Imperiofilia y populismo: Charla con José Luis Villacañas

 Fuente: Wikipedia

 

En los últimos años la historia de España se ha convertido en un concurrido campo de batalla ideológico, en el que unos textos reivindican una visión más luminosa de nuestro pasado, mientras que otros sostienen visiones más críticas de este. En el grupo de los primeros podemos destacar Imperiofobia y Leyenda Negra (ed. Siruela, 2016) de Elvira Roca Barea, un éxito editorial discutido en muchos foros.

 

En relación con el segundo grupo de textos, hoy entrevistamos al filósofo y catedrático en la UCM, José Luis Villacañas, para comentar su libro-respuesta, Imperiofilia y el populismo nacional-católico (ed. Lengua de trapo, 2019), en lo relativo a la historia de España, donde expone con mucha dureza sus desacuerdos con la ensayista andaluza. 

 

 

-Es habitual identificar Iglesia católica e Inquisición, viendo a esta última como el brazo jurídico-policial de la primera. Sin embargo, Ud. plantea una importante diferencia, puesto que: “La Iglesia española fue más plural que la Inquisición: acogió en todas las épocas a grandes hijos de España y estuvo abierta a un devenir histórico bastante desconocido por el público, quien se ha quedado por lo general con su papel de apoyo al franquismo. Muchos de sus grandes personajes en todas las épocas fueron críticos con el poder, y presentaron caras mucho más complejas” (p.138). ¿Cuál era entonces la relación entre Iglesia e Inquisición?

 

En realidad podemos decir que la Inquisición hispana moderna (no confundir con la inquisición tradicional tal y como se dio en la corona de Aragón hasta los Reyes Católicos -en Castilla no existió antes de Isabel) fue una revolución jurídica en la Iglesia e implicó algo así como una ruptura constitucional. Los papas tuvieron muchas dudas a la hora de conceder la Bula de fundación y sólo por la amenaza turca Fernando logró presionar al papado para concederla. Como tal, significó la entrega de la cuestión de la fe a un tribunal político dominado exclusivamente por el poder civil y con funcionarios suyos, muchos de los cuales no eran teólogos ni desde luego dependían del magisterio del obispo local. En este sentido, fue un antecedente de los poderes espirituales que asumieron los poderes políticos reformados, como Enrique VIII. Por supuesto, como el propio papado reconoció, tuvo efectos civiles, y ante todo significó la derogación de toda la legislación foral sobre asuntos de propiedad, herencia, transmisiones, indigenismo de cargos, libertad pastoral, y por supuesto el papado mostró arrepentimiento de haber concedido poderes espirituales al poder civil, interpretando que la finalidad no era promover una sociedad cristiana sino extorsionar y expropiar a los conversos. En este sentido, podemos decir que la Inquisición es un tribunal moderno, dependiente de la soberanía estatal, universal, derogatorio, supra-reinos y no depende en ningún momento de la Iglesia como institución central en sus prácticas concretas y reales. En muchas ocasiones los hombres de iglesia fueron perseguidos por el tribunal, como ocurrió con el arzobispo de Granada, con todo el sistema episcopal de la Andalucía nueva que él creo, con el propio Arzobispo de Toledo, con buena parte del cabildo de Sevilla; y por el contrario, Fernando le encargó tareas de vigilancia civil como cuando al final de su primer gobierno se ausentó a Nápoles. Cuando el cardenal Carafa incorporó a la iglesia italiana el modelo hispano, por supuesto que fue contestado por amplios sectores del cardenalato y todo el mundo sabía que tenía como aspiración eliminar una parte de la iglesia antes de continuar los trabajos de Trento. En este sentido, pasó a ser un tribunal eclesiástico en la medida en que la Iglesia imitó el poder del Estado, destruyendo su propia y vieja tradición. Tras Carafa, perteneció a los papas en tanto que poderes temporales, pero ya había desaparecido de él todo sentido específicamente religioso y no tenía nada que ver con las tradiciones episcopalistas de la iglesia. Se podría hablar mucho de la persecución o censura política a la que se sometió a importantes prelados postridentinos, como a Ribera, en Valencia, y desde luego a hombres de iglesia tan preclaros como Fray Luis de Granada e incluso llegó a rondar a Carlos Borromeo. En suma, fue un tribunal de Estado y desde luego en Italia del Estado vaticano.

 

 

-En las páginas 140- 143 critica que Roca Barea minimice las prácticas de la Inquisición. Ironiza sobre lo reglado de las torturas, la presencia del médico etc. Ahora bien, que la Inquisición fuera una institución moralmente aberrante es compatible con que fuera “igual o menos mala” que las demás instituciones de su tiempo, pudiendo entenderse que esta es la tesis de fondo de Roca Barea. En esta línea, ¿podría decirse que la Inquisición, aun y criticable, supuso algún tipo de avance en materia penal y procesal respecto a los procesos judiciales de la época? 

 

No supuso avance alguno respecto de estas cuestiones, desde luego, pues como he dicho significo una práctica derogatoria con todo el derecho de propiedad de la época. En lo concreto aprovechó las prácticas que existían en cada país y las tradiciones letradas, con mayor o menor rigor. Desde luego el formalismo castellano se ve en sus actas de procesos, pero es frío, seco y sádico casi siempre. Por supuesto, las prácticas penales eran bárbaras en todos sitios y no eran menos crueles en Inglaterra que en España, ni era menos cruel Tomás Moro que Torquemada. Ese no es el problema. El problema es que se quiera hacer pasar por civilizada en los detalles nimios (¡sólo quince minutos de tortura!) y se olvida lo decisivo y fundamental. Primero que se persiguiera a pueblos hispanos tan arraigados como los sefarditas y en menor medida a los moriscos y que se hiciera en razón de su pertenencia a una sangre innoble e impura. Segundo, que no tenía proceso verdaderamente público ni el acusado tenía derecho a saber quién le acusaba y cómo. Se olvida que el proceso que conocemos nosotros -y que se ha salvado de los diferentes archivos secretos de la Inquisición- no era el proceso que conocía el encausado, sino el proceso que tenía la institución, y que era muy pormenorizado porque la institución usaba de los antecedentes para los siguientes procesos. En este sentido era una policía secreta de estado dirigida contra elites urbanas importantes. Tercero, que los indicios de herejía a veces eran de tal índole que prácticamente podían culpar a cualquier si existía el testigo malicioso o atrevido para ello, o alguien que podía llevar alguna ganancia con la denuncia. Eso generó lo que he llamado una comunidad negativa, sin vínculo alguno. Debemos de tener en cuenta que los bienes a menudo era subastados y que muchos se enriquecían de este forma. Cuarto, que iba en contra de los fundamentos de derecho natural de la época en la medida en que no existía el principio de responsabilidad personal, sino colectiva y familiar. Era la familia la que perdía la totalidad de los bienes por la sentencia de uno. 

 

 

-Sostiene que “Roca Barea se equivoca del todo al señalar a los protestantes como autores de la leyenda negra respecto de la Inquisición. Olvida que la Inquisición venía funcionando desde 1481 y que ya tenía una pésima fama antes de que Lutero hubiera plantado cara a los muchos abusos del catolicismo premoderno” (p.142). Añadiéndose a continuación diversos ejemplos al respecto. No obstante, ¿ello excluye que, como cabe extraer del texto de Roca Barea, estas críticas se maximizaran por potencias extranjeras con fines propagandísticos?

 

Por supuesto que tras el asesinato de Egmont y el Tribunal de la Sangre se comenzó una guerra moderna de dimensiones absolutas en la que la propaganda fue más decisiva como una forma de expresar la hostilidad absoluta que como forma eficaz de combate. No podemos imaginar cómo se exacerbaron los ánimos entre católicos y reformados. Hay que pensar en la Noche de San Bartolomé, y hay que pensar que se sabía de las relaciones de los Guisa con Felipe II. O en el asesinato de Enrique IV, que se suponía pagado por agentes españoles. Por supuesto en ese clima de guerra de religiones funcionó la Leyenda negra, que fue dirigida ante todo contra Felipe II. No se puede negar que se atizó con la Armada Invencible como guerra de agresión, o con el caso de Antonio Pérez, como caso de destrucción de libertades ancestrales de Aragón, o en el caso  que recorrió Europa de los grandes autos de fe de Sevilla y Valladolid, así como con las persecuciones de María Tudor, que se suponía inspiradas en su esposo Felipe II. Claro que hubo Leyenda negra entonces y que duró con altibajos hasta 1648. Matizada en el tiempo de Lerma y luego aumentada cuando Francia entra en la Guerra de los Treinta Años. Si recorremos la forma en que se habla en España de Holanda, Inglaterra o Francia veremos que también aquí se intentaba mantener el tono bélico con propaganda y que la Monarquía hispana pretendía, sin éxito, lanzar su propia leyenda negra sobre los poderes reformados. Esa fue la consecuencia de una contienda terrible que diezmó Europa. Yo no discuto eso. Lo que discuto es que esa propaganda fuera más allá de 1648. Hay que pensar que los viejos enemigos se mostraron protectores de la Monarquía frente a Francia (revueltas de Palermo, Mesina) y que no hay que confundir estereotipos peyorativos con Leyenda Negra. Esto se ve bien cuando todos los elementos peyorativos de España, al cabo del tiempo fueron interpretados de forma meliorativa. Por ejemplo en el Sturm alemán, en el Romanticismo, o luego en la época de Nietzsche, todos ellos momentos de intensa hispanofilia. Roca Barea es aquí sesgada y no diferencia entre leyenda negra y arquetipos populares. Son dos cosas completamente distintas y por eso no se puede hacer de la Leyenda Negra la sustantividad de nuestra relación con Europa. Fue un momento, por cierto recíproco, que se intentó utilizar posteriormente por minorías para mantener sus formas de gobierno y sus privilegios excitando pasiones insanas, como hasta hoy.

 

 

-En diversas ocasiones critica que Roca Barea se centre en cuestiones tales como “cuántos muertos produjo la Inquisición” en vez de centrarse al modo en que afectó la identidad y sociedad española, cuestión a la que dedica el apartado denominado “Efecto Inquisición” (págs. 155-168). ¿Cuáles son los efectos que considera más importantes de la Inquisición en la sociedad española?

 

 

La destrucción de lo que se llamó en la época el cuerpo místico de la res publica christiana. Esto privó al Estado de la identificación mística de la población y privó a la sociedad de confianza, franqueza, nobleza y libertad respecto de sí misma. Todos fueron enemigos potenciales de todos. El Estado de la gente y la gente entre sí. Y esto no tiene nada que ver con la guerra europea y la leyenda negra. Está descrito por Alfonso de Cartagena hacia 1445 en De unitate fidei christianae como consecuencia del pogromo de 1544 y el primero estatuto de limpieza de sangre. Luego no hizo sino crecer. De este modo se eliminó la élite intelectual más avanzada de la sociedad hispana, castellana o catalano-aragonesa, se bloqueó el sentido de la critica, de la reforma interna de la sociedad, de competencia entre élites, en fin se avanzó hacia una sociedad de control sometida a un tribunal de estado pendiente de su estabilidad. De este modo, más que en ningún otro país, ha habido continuidad de élites intelectuales en España, dirigidas siempre por órdenes religiosas. No ha habido nunca una élite hasta la Institución Libre de Enseñanza que no se haya organizado como orden religiosa e incluso podemos decir que la ILE tiene algo de eso.

 

 

-De forma similar, al citar a Krishan Kumar (p.236-237) reconoce que los imperios pueden ser formas de organización positiva y superior a los Estados. No obstante, a continuación introduce toda una serie de matices y consideraciones más críticas. ¿Cuál es la diferencia que detecta entre los imperios medievales y el de Carlos I?

 

Creo que la historia es una dialéctica de poderes imperiales y poderes menores. Podemos decir que el Estado es una formación de compromiso entre los poderes que podemos llamar naturales (ciudades que pueden ordenar un amplio territorio) y los poderes imperiales. Los Estados modernos son el resultado de poderes en lucha por ocupar espacios imperiales. Todos los Estados modernos, Francia, Inglaterra, Baviera, Castilla, tuvieron pretensiones imperiales, sometieron y anularon ciudades-reinos y definieron fronteras como limites de procesos expansivos. De ahí que tan pronto se le deja, el Estado moderno es imperial por sus pulsiones básicas. Tan pronto pierde Cuba, España se lanza a África. Por supuesto, la diferencia fundamental entre los imperios medievales y el de Carlos es sencillamente que los primeros no tenían grandes bases patrimoniales de poder, mientras que el segundo sí. Esta base patrimonial amplia hispana fue buscada deliberadamente para escapar a la impotencia del título imperial, manifestada por Maximiliano. Eso le permitió multiplicar sus posibilidades expansivas en un momento en que el patrimonialismo había aprendido a disciplinar las aristocracias y convertirlas en cortesanas. Nada parecido tienen los imperios medievales electivos de un modo u otro desde los Otones hasta Federico II, mediante procesos que eran acuerdos de aristocracias. Luego es preciso tener en cuenta algo decisivo. Los imperios medievales, desde los Otones, son fuertemente cristocéntricos, y tienen más funciones de mantener la paz que de producir grandes aventuras expansivas. Por lo demás, siempre tienen que llegar a acuerdos con el otro poder imperial real, la Iglesia de Roma, con sus dispositivos de influencia y su administración. Ahora bien, lo decisivo es por qué Europa siempre tuvo el imaginario imperial, y qué función inevitable cumplía. La respuesta es muy sencilla: la fragilidad geoestratégica de Europa hizo necesario el refuerzo de las fronteras frente a culturas y poderes heterogéneos. Esa atención a la frontera primero de los pueblos germánicos (desde Octavio) y luego de los musulmanes hizo inevitable la figura imperial, la posibilidad de unir esfuerzos de los diferentes poderes europeos. Con ello se produjo una tendencia a la homogeneidad europea que tuvo como manifestación más precisa una mezcla de aristocracias imponente, que formaron una casta continental que siempre estuvo pendiente de los lugares de mejores oportunidades. Eso, entre otras cosas, dio a la civilización europea un dinamismo extraordinario, una emulación, una formación amplia de élites que habría sido asfixiada si las unidades últimas de poder fueran más reducidas o estuvieran basadas en la magia de la sangre, en el orden tribal, como sucedió realmente entre los musulmanes. El imaginario imperio, así, presentó también aspectos que podemos considerar evolutivos desde el punto de vista de su dinamismo, de su energía y de su innovación. El problema por tanto es su ambivalencia, como por lo demás con todos los aspectos históricos. Cuando el cemento de la unidad fue la victoria militar desnuda, esa unidad apenas pudo contenerse. Eso dio su fragilidad al imperio hispano. Cuando se trataba de pactos entre aristocracias, no pudo estabilizarse la cima del poder, como se ve con la secuencia de Otones, Salios, Staufen, Welfen, etcétera. Eso hace a los imperios específicamente inestables, y al final muy caros, porque tienen que mantener una unidad sin verdadero cemento social. Pero cuando, más allá de la cima del poder, encuentran principios federalizantes de división de poderes, capacidad de lograr dietas representativas, equilibrio territorial, complejidad constitucional, principio de subsidiaridad, reconocimiento de libertad de las ciudades, como ocurrió con el Sacro Imperio Romano Germánico, entonces son capaces de ofrecer un imaginario de libertad, seguridad y pluralidad adecuados. Ahora bien, debemos en este caso distinguir entre “imperium” y Reich. Esto es importante en nuestra historia. Cuando se habla de imperio español, se está diciendo que existía un gran poder hispano con hegemonía militar según el modelo del imperium romano. Este principio es diferente del sentido alemán de imperio como “Reich”, que se define más bien como un espacio civilizatorio dotado de instituciones comunes garantes de su heterogeneidad interna. El problema de Carlos fue sencillamente que era Kaiser de un Reich y quiso gobernar como Imperator de un imperium. Eso trajo consigo siglo y medio de guerras en las que España se desangró y empobreció. No tener estas consideraciones en cuenta es equivocarse. Como lo es cuando se dice que Carlos I fue el primer ensayo de unión europea. La actual Unión es la última consecuencia de verse como un Reich, no como un imperium. Carlos no ejerció prácticas dentro de esta tradición por dos motivos: porque ya era un señor patrimonial, y porque Castilla, que era su soporte real, no tenía tradición de Reich, sino de imperium.  

 

 

-En esta línea, respecto los procesos federativos dice que “reúnen todas las virtudes y ninguno de los inconvenientes del segundo [los procesos imperiales], si exceptuamos la necesidad permanente de tomar decisiones políticas convenientemente elaboradas desde la libertad y la complejidad” (p. 238). ¿Podría detallar algo más esta distinción entre federación e imperio, y el modo en cómo acaban relacionándose?

 

Este pasaje insiste sobre todo en la necesidad de disponer de virtudes políticas capaces de trabajar con el diferente y de manejar la complejidad. Los procesos federalizantes de Reich, de construcción libre de gran espacio, siempre son más difíciles y más complejos, pero cuando se logran traen mejores consecuencias sobre todo porque mantienen la libertad política y económica de las ciudades, que es la verdadera base civilizatoria. No son caros de mantener porque se administran con el principio de subsidiariedad, no necesitan un gran ejército porque tienen vínculos de naturaleza libre entre ellos, y no generan la específica economía imperial, que siempre acaba produciendo megalópolis y concentración de la riqueza, con los fenómenos de proletarización plebeya que conocemos por Roma. El problema es que esos grandes espacios entendidos como Reich de naturaleza federalizante requiere principios culturales muy fuertes. Durante mucho tiempo esos principios le fueron otorgados por el cristianismo, muy débil precisamente en la Hispania medieval salvo excepciones. Tras la Reforma, que fue ante todo una renovación del movimiento urbano y de sus posibilidades federativas (véase Suiza, o la Liga de Esmalcalda, o la confesión de Pentépolis, dirigida por Estrasburgo) ese principio fue la nueva noción de Espíritu, Pneuma, que frente al viejo catolicismo, no necesita ni del espíritu concentrado del Papado ni de la continuidad espacial sacramental para mantener la unidad de los creyentes. El mayor fruto de ese Espíritu, que permite la unión a distancia, son los Estados Unidos de América. Por eso hay una afinidad electiva entre imperium y romanidad. Eso ha connotado la cultura hispana con esos dos principios y la ha hecho especialmente insensible al valor moderno del espíritu  reformado.

 

-Sobre que España carecería de colonias en América afirma que: “Técnicamente era así, pero por una insistencia formalista propia de los juristas que habían inventado el Requerimiento” (p. 174). También acepta con Roca Barea que, jurídicamente, “España se replicó en América” (p.175). Sin embargo, insiste en que, bien mirado, los territorios de América Latina sí que fueron colonias; ¿por qué?

 

Este es un asunto complejo. Podemos decir que jurídicamente el gran poder hispano sobre América se despliegua en un universo mental y moral previo a la nación de “colonia”. España, dice Saavedra, se duplicó a sí misma en América. No deseaba fundar nada diferente de lo que ella era. Sin embargo, debemos asumir que lo que ella era no parecía muy estimulante. Por supuesto, toda la voluntad expresa de sus reyes es que las leyes hispanas rigieran en América como en Europa. Ello era especialmente así en la posibilidad de acceder a la justicia del Rey en ambos territorios. Y debemos decir que eso se cumplió con todas las imperfecciones que queramos, pero se cumplió. Ahora bien, la ley no siempre era razonable. Era legal la encomienda, era legal la mita, eran legales las prestaciones laborales de los indígenas, era legal el régimen de castas, era legal el sistema de servidumbre y de exenciones de hidalgos, entre otras cosas porque con variaciones existía en la Península. Ahora bien, cuando los holandeses y los ingleses comenzaron a disputar el monopolio de las Indias, comenzaron a distinguir entre reinos y colonias, una distinción en la que España no deseaba entrar por sus implicaciones jurídicas. En efecto, las leyes de la guerra entre reinos mantenían ciertas costumbres y obligaciones, que los ingleses deseaban que no rigieran en el mar. La diferencia entre tierra y mar, que ha estudiado Carl Schmitt tras la senda de Hegel, es aquí decisiva. Al considerar los tierritorios americanos como jurídicamente distintos de España, se podía asaltar sus barcos y los puertos americanos sin tener que declarar la guerra, sin mantener las costumbres de honor. Ese fue el origen del filibusterismo, de los corsarios y de los piratas. Se podía impulsar una guerra sin declaración porque la ley del reino no regía en sus colonias. España protestó porque consideraba aquellas tierras como parte íntegra de sus reinos. Por eso era tan importante rechazar esta caracterización para sus dominios americanos. Sin embargo, el sentido de colonia que se ha impuesto con posteriores, acuñado por el derecho internacional, habla de colonias como territorios que están bajo control de un Estado pero no son parte de ese Estado. Lo decisivo en este sentido es su régimen económico “colonial” que está diseñado para beneficiar a la metrópolis, y que encierra varios principios básicos: extractivismo de materias primas, restricciones e imposiciones comerciales, prohibición de comerciar con terceros, destrucción sistemática de la industria local, utilización de mano de obra en condiciones especiales, discriminación activa de las poblaciones subalternas, destrucción cultural a favor del país civilizador, etcétera. Desde este punto de vista, la dominación de España sobre América fue la propia de una colonia. Menos en la época de los Austrias y mucho más en la época de los Borbones.

 

 

-Afirma que “La productividad de la leyenda negra no fue más allá del siglo XVII. Luego hay opiniones más o menos negativas sobre España, pero no leyenda negra” (p.153). Ahora, si Ud. acepta la existencia de la leyenda negra, ¿qué diferencia propone respecto a la compresión de Roca Barea? ¿Es tan solo una cuestión cronológica?

 

No es solo una cuestión cronológica, aunque esta ya sea muy importante. No es lo mismo acotar la leyenda negra a una época histórica que proyectar la situación, como si todavía estuviéramos en guerra con los mismos enemigos de la Guerra de los Treinta Años. Ese presentismo de la leyenda negra en la actualidad es el que permite alterar los ánimos, fanatizarnos, no tener distancias reflexivas y seguir considerando a las potencias europeas como enemigas. Desmontar esta pretensión me parece importante. Si la Sra. Barea se hubiera atenido a este sentido estricto de Leyenda Negra su libro sería unas pocas páginas, porque ella traza un relato impresionista de todos los detalles que le parecen leyenda negra. Y por eso debe diferenciarse la leyenda negra de las opiniones sobre el retraso de España, sobre su papel en la ciencia, como se debatió en el siglo XVIII. No toda observación razonable sobre el retraso de España es leyenda negra. Ni toda descripción castiza puede entenderse como tal. Muchas veces, las descripciones de elementos castizos con cierto tono irónico, era considerado en España como un timbre de honor. Por tanto, diferenciar estas dimensiones temporales y estos aspectos temáticos es importante. Ahora vamos al asunto central: que podamos estar de acuerdo en que existió la guerra de propaganda intensa que fue la Leyenda negra no significa que estemos de acuerdo, primero, en su significación, en su estructura, en su valoración, en su eficacia. Respecto a su significación debemos tener en cuenta sobre todo que tuvo lugar en la fase álgida de la guerra religiosa europea, cuando Inglaterra estaba partida en dos, cuando Francia estaba en una guerra civil sin precedentes, cuando comenzaba a identificar una frontera católica en Países Bajos, y cuando los principados eclesiásticas alemanes resistían con Baviera. Esto es: la Leyenda negra tenía como finalidad ante todo vencer las resistencias católicas en el interior de los estados en medio de guerras civiles o a punto de entrar en ellas. Sus obras no se escribían en español. Los principales libros eran los de los mártires, que mostraban las atrocidades de la persecución inquisitorial española o papal. En suma, estaban escritos para vencer una batalla interior, y los españoles no se enteraban de ellos. No se trataba tanto de vencer a España, sino de impedir que tuviera aliados interiores, como se había mostrado en Francia con los Guisa. Nadie esperaba que aquello hiciera mella en España, donde se suponía que el control de Felipe II era omnímodo. Por supuesto, España podía haber reaccionado y combatido con propaganda capaz de intensificar sus posibles aliados en esos países. Podría haber realizado una leyenda negra de los poderes reformados. Sin embargo, no lo hizo. La razón es porque, tras Carlos V, no se tuvo sensibilidad para el lugar de la inteligencia en el mundo moderno. Los decretos de Felipe II de impedir salir a estudiar a Europa implicó la desconexión de las redes que habían existido en época de Carlos, y que tuvieron a Vives como un actor importante. Esta falta de sensibilidad venía dada por la confianza extrema en la élites tradicionales de dominicos. Ahora bien, eso dejaba el liderazgo intelectual de la guerra de propaganda y de ideas a Roma, de quien dependían los jesuitas. Con el tiempo, la orden logró ir poco a poco recomponiendo el respeto por la inteligencia católica o al menos fue capaz de responder con firmeza a los grandes libros de los poderes reformados. En esta tarea destacó Suarez a nivel de élites universitarias. Pero desde el punto de vista del ejercicio de la propaganda de ideas, se delegó en Roma. España ponía las armas y Roma la apología. Para el público autóctono no era necesario producir una contra-leyenda negra. La propaganda interna la realizaba Lope de Vega ofreciendo abundantes comedias no directamente políticas, pero sí capaces de ofrecer una versión idealizada de la vida convencional española. La cultura castiza, desprendida de toda función crítica, fue suficiente. Aquí el problema consistió sencillamente en que la posición de Roma era ambivalente. Quería vencer a las potencias reformadas, pero impedir que los Austrias recompusieran su hegemonía europea. Por eso su apología de la catolicidad no podía ser una defensa de los Austrias ni de España. Por eso rápidamente cortó cualquier identificación de los jesuitas con España bajo el generalato de Acquaviva, para disgusto de Mariana. En realidad, aquella fue una guerra que España no podía ganar porque todos sus enemigos lo eran de verdad, pero algunos de sus amigos lo eran también. Tanto dentro como fuera había muchos interesados en que el poder de la monarquía fuera el menor posible. Esa soledad, la falta de claridad sobre su posición, y la carencia de una elite intelectual que fue abortada y destruida, pero sobre todo, la incapacidad de contar con una forma política eficaz (que Saavedra echó de menos, con sus propuestas de refundar las Cortes al modo de las que existían en Cataluña) hizo que la causa de España en aquella guerra imposible de defender. La leyenda negra contribuyó a que la monarquía fuera derrotada. Tras la derrota no fue necesaria. Bastaba con saber cuál era la realidad. Describirla no era ya parte de la leyenda negra, era sencillamente perseguir las consecuencias de una derrota.

 

 

-“… este libro es un producto de la factoría de Steve Bannon mezclada con el corazón castizo de la melancolía imperial de Gustavo Bueno, utilizado por los padres fundadores de la Asociación en Defensa de la Nación Española en su proclama inaugural y hoy inspiradores  del partido político VOX” (p.228) Entonces, cómo se explica que haya sido alabado por personalidades muy destacadas del PP, Cs y PSOE.

 

Como en tantas otras cosas es preciso diferenciar los hechos de las valoraciones. Que Gustavo Bueno estuvo dominado por la melancolía imperial es un hecho que se descubre tan pronto uno comienza a leer su libro España contra Europa. Que miembros destacados de la fundación Gustavo Bueno, financiada por el gobierno Aznar, proyectaron su legado intelectual sobre los fundadores de DANAES, de la que formaban parte, es un hecho. Que discípulos de Gustavo Bueno abordaron este asunto de la leyenda negra de un modo que ha servido a Roca Barea, es un hecho. Que estos autores militan en Vox, es un hecho. Que Vox es el referente de Steve Banon y que hay contactos reconocidos y publicados en prensa, es un hecho. Que esos contactos sirvieron en la época de Aznar, es un hecho. Que la Sra. Barea organiza encuentros con el Sr. Alfonso Guerra en la Universidad de Málaga sobre geoestrategia española en el mundo presente, es un hecho. Que el Sr. González, Guerra y Borrell han alabado el libro, es un hecho. Que el Sr. Arcadi Espada, cuya línea editorial atizó la radicalidad de C’s, en un sentido convergente con la idea política de la portavoz del PP en el Congreso, es un hecho. Que la Junta de Andalucía, presidida por el PSOE-PSA, concediese a la Sra. Roca Barea la medalla de oro de Andalucía, es un hecho. Que se haya propuesto como premio príncipe de Asturias por parte de esas mismas personas, es un hecho. Que la señora María San Gil, haya celebrado actos públicos prometiendo hacer una película sobre Imperiofobia, es un hecho. Ahora bien, qué es lo que hace que importantes elementos de Vox, C’s, PP, y PSOE converjan en la valoración de ese libro y de su autora, acerca de esto no puedo invocar hechos. Yo no creo ni en la conspiración judeo masónica ni tampoco en que esto sea efecto de otra. Solo puedo dar una valoración: quizá se trataba de crear una opinión pública favorable a un entendimiento político entre todas estas fuerzas. Sólo puede percibir esto como la preparación de un estado de excepción de la opinión pública capaz de apretar las filas en un movimiento unitario de carácter nacionalista español. Solo un ciego no vería que esto estaría relacionado con una posible evolución de Cataluña.

 

 

-Dedica la conclusión del texto a defender la que considera la “relación sana con la historia” para lo que menciona el concepto de “historia escéptica” como un justo medio entre diversos extremos (p.255-256). ¿En qué consiste este escepticismo?

 

No creo que la historia escéptica sea un justo medio entre extremos. Si lo dije en estos términos no es adecuado. Por supuesto, no es ni leyenda negra, ni bendición general de nuestra historia. Por supuesto, es una historia crítica y en este sentido se mueve lejos de la apologética y el derrotismo. Pero al margen de esto, alberga la positividad de ser una opción saludable para relacionarse con el pasado, de forma semejante a como se realiza un relato de la propia vida bien pautado, bajo criterios metodológicos adecuados, bajo controles de principio de realidad. Un relato de este tipo puede liberarnos de procesos patológicos y de traumas depositados en el fondo de nuestra memoria, a veces inmanejables. La historia escéptica en este sentido se pone al servicio de la libertad. Desde el punto de vista psicoanalítico, libertad es no estar sometido al dominio de las pulsiones, la principal de las cuales es la pulsión de repetición, porque nada que haya permitido salir del atolladero una vez deja de producir una profunda impronta que tiende a su repetición. Eso exactamente es lo que quiere producir una historia escéptica: bloquear el cortocircuito por el cual los hechos del pasado se lanzan al presente pulsionalmente. El escepticismo consiste fenomenológicamente en poner en paréntesis esas actuaciones y no considerarlas legítimas de entrada, hacer epojé de ellas, observarlas desde fuera, ser cautos con ellas y no dejarnos dominar por vicio de querer llevar siempre razón. No está en medio de nada, es sencillamente una forma de conquistar libertad y de ejercer la inteligencia, de no caer en los mismos callejones sin salida evolutivos y abrirnos a diferentes posibilidades, al ser sensibles ante realidades que no había reparado, aumentar las prestaciones de la óptica pasiva y activa. En suma, como todo sano escepticismo es una forma de escuchar la realidad.

 

 

-Cierra el libro con un paralelismo inesperado: Torra y Roca Barea; “Aquí el libro de Roca Barea es sintomático de lo que en otro sitio he llamado el síndrome de la nación tardía, que también padecen los independentistas catalanes” (p.256). ¿Podría desarrollar este concepto de síndrome de la nación tardía?

 

He desplegado esta noticia en mi Historia del Poder político en España y en mi epílogo a La nación tardía de Plessner. Aquí aludiré brevemente a ello. Una nación tardía es la que no ha logrado una identificación mística de la nación con los poderes de un Estado. Para eso se requieren dos elementos. Primero que la comunidad se vea así misma como un cuerpo místico. Segundo que los poderes públicos tengan en algún momento asumida la función de la defensa de la integridad de ese cuerpo místico y por tanto se vean como emanación de él. Las comunidades que no se hayan visto así, bien porque no han sabido verse al margen de una comunidad mística general, como España respecto de la iglesia católica, o bien porque se han relacionada consigo mismas mediante la fractura, la escisión, la exclusión, o la negatividad, tienen muy difícil comprenderse como cuerpos místicos. Los poderes que han procedido del extranjero con frecuencia, que no han mantenido el estatuto de dirigentes naturales y que han impulsado políticas de exclusión (persecución de judíos, conversos, moriscos, protestante, afrancesados, liberales, rojos) tienen muy difícil mantener vínculos místicos con sus pueblos, y por lo general están atravesados por el dominio, la indiferencia, la lejanía sacral. Este tipo de colectivades se muestran insegura y tienen muy pocos momentos constituyentes o ninguno, de tal manera que no tienen a la mano fáciles o repetidos consensos capaces de revisar y autorreformar reflexivamente sus dimensiones constitucionales. Una nación tardía es aquella que por eso mismo se ve en peligro existencial en los momentos históricos problemáticas y extrema las angustias existenciales de la desaparición. Creo que a Cataluña y a España le pasa exactamente eso por diversos motivos. Cataluña porque fue una nación mística con los reyes de la casa de Barcelona y no ha podido separarse históricamente de aquella situación ideal, de la que salió por un acto que consideró erróneo, que fue aceptar el Compromiso de Caspe. Desde entonces, Cataluña ha vivido con esa melancolía. Pero los malentendidos históricos y las ambivalencias, le han llevado a mantener esa melancolía nacional sin ser capaz de restaurar el estado de pérdida. De este modo, aunque sea una nación muy temprana, ha llegado tarde a la formación de un estado nación moderno. España es diferente: ha hecho una historia imperial que dirigida por Castilla no construyó nunca homogeneidad nacional pleno, pero conformó un Estado suficientemente poderoso para impedir que los territorios que integraba pudieran tener una evolución autónoma hacia el Estado-nación. Así las naciones son aspirantes tardío al Estado y el Estado es un aspirante tardío a la nación. Y por eso es lógico que vean que tienen que constituirse definitivamente cuando una, la nación tardía del Estado, elimine a la otras como naciones, o cuando estas se separen de aquella. La historia escéptica concede una oportunidad a separarse de esas pulsiones, que siempre son melancólicas y proceden del principio de repetición del pasado. Yo creo que eso es pensar que se puede llegar a destiempo a la formación de la homogeneidad de la nación mística y al Estado. Y a ese proceso histórico ya no se puede llegar. Es más fácil reconocer la heterogeneidad cuando la historia la ha preservado. Pero para eso se requiere aguantar y moderar la angustia de la desaparición por parte de todos. Una historia escéptica da razones para aguantar esa angustia. Con todas las ambivalencias del mundo, hemos tejido una sociedad más o menos continua que puja por concedernos relaciones políticas unitarias capaces de conformar un organismo jurídico que nos reconozca recíprocamente. Esa sociedad civil debe expresarse políticamente. Para ello, en suma, se necesitan virtudes de reconocimiento y de escucha que para la nación tardía, justo por su inseguridad, son muy difíciles de alcanzar. Por eso la nación tardía o genera formas de existencia histórica complejas, o tiene dificultades evolutivas. Lo que no vale es renovar la pulsión imperial. Eso es entregarse a la peor pulsión y por eso la he denunciado en Imperiofilia.

 

 

-Un concepto se repite en el texto “populismo (intelectual)”. Ya en 2015 publicó un texto que llevaba ese mismo título. ¿Qué significa y por qué lo considera tan peligroso?

 

Bueno, son dos libros diferentes. El primero intentaba describir por qué el populismo era casi una necesidad histórica en los tiempos en que todo el arsenal cultural de las sociedades ha sido destruido por la increíble potencia del neoliberalismo. Mostraba que en el fondo son dos aliados que viven de fortalecer al contrario. Ahora bien, en ese libro avisaba que, aunque el populismo quiere tecnificar la política para lograr diseñar un movimiento capaz de contrarrestar el apoliticismo de las poblaciones entregadas al consumo, esa técnica no puede brotar desde el vacío, sino que tiene que disponer de elementos psíquicos sentimentales procedentes de los mundos de la vida que han de disponer de raíces históricas para reconocerse y ejercitarse. Nadie inventa la identidad de la nada. Eso solo está al alcance de la mano de virtuosos intelectuales y el populismo habla para masas. Estas no están en condiciones de cambiar de forma drástica el arsenal cultural y simbólico que tienen. Por el contrario, deben activar aspectos que reposan en las tradiciones. Y ya sabemos que esas tradiciones por lo general obedecen a estadios civilizatorios previos y rudos. Así que señalaba la paradoja en la que cae el populismo: por una parte es una técnica muy refinada, pero por otro tiene que mover a aparatos psíquicos más bien rudimentarios. Mi tesis es que esto sólo se puede hacer si conecta con elementos del aparato psíquico que constituyen estratos afectivos muy arcaicos, con identificaciones del yo y del ideal del yo muy precarios alojados en el pasado más determinante de las vidas personales. Esto es lo que detecto en esa especie de oxímoron que es el populismo intelectual: una técnica muy refinada que al mismo tiempo tiene que conectar con aquellos elementos psíquicos más alejados de la vida reflexiva. Por supuesto, el resumen de todas esas tradiciones se llama entre nosotros franquismo, y a él responden los aparatos psíquicos que vemos relaciones con una comprensión de las relaciones con la mujer, con los homosexuales, con el medio ambiente, con los animales, con los que no piensan como ellos, con los que son diferentes. De este síndrome forma parte la mentalidad imperial conectado con el franquismo por mil testimonios y pruebas. Que merezca el nombre de nacional-católico puede ser discutible y acepto que muchos católicos protesten enérgicamente. La clave aquí es el guion que intenta identificar el buen español con el católico. Nadie con sensibilidad religiosa diría una cosa así, desde luego, pero el libro Imperiofobia lo confiesa de forma expresa, al tiempo que su autora confiesa públicamente que ella no es creyente. Eso precisamente decían muchos falangistas en la Guerra Civil. Este tipo de matices se deben a la alta tecnificación de la propaganda política que encierra este libro.

 

 

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