramos que cuando estas son bajas, se produce el suicidio anómico. Cuando existen interrupciones, ya sean positivas, como un crecimiento económico repentino o negativas, como una crisis económica, la autoridad de la colectividad sobre los individuos se suspende temporalmente, y las viejas normas se quedan obsoletas para abarcar los cambios, dejando a las personas vulnerables a las corrientes de anomia. Por el contrario, cuando la fuerza reguladora es excesiva, nos topamos con el suicidio fatalista. En este caso, regulación es sinónimo de opresión, y el individuo, al sentir que todo esta predeterminado de antemano, no tiene otra salida que la muerte como liberación.

 

Si bien Durkheim entendía que no era posible evitar ciertos cambios sociales repentinos, si que consideraba que había un gran numero de suicidios que se podían evitar, prestando atención a las condiciones en que se producían. Consideraba que el aumento de suicidios egoístas y anómicos era una patología de la sociedad moderna, derivado en parte de la manera en la que la división del trabajo generaba aislamiento y no interdependencia. Ello enlazaba El Suicidio con otra de sus obras más importantes: La división del trabajo social (1893).

 

Sin embargo, lo que más interesó a Durkheim acerca de la división del trabajo fue la medida en que incidía en la solidaridad social, es decir la manera en la que modificaba la forma en la que la sociedad se mantene unida y en qué modo los individuos se sienten integrados en ella. Así pues, distinguió entre dos tipos de solidaridad: solidaridad mecánica y solidaridad orgánica. La solidaridad mecánica mantiene unidos a sus integrantes a través de actividades y responsabilidades similares, involucrándolos de una forma más generalizada. Por su parte la especialización propia de la sociedad moderna hacía que los individuos ya no pudieran compartir experiencias comunes, a diferencia de lo que ocurría en las sociedades simples, donde cada uno hacía de todo. Aquí gobernaría la solidaridad orgánica y la necesidad de dependencia, lo que incidía en la cohesión social.

 

Ahora bien, si la división del trabajo tenía la ventaja, no de aumentar el rendimiento de las tareas, sino de volverlas más solidarias al desembocar en una necesaria interdependencia de todos los miembros, Durkheim no era tan optimista como Spencer a la hora de analizar la evolución social. La división del trabajo, llevada a extremos de especialismo, puede minar la solidaridad orgánica por ella creada[6]. Este proceso era el causante de la fragmentación de la sociedad moderna, y, como hemos visto, derivaba en patologías como la anomia, la represión, la explotación o la coacción. La guerra de clases, por ejemplo, es fruto de los que Durkheim llama la división coactiva del trabajo, impuesta por la sociedad civilizada, donde la distribución de los roles sociales no corresponde a los talentos naturales [7].

 

¿Cuál es la solución que propuso Durkheim? Para escapar a las perversiones psicológicas de la sociedad moderna, Durkheim proponía reforzar la moral común, haciendo un gran hincapié en la educación. Un problema social, requiere de una solución social, por lo que sería necesaria la creación de instituciones diferentes, como asociaciones profesionales que puedan hacerse cargo de funciones que el Estado, la Iglesia o la familia no pueden abarcar. Dichas asociaciones están por encima de los sindicatos o patronales, a los cuales el sociólogo acusaba de intensificar los conflictos. Así pues, las personas pertenecientes a ellas tendrían intereses comunes y un sistema moral donde los individuos pudieran sentirse integrados, haciendo frente a la atomización dominante. 

 

Puede verse en el sociologismo de Durkheim un considerable esfuerzo por reafirmar el significado de la sociedad en el mundo moderno. A partir de su obra, Francia se convirtió en el epicentro de la sociología, y es aquí donde se encuentran los orígenes de su institucionalización académica. Con todo, resulta a veces sorprendente la vigencia de sus teorías en la actualidad. Y si hacemos nuestro el diagnóstico de la crisis moral de la sociedad y la trasladamos al terreno actual, es bastante reseñable también el hecho de que la fragmentación y el atomismo reinantes en la sociedad contemporánea están llevando al límite esa ansiedad y angustia proclamada ya en 1897 por Durkheim, por lo que quizás no sea baladí pararse en las reflexiones durkheimianas acerca de la necesidad de reformas estructurales. De hecho, ahí radica la importancia de los clásicos, en que muchas de las tesis propuestas entonces, se han vuelto no sólo lugares comunes, sino que  muchas de las veces, han superado con creces sus más profundos temores.

[1] Tiryakian, E. (1962) Sociologismo y existencialismo. Amorrortu: Buenos Aires

 

[2] Ibid., pág. 33

 

[3] Ritzer, G. (2012) Teoría sociológica clásica. Mc-Graw Hill: México, D.F.

 

[4] Hipótesis de Gabriel Tarde que alcanzó cierto grado de popularidad en la época.

 

[5] Ibid.,

 

[6] Giner, S. (1987) Historia del pensamiento social. Ariel: Barcelona.

 

[7] Ibid., pág. 608

 

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