Reseña: "¿Por qué el populismo funciona? (ed. Siglo XXI, 2019)" de Maria Esperanza Casullo. Reflexiones sobre la efectividad del populismo.

17/01/2020

Dave Sandoval @diablid

 

 

En las últimas décadas, pocos fenómenos políticos se han relevado tan eficaces y vigorosos como el populismo. A pesar de que frecuentemente es desacreditado, vilipendiado y maldecido por las élites, varios medios de comunicación y buena parte de la cultura política occidental –principalmente la liberal–, su funcionalidad, adaptabilidad y flexibilidad es indiscutible: ¿qué es lo que hace que haya triunfado en Estados Unidos y en países de la Unión Europea, en Turquía y en América Latina? ¿Cuáles son los factores que han llevado a que el populismo esté inexorablemente vigente? ¿Por qué, en contextos de crisis severas, ha devenido una forma de hacer política especialmente idónea para hacer frente a las zozobras e incertidumbres del mundo contemporáneo?

 

Éstas son las preguntas a las que se abocan los lúcidos análisis contenidos en el libro ¿Por qué funciona el populismo? de Maria Esperanza Casullo, profesora argentina e investigadora de la Universidad de Georgetown. La intención de la autora no es la defender o justificar el populismo, sino la de comprenderlo con el fin de encontrar “algunas claves que expliquen su potencia y eficacia en el contexto actual.” (p. 17). Entender cómo funciona la lógica populista es vital para bucear en la dinámica de las democracias actuales. Si bien pareciera que todo el mundo sabe qué es, se opina sobre él con tesón y se han multiplicado los estudios académicos, no siempre se arriba a resultados claros sobre los fundamentos, los discursos, los alcances y límites del mismo, como tampoco se separa con precisión el ámbito teórico del carácter multiforme de la realidad política, generándose innumerables confusiones.

 

La tesis central del texto es que, como indica su título, el populismo funciona, a raíz de que se presenta más “creíble y genera mayor identificación que un discurso de otro tipo […] y logra dar respuesta a las dificultades, los miedos y las ansiedades de los ciudadanos.” (p. 17). La singularidad del populismo es que ofrece cursos de acción certeros y determinados para conseguir transformaciones políticas y económicas. Al mismo tiempo, invita a ciertos grupos sociales a participar en un proyecto colectivo, a embarcarse en una aventura que puede ser épica o redentora, a emanciparse de situaciones opresivas, a depurar los elementos y agentes extraños que perjudican a la comunidad, etc. Según Casullo, el populismo es tan eficaz porque se vehiculiza mediante un mito: concibe a la sociedad bajo caracteres narrativos, es decir, se edifica un relato “articulado por un héroe, un villano y un daño, cuya efectividad social es al mismo tiempo consecuencia y causa de la autoridad performativa del líder.” (p. 18).

 

El héroe, el villano y el pueblo son los protagonistas de las narraciones populistas. En primer lugar, el ídolo es una persona carismática, poderosa y con dotes excepcionales que genera entusiasmo y esperanza. El vínculo que se establece entre el líder populista y el pueblo es directo, sin mediaciones personales ni institucionales. De allí que, en opinión de Casullo, la fuente de su poder viene dada porque previamente debe crear su autoridad “mediante la apelación discursiva directa y constante a sus seguidores.” (p. 73). Por consiguiente, el líder es un contador de historias: inspira y persuade a sus seguidores a través de la palabra explicando quiénes conforman al pueblo y quiénes no. Además, suscita las emociones del pueblo para que se movilice en defensa de un proyecto político determinado. Las características que eventualmente puede asumir el líder son tres: 1- el militar patriótico; 2- el dirigente social; y 3- el empresario exitoso.

 

El primer modelo cuenta con un nutrido catálogo en la historia del populismo latinoamericano del siglo XX: Getulio Vargas en Brasil y Juan Perón en Argentina, José Velasco Alvarado en Perú y Omar Torrijos en Panamá son algunos de los ejemplos de gobernantes populistas que ostentaron altos grados de mando militar, como Hugo Chávez en la Venezuela del siglo XXI. Por otra parte, la figura del dirigente social ocupa un lugar destacado. En América Latina, a partir de los décadas de los 80 y 90, varios referentes sociales ingresaron a la arena política por afuera de las instituciones: Lula en Brasil, Correa en Ecuador, Lugo en Paraguay y Morales en Bolivia son los casos más representativos. En España, puede predicarse lo mismo de Podemos, organización que surgió por las protestas originadas a causa de la crisis financiera de 2008 y que luego consiguió representatividad en el Congreso de los Diputados. Finalmente, el empresario exitoso, un bussinesman que concibe al Estado como una empresa a administrar según parámetros tecnocráticos, encuentra su nítida expresión con Trump en Estados Unidos, Berlusconi en Italia, Piñera en Chile o Macri en Argentina.

 

Como se apuntó, el otro actor que constituye al mito populista es el villano que muestra dos caras: interna y externa. En efecto, el discurso populista denuncia una “figura malvada y poderosa –que es externa a la comunidad política– con otra figura menos poderosa, pero moralmente más corrupta –que es interna–.” (p. 83). El héroe acusa a ciertos factores de desestabilizar el orden del pueblo y corromperlo. Por ejemplo, se presenta al capitalismo financiero, el imperialismo yankee, el terrorismo islámico o la inmigración ilegal como factores a los cuales hay que desterrar. A nivel interno, la imagen del villano obtiene el epíteto de “traidor”: se dice que perjudica al pueblo voluntariamente, pues éste se encuentra en condiciones desfavorables y sufre graves injusticias materiales. Según la autora, el mito populista denuncia una “traición histórica” (p. 82) por parte de grupos sociales y económicos privilegiados. Así, las oligarquías latinoamericanas, los medios de comunicación concentrados, grandes empresarios nacionales, etc., son los principales blancos a los cuales hay que enfrentar por haber infligido graves daños al pueblo.

 

Si bien el líder ocupa un lugar fundamental en el mito populista, el verdadero héroe es, sin duda alguna, el pueblo. Él es quien, guiado y acompañado por el líder, será artífice de su propia emancipación o redención. La clave para comprender el lugar del pueblo es, en todas las circunstancias, la separación entre un nosotros y un ellos, entre un pueblo y un anti pueblo, entre un héroe y un villano[1]. Aquí radica la eficacia y operatividad del populismo. El punto nodal de esta estrategia es que el establecimiento de la frontera entre el nosotros y el ellos “no podrá jamás ser eliminada” (p. 80) y continuamente se reactualiza con otros actores. Por ejemplo: un actor social puede tener buenas relaciones con tal gobernante populista, y con el correr de los años es posible, en tanto cambien las circunstancias (por un cúmulo de razones heterogéneas), que se sitúe en el bando del adversario[2].

 

Por esta razón, el pueblo es concebido como una construcción discursiva determinada espacio-temporalmente[3]: se va conformando a través de las contingencias y experiencias socio culturales particulares de cada nación. No todos los pueblos comparten las mismas injusticias. Vale decir, cuando Trump encuadró su campaña en el discurso “Make America Great Again” lejos estaba de pretender atacar a las élites financieras, como ha ocurrido con los populismos sudamericanos. Las aspiraciones, reclamos y perjuicios que esgrimen los votantes sureños de Trump –blancos, propietarios, heterosexuales– difícilmente se asimilen a las de los campesinos de Ecuador o los obreros industriales del Gran Buenos Aires en Argentina, pese a que ambos grupos puedan articular demandas populistas. Sin embargo, es necesario resaltar que, al tiempo de las diferencias que confluyen, se generan identidades comunes: el anti elitismo económico parecería ser un rasgo esencial del populismo de izquierda, en tanto el liberalismo económico, el conservadurismo moral o el anti cosmopolitismo serían fisonomías propias de los populismos de derecha.

 

La afirmación antes dicha abre la puerta para ingresar en uno de los problemas fundamentales que Casullo aborda en el tercer y cuarto capítulo del libro: los populismos sudamericanos de los últimos veinte años (de izquierda), y el ascenso de los populismos en la Unión Europea y en Estados Unidos (de derecha). En cuanto a los primeros, de 1988 a 2015 se desató una extendida ola de líderes que impulsaron relatos populistas, además de que formaron una alianza estratégica común que permitió el fortalecimiento de la unidad latinoamericana: Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador, Lula en Brasil, Kirchner en Argentina, Morales en Bolivia y Lugo en Paraguay. Estos gobiernos nacieron de crisis económicas de gran magnitud originadas por el rechazo a las políticas neoliberales ejecutadas en la década del 90.  

 

Al mismo tiempo, robustecieron sus bases electores y crearon una fuerte plataforma de movilización popular. La hipótesis de Casullo es que la llave del éxito de estos presidentes fue, antes que la moderación institucional, la radicalización: “el antagonismo político, encarnado en un discurso mítico, narrativo y emocional, resultó clave como estrategia política de supervivencia.” (p. 116). Ahora bien, el obstáculo que no resolvieron fue la sucesión: a raíz de la excepcionalidad y del fuerte personalismo de los líderes mencionados, ninguno aseguró la continuidad de sus proyectos a largo plazo, ya que a partir del 2015 sus ideales comenzaron un franco retroceso y nuevos partidos políticos de derecha arribaron al poder[4].

 

En el caso de los populismos de derecha, el panorama es sustancialmente distinto. Estos surgieron al calor de la crisis financiera de 2008, la erosión de la soberanía de los Estados nacionales, la presión migratoria, la expansión de sentimientos xenófobos y otros factores que han alterado hondamente la configuración de las sociedades ricas o con mayores índices de desarrollo. El populismo de derechas ha cobrado fuerza en Francia con el Frente Nacional, en Dinamarca con el Partido Popular Danés, en España con VOX, en Austria con el Partido de la Libertad, en Bélgica con el Bloque Flamenco, en Hungría con FIDEZS, en Italia con la Liga Norte, en Inglaterra con UKIP, entre otros. Como se dijo arriba, en Estados Unidos el populismo de derechas arribó de la mano de Trump. Pero, ¿cuáles son sus características?

 

Casullo observa que, al igual que en los populismos de izquierda, en los de derecha existe un liderazgo personalista y una narrativa adversarial que impone una frontera entre un nosotros y un ellos. Sin embargo, si el populismo de izquierda “pega para arriba”, es decir, enfrenta a las élites económicas, el populismo de derecha “pega para abajo” (p. 130): concentra sus esfuerzos en conservar las estructuras sociales frente a los agentes que la amenazan, tales como el islam, la inmigración irregular, la población LGBTQ, los gitanos o los afroamericanos[5]. Los partidos de derecha se preocupan especialmente por la etnia y la religión, por el género y la inmigración, pero no discuten las dinámicas económicas neoliberales, como sí lo hace el populismo de izquierda. Asimismo, el mito del populismo de derecha es especialmente romántico, nostálgico y se dirige hacia al pasado, pues anhela un orden social no contaminado por la impureza de los actores que lo invaden. Por ejemplo, según un discurso muy extendido en los partidos de derecha europeos, el islam pervierte los valores cristianos tradicionales.

 

En este marco, una de las tesis de Casullo especialmente problemática es que sugiere que los populismos de derecha predominan en Europa mientras que los de izquierda prevalecen en Latinoamérica (p. 126). Si bien esta afirmación es, a nuestro criterio, parcialmente verdadera –en tanto y en cuanto los populismos de izquierda surgieron con un ímpetu extraordinario en dicha parte geográfica– no es menos cierto que existen partidos políticos susceptibles de encuadrar en esta categoría situados en el corazón de la Unión Europea: la emergencia de movimientos como Syriza en Grecia y Podemos en España, Die Linke en Alemania y La Francia Insumisa en Francia, o el Bloco de Esquerda en Portugal denotan un “momento populista”, como ha sostenido Chantal Mouffe[6]. Estos partidos se han opuesto a las transformaciones económicas durante los años de hegemonía neoliberal y resistido, en base a demandas populistas, a la concentración acumulada del capital, la explotación de los recursos naturales o la precarización laboral.

 

En resumidas cuentas, la lectura de ¿Por qué el populismo funciona? es recomendable por varios motivos. En primer lugar, porque despliega un recorrido intelectual libre de ideologismos: antes de juzgar a los populismos contemporáneos, de defenderlos o desaprobarlos, lo que le interesa a Casullo es entenderlos, explorar sus variantes y matices, sus dinámicas y complejidades. En segundo lugar, le otorga un papel prioritario al concepto de mito, generalmente erradicado de las discusiones académicas de filosofía política. La tradición occidental, que ha hecho –o, por lo menos, así lo ha pretendido– de la política un sistema de reglas racionales, autosuficientes, cognoscibles y determinadas, siempre ha descalificado a los mitos por irracionales, por no ser silogísticos y analíticos, por suscitar pasiones que, se dice, no son saludables para las sociedades democráticas o que promueven los excesos insensatos de las mayorías. 

 

En este sentido, el mito populista casi siempre se utiliza con connotaciones negativas. Ahora bien, las emociones, pasiones y dificultades de los ciudadanos generan efectos políticos considerables. El problema radica, justamente, en cómo se utilizan las pasiones políticas. Es necesario comprender a los mitos, “hacerlos explícitos”, discutirlos, multiplicarlos y “volverlos más plurales, más creativos, más reflexivos” (p. 196). Erradicar a los mitos y narraciones es una ilusión ingenua, pues en los casos que se han querido expurgarlos del orden social, los resultados han devenido vanos e inútiles. De hecho, cuando quiere representarse a la política como un conjunto de reglas racionales y tecnocráticas, ello no deja de ser un mito, en cuanto constituye una historia con un sentido determinado y con ciertos protagonistas. Como escribe Casullo, de eso se trata la política: “como bien sabían en la Grecia clásica, lo opuesto al mito no es la razón, sino el silencio.” (p. 196).

 

 

[1] De todas maneras, cabe precisar que la separación entre un ellos y un nosotros no es exclusiva de los populismos, sino que puede hallarse en las ideologías políticas modernas, tales como el marxismo o el liberalismo.

 

[2] Por ejemplo, en Argentina, entre el Grupo Clarín –importante conglomerado comunicacional– y el gobierno de Néstor y Cristina Kirchner se formó una frontera entre ellos y nosotros. En los primeros años de mandato, las relaciones eran buenas, pero luego se resquebrajaron y ambos actores se enfrentaron duramente mediante varias estrategias, críticas y presiones.  

 

[3] Ésta es una de las tesis de dos de los principales autores contemporáneos sobre el populismo, como es el caso de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Ambos autores consideran que no existe una “esencia” de pueblo inmóvil y continúa en el tiempo histórico, sino que hay diferentes grupos sociales que construyen un pueblo mediante un vínculo de intereses estratégicos: se comparten ciertos reclamos bajo una oposición común frente a las elites. Así, el pueblo siempre puede disolverse y crear otro nuevo, desplazando la barrera entre el ellos y el nosotros. Para profundizar sobre esta perspectiva, véase Mouffe, Chantal, Por un populismo de izquierda, Siglo XXI, Buenos Aires, 2019. También remitimos a una nuestra reseña de dicho texto en la cual se profundiza sobre este punto: https://www.revistalibertalia.com/single-post/2019/12/07/Resena-Por-un-populismo-de-izquierda-Chantal-Mouffe.

 

[4] Si bien esta afirmación podría ser matizada, en tanto Maduro continuó con el socialismo bolivariano de Chávez, por ejemplo, es evidente que no consiguió recomponer su liderazgo y agravó la crisis institucional venezolana; el sucesor de Cristina Kirchner, Daniel Scioli, perdió las elecciones con Mauricio Macri; Rafael Correa impuso a Lenin Moreno como presidente, pero éste claramente abandonó el proyecto de Correa; por último, Morales forzó su propia relección con un referéndum en el cual el NO ganó con el 51 % de los votos, aunque luego el Tribunal Constitucional boliviano habilitó legalmente su relección. En resumidas cuentas, como dice Casullo, los gobiernos populistas sudamericanos “compartieron un talón de Aquiles: la imposibilidad de institucionalizar la transmisión del carisma para el sucesor del líder original.” (p. 194). 

 

[5] Basta abrir algún periódico y leer los discursos de Trump, Salvini, Orbán, Le Pen o Abascal: incluyen elementos nacionalistas, racistas, anti inmigratorios, homofóbicos e islamófobos, en los cuales se trasmite la idea de que ciertos grupos –generalmente, la población nativa de clase media– se ve continuamente amenazada por la extensión de derechos a otros colectivos.

 

[6] Mouffe, Chantal, Por un populismo de izquierda, op. cit., p. 27.

 

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