En defensa del populismo

17/01/2020

Akshay Chauhan @akshayspaceship

 

 

La palabra populismo está presente en el debate político desde hace muchos años, pero en el último lustro ha cobrado especial relevancia. La connotación más habitual que este término acarrea es mayoritariamente peyorativa, siendo asociado a una suerte de apelación a las bajas pasiones del pueblo llano para apoyar medidas o decisiones que pueden despertar gran entusiasmo social, pero de resultado funesto. El populismo sería pues una pulsión a lo sumo comprensible, pero en cualquier caso a rechazar, peligrosa para la democracia representativa, para instituciones como la justicia y para el progreso económico.

 

¿Es esto necesariamente cierto? Este artículo pretende reflexionar sobre ello, a través de la concepción, si acaso minoritaria, que entiende el populismo como una contraposición constatable (hasta cierto punto) entre unos intereses divergentes de las élites con el resto de la población. Aceptando esta definición -siempre y cuando se constate que dicha brecha es real- el populismo puede ser un marco de análisis y político perfectamente válido y defendible, con los matices pertinentes, en la línea de lo defendido por pensadores como Ernesto Laclau.

 

 

¿Qué es y qué no es populismo?

 

Quizás la mayor fuente de controversia en este debate nace ya de la propia definición del populismo. A diferencia de otros conceptos políticos que se enmarcan en ideologías bien definidas, el populismo no nace de la mano de intelectuales que lo sitúen en un corriente de pensamiento construido a tal efecto. El primer movimiento político que utilizó dicho término fue un grupo republicano y democrático ruso a finales del siglo XIX. Posteriormente se pueden detectar un gran número de movimientos o partidos políticos a lo largo del globo que han sido definidos como populistas por terceros o por ellos mismos, si bien el término popular ha sido mucho más prolífico. En cualquier caso, la noción que subyace en estos conceptos es la defensa de unos intereses o deseos del pueblo, los cuales no están bien representados en la clase dirigente (política, económica...) al mando.

 

Esta definición es tan amplia que en su seno pueden caber modelos de sociedad muy distintos. Se puede estar de acuerdo o no con la idea de que la élite gobernante no representa los intereses de las otras clases sociales (volveremos a ello más adelante), pero al fin y al cabo, ¿qué es lo que el pueblo quiere? ¿Una sociedad con fuerte intervención estatal que redistribuya la riqueza en pro de la igualdad o una sociedad que garantice la libertad económica y fomente la iniciativa privada de sus ciudadanos? ¿Una defensa de la costumbres y tradiciones propias del pueblo o que responsa a sus ansias de modernización y apertura? Se pueden encontrar dirigentes populistas que han defendido claramente estas posiciones o incluso mezclas de ellas, desde los líderes latinoamericanos como Juan Perón o Hugo Chávez (ambos fueron militares) hasta los magnates de derechas Silvio Berlusconi y Donald Trump, pasando por Bernie Sanders o Pablo Iglesias, de marcado signo izquierdista.  

 

Es evidente que estos nombres representan modelos de sociedad muy distintos. Algunos los podemos ubicar claramente en el eje izquierda-derecha, si bien con otros tendríamos más problemas, pues su batalla tiene más a ver con otros ejes de competencia política (por ejemplo, la integración europea). No obstante, todos ellos comparten este análisis en que en sus países, en un momento concreto, la élite gobernante no estaba gobernando de acuerdo con los intereses del pueblo. ¿Están en lo cierto?

 

La realidad, la sociedad, la política… son complejas. A quien escribe estas líneas no le cabe ninguna duda que las causas de los problemas que nos afectan suelen tener múltiples razones profundas, y por consiguiente, rara vez existirán soluciones sencillas que funcionen al acto. A menudo se acusa -no sin falta de razón- a los populistas de querer aplicar remedios mágicos a problemas sofisticados. En el caso español, si se para atención a lo acontecido durante la última década, se puede señalar que ante la grave crisi económica y política vivida se ha apelado a este tipo de remedios mágicos. La recentralización del país o por el contrario la secesión de un territorio, el relieve de la clase política por savia nueva, o incluso medidas más prosaicas como el cambio de sistema electoral o la eliminación de los coches oficiales, se han vendido como remedios a todos los males. Estas medidas pueden ser perfectamente legítimas e incluso buenas ideas, pero es naif pensar que por sí solas vayan a borrar de un plumazo todos los problemas existentes. A veces este tipo de propuestas pueden incluso suponer una amenaza para derechos fundamentales o colectivos concretos, como sería el caso de las propuestas antiinmigración o el socavamiento de la separación de poderes. 

 

También se suele asociar con el populismo el uso de la mentira, la manipulación o tergiversación de datos, a parte de la ya mencionada apelación a las bajas pasiones del ciudadano de a pie. Esto también suele ser cierto. Sirva como ejemplo la promesa de los partidarios del Brexit de aportar una lluvia de millones al sistema público de salud, afirmación de la cual se retractaron una vez ganado el referéndum. Sin embargo, estas malas prácticas, así como lo comentado en el párrafo anterior, no son prácticas exclusivas de los llamados populistas. ¿Es populista disfrazar a un candidato de granjero en plena campaña electoral para ganar votos en el campo? ¿Es populista prometer un nivel de gasto público elevadísimo sin explicar cómo se va a financiar? ¿O prometer mano dura contra la delincuencia llamándolos “chusma”? No hay que menospreciar los riesgos que suponen algunas propuestas de ciertos movimientos populistas, pero sería un error pensar que esto solo es achacable a este tipo de partidos.

 

 

Un diagnóstico correcto

 

Así pues, si entendemos el populismo cómo el análisis de la realidad y propuesta política que señala la divergencia de intereses entre élites políticas y el pueblo (o la ciudadanía, o las clases sociales dominadas, o como se le quiera llamar) lo riguroso es plantearse si este análisis es acertado o no. Lo cierto es que existe amplia evidencia en estudios politológicos y sociológicos sobre cómo grandes capas de la población consideran que los políticos no se preocupan de la gente como ellos. Sea esta percepción correcta o no, que en una democracia representativa un alto número de personas afirma que no se sienta bien representado es algo indicativo de que alguna cosa en el sistema funciona mal. Si la soberanía reside en el pueblo y de ella emanan los poderes del Estado, que el pueblo no se sienta bien representado debería ser un grave problema en el mismo corazón del régimen político.

 

Sin embargo, se podría argumentar que aún con esa extendida percepción entre la ciudadanía, en ocasiones puede ser necesario que los gobernantes tomen decisiones impopulares pero necesarias para el bien del país. Esta fue de hecho ampliamente defendido por quienes aplicaron las medidas de austeridad en Europa tras la crisis de 2008. Se podría añadir que los políticos disponen de información adicional desconocida por la ciudadanía, o que se pueden encontrar situaciones sobrevenidas en un momento dado. Incluso aceptando todo ello, esto vendría a justificar la implementación de medidas que generen amplio rechazo en un momento dado, pero no debería ser la tónica habitual fuera de estos periodos de crisis. Desgraciadamente, la desafección política tiene unas raíces y una extensión mucho más profundas que el lógico malestar que pueda existir en momentos puntuales.

 

¿Es cierto pues que la clase política no se preocupa por los ciudadanos que gobiernan? ¿Tenía razón el eslogan del 15-M español en 2011 “no nos representan”? Que mucha gente lo pensara es grave de por sí, pero quizás estaban equivocados. Ciertamente esto es muy discutible y daría para otro artículo, pero basta recordar la larga lista de graves casos de corrupción que se estaban produciendo o el desigual impacto de los recortes y la crisis en distintos grupos sociales. Abriendo el foco, es fácil encontrar otros países donde la globalización y el libre comercio también han tenido un impacto muy desigual, propiciando ganadores y perdedores de los cambios acontecidos. No parece pues que este problema de representatividad sea una idea descabellada.

 

En realidad, es imposible entender algunos de los eventos políticos más relevantes de los últimos años sin tener en cuenta esta desconexión entre la ciudadanía y lo defendido por las élites políticas, económicas o mediáticas, o por lo menos por gran parte de éstas. En este sentido, 2016 fue un año remarcable. En ese momento se produjo la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, la ya mencionada victoria del Brexit en el referéndum que se celebré en Reino Unido, e incluso eventos de menor importancia global pero de gran impacto local, como el rechazo en referéndum del acuerdo de paz con las FARC apoyado por el gobierno colombiano. Ya el 2017 había supuesto el éxito de algunos movimientos de corte populista, como es el caso de Podemos en España o de Syriza en Grecia. Posteriormente también se sumaron nuevos partidos con tintes populistas a estos éxitos, como pueden ser, en 2018, las victorias de Bolsonaro en Brasil o del Movimiento 5 Stelle en Italia (así como el gran resultado de La Liga de Salvini).


A menudo, cuando se señalan los riesgos y peligros del populismo, puede dar la sensación que se critican los efectos del mismo, pero se ignoran sus causas, sea por desinterés o por falta de competencia en atacarlas. Si el nuevo gobierno de España quisiera dar la razón a sus más furibundos críticos y por ejemplo, subiera hasta el 90% de tipo marginal el impuesto sobre la renta a los ciudadanos con mayores ingresos (en la línea de lo que pide Thomas Pikkety), sería rápidamente señalado como populista, entre cosas mucho más graves. Pues bien, por mucho que se esté en desacuerdo con esta medida, la realidad es que la recuperación económica de los últimos años apenas se ha notado en los sueldos de la mayoría de trabajadores, pero sí que se ha notado en los sueldos más altos. Uno puede estar en contra de dicha medida, y efectivamente, su propuesta puede explicarse por razones populistas. Pero si no hay nada que decir ni que hacer ante las dificultades económicas de la mayoría de la población, ¿no está dando la razón a quien sostiene esta brecha entre los intereses de la mayoría de la población y los de las élites? En definitiva, el populismo lleva ligado elementos claramente negativos, pero nos recuerda que muchas veces se están pasando por alto las preocupaciones y problemáticas reales de un gran número de personas en nuestra sociedad. Quien lo quiera evitar, ya sabe pues por donde empezar.

 

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